jueves, 25 de diciembre de 2014

Viva la diferencia francesa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Repaso la última vez que me reí con ganas y encuentro que fue el fin de semana pasado en el estreno de la comedia francesa "Dios mío, ¿pero que te hemos hecho?" (Philippe de Chauveron 2014). Reírse está bien; escuchar además las risas de los que te rodean, ¡mejor todavía! Y los que me tocaron en el cine se rieron mucho. Nos éramos muchos, pero hicimos mucho ruido.
La comedia trata de un padre francés, republicano, gaullista, católico, con cuatro hijas. Las tres primeras se le han casado con un judío, un árabe y un chino. Ha pasado mucho tiempo desde que Stanley Kramer planteó el caso escandaloso del matrimonio interracial en "Adivina quién viene esta noche" (Guess Who's Coming to Dinner, 1967) en donde los Drayton —Spencer Tracy y Katherine Hepburn— eran puestos a prueba en su liberalismo por su hija, que les llevó a casa a su novio, Sidney Poitier, inequívocamente negro. Eran los años del "haz el amor y no la guerra" y mayo del 68 estaba en ciernes, ya una realidad en Berkeley, California.
La película es muy divertida, muy francesa, con gags ingeniosos. Juega con tópicos y estereotipos al principio para remontar la segunda parte en que todo se acelera. Tampoco es de extrañar, pues es de eso lo que trata. No es gran cine, pero si una entretenida comedia con diálogos ocurrentes y unos buenos actores llevando sobre sus espaldas el peso de representar la desesperación, pero también la unión familiar alcanzada tras las vicisitudes y vencer los prejuicios.


Y eso es importante porque se trata de eso, de representar a la familia francesa en los tiempos de Marine Le Pen. No se puede ver esta película, ni juzgarla, sin pensar que está hecha en la Francia que ha vuelto a la xenofobia y al racismo bajo el disfraz de un nacionalismo obsoleto, romántico y teatralizado. La Francia de Marine Le Pen es la de la pureza rubia de Marine y su familia. Ellas —solo mujeres y Papá Jean-Marie— son las nuevas Juanas de Arco, la santas de la intransigencia, del antieuropeísmo y de devoción por ese santo laico, ese "San Manuel Bueno, mártir", que es Vladimir Putin, el ex agente de la KGB homofóbico y visionario, que husmea el rastro de la Historia recuperando territorios.


Jean-Marie Le Pen ha tenido tres hijas y nueve nietas para la causa. Frente a esa perfecta familia francesa, la que aspira al Elíseo, se nos muestra esta otra, variada, colorista e imperfecta. Los que se matan en otros lugares del mundo, están obligados aquí a compartir mesa en cada celebración, a vencer sus respectivos prejuicios.
Lo verdaderamente importante de esta comedia no es que tenga más o menos gracia, sino que no les haya hecho ninguna a los seguidores de Le Pen, dominadores de la patria avinagrada. El gaullista católico y republicano protagonista, un notario de provincias, está a años luz de los lepenistas. Él se contenta con que alguna de sus hijas, una al menos, se llegue a casar con un católico para poder ir a una celebración como dios manda, qué tampoco es pedir demasiado. La película nos mostrará que siempre se obtiene lo que se pide pero de forma aproximada.


En la Francia que sus hijas quieren —múltiple, variada—, aunque cada uno tenga su religión, todos tienen los juzgados civiles para casarse, y La marsellesa para cantar al unísono. La Francia diferente está por encima de las diferencias. Ni para ti ni para mí; lo que quieran mis hijas, que son su debilidad, su amor y su futuro.
Hoy que muchos alemanes se lanzan a la calle a pedir que se vayan los inmigrantes, que Suiza echa el cierre y los británicos dicen que o se controla a los demás o ellos se van de Europa, y que esto se va repitiendo por muchos otros escenarios que han sustituido la Ilustración por las tinieblas raciales, una comedia convencional se convierte en una pieza suave de vanguardia militante, que no estética, por la tolerancia y la convivencia.


Los anglosajones la han llamado "Serial (bad) weddings" y los alemanes "Monsieur Claude und seine Töchter", que no le hacen justicia a la base de la comedia, resaltar esa especie de castigo divino que supone la situación para los frustrados padres. 
Tras la decisión de Sony de estrenar hoy, el día de Navidad, la película amenazada por Corea del Norte, es decir, por el dictador de la tercera generación, un ciudadano norteamericano preguntado decía que tenía dos motivos para ir a verla: uno, que creía que era muy divertida y, dos, por principios. Pues las dos razones valen también para esta comedia francesa contracorriente. Es divertida y es cuestión de principios en un mundo intransigente reírse un rato viendo la convivencia como un valor positivo.
Yo me divertí viéndola y —pequeña maldad— pensando en lo mal que le habría sentado a algunos. La película, dirigida por Philippe de Chauveron ha batido todos los récords de taquilla en Francia en 2014, con 12 millones de espectadores, superando el éxito de otra película, Intocable (2011).
¿Que es irreal? Pues sí, claro. Por eso es ficción y puede tener buenas intenciones. Pero yo preferiría que me invitaran a comer ellos que la real familia Le Pen en su perfección inmaculada.








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