viernes, 19 de diciembre de 2014

El ministro en el despacho verde

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cae en mis manos un viejo ejemplar del libro de la colección Austral, Recuerdos de un hombre de letras, de Alphonse Daudet, autor al que no se cita ni recuerda. Ya nadie lee esos libros deliciosos (¿se usa el adjetivo ya para algún libro?) como eran Tartarín de Tarascón y especialmente, aquellas Cartas desde mi molino. Encontré el libro en la calle, sobre una sábana que lo protegía de la humedad del suelo, y me lo llevé de nuevo. Solo ya la textura de los viejos libros desencadena, a través del tacto, recuerdos o sentimientos, predisposiciones a leer de otra manera. Ha cambiado la manera de leer y la de no leer. ¡Hasta el papel ha cambiado con el tiempo y por el tiempo! Los libros envejecen y los textos se olvidan, continente y contenido tienen su historia y nosotros tenemos nuestras historias con ellos.
No sé si alguien lee ya Tartarín, el héroe en cuya personalidad malviven simbólicamente dos fuerzas antagónicas:

¡Don Quijote y Sancho Panza en el mismo hombre! ¡Malas migas debían hacer! ¡Qué de luchas! ¡Qué de rasguños!... Hermoso diálogo para escrito por Luciano, o por Saint Evremond, el de estos dos Tartarines, el Tartarín Quijote y el Tartarín Sancho. Tartarín Quijote exaltándose al leer los relatos de Gustavo Aimard, y exclamando: "¡Me marcho!" Tartarín Sancho pensando sólo en el reuma y diciendo: "¡Me quedo!"

De las múltiples variaciones que el Quijote ha provocado, la de Daudet era divertida y muy humana. Hay personas que son Quijotes, otras Sanchos, algunas Tartarines y otras indecisos que cambian de personaje o impresentables que los propios personajes se niegan a habitar.

Sé que tengo ese libro de Daudet por alguna parte, metido en cajas o armarios, escondido tras algún otro con afán de protagonismo en estantes. Pero encontrar a Daudet en aquel estado callejero, como me ocurre muchas veces, despierta la voluntad del rescate y con la excusa de que encontraré destinatario para los duplicados entre mis alumnos extranjeros de doctorado, me los acabo llevando. Uno que tenga y otro que no tenga en esa oferta que Pepe, el librero ambulante —él mismo un Tartarín, mitad Quijote, mitad Sancho sobrevenido—, no propone de dos libros por cinco euros.
Regresé a casa en mi biblioteca principal, el tren de Cercanías, y aparqué el libro dedicado a la obra de Robert K. Merton para sumergirme en los decimonónicos recuerdos de un hombre de Letras. Deje la idea del "escepticismo organizado" con la que había hecho el viaje de ida para adentrarme en una visión diferente para el trayecto de vuelta en manos de Daudet.
Pero el mundo que nos describe es el París de los desengañados, el de las aventuras y los desastres, el de las llamadas a las armas, el de los personajes dignos de ser retratados más allá del boceto y llevados a episodios novelescos. En el primer texto, titulado "Emilio Ollivier", nos retrata al ministro y diputado liberal —"uno de los Cinco que se habían atrevido a desafiar al Imperio"—, al que describe como un ministro a la americana, por su rechazo al lujo y la pompa.


Daudet cuenta el revuelo en la ciudad tras la muerte del periodista Víctor Noir a manos del príncipe Pierre Napoleón Bonaparte, primo del emperador Napoleón III, en un confuso incidente en su propia casa. Noir (pseudónimo de Yvan Salmon), acudió acompañado de Ulrich de Fonvielle, otro periodista de la redacción de La Marsellesa, a concertar un duelo con el príncipe Bonaparte. Las polémicas de la prensa de entonces, con insultos diarios entre unos y otros, desembocaban en ocasiones en duelos como aquel que los dos enviados tenían como objetivo organizar. Ya la prensa era el primer escenario de conflictos que se resolvían al amanecer a base de pistoletazos. Parece ser que el primo del emperador se sintió ofendido porque aquel duelo se organizara con los enviados hablando con él y no con sus delegados, como era la costumbre, considerándolo una ofensa más. No les recibió bien y les despidió peor, a tiro limpio acabando con la vida del mensajero, Víctor Noir, en una agarrada.


París, que ya estaba caliente, se acabó de calentar y, nos cuenta Daudet, los rumores volaban deprisa y se convocaba una gran manifestación para el día siguiente. El periodista muerto a tiros pasa a ser un héroe. Nos dice Daudet del recién saltado a la fama y ya abandonado por la vida:

Se dice quién es Víctor Noir; se habla de su bellísimo carácter, de su dulzura, de sus pocos años, de su boda próxima. Y las mujeres toman cartas en el asunto: compadecen a la madre, a la novia; el enternecimiento de una novela de amor se une a las cóleras políticas.


¡Buena forma de expresar cómo funciona el calentamiento de la opinión pública! Los poco que se sabe del desconocido es suficiente para fabricar un héroe por el que salir a expresar la indignación ante el hecho. «La Marsellesa, con orla negra, publica un llamamiento a las armas; la gente dice que aquella noche distribuirá Rochefort cuatro mil revólveres en la redacción», escribe Daudet sobre lo que es la jornada previa a la manifestación, cómo vuelan los rumores.
La prensa es un arma más que ya está cargada. Daudet describe escuetamente los "vientos de barricada", no realiza un gran despliegue. No es un texto del momento, periodístico, sino el recuerdo de un mundo pasado, del que se habla ya como Historia. No le interesa contarnos la épica callejera, sino la construcción del rumor, el calentamiento de la opinión, el clima caldeado en la concisión de una frase.

