jueves, 19 de marzo de 2015

El ataque terrorista en Túnez

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De nuevo el yihadismo golpea, esta vez en Túnez. Recordaba hace unos instantes uno de los contertulios de los desayunos periodísticos de RTVE la visión negativa que Simon Peres les dio de los procesos iniciados precisamente en Túnez, durante una reunión informativa. Parece ser que Peres expresó negros augurios sobre el destino de aquellas revoluciones que comenzaban. Recordar este tipo de "profecías" ("profecía autocumplida" es como la denominó el periodista) no deja de ser un ejercicio peligroso en la medida en que consagra un estereotipo: las democracias son imposibles en los países árabes. En el caso de Peres, con un agravante específico e interesado: solo Israel es una democracia en la zona.
Las recientes elecciones y su resultado en Israel hacen ver que su sentido de la democracia es interesado y que forma parte de un discurso bien estructurado. A Israel y a su principal valedor, los Estados Unidos, la democracia les parece un estado político propio y exclusivo desde el principio. Sin embargo, solo se puede considerar democrático un estado que además de practicar la democracia de fronteras para dentro lo hace también hacia fuera. La democracia, parece, es un bien interno, mientras que hacia el exterior se desarrolla una doctrina basada en el complejo y oscuro principio de los "intereses".

Es indudable que uno de los motores del yihadismo —y no solo de él— en los países de la zona es la política desarrollada por el propio estado de Israel. La existencia de Israel y sus acciones son utilizadas como motivación para la lucha. Israel y sus aliados son vistos como el objetivo principal de la lucha. Que Simon Peres se mostrara escéptico ante unas primaveras que pedían democracia no es solo una cuestión de "profecía" o de "experiencia política", sino una cuestión de estrategia. Israel concibe las democracias árabes como un peligro. Al menos la parte de Israel que sostiene políticas como las que acaban de dar la victoria a Netanyahu en las elecciones, las llamadas "políticas de seguridad" o, si se prefiere, del miedo. En ese sentido, lo que ocurre en Israel y su actitud tienen una incidencia clara en la recluta yihadista. Odios y frustraciones se canalizan hacia ellos directamente e indirectamente contra sus aliados, táctica que afecta a los enemigos locales, que pasan a estar vendidos y ser traidores.
La excusa para mantener dictaduras en la zona es la "seguridad" de Israel, dándose por descontado que las democracias serán un peligro y un foco de inestabilidad en la zona. Esto significa condenar a una parte del mundo a vivir entre el terrorismo yihadista y los estados autoritarios que reprimen a sus propios pueblos, represión que retroalimenta el terrorismo y la inseguridad.


También el miedo a la democracia ha sido rentable para los autócratas de la zona. Su política represiva partía del principio interesado de que la democracia sería un peligro para terceros (Israel y Occidente) por si se abría así el paso de los islamistas hacia el poder. Desgraciadamente la Historia es un tren del que no es posible saltar en marcha ni frenar en seco sin consecuencias. La Historia tampoco admite regresos a puntos de partida: todo tiene consecuencias políticas y condiciona el futuro. La política es el arte de reparar los propios errores, sin garantías de que no se cometan otros nuevos. Y los errores se acumulan en la zona aumentado la complejidad de lo que ocurre y dificultando encontrar soluciones en la dirección adecuada.
La aceptación implícita del razonamiento de que son imposibles democracias que busquen la paz no lleva más que a la perpetuación de la política del miedo en Israel y en toda la zona. Puede que Israel se haya acostumbrado a vivir en esa situación de miedo y defensa, pero los demás no. Y tampoco se debe aceptar porque afecta a terceros. La insólita visita de Netanyahu y si discurso ante el Congreso de los Estados Unidos se recordará como ejemplo de extensión de la política del miedo.
La única acción política que se considera ante esto es evitar que los ejércitos de estos países sean controlados por los islamistas que pudieran neutralizarlos. El resultado lo tenemos en casos a corto plazo, como en Egipto donde el Ejército obstaculizó y veto las normas que pudieran dar poderes al gobierno de Morsi sobre ellos, y que finalmente acabó con los militares tomando el poder. O un desmantelamiento lento al principio y acelerado después como está ocurriendo en Turquía con el gobierno de Erdogan que ha ido purgando las administraciones y mostrándose más radical en sus planteamientos islamistas conforme se ha ido debilitando al ejército, fuente de resistencia y golpismo. Tras diez años, Erdogan ya controla casi todo y su única preocupación viene de otro grupo islamista, los gullenistas, que según él quieren derrocarle.


