viernes, 13 de marzo de 2015

El dedo borrador o vivir para tus biógrafos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La noticia de la destrucción masiva de correos personales de Hillary Clinton —más de 30.000— por su propia mano durante su periodo de Secretaria de Estado ha causado un gran revuelo político. Clinton dio la explicación de que había unificado sus cuentas oficiales y personales para tener una mayor agilidad y perder menos tiempo.
Lo cierto es que el uso de correos alternativos al oficial fue regulado por la Administración norteamericana: «The Foreign Affairs Manual was codified by the State Department, which ruled in 2005 that employees could only use private email accounts for official business if they turned those emails over to be entered into government computers.»* Los correos deberían ser introducidos en las bases de datos de la Administración para su registro y preservación.


Pero a la tormenta política por la pérdida de informaciones e infracciones de los reglamentos sobre comunicaciones oficiales, le sigue la señalada por los afectados del futuro, los historiadores, que han puesto el grito en el cielo al enterarse de la destrucción de documentos privados, su material de trabajo. The New York Times recoge los argumentos y las quejas:

The problem goes far beyond Mrs. Clinton, though her private life as first lady and secretary of state — and, of course, if she were to become the 45th president — is likely to be of great interest to future generations. The advance of technology has created a huge volume of digital information, much of it ephemeral and easy to lose or destroy, while all but eliminating some of the richest sources for historians who have plumbed the 19th and 20th centuries.
The lost Clinton emails, said Doris Kearns Goodwin, might have helped fill in a vivid future portrait. “A government official is not just an official,” said Ms. Goodwin, a Pulitzer Prize-winning biographer of Abraham Lincoln, Theodore and Franklin D. Roosevelt, and other figures. “They have marriages and children and rich private lives that are all mixed up with their public lives. As a biographer, that’s what you want.”**


Efectivamente, el mundo era más sencillo cuando la gente escribía cartas. Por eso la Historia, se nos dice, comenzó, con la escritura. Lo que se están temiendo algunos es que se acabe con el correo electrónico.
Para los teóricos de las comunicaciones, lo que estamos viviendo es lo que algunos llaman la "nueva oralidad" o la "oralidad electrónica". Con esto quieren decir que realizamos de forma sincrónica lo que antes se difería. Antes de que existiera el teléfono, por ejemplo, las comunicaciones a distancia se debían hacer por carta, con lo que el contacto quedaba registrado y podía ser conservado. Los historiadores tenían materiales de primera mano. Pero, ¿cuánto queda registrado de las conversaciones telefónicas? Una mínima parte en proporción a lo que dejaba la escritura. Si nos damos cuenta de que la mayor parte de los avances tecnológicos nos sacan del universo de la escritura, de la Galaxia global de la escritura manual y la de Gutenberg, veremos que se reducen las posibilidades de documentación personal.


En cambio ha aumentado el número de registros públicos de las actividades. Basta con entrar en YouTube o en las páginas de Facebook o Google+ para comprobar el aumento de la producción gráfica y videográfica. Puede que hayamos perdido los correos de Hillary Clinton, pero tendremos un montón de selfies y demás. Pero lo sabido no es lo que interesa a los historiadores, sino lo que queda por saber.
Pero el problema que se plantea aquí es otro, el personal. ¿Es posible vivir con la idea de que estás en la Historia? Me imagino que en ciertos momentos de la vida tal sentimiento pudiera darse, ¿es posible vivir de esa manera todo el tiempo? Me imagino que solo algunas personalidades muy peculiares podrían vivir con ese sentido de su papel en la Historia. Quizá Goethe, pero era Goethe.
Algunos consideraban un primer "patinazo" en su carrera el hecho de haber borrado los correos calificados como personales en sus cuentas unificadas. Desde una mente sospechosa, el hecho de borrar correos tiene una respuesta rápida: hay algo que ocultar. Pero, ¿cuántos correos borramos cada día sin tener nada que ocultar? ¿Dejaríamos de borrarlos por la sospecha de que el futuro nos tendría deparado algo que vuelva relevantes para una parte de la humanidad lo que esos correos cuentan? ¿Detendría nuestro dedo borrador el súbito destello de considerar la posibilidad de que le importemos algo al futuro?


En el caso de Hillary Clinton, esa conciencia biográfica debería darse como personaje público importante y cuya eventual candidatura a la presidencia de los Estados Unidos volvería más relevante. En el caso de ser la primera mujer en ser presidente de los Estados Unidos, sin duda ninguna, se rebuscaría hasta en sus diarios de adolescente.
Las posibilidades de futuro más las realizaciones del pasado, convierten a Hillary Clinton en parte de la Historia, lo que da sentido a sus quejas:

Her decision to delete the personal emails may reflect her experience as a polarizing figure who lived through the searing experience of her husband’s very public sexual affair with a White House intern. Now, as a likely presidential candidate, she opted to delete the private emails out of concern that they could leak and be used to embarrass her or undermine her candidacy.
“No one wants their personal emails made public, and I think most people understand that and respect that privacy,” Mrs. Clinton told reporters.
That may be. But historians, of course, perhaps after a grace period of some years, very much want to use personal emails and other private records to shed light on a public life.
“If she becomes president, we would eventually want to have all the intimate details of her life before the presidency,” said Robert Dallek, a prominent presidential historian. “It’s all part of the historical record.”**


Pero los historiadores que piden un periodo de gracia en la privacidad para que luego les sean abiertas las puertas de la intimidad de sus biografiados se tendrán que enfrentar a retos más peligrosos que el dedo borrador. Me refiero a la obsolescencia de los dispositivos y al deterioro y pérdida de la información. Aquella escena del historiador encontrando cartas y diarios en viejas cajas en los desvanes, por recurrir a un tópico muy visual, se desvanece en el presente digital y será complicada en el futuro.

