miércoles, 4 de marzo de 2015

Espacios fronterizos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Desde la perspectiva de Yuri Lotman, el semiólogo ruso y cabeza de la Escuela de Tartu, la cultura es un sistema abierto en cuyo interior existen una variedad de lenguajes que producen textos, en un sentido semiótico amplio. El texto es lo que tiene sentido precisamente porque es la concreción de un lenguaje, está gramaticalizado. Para Lotman esos sistemas en los que las cosas tienen sentido son las "semiosferas", universos semióticos que se relacionan con lo exterior a través de unas "fronteras", que son las líneas de transformación a los lenguajes propios, los comprensibles para los que conviven en él. Fuera del espacio con sentido está lo que no tiene sentido, el espacio alosemiótico, y lo que tiene otro sentido, es decir, otras semiosferas o culturas con las que se pueden establecer diálogos mediante esos procesos de "traducción" que se producen en los límites fronterizos.
Esas fronteras son espacios físicos de encuentro, lugares en los que se producen los contactos entre culturas, espacios de convivencia o conflicto. Pero fronteras son también las semióticas, las que afectan a la organización de lo textual y sus sentidos. La frontera simbólica es el proceso de paso de un sistema semiótico a otro.

No se ha estudiado suficiente o con suficiente profundidad la existencia de manifestaciones de ese proceso semiótico fronterizo, de transformación. La visión imperante es economicista y esta no entiende de semiosferas o culturas, sino de mercados y sus posibilidades. Los fabricantes de cualquier producto, por ejemplo, saben que deben "adaptarlo" para que sea aceptado por el nuevo mercado receptor. Esto es en sí un proceso de traducción en el sentido de Lotman: hay una transformación en el paso de un espacio cultural a otro. Los cambios se entienden como una forma adaptativa al nuevo espacio.
Un ejemplo claro es el de la comida. Probablemente nada define mejor una cultura que sus sabores, fruto de una depuración milenaria del gusto. La alimentación forma parte de nuestra vida y constituye una memoria colectiva que se ha ido formando como tradición culinaria. Nos educamos en los sabores y en los colores que les acompañan. Hemos desarrollado técnicas y rituales para la elaboración de los alimentos, instrumentos específicos para su preparación. Las comidas configuran nuestro gusto, pero también muchos otros elementos, como el calendario social, pues hay platos específicos que la tradición reserva para determinadas fechas.
La globalización ha traído la posibilidad de intercambiar alimentos con los que nos enfrentamos a las texturas y sabores, a colores y formas que son desconocidas en nuestras culturas. Los supermercados suelen tener unos estantes especiales en los que se ofrecen algunos productos traídos expresamente para satisfacer el gusto de los residentes de otras culturas. Hay versiones nacionales de esos productos, pero suelen ser adaptaciones destinadas al gusto de los residentes. Los nativos de otras culturas suelen rechazar esos productos adaptados porque están alejados de sus sabores originales; están hechos para ser aceptados por el nuevo mercado, no para ellos.


En ocasiones, mis alumnos extranjeros cuando regresan de sus vacaciones o estancias familiares, me traen algún alimento de sus zonas para que lo pruebe. Te enfrentas a sabores que nunca has apreciado antes. Esa primera experiencia es única y tratas de que sea consciente. Tu cerebro percibe con intensidad las diferencias respecto a tu base de recuerdos de los sabores para intentar encontrar una experiencia aproximada. En ese momento eres la frontera, el límite en el que se está produciendo ese proceso de incorporación a tu espacio personal. Esa experiencia podría, por ejemplo, pasar a la memoria colectiva mediante la producción de textos que irían desde la reproducción del plato (su adaptación o imitación) que otros podrían degustar, la publicación de su receta, un reportaje, un libro de cocina, etc. Ese elemento externo quedaría así convertido en diversos textos circulantes que formarían parte de nuestra memoria colectiva, de nuestra cultura. Aunque lo calificara como "plato exótico", ya formaría parte de nuestro sistema dentro de una categoría.


Hablamos de comida, pero podríamos hablar de relatos que nos llegaron de la India, Persia o China y que se convirtieron en parte de nuestra tradición textual, en partes de obras de Cervantes o de Chaucer; en colores que nos llegaron de lugares en los que sabían fabricar tintes; en especias que se trajeron de muy lejos u acabaron siendo nuestras; en bailes y cantos que salieron con emigrantes y se convirtieron en típicos. El chotis o chotís madrileño, como dice los castizos, tan típico de nuestra capital, nos dicen que vino de Bohemia, que los vieneses pensaban  que venía de Escocia (Schottisch) y que se hizo popular por toda Europa, pasando a América. El castizo que lo reivindica como negación de lo foráneo se equivoca ingenuamente. Ocurre con muchas cosas que una vez las investigamos, aparecen sus raíces llegadas de lugares distantes.