La cuestión de la democracia no es sencilla. Allí donde la democracia se limita a las variaciones en la alternancia dentro unas reglas constitucionales, la sociedad podrá tener crispación pero es estable en su concepción conjunta de los valores democráticos. Sin embargo, no es esto lo que ocurre en la mayoría de los países en los que existen fuerzas que son abiertamente contrarias a la democracia que han identificado interesadamente con "Occidente" en sus discursos. La democracia es entonces una amenaza, un intento de hundir la sociedad, un caballo de Troya del ateísmo, el feminismo, el igualitarismo religioso, etc., todos ellos males terribles.
Lo que ocurre en su interior es algo más que la lucha entre partidos, propia de la democracia. Hay un conflicto sin resolver sobre el estatus de las personas, sus derechos individuales, sus libertades de conciencia, la convivencia con los otros, etc. que sigue sin resolverse por el freno a la modernización.
Ninguna sociedad ha partido de la democracia como un estado natural; es una construcción laboriosa. En todas, incluida la nuestra, se ha salido de estados autoritarios o restrictivos en los que se han ido extendiendo los derechos de una pequeña parte de la población al resto. Esos pequeños grupos privilegiados han tenido que dejar paso a los que no poseían tierras, los jóvenes o las mujeres, que también tuvieron que luchar por conseguir su voto. La democracia es el derecho a decidir, pero también es algo más. En ese derecho hay implícitos muchos otros que implican una valoración de la persona, de su papel en una sociedad y de sus relaciones con los demás. Es sobre todo una voluntad de acuerdo y diálogo frente a la fuerza, ya sea de la familia, grupo o tradición. No es una legitimación en las urnas de la destrucción del otro, que es lo que ha ocurrido en ocasiones, concibiéndose como un asalto al poder. Ese fue el error del islamista Morsi en Egipto y cuyo ejemplo negativo impidió que ocurriera lo mismo en Túnez al rectificar. Eso no significa que hayan renunciado a sus objetivos necesariamente, sino que se elegirá el camino lento a la turca.


Desde Occidente se corre el peligro de alentar las políticas autoritarias en la zona como "dique" frente a la penetración en Europa. La mejor forma de que ese problema no se plantee es, indudablemente, que desaparezca en su origen. La cuestión está en si ese "desaparecer" se hace en las mentes o en las cárceles. Si se elige la vía de la "modernización", entendiendo esta como una transformación que facilite la convivencia interna y externa, será lenta, pero sembrará las bases del rechazo del extremismo y la intransigencia, del integrismo y del militarismo. Si se escoge la tranquilidad carcelaria, la represiva, se estará creando una situación que irá a más creando escenarios más conflictivos.
Los que ven en las primaveras árabes los brotes del islamismo hacen una lectura interesada. Es el regreso de los dictadores y sus beneficiarios proclamándose como esclavos de la necesidad, reivindicándose como pacificadores. Si hubieran hecho su labor, en vez de extender la corrupción y la injusticia, quizá no habrían ocurrido muchas cosas o habrían ocurrido otras.
El fenómeno del yihadismo exterior, el desarrollado en países occidentales, hace ver que muchos de los razonamientos hasta el momento no son correctos y tienen un carácter tópico. Indudablemente la pobreza y la corrupción no son buenas, pero no es el único caldo de cultivo de algo que tiene que ver más con un conflicto cultural profundo en el seno de la propia sociedad. Tenemos todavía que comprender por qué alguien educado en buenos colegios, cursando carreras universitarias o teniendo empleos aceptables, etc., toma la decisión de volverse contra la sociedad en la que se encuentra y apostar por una forma cruel y despiadada de vida, cortando cabezas, secuestrando mujeres y niñas, haciendo llevar bombas a niños o animándoles a pegar tiros en la sien a los prisioneros, lanzando personas desde lo alto de torres por ser homosexuales, o descerrajando tiros a los que ven contemplando un partido de fútbol en la televisión, crucificando en las plazas a los que son de otras creencias, por contar solo algunas situaciones conocidas últimamente.


