jueves, 27 de noviembre de 2014

Sombras chinescas en la caverna mediática

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La aparente naturalidad con la que se nos ofrece la información tiende a hacernos olvidar que toda representación —que es lo que se nos muestra— es el resultado de una serie de procesos y decisiones. Nada es natural ni en la selección ni en la representación. No vemos la realidad, sino las sombras chinescas que alguien maneja.
El debate sobre esto no es nuevo, evidentemente. Pero no es un problema que, por ser viejo, esté resuelto. En forma embrionaria surge ya con la escritura misma y hasta Platón se lo planteó cuando hizo debatir sobre el conocimiento y su simple apariencia adquirida por un medio que nos ofrece información más allá de la experiencia. Hoy el debate platónico nos sonaría radical y escandaloso. La información se ha convertido en la garantía de las sociedades democráticas. En garantía y, hay que añadir, en una de sus constantes asignaturas pendientes. Habrá que esperar unos cuantos siglos para que se acuñe la idea de la manipulación de la democracia y del papel que juegan los medios en ella. Si en los regímenes autoritarios la información es propaganda, en los democráticos se corre el riesgo de que se viva bajo una constante manipulación a través de los medios que, lejos de iluminar la opinión, la vuelven distorsionada e interesada.

La necesidad de tener información de calidad, equilibrada, que permita a la opinión pública poder decidir con fundamento, se ha convertido en una especie de utopía naif en la que casi nadie cree, empezando por los propios medios, que prefieren verse hoy como moldeadores de la opinión, que es la forma de vender influencia.
De esta forma, los medios no compiten por tener una información equilibrada sino por ejercer el máximo de influencia posible. Son las dos caras de la moneda y cada uno realiza su apuesta sobre el tipo de medios que le parece más adecuado a sus fines o intereses. La concepción cínica no es nueva: considera que las democracias son luchas por la movilización e influencia sobre la opinión pública, un ente amorfo y maleable a golpe de titular y declaración.
Desde esta concepción, mucho más habitual de lo que pensamos —que algunos simplemente consideran "realista"—, se trata de usar el poder de la información para la consecución de los propios fines. Desde el punto de vista de los medios, se los concibe como unas empresas más cuyo objetivo es alcanzar beneficios y sus líneas editoriales, sus informaciones, etc., no son más que los caminos para poder obtener el máximo posible. Esto no solo cuestión de las empresas informativas, sino que evidentemente es también la posición individual de los que las contemplan de esta manera. Para ellos la profesión informativa carece de idealismo o romanticismo, no buscan un imposible bien común. Es una profesión como otra cualquiera. Se informa de lo más rentable y se enfoca de la manera que consiga la máxima audiencia. No hay un criterio de jerarquización de la información, solo el de su rentabilidad. Se puede comenzar un informativo con las imágenes de un accidente no porque sea una noticia relevante, sino porque se va a enganchar a la audiencia espoleando su deseo morboso.


Por otro lado, la posición que considera que los medios permiten que los que acceden a ellos tengan una visión equilibrada de lo que ocurre, que ayudan a comprenderlo y evaluarlo de una forma correcta, se considera como una "idealización" que carece de sentido y realidad. La gente no quiere equilibrio, sino ser azuzada en todos los niveles, se piensa. No hay que estimular la racionalidad sino la emocionalidad; la reacción visceral ante cualquier tipo de suceso es más rentable. Es populismo informativo: empatía y calentamiento social. Un público excitado es un público receptivo.