Sin necesidad de ser Hillary Clinton, nosotros mismos perdemos el acceso a la información propia por toda una serie de dificultades que se acumulan en nuestra vida digital. ¿Qué ocurre, por ejemplo, si tenemos nuestra información en la "nube", como es la tendencia creciente? ¿Qué ocurre con los viejos dispositivos electrónicos en los que guardamos materiales documentales? ¿Cuántas veces ha perdido usted su pen-drive sin tener copia de todo?
Aquello tan bonito —como hizo Thomas Mann— de que se abran mis cajas con diarios, cartas, etc. veinte, cincuenta... años después de mi muerte deja de tener sentido en un entorno mediático tan cambiante y acelerado como en el que vivimos. Los historiadores pueden esperar aunque, eso sí no hay garantías de que lo encontrado sea interesante. Señalaba Manuel Vicent sobre los diarios de Mann:

Desde su juventud hasta el final de sus días Thomas Mann llevó un diario que sólo pudo ser leído veinte años después de su muerte, por propio deseo expresado en su testamento. En distintos cuadernos secretos había ido anotando los pormenores de su existencia. Cada jornada, una detrás de otra, fue desmenuzada en todos sus actos anodinos: miles de desayunos con huevos escalfados, miles de resfriados y mareos, miles de paseos sólo o acompañado de su mujer Katia o de su perro Toby por los bosques, por los parques de distintas ciudades donde vivió, en su patria o en el exilio de Suiza o de Norteamérica. En esas páginas, datadas de forma meticulosa, el escritor dejaba constancia de las visitas de amigos, de los tés de las cinco de la tarde, de los viajes en tren, en coche o en barco, de las piezas de música oídas mientras se fumaba un puro antes de ir a la cama y también de las poluciones nocturnas, de las masturbaciones y de otros movimientos escabrosos de la carne, de las pulsiones homosexuales que sentía al ver a un joven y hermoso camarero. En cambio, en ese diario le bastó con una línea para fijar la llegada de Hitler al poder y con algún mínimo párrafo para despachar el desarrollo de la Guerra Mundial a medias compartida con las tribulaciones que sufría por sus hijos y el trabajo con los distintos libros que iba escribiendo, sus ensayos, conferencias y discursos, sin un solo pensamiento que no fuera el sonido del minutero del reloj de la vida en el que se iba desangrando. Al parecer Thomas Mann creía que cualquier nimiedad cotidiana tenía una trascendencia sublime por el simple hecho de que le ocurría a él cuya alta estima era capaz de convertir un catarro en una categoría suprema. Pero estos escritos secretos tienen la virtud de descubrirnos el derribo interior que se ocultaba detrás de una fachada impecable, sin una sola grieta.***


Durante años los historiadores esperaron a que se abrieran las cajas para hacer la biografía definitiva, la que incluyera la vida privada junto a la pública. Las decepciones, en muchos casos, han sido grandes. La vida privada de las personas públicas puede ser tan aburrida como la de cualquier mortal. Si no lo es, corres el riesgo de acabar como Dominique Strauss-Kahn.
Pretender que alguien que ha estado preocupado por su papel en la Historia deje un testimonio sincero es bastante ingenuo. El que teme ser juzgado va borrando huellas. Si los historiadores quieren saber más, piensan, que se busquen la vida.
Queda la cuestión de las filtraciones. Los sistemas digitales son más vulnerables y los documentos pueden llegar a manos de los rivales antes que de los historiadores. Las filtraciones de archivos personales es peligrosa y los personajes con trascendencia pública lo experimentan en sus carnes con frecuencia.


La desesperación de los historiadores es comprensible. Las prevenciones de los futuros ocupantes de los libros (o lo que sea) de Historia también. Durante siglos muchos personajes públicos han estado obsesionados por qué diría la Historia de ellos. Hoy preocupa el día a día, es decir, la opinión pública. La vida es la vida, la que a cada uno la toca; la biografía es lo que otros cuentan, es el trabajo de los demás.
¿Hemos perdido sentido de la Historia? Probablemente sí. ¿Pensaba en la Historia Hillary Clinton cuando su dedo borrador acabó con los 30.000 correos? Probablemente, no. Pensaba en que más vale ser una candidata criticada que una candidata hackeada.


* "Hillary Clinton Emails: A Timeline of What Rules Were Allegedly Ignored" ABCNews 6/03/2015 http://abcnews.go.com/Politics/hillary-clinton-emails-timeline-rules-allegedly/story?id=29442707
** "Awash in Information, Historians Fear Loss of Rich Material" The New York Times  12/03/2015 http://www.nytimes.com/2015/03/13/us/awash-in-information-historians-fear-loss-of-rich-material.html?hpw&rref=politics&action=click&pgtype=Homepage&module=well-region&region=bottom-well&WT.nav=bottom-well 

** Manuel Vicent "Thomas Mann: entre la belleza y el cieno" El país- Archivo http://elpais.com/diario/2009/08/22/babelia/1250898618_850215.html22/08/2009



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