El hecho de tener alumnos extranjeros es una energía para ampliar tus propias fronteras. El mero diálogo con ellos ya es un proceso de adaptación constante. Explicar a un público tan distinto y a veces heterogéneo es una de los mayores ejercicios mentales que se pueden realiza, en ocasiones agotador, pero un ejercicio imaginativo estimulante. ¿Cómo explicar simultáneamente a personas de tres culturas totalmente distintas algo?  Se crea así un espacio fronterizo fecundo de intercambio de ideas e informaciones en las que se puede percibir el efecto que los medios de comunicación y el avance de los transportes han creado para facilitar el encuentro y el diálogo con los otros.
Lo que distingue hoy a los países —y también a las personas— es su voluntad de adaptación a un mundo cambiante por su propia aceleración, pero también por la multiplicación de los espacios de encuentro. Hemos hablado de la comida, pero podríamos hacerlo de todos los actos en los que ampliamos nuestra experiencia cultural mediante el acceso a personas y textos. Eso implica ver otro cine, leer literatura, medios de comunicación, etc. en los que se dan esas situaciones de diferencia que nos estimula.
Pero allí donde algunos ven estímulo, otros, en cambio ven agresión y peligro. La multiplicación de las posibilidades de encuentro, el aumento de las fronteras y sus mecanismos de traducción, lleva también a un refuerzo defensivo, a un intento de encastillamiento, es decir, al surgimiento del casticismo. El rechazo de lo exterior por ser distinto es uno de los males que nos alejan de nuestra capacidad de evolucionar.


Nada hay más negativo que el aislamiento. Asistimos en los últimos tiempos a campañas desde ciertos gobiernos contra Internet como una forma de agresión no ya por contenidos "censurables" sino porque perciben que es un acelerador de los cambios. Esa idea de cambio es una transformación de la semiosfera, de nuestro espacio de significación. Se modifican nuestros códigos sociales y personales.
El conocimiento nos cambia. Como sostienen las teorías de base evolutiva, las culturas que están alejadas evolucionan de forma distante; crean sistemas que se hacen ilegibles para las más alejadas. Los tiempos en los que se podían construir murallas o decretar la prohibición del desembarco de extranjeros, como hizo Japón en el siglo XIX, por ejemplo, ya han pasado. Por eso se recrudecen las medidas de censura y vigilancia. Como ocurrió con el surgimiento de la imprenta, se han desarrollado técnicas de prevención contra los nuevos medios, que son los que ponen hoy en contacto a las culturas, convirtiéndose en los espacios fronterizos, aquellos en los que se llevan a cabo los procesos de diálogos interculturales.


Queremos que sea posible parcelar las culturas filtrando los textos que nos interesan y dejar fuera los nocivos para nuestros sistemas de control. Una semiosfera no son solo textos: son formas de ordenamiento, de inclusión y exclusión. Tras el sentido, está el poder. Como memoria colectiva, no es automática. Una parte de su contenido está sujeto a restricciones y controles. El ser sociales implica siempre unas relaciones de orden que aseguren la permanencia y se resista a los cambios. Pero el cambio es consustancial a la vida y también a la dimensión intelectual de las sociedades. El cambio se produce precisamente por la constante introducción de elementos nuevos, estimulantes dentro del sistema. Una sociedad rica es una sociedad abierta, dinámica y receptiva. Una sociedad cerrada, por el contrario, se vuelve retrógrada, convierte su identidad en una parodia autoritaria de sí misma; se vuelve castiza. Muchos de los conflictos que percibimos hoy son resistencias a los cambios porque existe una relación entre identidad (fijada) y poder. Se impone el ser identitario, limitando a las personas, a las sociedades sus posibilidades de evolucionar a través de los intercambios. La tentación del aislamiento está cada vez más presente en ultranacionalismos e integrismos religiosos, que tienen sus propios diseños identitarios fuertes y tratan de evitar los desvíos de sus modelos mediante el cierre de los espacios fronterizos, físicos o de información, como ocurre con las censuras.

Como docente y como persona me siento gratificado cada día por poder encontrarme en las aulas y fuera de ella con personas de otras culturas, de otros países. Son puertas de entrada gratificantes a toda aquella inmensidad que me es desconocida y a la que trato de acercarme para que deje de serlo. Exponernos a lo diferente es cambiar y el cambio es la base de la vida. Hay gente que tiene especial interés en no cambiar nunca porque valora su ego sobremanera. No es mi problema, desde luego.




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