El universo mediático que hemos construido hace que el 90% de nuestra información no proceda de nuestra experiencia sino de lo que nos llega mediatizado. Esto nos hace dependientes de lo que recibimos en un grado inusitadamente elevado. Y, además, hace que los intentos de controles económicos y políticos sobre los propios medios sean mayores de los que deberían. Quien controla los medios, controla las voluntades de los que acceden a ellos. El debate no es nuevo y se está produciendo desde que las extensiones sociales del voto hicieron que las decisiones políticas no fueran ya cosa de unos pocos. Después, el papel del consumismo en la economía de los países hizo que la presión sobre los medios para promoverlo fuera mayor. La conexión industria, política medios se muestra como una alianza manipuladora, un conglomerado que busca orientar consumidores, votantes y audiencias en una misma dirección. El debate ha ido creciendo conforme aumentaba el poder mediático.
Estar hoy en el mundo de los medios supone participar de este debate que se percibe en el seno de las mismas Facultades de Comunicación, la lucha entre el discurso cínico-realista y el profesional-idealista. Los debates entre los que enseñan que todo es comunicación y que en la comunicación vale todo y los que tratan de hacer tomar conciencia del poder mediático y ponerlo al servicio de la ciudadanía y de causas más justas que los meros intereses de alguien son constantes. El debate lo podemos trasladar a la economía, la abogacía o cualquier otro campo en el que se imponga este pragmatismo cínico. Lo que está en crisis es el sentirnos responsables de lo que ocurre o de lo que hacemos.


Tras el debate está una concepción de la sociedad misma, de sus relaciones y sus objetivos diferentes en cada contendiente. Los medios están ahí y su papel es creciente en nuestra vida cotidiana. Somos consumidores de información y también consumidores de medios.
Cada medio es una ventana a una realidad parcial, pero el grado de transparencia del cristal es muy diverso: transparente, traslúcido o coloreado como vitral catedralicio. Hay lugares en los que se tapan con contraventanas para no dejar pasar la luz.
La importancia de los medios como vertebradores de la vida pública, de su papel en la creación de la opinión, es grande. Vivimos recibiendo informaciones y por eso estamos más expuestos a la distorsión o manipulación. Puede que sea inherente al proceso mismo y que comunicar sea actuar sobre el otro. Por eso el móvil de la acción, el porqué de la información pasa a ser determinante. No podemos ni vivir aislados como el príncipe Buda en su infancia, pero tampoco podemos vivir en unas corrientes turbulentas y fangosas que nos llevan de un lado a otro.


Puede que estemos condenados a vivir en el interior de una caverna platónica, a consumir diariamente sombras de realidad. Pero que al menos esas sombras no sean "chinescas", el resultado de la manipulación de unos en favor de otros y en detrimento nuestro. El debate sobre la supervivencia económica y tecnológica de los medios no puede retrasar el debate de su papel social, que se da por hecho demasiado a menudo. Parece que la simple garantía legal de la libertad de prensa es suficiente; sabemos que no.
Una prensa que pierde la aspiración idealista y se sumerge en el lodazal de los intereses acaba perjudicándose ella misma, además del efecto negativo causado sobre la vida pública. Es en los lugares de enseñanza desde donde se debe lanzar ese aviso que sea sobre todo despertar de la conciencia del valor de una profesión y del papel de los medios. El surgimiento constante de medios alternativos parece confirmar ese malestar en la información que muchos profesionales padecen en su día a día, que no es más que la fricción constante entre lo que es su conciben como responsabilidad y lo que realizan. El mundo es más amplio de lo que las ventanas muestran y los cristales podrían estar más limpios.


Hay una gran distancia entre la imposibilidad de la perfección y la pérdida del deseo de mejorar, que es más importante. La profesión periodística, defendiéndose ella, nos defiende a todos. Cuando se acalla a los periodistas, se ensordece a la sociedad. Por eso es tan importante que los propios medios no sean los causantes ni del silencio ni del ensordecedor ruido del sensacionalismo. La pérdida de lectores o audiencias debe explicarse de forma más profunda a como se suele hacer habitualmente, como cuestiones de marcado. Un público embrutecido no busca mejor información, sino el circo con el que se le tienta y se acaba aburriendo y buscando entretenimientos.

A las diversas crisis en las que estamos sumidos, o quizá como una variante de la misma, se añade la de la información, que no es solo la de las ventas.




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