domingo, 30 de noviembre de 2014

El veredicto o haciendo un poco de historia, una costumbre muy fea

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dentro de la extraña burbuja que es Egipto, los sentimientos son confusos e intensos tras la exoneración de Hosni Mubarak, familia y colaboradores manifiestos e inconfesables, acusado de los crímenes de las 800 personas que murieron durante la revolución del 25 de enero de 2011.
Ayer recogía como primera reacción la mía, que no es ya de perplejidad desde hace tiempo. Cuando los egipcios salieron a la calle a petición de su nuevo hombre fuerte, el general Al Sisi, a darle carta blanca para la represión de la violencia que se desataría contra la destitución de Mohamed Morsi y el barrido de la Hermandad de las calles, no sabían el cheque que estaban firmando.
Unos días antes, millones de egipcios salían a las calles a exigirle, tras la entrega de 21 millones de cartas, que renunciaran él y su gobierno y convocara elecciones. Entre las peticiones de Tamarod, que constituían una lista, se incluía también la ruptura de los acuerdos con los Estados Unidos, a los que se responsabilizaba directamente del haber llevado a la Hermandad al poder. Obama y la embajadora Patterson eran demonizados en cantos y carteles. Al presidente Obama se le representaba con una barba a lo Bin Laden y a la embajadora como una bruja.
Mohamed Morsi, uno de los peores gobernantes de la historia, había acelerado una agenda islamista tras la llegada al poder con la promesa de gobernar para todos y como la única alternativa que representaba a los que habían apoyado la caída del régimen de Mubarak. Esto ya era una falsificación de la realidad porque la Hermandad no había tenido una participación real en la revolución, prefiriendo ver cómo evolucionaba el asunto, siempre temerosa que las fuerzas laicas y democráticas pudieran hacerse con el poder.


La historia de la convivencia sobre suelo egipcio de la Hermandad Musulmana y el Ejército es compleja, pero también ilustrativa de las actitudes de unos y otros. Son las dos únicas instituciones realmente organizadas en Egipto. Ambas se parecen y se han encargado, sobre todo, de que ninguna otra pueda prosperar y les quite el protagonismo necesario para seguir controlando el país. La soberbia del Ejército, organización que controla la política y la economía, le ha hecho menospreciar el poder de los islamistas en las calles, cuya estrategia ha sido la infiltración institucional (sindicatos, universidades, etc.) y la extensión social a través de la "caridad", que es la forma de asegurarse la penetración y la dependencia social entre los que tienen poco más. Ambos, Ejército y Hermandad tienen sus propias redes de negocios, que es lo que interesa a los que están arriba de la sociedad.

La Hermandad —que es una internacional— ha tenido su propia política internacional estableciendo contactos y generando promesas con aquellos países preocupados con la seguridad propia y la de Israel. Nadie miente más que un islamista, que considera que cualquier engaño que le sirva para conseguir sus objetivos no tiene mayor importancia. Eso afecta a relaciones internacionales y promesas electorales por igual. El Ejército, por el contrario, centró sus relaciones internacionales en la dependencia de los Estados Unidos, país que lo ha estado financiando como parte de la seguridad de Israel. Las demás relaciones internacionales se dan entre los apoyos circunstanciales que obtengan de los distintos países "financieros" que existen en el mundo árabe.
Desde Sadat se ha vendido "seguridad" en la zona. Los apoyos tras el 11-S se hacen más intensos y esos apoyos, además del dinero y las inversiones, que son aprovechadas para estrechar los lazos corruptos entre la clase político económica, se entienden como una garantía de continuidad al régimen, que se vuelve brutal. Los pocos que pueden vivir bien, lo hacen. El resto del país sufre represión y un espectacular abandono social que va generando un empobrecimiento de un país que es esencialmente joven. Es una juventud que ya no vive de espaldas al mundo, conectada a través de las nuevas tecnologías, que reclama más oportunidades e incluso aspira a una democracia moderna.


