jueves, 5 de marzo de 2015

Hormiga nueva en la oficina o el horario feliz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Debe ser que se hace uno mayor o que se siente uno extraterrestre o que los extraterrestres nos han invadido como en aquella película de los bodysnatchers, los ladrones de cuerpos, y ellos pasan de ser los raros a que lo seas tú. Desatiendes las señales, desoyes los avisos, pero finalmente tú estás entre ellos.
El filósofo francés Henri Bergson decía que la Naturaleza había producido dos obras maestras, la libertad de los humanos y los insectos sociales, que representaban lo contrario de la libertad, pero funcionaban perfectamente. Los unos y los otros nos hemos buscado la supervivencia por vías distintas, ¡hasta el momento!
Leo en el diario El País, en ese espacio con el que dicen que experimentan en comunicación, llamado Verne —no sé si por el De la Tierra a la Luna, 5 semanas en globo o La isla misteriosa— lo siguiente:

Imagina una ciudad española (Madrid, Barcelona o Zaragoza) en la que los restaurantes no sirven comida más allá de las 3 de la tarde y los bares cierran sus puertas a las 10 de la noche. Una ciudad sin menú del día y donde los oficinistas ya no paran una hora para comer. Un lugar donde se empiece a trabajar a las 9 de la mañana (ya desayunados) y se salga antes de las 6 de la tarde. El telediario y la cena son a las 20.00, y a las 23.00 se terminan los programas estrella de las televisiones. A las 23.30 queda poca gente por las calles y la mayoría de los españoles ya están en la cama para poder dormir ocho horas, casi una más al día de lo que lo hacemos actualmente.
Es un escenario difícil de imaginar pero que se parecería mucho a la llamada “racionalización de horarios” y a lo que ocurre en el resto de Europa. Para ello haría falta un gran pacto de Estado. Y no se trata sólo de un acuerdo entre partidos políticos: cambiar los horarios de los españoles necesitaría que se pusieran de acuerdo los empresarios, los trabajadores, los dueños de los bares, los de los pequeños comercios, las cadenas de televisión, los transportes públicos e incluso los turistas. Un gran esfuerzo para conseguir trabajar menos horas, conciliar mejor la vida familiar y laboral y evitar las jornadas interminables typical spanish por las que aún hay gente en las oficinas más allá de las nueve de la noche.*


¿Pero por qué me tengo que imaginar yo esto? Más que imaginarme, me preocupo porque alguien se lo imagine y, peor todavía, porque alguien se lo imagine por mí. Desde que a las masas se les ocurrió tomar La Bastilla, surgió una casta progresiva cuya función era la ingeniería social. Creo que inventaron la Revolución Industrial para tener a la gente entretenida y que lo diera por asaltar palacios o prisiones. Después de que transcurrieran siglos de indiferencia y látigo, cuando la gente empezó a pensar que era libre, surgieron las formas indirectas de control social, apoyándose en nuevas disciplinas, las más obvias, la Sociología y la Psicología intentando descubrir con anticipaciones las "leyes" de la llamada entonces "física social". Las disciplinas se pusieron a su servicio, desde las señaladas antes a la Medicina, la Arquitectura o el Urbanismo empezaban a pensarse desde ese control-orden de la gente. A Michel Foucault se le dio bien explicarlo desde diferentes ángulos sociales.
El mundo se nos ha llenado de diseñadores sociales bajo esa palabra ilustrada de la "racionalización" de la vida para una mayor "eficiencia" o rendimiento. Zygmunt Bauman explicó muy bien los movimientos para llevar a la gente del campo a la ciudad porque eran necesarios para las fábricas de la revolución industrial, las formas indirectas de eliminar los subsidios de los pobres para que no tuvieran más remedio que emigrar a las ciudades y que bajaran los precios de la mano de obra, abaratando los costes de producción.