La cuestión no es por qué nos resulta incomprensible para nosotros y muchos millones de musulmanes en todo el mundo, sino cómo les resulta natural a ellos, a los que lo aceptan. La solución que algunos están dando no parece la más satisfactoria: el control nacionalizado de la religión. Es el modelo que parece haber adoptado Egipto, que posee las instituciones necesarias para ello. La respuesta dada por el ministro de Justicia egipcio señalando que cumplirán con el 80% de la recomendaciones hechos sobre derechos humanos pero que el 20% restante no las seguirán por ir en contra de la "religión" y de los "valores" egipcios" es un intento de tomar el timón, pero no de corregir la trayectoria. Ya ha dado por sentado que existe ese 20% de especificidad cultural que ve un peligro en los derechos humanos. Es el margen que necesitan para el autoritarismo. Pero eso se lo aplican a su propia sociedad, con lo que el germen está ahí.
La peculiar estructura del islam y su propia historia y tradición hacen que esta cuestión sea crucial. Las primaveras árabes no han sido islamistas. Otra cosa es que el islamismo haya sido quien más provecho haya obtenido al sacar partido del caos producido por la falta de voluntad y la debilidad de las instituciones sociales capaces de canalizar esa voluntad de transformación social. La inexistencia de organizaciones capaces de acoger el deseo de cambio ha hecho resaltar que no existen más que dos fuerzas organizadas: los ejércitos y los islamistas. Ambos hacen simulacros de democracia cuando llegan al poder. El autoritarismo dependerá de circunstancias como la resistencia que se ofrezca ante el poder o incluso de los pactos que puedan llegar a alcanzar dentro de oscuras coincidencias, mediante los que se renuncia a la violencia a cambio de mayor presencia social o menor persecución.
La única solución a largo plazo es el fortalecimiento de la sociedad civil para que produzca instituciones fuertes capaces de defenderse de la penetración radical y de su propia radicalización autoritaria. Y en esto, desgraciadamente, están solos, desasistidos. Nadie que no conozca la zona se puede imaginar lo que constituye la manipulación informativa, la guerra constante por hacerse con las mentes asustadas e irritadas de millones de personas. Los que intentan salir del choque frontal están solos


En este sentido el papel de Occidente o, para ser más preciso, de sus instituciones civiles es esencial. Las actividades de apoyo y encuentro, de trabajos conjuntos, allí y aquí son esenciales para poder acabar con el aislamiento interesado de aquellos que quieren tener sus públicos cautivos. Desde algunos gobiernos se hace mucho para impedir estos contactos fecundos. Eso compete a las restricciones a las asociaciones o. por ejemplo, la vigilancia de las investigaciones que realizan profesores o doctorandos en el extranjero. Los islamistas hacen lo mismo, vigilando a los que salen para neutralizarlos en su regreso. Salir al extranjero o tener contactos fuera se convierte pronto en motivo de sospecha o en acusaciones de traición, ya sea a la religión o a la patria, según quien te acuse.
Hacen falta más proyectos comunes, más difusión cultural, más traducciones, más y mejor información para evitar caer en los simplismos reduccionistas y estereotipos, que es lo más fácil. Es una asignatura pendiente que requiere generosidad y entrega desinteresada. Desgraciadamente no es fácil.
No son las primaveras árabes las que han traído el yihadismo terrorista. La radicalización se ha producido ante el temor de que la gente de estos países aspire a más libertad de la que están dispuestos a darles militares e integristas religiosos. Dar por descontado que la democracia es imposible es enfocar de forma perversa las relaciones y, sobre todo, es condenar a la soledad y al martirio a aquellas personas que desde dentro quieren países más justos, modernos, prósperos y pacíficos. Les queda el silencio, la cárcel o el exilio, la muerte en ocasiones, cuatro caminos diferentes para una misma frustración.

El intento de asalto al parlamento tunecino en el momento en el que este iba a aprobar medidas antiterroristas y su final causando la muerte de casi una veintena de turistas y de dos tunecinos, una limpiadora y un policía, tiene mucho de simbolismo. Todo comenzó en Túnez y se ataca allí al parlamento. Los muertos acaban siendo tunecinos y turistas occidentales. Una síntesis macabra de la historia de estos años. Es importante para todos que Túnez resista. Para ellos los primeros; después para los países que se han visto frenados en sus reforma, como ejemplo de que es posible llegar a una democracia justa y abierta; y finalmente para nosotros, pues nos permitirá establecer un tipo de relaciones que sean realmente constructivas para el futuro de todos. 
Hay que respaldar al pueblo de Túnez y su democracia para que pueda seguir siéndolo.



El apoyo de los egipcios al movimiento en Túnez durante la primavera árabe

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