Finalmente, tras los sucesos de Túnez y los de Alejandría poco después —las muertes por torturas de dos jóvenes—, todo estalla. A esa juventud se unen —lo que nunca pensaron que ocurriría— muchas bolsas de pobreza que reclaman que los jóvenes se hagan con el futuro. Los treinta años en los que Mubarak ha estado haciendo su voluntad parece que se acaban. La alternativa es una masacre y perder los apoyos internacionales, básicamente los Estados Unidos, que es el que financia al Ejército, el país en el que se han formado muchos de sus militares. También el país en el que han estudiado sus carreras muchos de los islamistas, como es el caso del propio Mohamed Morsi.
Intentan salvar al régimen haciendo concesiones, pero la gente se niega a abandonar la Plaza Tahrir, lugar simbólico en el que se han atrincherado. Quieren que Hosni Mubarak se vaya. Y Mubarak, finalmente se va. El Ejército que lo había sostenido y la policía que lo había defendido con la brutal represión, lo relevan. La gente abraza y besa a los soldados que salen de sus cuarteles. Pero pronto se acaba el idilio y el proceso que encabeza la SCAF, la junta militar, empieza a ser cuestionado. Lo que ofrecen no es lo que la gente quiere.


Pero lo que había sido unitario hasta el momento, la caída del régimen, empieza a tomar formas y aspiraciones distintas. Los islamistas comienzan a tomar posiciones. No quieren que sean las fuerzas laicas y democráticas las que se lleven la partida. El Ejército tampoco. Pronto empieza la segunda tanda de mártires y comienza otra oleada de represión.
Las protestas siguen en la calle y los disturbios aumentan. El mundo, que ha aplaudido la decisión de los egipcios, comienza a preocuparse. La violencia aumenta y Egipto comienza a resentirse en su economía, sobre todo la basada en el turismo, que se retrae. En una economía caótica y abandonada, con mucha dependencia de los pequeños comercios, pronto comienza a prender la idea de que la "revolución" es el desorden y que el desorden es la pobreza y la inseguridad. Se suceden todo tipo de incidentes, especialmente de carácter sectario religioso. Los cristianos comienzan a ser acusados de diversos cargos, desde atacar al islam a promover vídeos contra Mahoma en las redes sociales. Los islamistas toman posiciones. Pero el Ejército también.

Se avanza hacia unas elecciones presidenciales y quedan dos candidatos: uno representa al antiguo régimen de Mubarak y otro a los islamistas de la Hermandad Musulmana. Los egipcios, enfrentados a la incongruencia que supone votar a alguien que representa el régimen que acaban de "derribar", votan a Morsi, que se ha presentado como un candidato de conciliación entre todos los que quieren acabar con el régimen. Mucha gente vota a Morsi haciendo de tripas corazón. Con el 51'53% de los votos emitidos, 13.230.131, logra Morsi el poder; 12.347.380 votos logra su rival, Ahmed Shafiq, un militar. Entre ambos apenas llegan al 50% de los 51 millones de egipcios convocados a las urnas.
Morsi, como había prometido, abandona su militancia en la Hermandad Musulmana. Ningún gesto más falso que este. Pronto comienzan las protestas por la islamización. En las elecciones parlamentarias, los islamistas barren quedando los Hermanos en primer lugar, con 10 millones de votos, seguidos de los salafistas que sorprendentemente se hacen con un cuarto de los escaños. Los partidos laicos consiguen resultados ridículos, no superando el 8%. El desengaño y la baja participación están pasando factura. Comienza una guerra entre las fuerzas que se resisten a ser desplazadas del poder y la nueva fuerza islamista que quiere todo el control del Estado manteniendo al Ejército a cierta distancia, sabedores de que es un terreno en el que no pueden entrar. Morsi nombra ministro a Abdel Fattah Al Sisi, que acabará derrocándolo. Por medio, los jueces han decidido disolver el parlamento, en otra decisión insólita. Se vota una constitución "islamista" que consagra que la revolución ha sido fruto de una gloriosa alianza entre el pueblo y su Ejército.


A los pocos meses de su llegada al poder, los egipcios comienzan a ver que el hecho de que Morsi se diera de baja en la Hermandad es compensado con convertirlos a todos a la cofradía. Es el periodo de la "hermanización", en el que las protestas son constantes y la tensión en la calle aumenta. La política se sigue trasladando a la calle y los egipcios empiezan a identificar la política con las protestas y estas con la degradación. "Con Mubarak", piensan ya muchos, "se vivía mejor y más tranquilos". La revolución empieza a ser vista con malos ojos. 
Es el momento de la segunda revolución, la de junio de 2013, con Morsi cumpliendo un año en el poder y millones pidiendo su dimisión. Tamarod, un movimiento joven, propone llegar al primer aniversario de la llegada al poder de Morsi con tantas cartas pidiéndole la dimisión como votos obtuvo, es decir, trece millones. Conseguirán 21 millones de cartas. Morsi se niega a dimitir y convocar elecciones. Los islamistas son como garrapatas una vez llegados al poder.