La insaciable ingeniería social llevó a ocuparse no solo de nuestro trabajo, después de nuestro ocio y ahora de nuestro sueño. Las famosas 8+8+8 horas en las que se dividía el día comenzó por el control laboral para asegurarse la eficiencia productiva. Después se organizó nuestro ocio industrialmente para que resultara productivo para terceros: no trabajábamos para que otros pudieran trabajar, no solo porque haya turnos, sino porque vivimos gracias a que otros no están ocupados todo el tiempo. En España, como país turístico, deberíamos entenderlo muy bien. Entraríamos en una profunda crisis, por ejemplo, si Europa suprimiera las vacaciones por decreto. Vivimos de trabajar el ocio y el entretenimiento de los demás.
Pero ahora se trata de controlar las otras ocho horas, la del descanso o sueño. Gracias a los ingenieros sociales, a los expertos del nuevo hormiguero, se nos dice que se hace por el bien de nuestra salud y de nuestro trabajo. A todos les encanta que estemos sanos y descansados. No les importamos un bledo, pero sanos hacemos menos gasto sanitario y las empresas pierden menos en absentismo, y si estamos descansados, nos dicen, trabajamos mejor, es decir, damos a ganar más dinero. También descansados aprendemos mejor, por lo que rendiremos mejor en el futuro y gastaremos menos en malos estudiantes, porque el fracaso escolar, como el fracaso en salud se traducen en cantidades con las que evaluar la eficiencia del sistema.


La auténtica ciencia del siglo XX y que sigue en XXI no han sido ni la Física Cuántica ni la Biología: ha sido la contabilidad social, la estimación del gasto por respirar, bostezar o por un dolor de cabeza. Hemos desarrollado máquinas y programas para saber lo que cuesta cada acción, cada instante, cada suspiro. Y sobre eso decidimos quién sigue, quién se baja del carro, a quién abandona la caravana en el desierto, a quién nos comemos en la balsa de los náufragos. Todo lo demás se queda en nada sin la Ciencia de los Costes, la reina de las ciencias. No importamos a nadie; solo lo que costamos. Y a esto lo llaman "progreso".
Reclama la firmante de este canto entre Orwell y Huxley, entre Wells y Kubrick, un "gran pacto de Estado". ¡Lo que hay que oír! Aquí, que no logramos ponernos de acuerdo en banderas, himnos o forma de Estado, en creencias religiosas o modalidad de ateísmo, sí, aquí, tendría gracia que lográramos esa unanimidad en la hora de mandarnos a la cama, cerrarnos la tele o darnos de comer. Mientras se reclama la libertad de horarios para vender, se exige el control absoluto de los horarios laborales por decreto. La incongruencia es que unos y otros deberían tener algo que ver. Y lo tienen: de hecho se reclaman horarios extensos y festivos de trabajo para que los que trabajan puedan hacer en los días de descanso lo que su horario laboral no les permite. Así llamamos "descanso" a ir de compras los fines de semana para poder comer durante la semana y no desfallecer en nuestro puesto de trabajo, algo del todo imperdonable.


Como solo se admite que el cliente siempre tiene la razón y no se le puede racionalizar su horario (¡qué osadía!) los países clientelares, como el nuestro, es decir que viven de los clientes que nos llegan en diferentes estadios y formas, pero dispuestos a gastar en lo que sea y podamos venderles, estamos condenados a esa anarquía horaria en la que debemos estar dispuestos a horarios irregulares para estar a disposición del que le apetezca comprar en cualquier momento. A los españoles los mandamos a la cama y a los turistas los tenemos de jarana hasta las tantas para ser un destino turístico más competitivo. ¡Luego se extrañan de que haya conflictos cuando los ruidosos turistas molestan a los madrugadores trabajadores locales, los que viven encima del chiringuito! ¡A nosotros nos proponen los horarios europeos para trabajar, mientras que a los europeos les venden nuestra anarquía horaria para las vacaciones!


El País recurre en su reportaje a la opinión de los expertos sociales, personas dedicadas a decirnos lo felices que seríamos si todos fuésemos iguales y funcionáramos como máquinas. ¡Es raro que la reina del hormiguero no sea "psicóloga" o "socióloga"! Quizá lo sea y nosotros no seamos capaces de saberlo. Me entristece leer a tantos expertos en tantos campos dispuestos a mandarnos a dormir; me entristece ver tanto colega investigador al servicio de este empeño en convertirnos en hormigueros en nombre de la razón, que es lo que está ausente allí. Cada vez que decimos que racionalizamos perdemos libertad. ¡Traten de que seamos más felices y no solo más descansados! Dediquen su ciencia a ello.
Me declaro insumiso del sueño. Reclamo el derecho a estar despierto y aprovechar mi vida como adulto sin que me mande nadie a la cama directa o indirectamente. Y, especialmente, estoy en contra de un "pacto de Estado" que daría con nuestros horarios en algún artículo de la Constitución. Mi bostezo es mío.



* "Cómo sería nuestra vida si España tuviera horarios sensatos" El País - Verne 3/03/2015 http://verne.elpais.com/verne/2015/03/02/articulo/1425325826_493179.html






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