martes, 4 de noviembre de 2014

Cuando Putin juega a ser Salomón

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace unos días el diario El País, en un buen artículo de Pilar Bonet, se preguntaba si podía considerarse Ucrania ya como un "conflicto congelado". Se señalaba en el diario la larga nómina de lugares en los que Rusia ha planteado esa estrategia para conseguir sus propósitos:

[...] las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk (RPL y RPD) presentan semejanzas —pero también diferencias sustanciales— con los territorios problemáticos legados por la URSS en 1991: Osetia del Sur, Abjazia, el Alto Karabaj y el Transdniéster, unas realidades que hasta hoy no han encontrado un encaje armónico en el mapa postsoviético reconocido por la ONU.
Dejando aparte Crimea, por sus peculiaridades, y el Alto Karabaj, por su carácter de contencioso entre Armenia y Azerbaiyán, el denominador común de Abjazia, Osetia del Sur y el Transdniéster es el haber sobrevivido 23 años gracias al apoyo económico y militar de Moscú. En los tres casos, Rusia ha sido parte y árbitro a la vez, en proporciones que variaron según la época.*


La realización de la elecciones en el este "prorruso", es decir, la zona que Rusia maneja es una demostración de cómo el Kremlin quiere imponer una política de hechos consumados. Lo mismo que en Crimea pero con otros medios, Rusia parece empeñada en demostrar algo al mundo. Lo único que demuestra es un estatus de potencia tramposa  y abusiva, cínica e ignorante del derecho internacional, del que se ríe a costa del dolor ajeno.
Es insultante para Ucrania y la comunidad internacional que Rusia pretenda simular una especie de neutralidad salomónica dando por buenas las elecciones en Ucrania y las del los separatistas del este del país. Es además un insulto a la inteligencia de todos y al sufrimiento que este conflicto, alentado por Rusia, está causando.
Las declaraciones del presidente Poroshenko señalando que las elecciones en el este son una violación del Protocolo de Minsk dejan claro que Ucrania no está dispuesta a transigir en una política cuyo único objetivo es consolidar un estado de secesión de su territorio nacional mediante este tipo de argucias.

Rusia ha conseguido que todos acepten la farsa de que lo que se produce en Ucrania es una guerra civil y no una guerra entre dos estados, el ucraniano y el ruso. Se ha hecho para evitar asignarle el estatuto de "guerra", lo que haría saltar protocolos distintos y tomar medidas muy diferentes a las sanciones actuales. Nadie quiere reconocer una guerra entre Rusia y un país cuyo pecado es querer pertenecer a Europa después de haber sido un títere de la poderosa Rusia, el país más grande del mundo y que se ha ido quedando con lo que le ha apetecido, media Europa, Mongolia o Crimea si le ha apetecido. El ultranacionalismo compensa sus deficiencias fagocitando aquello con lo que se roza, diseminando rusos por los países para después intervenir en ellos en su nombre. Es la "doctrina de la lengua", de tradición germánico romántica, la misma que alentó a Hitler para la Gran Alemania: un pueblo, una lengua, un estado. Nadie pensó entonces que bastaba con tener "prorrusos" para que Rusia te recibiera con los brazos abiertos y te defendiera con uñas y dientes bajo el cinismo de los deseos de paz. Rusia te invade y después pretende que le des las gracias cuando se queda con el territorio.
La realización de elecciones en el este de Ucrania no es más que una pantomima que le sirve para adoptar una especie de pose salomónica, de equidad kafkiana. Las elecciones del este deberían haber sido las mismas del resto del país, pero los prorrusos, al hacer las suyas buscan una equiparación imposible entre dos situaciones que nada tienen que ver. Pero le serán útiles a Rusia, que dirá tener un interlocutor "legítimo" en los que se han confirmado como "líderes" a través del proceso electoral y que no son más que eficientes agentes rusos en la mayoría de los casos. Desde esa posición podrán, incluso, reclamar el apoyo de Rusia si es necesario y Rusia, generosa con los necesitados, les dará gratuitamente lo que les haga falta para mantenerse en pie. Le saldrá gratis, además. El sobreprecio que le aplique a Ucrania, le servirá para financiar el mantenimiento de los secesionistas. Lo comido por lo servido.


Ayer en uno de los debates de Euronews, todos los participantes —que normalmente suelen discrepar— se reafirmaban en que las sanciones a Rusia deben continuar. Rusia no engaña a nadie. Ni tan siquiera lo pretende. Su juego es tan cínico como esos vuelos militares sobre espacio europeo llegando hasta Portugal que se han producido la semana pasada sin notificación a las autoridades respectivas o la detección de submarinos espías en Suecia que han tenido a su Armada en jaque rastreando para localizarlo. Todo forma parte del juego de la prepotencia que Rusia practica para que los demás la vean como un rival que juega al ratón y al gato con Europa.
La admiración de los nacionalistas separatistas y euroescépticos por Vladimir Putin es una de esas cartas que juega por debajo de la mesa. El dinero ruso va a muchas inversiones en muchos lugares. Rusia tiene diversificada su cartera y parte de su guerra es jugar a la desunión de Europa, como ya intentó con la "guerra del gas", que como la de las Galaxias, solo va por su primera entrega de la Trilogía. habrá nuevos intentos, del tipo más diverso, para fragmentar y debilitar la opinión pública europea. No solo los euroescépticos británicos los ultras de Marine Le Pen admiran a Putin; los negocios rusos están muy ramificados y saben usarlos.


En su momento dijimos que la pretensión rusa era que Europa pagara la factura engordada del gas en Ucrania bajo la amenaza de dejarla congelarse en el invierno y es lo que está haciendo. Así se dará la paradoja de que será la financiación europea la que llegue a los prorrusos y mantenga su intento de secesión. Esa factura acabará, piensa Putin, dividiendo a Europa, que si deja de pagarla verá cómo crece la desconfianza hacia la Unión en Ucrania al pensar que se la deja abandonada a su suerte. Es importante que Europa de mantenga firme y unida. En Europa se discute; en Rusia, no. Eso siempre implica un riesgo de desacuerdo, pero creo que Rusia ha levantado todas las alarmas y se ha llegado al convencimiento general que es mal socio y pero vecino, que no es de fiar. Lo sensato es buscar otras alternativas al tejido de dependencias que se han creado con Rusia. Nadie quiere arriesgarse a tener relaciones con un sistema que usa los negocios para chantajearte, de las frutas a las calefacciones cuando llega el frío.
La Rusia de Putin no tiene escrúpulos. Lo demuestra constantemente, aunque le guste presumir de perdonavidas. Es vengativo y no soporta que Ucrania se librara de su títere, el infame Yanukovich, el garante de que el país le servía para sus fines personales y nacionales. Putin ha creado un nacionalismo que exige demostraciones de poder para tapar sus vergüenzas internas. Todo ello lleva a esta actitud de desafío constante con la que hace exhibición y es jaleado por sus partidarios, deseosos de recobrar el lustre de la Unión Soviética. En el interior, otros luchan infructuosamente por intentar librarse de Putin, dueño del Estado a través de una política de colocación de personas afines. Ni los rezos de las Pussy Riot para que la Virgen librara a la santa Rusia de Putin funcionaron; Putin está bien relacionado.



* "El este de Ucrania, a punto de entrar en la nómina de conflictos congelados" El País 1/11/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/01/actualidad/1414878692_850217.html


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