Se produce el derrocamiento de Morsi por el Ejército, a petición del pueblo, por supuesto. El argumento es evitar una confrontación civil. Morsi es detenido y las fuerzas de seguridad y el ejército se despliegan. También los islamistas salen a la calle. Diferentes partidos políticos e instituciones, incluidas las religiosas, apoyan el cambio de rumbo. La palabra "golpe" empieza a ser eliminada del vocabulario. Es una "revolución". El pueblo, de nuevo, ha hablado. Con una gran manifestación, convocada por las nuevas autoridades, se reclama esa carta blanca para luchar contra el terrorismo y conseguir la paz social. Es la nueva "revolución" que cierra el ciclo comenzado en 2011.

La historia desde entonces es la del enfrentamiento constante, con miles de muertos y detenidos, con manifestaciones y ataques terroristas. Se desata el miedo y la sisimanía. La imaginación egipcia tiene ya un objeto de deseo en la figura del general, que habiendo prometido que no tenía aspiraciones políticas y que no se presentaría a la presidencia, la gana con el 97% de los votos. No hay que resistirse al destino.
El entusiasmo provocado por Al Sisi, sin fundamento político alguno, solo por el ejercicio de la fuerza (no ha habido discursos ni actos que justificaran tal acogida) hace ver que el problema de la forma de liderazgo es uno de los más graves que tiene la sociedad egipcia. Los años de figuras caudillistas —Nasser, Sadat, Mubarak— hace ver la formulación faraónica del poder. Los parlamentos o los partidos no son más que ornato ante la necesidad anímica de tener un líder al que besar en las fotografías, alguien en quien volcar histéricamente la frustración y el deseo.
Se reforma la constitución desislamizándola y dándole unos toques liberales que son papel mojado ante las exigencias del momento. Son dos las prioridades: mantener el orden callejero y mejorar la economía. De nuevo los mismos que reprimieron con Mubarak, con la SCAF y con los islamistas, pues no ha habido cambios, salen mantener el orden que ahora se ve más complicado por la violencia terrorista en el Sinaí. Cuanto más terrorismo y violencia haya, más justificado está el imponer el orden.
Pero pronto algunos empiezan a caer en el desencanto. El nuevo régimen está dando paso al resurgir del viejo, que sale de las sombras. La crítica empieza a hacerse imposible y los medios empiezan a silenciar a sus periodistas a los que acusan de traidores.

El camino estratégicamente elegido es el del nacionalismo y criticar es antipatriótico. Cualquier cuestionamiento es señal de ser agente de potencias extranjeras. Eso se le aplica a Mohamed El Baradei, que tras su retirada después de las primeras masacres callejeras recibe todo tipo de insultos, descalificaciones y acusaciones. Es un traidor más en la larga lista que se irá forjando. Egipto comienza a ser un coro monocorde. Los dueños de los medios privados firman una alianza mediante la cual se abstendrán de perjudicar a la patria criticando al gobierno, ejército y policía, y jueces. Muchos periodistas firman un manifiesto de protesta contra esta decisión que les parece una forma de autocensura.
En este resumido panorama surge ayer el acontecimiento de la exculpación de Hosni Mubarak, sus hijos, el ministro del interior durante el 25 de enero, y algunos empresarios corruptos sobradamente conocidos de su régimen. Los tribunales los han declarado sin cargos.
Esto vacía de sentido las muertes de los manifestantes que contribuyeron a su caída y la revolución del 25 de enero, que se ha ido presentando como el principio de las desgracias consecutivas que han llevado hasta el momento actual. El dolor y la rabia de los familiares de los manifestantes muertos, de los mártires que poblaron los grafitis de El Cairo, Alejandría o muchas otras ciudades, estallaba ayer ante los juzgados.
He querido resumir esta intensa historia porque uno de los objetivos de la revolución, de las gentes que se enfrentaron a los poderes luchando día a día en aquellas revueltas era llevar a Mubarak ante el banquillo. Lo consiguieron, pero se olvidaron antes de cambiar a los policías, fiscales y jueces intervinientes en el proceso. Un olvido que no hay que achacarles.


