domingo, 7 de diciembre de 2014

Eficiencia divina

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La revista Investigación y Ciencia tiene una última página que sitúa el conocimiento en su perspectiva histórica. Se trata de la sección “Hace 50, 100 y 150 años” con la que se nos recuerda que hoy creemos que sabemos algo, pero que mañana sabremos más, con lo que mirar hacia atrás se convierte en un ejercicio de modestia hacia presente. Saber tiene siempre algo de soberbia. Por eso mismo, leer en esta sección las cosas que dábamos por buenas entonces –en esos 50, 100 y 150 años-, nos debería hacer ser un poco más modestos. Siempre cabe la posibilidad de que a alguno, por el contrario, le parezca solo ocasión de reírse del pasado.
En su último número, la revista recoge un texto de diciembre de 1864 que dice lo siguiente:

«La Peking Gazette contiene un informe del gobierno chino acerca de la extinción de la rebelión de Taiping que acaba con las palabras siguientes: “Es, pues, de todo punto necesario que gracias sean dadas a los dioses por sus ayuda. Por ello se ha ordenado al Consejo de Ritos que examine los servicios prestados por los distintos dioses y que informe a este gobierno”. »*

La orden parece delirante y lo es, sin duda, pero tampoco dudamos de que fuera cumplida a rajatabla. La Gaceta era el equivalente a nuestro BOE y en él se recogían los edictos y demás escritos oficiales.
El razonamiento parte de la creencia y actúa con su lógica implacable. En primer lugar presupones que los dioses (damos por buena su existencia) están siempre de tu lado. Pasamos después a suponer que han sido ellos con sus voluntad los que han deseado nuestra victoria y la frustración de los demás, por lo que castigarles no es más que terminar lo que una vez se decidió en los cielos. Hasta aquí no hay diferencias con los dioses de todo el mundo. La novedad es lo del Consejo de Ritos actuando como una empresa de rating evaluando y precisando la parte que a cada uno le ha tocado en la victoria.
Me imagino que los funcionarios de entonces presentarían un cumplido informe especificando las tareas de cada uno de los dioses y valor relativo en la victoria con la que se aplastó la rebelión en Taiping. La cosa fue seria, pues se estima que murieron alrededor de veinte millones de personas, según las estimaciones más bajas, aunque hay fuentes que duplican esta cifra. Costó 13 años aplastarla.
Determinar el papel de los dioses en el aplastamiento de la rebelión era importante porque se trataba de una cuestión religiosa. El conflicto se produjo por la rebelión de un cristiano converso, Hong Xiuquan, que se enfrentó a la dinastía Qing mediante la fundación del Reino Celestial de la Gran Paz. Puede que fuera “celestial”, pero nada de “Gran paz”, aunque eso siempre entra en las aspiraciones finales. Hong Xiuquan se consideraba como un nuevo mesías destinado a acabar con el culto al demonio, que es lo te parece lo que piensan de otra forma. Por supuesto, se declaraba hermano menor de Jesucristo.
A la vista de este conflicto de intereses divinos, se trataba de dejar claro a todos que el que gana tiene teológica, militar y administrativamente razón. Una vez que has derrotado al enemigo, es esencial que todo el mundo piense, como diría Dylan, “the land that I live in / Has God on its side”. Tener a Dios de tu lado es una gran ventaja y no dudo que los funcionarios chinos no tuvieron la más mínima dificultad en cumplir su labor.


La cuestión se plantea de nuevo con la película de Ridley Scott, Exodus: Dioses y reyes, que tuve ocasión de ver ayer. Moisés tiene a Dios de su lado y el faraón Ramsés tiene poco que hacer, por más que lo intente. Sobre todo porque Dios, además de inspirar a sus héroes, también lo hace con los guionistas, tal como lo hizo con los funcionarios chinos.
Leo en algunas reseñas que todo el mundo echa de menos que el Mar Rojo se parta en dos y se limite a bajar la marea, que se encadena con un tsunami. La gente no escarmienta con lo caros que nos acaban saliendo los milagros. Pero sobre todo echan de menos a Charlton Heston, que les parece la referencia histórica del asunto. Hollywood siempre ha marcado tendencia, incluido en lo religioso. Donde el emperador chino mandaba a sus funcionarios, Hollywood enviaba a sus guionistas.


