jueves, 8 de enero de 2015

#JeSuisCharlie

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hoy no se puede escribir bajo un título distinto. "Je suis Charlie" representa la identificación con unos valores extraños para quien no los entiende. Significa que, te guste más o te guste menos lo que hacían, respetas su derecho a hacerlo. Es la diferencia entre el fundamentalismo y la democracia. Lo escuchaba hace unos minutos entre las reacciones que Euronews recogía por boca de un manifestante musulmán que señalaba que "a ningún musulmán le hace gracia ver al profeta con una bomba como turbante, pero eso no quiere decir que haya que matar a nadie". "JeSuisCharlie" no significa que le hicieran gracia las caricaturas; significa que no le hacen gracia los asesinos. Hace unos días titulábamos "El humor no viaja bien" para referirnos a las amenazas contra la película "The Interview": ahora son los criminales los que viajan allí donde pretenden extinguir el derecho al humor.
Charlie Hebdo es una revista satírica y su función es molestar al mayor número posible. Entre los objetivos de una revista satírica siempre estará la caricatura de lo serio: la política, la religión, la cultura... Cuanta más solemnidad se muestra, más caricaturizable, más objeto de sátira. Esa es la relación entre la sátira y la solemnidad.


La sátira es un antídoto contra el autoritarismo; es un ejercicio gimnástico duro contra la intransigencia y la intolerancia. La sátira es intolerante cuando es sectaria. Las portadas de Charlie Hebdo muestran que nadie queda libre de sus sátiras, del presidente de la República al Papa, pasando por todas las figuras políticas francesas e internacionales de cualquier campo. Pero el sectario solo ve las que le critican a él y a sus ideas, por lo que las convierte en una conspiración, en este caso, islamofóbica sin entender que es su reacción exagerada y solemne la que provoca nuevas sátiras. El fundamentalismo islámico carece de la capacidad de entenderlo, como cualquier otro fundamentalismo, por definición.
La sátira forma parte de la cultura de las libertades. En especial la sátira política y la sátira de las costumbres. Son correctivos para que la sociedad vea sus peligros y vicios. La sátira pertenece a una mentalidad que se ríe de las pretensiones de perfección. El fundamentalismo, por el contrario, parte de la perfección de sus planteamientos lo que los hace intratables. La crítica choca con la barrera de la "perfección", que es lo "sagrado". El problema es que se extiende la sacralización más allá de lo debido para evitar las críticas. Bajo su manto se protegen los puntos más débiles para evitar su crítica y erosión.


El ataque a la revista y los asesinatos de diez de sus dibujantes y redactores es un ataque a la libertad de expresión, a la libertad de prensa y a la libertad a secas. Todas las reacciones de condena son bienvenidas, por supuesto. Pero hay ciertas cosas que se remueven en el interior cuando ves algunos regímenes que condenan el ataque mientras practican la censura o encarcelan a periodistas por la sacralización de cosas más triviales.
A ellos hay que decirles que practiquen la sana costumbre de la libertad y no la de las condolencias, pues como la gimnasia mal practicada, hará que se les atrofien algunos músculos mientras que otros se les fortalecen en exceso. La mejor forma de condenar la intransigencia y la brutalidad es no practicarla.
Las personas que se han concentrado en distintas partes de Francia y en ciudades en otros países trataban de mandar un doble mensaje: solidaridad con los asesinados y no tenemos miedo. La reproducción solidaria de las obras de los dibujantes abatidos por las balas criminales es un signo de libertad. Ha producido, especialmente, las reacciones de sus compañeros por todo el mundo asumiendo que el testigo pasa a ellos, que son los que producirán más dibujos con los que realizar esa tarea de dejar al descubierto las fisuras.


El integrismo lleva mal el humor, como lleva mal cualquier tipo de crítica. Un día apunta a los dibujantes satíricos, pero otro día encarcela ensayistas o lanza amenazas contra los académicos que realizan estudios de cualquier clase. El integrismo se defiende desde su falta de argumentaciones científicas, filosóficas, estéticas, etc. con lo único que sabe hacer: condenar y matar. Reviste su violencia de virtud y su vocación criminal de martirio. En su punto de mira está el humorista, pero también el científico, el filósofo, el cineasta, el poeta o el novelista que no entonan su canto monocorde y oscuro. El integrismo es la parálisis total, la negación de que el mundo se mueve y nosotros en él. La lista de sus enemigos es enorme y va desde las personas conocidas hasta un humilde vecino que les lleve la contraria.
Hoy somos franceses, somos dibujantes y redactores. Hoy "Je suis Charlie".










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