En aquellos instantes me encontré con un amigo en el boulevard. «Esto va mal —le dije—. Muy mal, y lo peor es que arriba no creen en la gravedad de la cosa». Luego, cogiéndome del brazo, añadió: «Emilio Ollivier te conoce; ven conmigo a la Plaza de Vendôme».

El esfuerzo de Daudet es mostrarnos a Émile Ollivier en aquel momento, en plena confusión, con París hecho un clamor, en algo que seguimos experimentando cada día, que es la miopía política, la falta de estimación real de lo que ocurre y de lo que puede ocurrir, una de las más graves enfermedades crónicas de aquellos que gobiernan. Es una enfermedad que da aquí y allí, entonces y ahora, de la que pocos escapan.
Ese arriba metafórico que nunca cree nada hasta que le estalla en forma de lo inevitable. Lo inevitable no es lo inesperado, aunque a muchos les parezca. La ceguera política, como ocurre en otras esferas de la vida, es la de negarse a ver.

En un magnífico despacho, alto de techo, con dos altísimas ventanas que cogían todo el testero; un despacho de esos de frío y triste aspecto, en los cuales todo es verde puro, de ese verde burocrático: carpetas y papeleras verdes, sillones forrados de gutapercha verde, que es a la deliciosa verdura de los bosques lo que el papel timbrado a un soneto escrito en vitela, lo que la sidra al champaña, se encontraba el ministro solo, apoyado en la chimenea en actitud de un orador que se dispone a usar la palabra. Dos criados entraron con lámpara encendidas.
Mi amigo había dicho verdad; arriba no se sospechaba el peligro; el ruido de la calle no llegaba sino de una manera muy vaga hasta esas alturas. Emilio Ollivier, con la natural infatuación mezclada de miopía que caracteriza a los hombres que están en el poder, nos dijo que todo iba perfectamente, y que sabía cuanto ocurría; hasta nos enseñó la esquela escrita por Pedro Bonaparte al señor Conti, la cual acaba de comunicársele, esquela salvaje y brutal, muy dentro de las costumbres del siglo XVI, que comenzaba así: «Dos jóvenes han venido a provocarme...» Y terminaba con estas palabras: «Creo que he matado a uno de ellos.»

Podemos leer en los libros de Historia estos acontecimientos, pero la pluma de Daudet nos los acerca de otra manera. El entierro de Víctor Noir, famoso porque le pegaron un tiro las manos de la familia del Emperador, fue multitudinario; la absolución del príncipe Pierre Napoleón Bonaparte, un escándalo de colosales proporciones que hizo tambalearse las instituciones al completo, con violentas manifestaciones. Finalmente el Emperador cayó.
Visto en el tiempo, la miopía se mantiene en muchos de nuestros políticos. Se sigue utilizando a los medios de comunicación para asistir de "padrinos" a los duelos políticos. Hay que decir también que muchos asisten encantados, probablemente como lo hizo el pobre Víctor Noir,  en primera fila, a estos duelos con tal de contarlo todo de cerca y tener calientes a sus audiencias.

Lo que más me atrajo del magnífico texto de Daudet, apenas unas cuantas páginas, es su descripción del despacho, momento en el que concentra su arte y usa los mecanismos de la retórica. Es el momento en el que concentra en una frase, en una comparación, como ha hecho antes al fundir "novelas de amor y cóleras políticas", la distancia existente entre lo que ocurre abajo y lo que ocurre arriba. Ese despacho "verde" burocrático, en el que se dice saberlo todo, que todo está controlado, ese despacho exquisito, es de otro mundo. La soledad de Ollivier, que acabará exiliado por su mala decisión en conflictos posteriores, como la guerra franco-prusiana, y al que cuando vuelva se le prohibirá la actividad política y hasta decir discursos en la Academia de la que era miembro.
Localizo el Instituto Émile Ollivier, dedicado a su memoria, y no los textos que nos ofrecen sobre él no parece el texto de Alphonse Daudet. Sí aparece, en cambio, uno de Edmond de Goncourt realizado en 1870, con todo el calentón del momento: « […] la tête longue et étroite d’imbécile d’Ollivier […] » (Journal, 7 mai 1890).
Si la Historia fue cruel con Émile Ollivier, no lo fue menos con el pobre periodista Víctor Noir, el que se llevó el pistoletazo del príncipe. Los cien mil que asistieron a su funeral tumultuosamente no se pudieron imagina que al artista que lo inmortalizó para gloria republicana, yaciente, recién recibido en disparo en el pecho, se le iría la mano en una dosis de realismo infrecuente en los cementerios. A la estatua yaciente del pobre Noir le quedó una erótica protuberancia bajo sus metálicos pantalones. Esto ha incitado a los que acuden a su tumba a realizar sobre su estatua todo tipo de tocamientos y cabalgaduras. En pleno furor del selfie y la redes sociales, se ha convertido en un personaje muy popular, aunque sea por el bulto en los pantalones.
Nos dicen de su célebre estatua:

Victor Noir is nowadays one of the most visited residents in the graveyard, right after Jim Morrison and Allan Kardec. His popularity is not because of his talent as a journalist, nor his symbolic role, but lies in the notorious lump in his pants. A generation of superstitious (or just randy) women have decided that taking indecent rubbings of Victor's impressive girth could prevent infertility, and perform these rubbings in more than the traditional manner.


Sí, la Historia es cruel. Se pasa de ministro a idiota y de víctima heroica a estatua acosada en un santiamén. A veces es preferible el olvido. 






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