domingo, 9 de noviembre de 2014

Christopher Nolan y los sentimientos que hacen avanzar al mundo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Durante años, mis alumnos de licenciatura y posteriormente de grado tuvieron como oferta para sus trabajos la película de Christopher Nolan, "Memento" (2000). Nolan no era nadie entonces y se enfrentaban a una película "rara" que les desesperaba al principio pero en la que iban entrando poco a poco después hasta quedar muchos fascinados por sus laberintos. Acababan apreciando una forma de cine que se ha ido depurando en el tiempo desde las complejidades formales a las emocionales.
Hace unos días pude ver su primer trabajo, Following (1998), que no había tenido ocasión de ver anteriormente. La complejidad narrativa y formal expresa que es un ensayo general en blanco y negro, 16 mm, y 69 minutos de metraje de lo que será poco tiempo después "Memento", un arabesco fascinante que exige del espectador toda su capacidad de razonamiento e intuición.

Las películas de Christopher Nolan tienen densidad narrativa, brillantez visual, pero son siempre —y creo que este es un gran valor— el desarrollo de un conflicto emocional que lleva al extremo a sus personajes y que nos involucra a todos en sus recovecos básicos. Las películas de Nolan están llenas de dilemas emocionales y morales entremezclados. Ahí reside su fuerza.
El estreno de Interestelar (2014) este fin de semana confirma esta forma de construir sus historias desde los sentimientos y su complejidad. Mientras algunos resaltan los "agujeros de gusano", la relatividad o los problemas con el tiempo, Nolan pone todo esto al servicio de los elementos primarios y más importantes para él: los conflictos de los sentimientos.
Lo que "Interestelar" nos muestra es una historia de egoísmos y generosidades, de compromisos y cobardías envueltas en una trama "cósmica". Las historias más grandes necesitan de los núcleos más sencillos. Quizá el secreto ante nuestros ojos del cine de Nolan es construir gigantescos edificios para albergar lo que nos hace humanos, nuestros conflictos sentimentales, ya sea encontrar nuestra identidad o convivir con nuestros recuerdos, como en "Origen" (Inception 2010). El arte siempre ha bebido de nuestras fortalezas y debilidades y esas nacen del sentimiento, de los lazos que nos unen con los demás y de los obstáculos y conflictos que surgen.


El gran drama de la extinción de la especie humana se construye aquí sobre pequeñas historias de conflictos emocionales, individuales, a los que no podemos renunciar. Kubrick rodó su 2001. Una odisea espacial con una frialdad perfeccionista reduciendo a los personajes a arquetipos, piezas casuales, desconectándolos de las emociones. Eran piezas en un drama cerebral y abstracto. Por el contrario, Nolan estructura su historia sobre los sentimientos que provoca, por lo que da a la obra una estructura distinta: el cumplimiento de una promesa hecha por un padre a su hija.
La "promesa" es uno de los motivos más poderosos en las narraciones ya que de ella sale la fuerza que dirige la acción, como ocurre en el caso de Interestelar. En mitad de la crisis que amenaza a la humanidad, Nolan consigue que nuestra tensión como espectadores se centre en esa historia sencilla que se recubre con toda la brillantez visual y narrativa. Como si de una narración volteriana se tratara, los protagonistas van recorriendo planetas distintos en los que se encontraran ante decisiones con las que equilibrar su deber y sus sentimientos en un conflicto casi kantiano. Es un aprendizaje sentimental.


Por muy espectaculares que sean las historias de Christopher Nolan, sus núcleos son humanos y es lo que hace grandes sus películas: no olvida que no hay mayor espectáculo que el ser humano en sus conflictos y paradojas. En esto engarza con los grandes narradores y dramaturgos. Nada tiene más interés para nosotros que dejarnos llevar por la corriente de las emociones y los sentimientos. La historia es la forma de darles cuerpo para que tomen forma.

Puede que debamos adscribir la película al género de la Ciencia-Ficción, pero solo lo es externamente, es su envoltorio genérico. En su interior lo que late es un drama familiar, los vínculos poderosos de la sangre encarnada en esa familia de granjeros que nunca dejarán de serlo por más que alcancen las estrellas o se dediquen a vencer las cuestiones de la relatividad o de la física cuántica. Es la sangre y sus lazos lo que cuenta.
Como suele ocurrir en sus obras, es en ese equilibrio entre la historia y su exterior y los sentimientos y su interior donde reside su gran atractivo. Al final, el problema de la "relatividad" del paso del tiempo no es el del cambio en sí, sino el de la fidelidad y la constancia, el del deseo de ver a los tuyos antes de que hayan desaparecido. Por más que nos enfrentemos a esas grandes cuestiones de la física y el universo, de la biología, las reducimos a efectos sobre la realidad que vivimos, a lo que nos importa realmente. No nos importa tanto cómo habrá cambiado el mundo, sino si nos seguirán queriendo o nos habrán olvidado cuando regresemos. Puede que el tiempo sea relativo, pero el sentimiento no, se mantiene constante en el tiempo camuflado bajo distintas apariencias. Son científicos, pero —como podemos escucharles decir—, sus propias decisiones se toman en los lugares profundos dominados por los sentimientos.
La escena final de la película resume su sentido a la perfección. Creo que es un gran acierto dramático y narrativo de Nolan haber hecho un final intimista en una película espectacular. Al final sobra la espectacularidad queda revelada la desnudez del sentimiento que se ha ido acumulando durante casi tres horas de narración. No se necesita más.


Una de las buenas películas de este año, Perdida (Gone Girl 2014), de David Fincher, nos hablaba de la falsedad y debilidad de los sentimientos ante los intereses, del triunfo de la frialdad patológica. La de Nolan sostiene la tesis contraria: por encima de todo somos seres que nos guiamos por los impulsos poderosos de las emociones, positivas y negativas. Nuestros lazos son los que motivan los sacrificios y las esperanzas, la angustia y el perdón. Es de ahí de donde sacamos la fuerza y el compromiso para avanzar y mover el mundo. La misma fuerza que impulsa al sacrificio y abandonarlo es la que nos hace regresar.






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