sábado, 21 de marzo de 2015

La muerte de Farkhunda o también somos ella

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El horrible linchamiento de una mujer afgana acusada falsamente de haber quemado páginas del Corán abre de nuevo la realidad de las mujeres en aquel país. La acusación de quemar páginas del Corán o de haberlo profanado de alguna manera es una de las formas tradicionales de eliminar a alguien mediante una reacción en cadena. Hay otras que se utilizan buscando una explosión popular que muchas veces sirve para resolver odios o enfrentamientos a sabiendas de las reacciones populares en lugares donde funciona el "tradicional". En otras ocasiones se usan otras excusas para provocar tumultos populares, resolver venganzas o asaltar comunidades. A veces la excusa son los secuestros de mujeres para hacerles cambiar de religión o elementos similares. Esta vez la barbarie se cebó en esa pobre mujer, cuyos motivos reales nadie sabrá porque una vez cometido el crimen y haberse enorgullecido de ello, será difícil admitir el doble error, el que motivó el linchamiento y el linchamiento mismo.
Uno de los detenidos, nos dice en el diario El Mundo, lo fue por presumir de haber participado en el linchamiento y haber presumido de ello en su página de Facebook. Nos cuentan así el caso:

El gobierno afgano ha confirmado que la mujer asesinada por una muchedumbre en las calles de Kabul no había quemado un Corán, tal como afirmaron sus asesinos para justificar el linchamiento público. Hay al menos nueve detenidos, aunque la policía ha reconocido que actuó "demasiado tarde".
Farkhunda, de 27 años, fue asesinada este jueves en los alrededores de la mezquita de Sha-e Doh Shamshirar por una turba de hombres que la golpeó sin piedad para luego quemarla y tirar su cadáver al río Kabul. Decían que había profanado el libro sagrado del Islam. "Mataron a una mujer sin pruebas. Si el Gobierno de Unidad Nacional cree en la humanidad y en la justicia, debería actuar seriamente", afirmó entonces la activista afgana por los derechos de la mujer Samira Hamidi.
Un alto cargo del Ministerio de Peregrinación y Asuntos Religiosos (MHRA) ha condenado el brutal asesinato sin precedentes en la capital afgana y ha asegurado que la excusa utilizada por los agresores era falsa. "Yo seguí el caso personalmente y no he encontrado ninguna prueba de que esta mujer quemase el sagrado Corán... Los papeles quemados eran partes de un libro persa", ha dicho Daiul Haq Abdid, viceministro del MHRA, al canal afgano ToloNews.*


La cuestión de que la mujer linchada tuviese una enfermedad mental desde hacía dieciséis años es una desgracia acumulada más en este caso infame. El énfasis puesto en que la excusa era falsa o que no había pruebas de ello pueden dar la impresión de que el hecho de que lo hubiera hecho realmente o que hubiera pruebas fidedignas de ello justificarían el crimen. Y es ahí donde el crimen muestra su lado social, las raíces en que se agarra la justificación del hecho.
La sorpresa que el crimen ha causado, además de la indignación de muchos, proviene de la pasividad policial ante el linchamiento, por un lado, pero por otro también el hecho resaltado de que haya sido en Kabul.
La BBC señala:

The killing is thought to be the first incident of its kind in Afghanistan.
However, correspondents say it is fairly common in neighbouring Pakistan.
One eyewitness told the BBC how the lynching was carried out near the Shah-Du-Shamshaira mosque and shrine.
"I heard noise, I went and people said that a woman is burning Koran. When I went closer I saw angry people shouting they want to kill the woman.**


En los mismos días en que se producen los asesinatos en Túnez, en que nos dan cuenta hoy de dos atentados con bombas y más de ciento cincuenta muertos en Yemen o el descubrimiento de fosas con decenas de cadáveres al expulsar a los Boko Haram de una población en la que habían sembrado el terror, el asesinato de Farkhunda a manos de la turba piadosa enloquecida tiene unas connotaciones específicas.
La activista de los derechos de las mujeres en Afganistán, Samiri Hamidi, a la que se citaba en la información de El Mundo, escribía en noviembre de 2014 en The Guardian sobre la necesidad de desarrollar el potencial de las mujeres:

Women’s participation in and contribution to Afghanistan have improved. It is always pleasing to read how women’s rights have been boosted in Afghanistan in education, health and government. It is also very positive that one of the reasons for the presence of the international community in Afghanistan is to address women’s rights. But this progress has been limited to the big cities where people are fairly well educated and understand the concept of women’s rights. We have failed to address why men and women are not considered equal citizens in most of the country.***


El asesinato de Farkhunda en la mezquita en Kabul deja constancia de que los habitantes de la gran ciudad, esos a los que se presume mejor educados que a los que se encuentran en el campo, reaccionan de forma similar. El titular de su artículo reclamaba que las voces de las mujeres afganas se debían escuchar para construir un país mejor. Para que se escuchen sus voces, primero habrá que tratar de que cesen los lamentos por su sufrimiento y marginación. Un país son muchas realidades y el problema en muchos  de ellos es la transición a un mundo en el que muchos perderán el único poder real que tienen: el de matar mujeres. Es el poder igualitario, el que tienen por igual ricos y pobre, viejos y jóvenes. Ese poder ha estado en sus manos, ya sea por honor o por cualquier otra circunstancia —como la sufrida por Farkhunda— y no están dispuestos a renunciar a él.

Farkhunda no era "occidental" ni era de otra "religión"; era una mujer afgana, una mujer. No sabemos el origen de lo que ocurrió, pero sí sabemos —y es lo importante— cómo reaccionaron lo que sí creían saberlo. El hecho de que se jactaran del crimen es el fruto de la perversión mental y cultural que les hace sentirse más piadosos por haber acabado con alguien con sus propias manos. Se sienten mejor, más justos. Es un sentido perverso con el que se juega habitualmente: conviertes al menos dotado en el ángel exterminador. Durante unos instantes ha sido el brazo ejecutor de Dios; le has dado la oportunidad de canalizar la ira divina. Él solo obedece, sigue un mandato, cumple un destino. Y muchos le admiran por ello. Se siente grande.
El relato de algunos de los testigos es recogido por un escalofriante reportaje sobre el terreno de Ali M. Latifi en Los Angeles Times. El periódico señala la rápida reacción del presidente afgano, Ashraf Ghani, condenando los hechos. Pero también avisa de las grietas en los ministerios:

However, two Afghan officials -- the deputy minister of information and culture and the director of the ministry of religious affairs -- wrote Facebook posts that seemed to praise the mob’s actions.****


Los piadosos gustan de mostrar su apoyo dentro de la hipocresía social que les anima. Es su forma de hacer méritos ante los demás. La fotografía del artículo de Los Angeles Times nos muestra un grupo de jóvenes ociosos apoyados en la barandilla en el lugar donde fue quemada y arrojada Farkhunda. El sitio se ha convertido en lugar de reunión. Quizá lamentan no haber estado allí antes, haberse perdido el espectáculo. En lo que están pensando, sea lo que sea, se encuentra el futuro.
El relato de Los Angeles Times muestra, sin necesidad de cargar las tintas, cómo se forma una turba de mil personas ante la incapacidad de los que intentaron evitarlo, que pronto fueron desbordados. Más allá de los gritos de la multitud, el olor de la carne quemada se fue convirtiendo en el aviso horrendo del crimen piadoso.
El periódico termina el reportaje realizado de primera mano en Kabul con nuevas imágenes de las raíces de este hecho:

Reza Gol, 35, who sells seeds for visitors to give to the pigeons who gather around the mosque, said he was shocked by how quickly events turned violent.
“No one stopped to question her,” he said. “She was a woman, there was no way she could have escaped from a crowd of men.”
By Friday morning, the marketplace was again starting to crowd with people who expressed a range of views about the killing.
A woman wearing a blue chadari, or burqa, said of the mob: “They should burn as they burned her.”
A young man taking cellphone pictures of the charred patch of dirt where Farkhunda had been set alight said, “Of course, I would have joined them had I been there.”****

