martes, 18 de noviembre de 2014

Frivolidad o los audaces irreflexivos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es irritante escuchar todo tipo de frivolidades sobre un pasado en el que al menos se enfrentaron al presente que les tocaba y lo hicieron lo mejor que pudieron con el apoyo de gran parte de la ciudadanía. Ahora parece que el problema, por si tuviéramos pocos, es la Transición. Escribía Milosz en su novela El poder cambia de manos: «Al querer justificar unos actos que hasta entonces se consideraban censurables, hubo que cambiar el sentido corriente a las palabras. La audacia irreflexiva fue considerada valeroso sacrificio; la precaución prudente se convirtió en una cobardía disimulada.» Parece que se ha abierto el turno de los "audaces irreflexivos", competencia en la que se acumulan los despropósitos cada día.
Nos debería sorprender esta capacidad de echarle la culpa de lo que ocurre a los demás en el espacio y en el tiempo. Y, sin embargo, no nos sorprende. Estamos tan hartos de escuchar frivolidades que ya no son capaces de sorprendernos, pero sí de hartarnos. La paciencia tiene un límite frente a la estupidez, que cada día bate su récord.
¿A qué vienen ahora estos ataques, insultos, descalificaciones a la "transición", peticiones de otra nueva? ¿Qué es la "transición", qué meten ahí? ¿A qué esta frivolidad? 


Los problemas que tenemos hoy no tienen nada que ver con la "transición". Tienen que ver con ellos, con los que salen a quejarse cuando los demás nos quejamos de ellos. Los problemas no son del pasado, lo son del presente, lo que ellos han creado con su desidia y frivolidad política haciendo caer en el descrédito a sus propios partidos. Y de ese descrédito tratan de vivir algunos que aprovechan para reabrir debates superados hace mucho tiempo. Se dejan arrastrar a debates añejos, superados, para no enfrentarse realmente a los problemas de hoy.
Nuestros problemas no son la "constitución", sino los que la incumplen. La Constitución española es la de todos y toda constitución es un pacto intergeneracional de estabilidad. Los secesionistas catalanes no tienen ningún problema con la Constitución, sencillamente les sobra porque les sobra España. ¿Por qué no les escuchan un poco en vez de discutir con fantasmas inexistentes y proponer cosas que ellos mismos no proponen? Escuchen al señor Oriol Junqueras y demás, que son los que llevan la voz cantante, y dejen de decir tonterías. Junqueras no quiere un estado federal, quiere irse; no quiere que le mejoren el sistema de financiación, está pidiendo la cuenta.


La transición, de la que ahora hablan tan frívolamente es una parte de nuestro pasado en el que los políticos cumplieron con lo que era su obligación y compromiso: resolver los problemas del paso de un sistema autoritario a uno democrático y poner en funcionamiento un estado constitucional para el conjunto de los ciudadanos con un proyecto de convivencia. Hoy no es eso lo que se busca, sino tapar las carencias de un sistema cuya máxima queja no es la Constitución —de la que solo se oye hablar a los políticos y no a los ciudadanos— sino la inutilidad para resolver una crisis y la corrupción en la que está involucrada la clase política. No, el problema no es la transición, sino los que se aprovecharon de ella.
Me parece muy bien que se critique la dictadura, pero que se critique la democracia española para tapar la ineptitud y la mala fe de algunos, me parece excesivo y, sobre todo frívolo. Estamos haciendo algo más que ignorar el pasado —algo que siempre se ha dicho que tiene consecuencias catastróficas—; estamos viviendo en un presente ficticio, fantasmagórico, realizando análisis ilusorios para ocultar la falta de categoría política y de liderazgo provocada por la mediocridad de los propios partidos políticos y de los supuestos genios carismáticos que han de sustituirlos y que les tienen comido obsesivamente el seso.

Nuestro problema real ha sido que no hemos encontrado en mucho tiempo, porque los partidos no lo han ofrecido, personas que entendieran el liderazgo social más allá del insulto o la descalificación, que no es más que la forma de hacer política de los incompetentes. Y un país guiado por mediocres sigue produciendo mediocridad hasta en sus revulsivos. Lo nuestro no es debate, sino gresca, trifulca. Y eso es porque ustedes lo quieren, no porque los ciudadanos se lo demanden. Con estos malos modos y descalificaciones dificultan la posibilidad de políticas estables mediante pactos sobre asuntos necesarios y beneficiosos para todos, como la sanidad, la educación, etc. Pero en vez de eso, prefieren salir enfadados en sus discursos descalificándose unos a otros. Y el sistema se acaba resintiendo por el descrédito que ustedes mismos acumulan y que otros aprovechan para arremeter contra todos.
Por eso se echa uno a temblar cuando les escucha en sus análisis y en sus propuestas de solución. Nos sale del alma aquello de que me quede como estoy porque es peor el remedio que la enfermedad. Se nos ponen los pelos de punta solo de verles con la mascarilla de cirujanos. Arreglen lo que deben arreglar y ya verán cómo se solucionan muchos otros problemas derivados de la duración excesiva de crisis que constituye un río revuelto. Arreglen sus propias casas, despréndase de los lastres; demuestren voluntad firme y lleguen a acuerdos para acabar cuanto antes, que se pueda confiar en el sistema.

Están tan metidos en sus melodramáticos papeles, tan pendientes de encuestas, sondeos e imagen pública, que se les escapa que no hay mejor campaña que la eficacia, pero no la retórica y comunicativa, sino la de hacer descender el paro y conseguir empleos decentes para los ciudadanos de este sufrido país, que tampoco es mucho pedir. Es el problema sobre el que gravita todo, creando el caldo de cultivo de la irritación, y ustedes llevan más de una década sin solucionarlo porque no han podido sentarse a establecer un modelo estable de país. Les pedimos honradez, que tampoco es excesivo; justicia, para que los que lo pasan mal no se sientan peor. ¿Es tanto lo que pedimos? Y un poquito de maneras, de educación. Esto no es un circo romano, deberíamos avanzar en el mismo espíritu de superación de conflictos mediante la concurrencia de objetivos, que es lo que les falta a ustedes, empeñados en dividirnos porque les resulta rentable. El último objetivo común fue entrar en Europa y lo logramos con el esfuerzo de todos. Entonces hubo que hacer sacrificios, pero la gente entendía por qué. Ahora no lo entienden porque tienen enfrente un espectáculo de corrupción y de ineficacia para frenarla, que va de la Pantoja y los Núñez a los presidentes autonómicos o la Casa Real. Ahora va uno a la cárcel a hacer relaciones como antes se iba al Club de Campo. Las entradas de los juzgados son nuestra alfombra roja, nuestra Playa de la Concha, nuestro Hall of Fame. ¿Para cuándo esas manos de trincar estampadas en el cemento en la puerta de los juzgados?
No. La culpa de lo que nos ocurre no la tienen la "transición" ni la Constitución. La tienen ustedes. 




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