Si hay que recriminarles algo a los egipcios es la credulidad. Han creído en los jueces que los encierran, los policías que los golpean y en el Ejército que reprime y vigila. En todo ello han creído como parte de una gigantesca fantasía que surge con la revolución nasserista y que se prolonga hasta hoy mismo. Muchos egipcios han despertado de ese sueño, pero suele ser acosta de muchos sufrimientos e incomprensiones. Se paga caro ser la conciencia de un pueblo que no quiere acabar de despertar.
De todas las reacciones que he leído en la prensa egipcia sobre lo que significa el veredicto para el futuro del país, en las que unos se alegra y otros condenan, en las algunos consideran que es una patente de corso para la violencia futura de las fuerzas de seguridad, que podrán seguir con sus brutales actuaciones, me quedo con unas recogidas en la calles por Daily News Egypt. No son de analistas políticos ni de expertos, ni de miembros de partidos o grupos, pero me parecen muy elocuentes respecto a esa fantasía en la que muchos viven y que se va extendiendo:

Mubarak supporters gathered early Saturday morning chanting for Mubarak, demanding his release along with that of his sons and officials. After the verdict, they cheered in joy, praising the judiciary, the army, the police and President Abdel Fattah Al-Sisi.
One supporter said that the Egyptian people “now know who killed the protesters during the “25 January crisis”. He added that “it is now clear that snipers from the Muslim Brotherhood group killed the protesters in Tahrir Square and in all other places”.
“What are we trying him for? For 30 years of security and prosperity? Or for the October victory?”, another supporter said.
Eman, a 22-year-old student who came with her family to celebrate the verdict, said that “the court’s decision proves that the last four years was a plot by the West, Qatar, Hamas, and Israel”.*


La exculpación de Hosni Mubarak y los suyos es el cierre final del trayecto de la Revolución. Es un punto incompatible históricamente con lo que ha ocurrido en este tiempo. Las explicaciones de estos seguidores, en su euforia, son un calco de las ironías que yo escribía ayer al enterarme del veredicto. Representa, más allá de lo anecdótico, aquello a lo que se ha inducido cuando se empezó a asimilar "revolución" con "caos". Una revolución que, podemos comprobar ahora, no llegó a trasformar más que a los que quisieron serlo.
La confrontación —hay que decirlo— no llegó de las pretensiones democráticas y modernizadoras de los que se comprometieron con ella sino, por el contrario, por parte aquellos que desde dentro no abandonaron sus posiciones privilegiadas y los islamistas que, desde fuera, también vieron Egipto como una nueva parcela que administrar en su provecho. El compromiso con la revolución que modernice el país ha quedado en el silencia, el exilio o la cárcel, en la que se encuentran muchos de los que no renuncian a poder ver algún día un Egipto distinto.


La revolución de enero "trajo" paro, inseguridad, pobreza, discordia, etc. Esa es la nueva versión. La que comenzó el 30 de junio es la que traerá, en cambio esa paz que si no se logra es por la gran conspiración internacional, histórica, existente contra Egipto. Es una fantasía que permite ajustar el fracaso histórico producido. Egypt Independent no da un lacónico tuit del escritor y crítico de Mubarak, Alaa al-Aswany: «People, never raise your chins before your masters again».**
Nos informan discretamente de las protestas de unos cientos de egipcios en la Plaza de Tahrir. Vuelven al punto de partida preguntándose qué extraño giro han tomado los acontecimientos y por qué el dolor por los amigos muertos es ahora ira contra los que han sido exonerados. Estos tres años son de gran intensidad, parecen siglos. El viejo dictador, sin embargo, apenas ha cambiado. Ellos sí.





* "Shock, dismay, jubilation outside Mubarak’s court" Daily News Egypt 29/11/2014 http://www.dailynewsegypt.com/2014/11/29/shock-dismay-jubilation-outside-mubaraks-court/
** "Politicians, activists divided over Mubarak’s innocence" Egypt Independent 29/11/2014 http://www.egyptindependent.com//news/politicians-activists-divided-over-mubarak-s-innocence











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