El final es deprimente, como lo es el principio, como lo es  toda la historia.
Es un episodio de una historia más amplia, con muchas víctimas y muchos bandos. Tratar de polarizarlo o pensar que podemos circunscribirlo a poblaciones rurales, tribus, zonas específicas o circunstancias económicas es ser demasiado reduccionistas, ilusos e injustos.
Hoy hay que ser Túnez, Nigeria, Yemen... y Farkhunda. Ya no es un problema de "ellos", algo que podemos abordar creando grandes barreras y diques de contención. Nosotros nos preguntamos, absolutamente descolocados, cómo es posible que exista esta atracción del abismo, en unos, o ese deseo de pervivir en la oscuridad de otros.

Hace falta repensar estas situaciones, estos hechos. El gobierno anterior afgano retrocedió negociando con los talibanes los derechos de las mujeres. Los talibanes no son algo aparte, llegados de otro mundo; son el fruto de la sociedad afgana. Son la resistencia al cambio, el contrapeso del futuro para que sea cada vez más pasado. Lo mismo ocurre con el Estado Islámico o Boko Haram. Son las barreras para que el mundo no cambie. Son distintos nombres para una misma mirada que se dirige hacia un pasado idealizado, brutal, hoy impuesto por la ignorancia y el terror, por los intereses económicos e históricos. En ese marco, la mujer no es nada más que una posesión instrumental. No tiene cabida y es eliminada sin piedad, como le ocurrió a la desafortunada Farkhunda, una pobre mujer perturbada. Las mujeres afganas, como las mujeres secuestradas por Boko Haram, o las esclavizadas por el Estado Islámico, se merecen un futuro en el que sus voces sean algo más que gritos y lamentos. Pese a la labor meritoria de muchas activistas en la zona, la labor es inmensa y expuesta a los retrocesos, a las involuciones en lo se conquista con mucho esfuerzo.
En Kabul, donde se presumía que estas cosas no pasaban, que eran propias de las poblaciones rurales, que eran frecuentes en el vecino Pakistán, toda esa serie de velos que nos hacen vivir en una realidad imaginaria, ha ocurrido. Tras la muerte de Farkhunda, nos dicen que algunos han ido a hacerse fotos en el lugar y a reafirmar la justicia del linchamiento. No saben nada más que lo que les importa: que ellos tienen el poder de acabar con la vida de una mujer; que la fuerza está en sus manos. Que cuando regresan a casa con ellas manchadas de sangre, alguien les recibirá dándoles una palmada en la espalda y todos darán gracias porque son mejores que sus vecinos, un ejemplo para la comunidad, un orgullo para el linaje.
A los que tuvieron la suerte de participar en el linchamiento, no les tembló el pulso para fotografiar con sus modernos teléfonos su ancestral barbarie.
No nos debe faltar el ánimo para seguir desdoblándonos cuanto sea necesario. También somos Farkhunda. Que la continuidad del horror no nos haga caer en la indiferencia.


* "La mujer que fue linchada en Kabul no había quemado el Corán" El Mundo 21/03/2015 http://www.elmundo.es/internacional/2015/03/21/550d1938268e3ed24f8b456d.html 
** "Afghan woman lynched in Kabul 'after burning Koran'" BBC News Asia 19/03/2015  http://www.bbc.com/news/world-asia-31973742 
*** Samira Hamidi "Afghan women's voices must be heard to build a better country" The Guardian 21/11/2014 http://www.theguardian.com/global-development/poverty-matters/2014/nov/21/afghan-womens-voices-must-be-heard-to-build-a-better-country 
**** "In Kabul: Gunfire, the smell of smoke, and woman is slain by a mob" Los Angeles Times 20/03/2015 http://www.latimes.com/world/afghanistan-pakistan/la-fg-afghanistan-koran-killing-20150320-story.html



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