El momento más irónico de la película se produce precisamente porque con las plagas haciendo estragos entre la población egipcia, que sufre ataques de cocodrilos furibundos, ranas saltonas, mocas apestosas y gusanos, enfermedades, etc., se la carga el que da la explicación más racional del asunto. Piensan los científicos que la explicación más tonta es preferible al milagro, que es mejor recurrir al tsunami que a separar las aguas, a la esquizofrenia que las voces divinas, pero el problema en que poca gente tiene interés en pensar como los científicos, que suelen tener poca garra en esto de las explicaciones. Pero los tiempos están muy achuchados y hay que hacer concesiones, como llamar “la partícula de Dios” al bosón de Higgs. Lo del “bosón” no lo entiende nadie, pero lo de “Dios” todos. Al final ni los científicos ni los guionistas viven de la gracia divina, sino del pueblo llano.
Debo confesar que yo mismo me pasé toda la película esperando a que Moisés tirara la vara y se convirtiera en serpiente, pero me quedé con las ganas. Lo más que se llega a conceder es que Moisés tenga alucinaciones (Christian Bale dice que su personaje es una especie de esquizofrénico). Dios se le aparece en la nietzscheana forma de un niño con malas pulgas y no de señor con barbas, que es lo que la tradición gráfica manda allí donde no está prohibido.


La prohibición coránica de representar a dios y los profetas hace difícil que se vea. Lo del Noé de Darren Aronofsky no coló, con lo que no se perdieron nada más que la libertad de expresión, porque era muy mala, una oda al bricolaje. Y ahora, en plena exaltación nacionalista y autoritaria, que les saquen a los faraones tan fallidos pues les hace poca gracia.
Lo de los egipcios con esta película es muy complicado. Teológicamente deberían estar con Moisés, ya que es el dios del monoteísmo que comparten. Pero el terruño tira mucho y les da rabia ser los malos de la película. Esto suele ocurrir con cambios históricos tan acusados como que te invadan los vecinos árabes y te cambien la perspectiva histórica en adelante. Pero este Egipto no es el Egipto cultural, sino el piramidal, que lleva allí mucho tiempo.


Los egipcios inventaron la eternidad, incluso en el poder. El que lo coge, no lo suelta. El monoteísmo sale de allí, pero también los “faraones”. A las causas teológicas islámicas, se suman las nacionalistas. El glorioso ejército egipcio no está dispuesto a perder batallas ni a ahogarse en el Mar Rojo, ahora que está tan revuelta la zona, ni siquiera en las pantallas. Mubarak era faraón, Morsi era faraón y ahora El Sisi ha vuelto a unificar la visión. También a él se le apareció en sueños, según contó él mismo, Anwar El Sadat a decirle que sería presidente de Egipto. Y es que hay zonas del mundo en que todo se resuelve en sueños. La película comienza preguntándole a los intestinos de un ave y termina con Moisés paseando las tablas en el arca camino de un futuro incierto.


Si Hong Xiuquang se consideraba un nuevo mesías dispuesto a liberar China de sus faraones particulares y crear el Reino Celestial de la Gran Paz, Moisés tuvo un poco más de suerte.  Los egipcios quedaron en medio, teniendo que asumir la historia contada por los judíos que se iban. Pero es difícil cambiar estas cosas pasados los años. La prohibición por la censura religiosa encubre la otra, la del fastidio histórico del papel que te ha tocado. Al final, no te libra nadie de la debacle en el Mar Rojo, sea por intervención directa de un Dios que será después el tuyo traído por los vecinos de los que se lo llevaron o por la fatalidad de un tsunami. No sé qué escuece más.


* Investigación y Ciencia nº 459 - diciembre 2014 p. 96. 





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