domingo, 7 de septiembre de 2014

La otra policía o las barbas de tu vecino

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No es nuevo. La película turco-alemana Al otro lado (Auf der anderen Seite 2007), dirigida por Fatih Akin, ya mostraba la existencia de patrullas islamistas turcas vigilando por las "buenas costumbres" de sus correligionarios al amenazar de muerte a una prostituta turca si no deja su profesión. La escucharon despidiéndose en turco de su cliente y eso les permite detectarla como una infractora. Temerosa de las amenazas, ella acabará casándose con el hombre que era su cliente, un brutal patriarca turco que acabará matándola de un mal golpe. Las patrullas islamistas ejercían de deus ex machina en la narración pero son reflejo de una situación real. La misión del arte es mostrarnos cómo funciona el mundo, no que pensemos que lo que ocurre en una pantalla son ficciones.
Aquí escribí, no hace demasiado tiempo, algo que no tenía nada de ficción. Eran hechos reales ocurridos entre nosotros: una chica árabe a la que escuchan hablando por teléfono y a la que siguen recriminando a voces que no lleve velo o que no entre en una cafetería. No es una película. Ocurre en pleno centro de Madrid, en una de las calles que bajan a la Puerta del Sol. A esa misma chica —a la que han seguido también en la ciudad en la que reside— una mujer le confiesa, pasado cierto tiempo de conocerse, que es marroquí, pero que nadie lo sabe más que su familia. No quiere que nadie interfiera en su vida. Está casada con un español y siempre se puede encontrar con algún "vigilante" que le diga que el islam prohíbe que la mujer se case con un hombre que no sea musulmán y que eso, en algunos países, se paga con la muerte, considerándose "apostasía". El reciente caso de la mujer sudanesa —Miriam Yahya Ibrahim— condenada a muerte por haberse casado con un cristiano ha estado durante meses en las portadas de todos los periódicos del mundo.


Hoy la noticia llega desde el mismo país en el que se produjo la película "Al otro lado", desde Alemania. El diario El Mundo nos lo cuenta bajo el siguiente titular   "Preocupación tras la aparición de una autodenominada 'policía de la sharia' en la ciudad de Wuppertal". La función de esta autoproclamada "policía" no es más que la misma de la película señalada: son los matones de barrio encargados de imponer sus normas, en el nombre de su piedad, a todas las personas que ellos consideran bajo su jurisdicción, es decir, cualquier musulmán. Nos cuenta El Mundo:

Delante de discotecas y bares. Patrullando entre las terrazas de verano. En las piscinas públicas y a la puerta de instalaciones deportivas. Una brigada parapolicial mantiene a raya a los jóvenes musulmanes de Wuppertal y se encarga de que la 'sharia' se cumpla a rajatabla en las calles de esta ciudad alemana. Nada de alcohol, nada de drogas, nada de juegos de azar. Ni tabaco, ni música desenfadada. Y por supuesto nada de prostitución.
"Quieren apartar a los jóvenes del pecado. Si una chica de familia musulmana camina por la calle sin estar suficientemente cubierta la insultan y la mandan a casa. Si ven a un musulmán tomando una cerveza en una terraza lo abroncan públicamente. Usan modales muy agresivos y nadie en la calle se atreve a plantarles cara", denuncia el delegado de Integración de la ciudad, Jürgen Lemmer.
Los miembros de esta 'patrulla' moral islámica visten de negro y llevan puestos chalecos reflectantes en cuya espalda puede leerse "policía de la 'sharia'". Centran su actividad en las calles donde abunda la población musulmana y han creado zonas bajo control de la 'sharia' en ésta y otras ciudades, en las que reparten octavillas prometiendo "limpiar" la "sórdida" vida de barrios como el que rodea la estación central de Wuppertal. Sólo en esta ciudad, las autoridades alemanas calculan que hay unos 1.800 salafistas radicales.*


Cuando los gobiernos empiezan a preguntarse de dónde salen los "yihadistas" que parten para Siria o Irak y lo que ocurrirá cuando regresen, están realizando una especie de hipocresía porque han tenido el problema debajo de las narices hasta que el olor a podrido ya no es soportable.
La presión ejercida sobre la población musulmana en las ciudades ha ido creciendo por parte de todo tipo de personas que se han nombrado "autoridades" y que se creen con el derecho de "corregir" a los demás. Esto, que nos choca, pues hemos desarrollado unas bases de derechos completamente distintas, centradas en la salvaguarda de la individualidad, no se contempla en estas comunidades, en las que la "corrección" —es decir, corregir las conductas desviadas en la comunidad— se considera como una forma de extensión de la "ley". Por decirlo directa y claramente: nadie tiene derecho a ser diferente. La comunidad y su costumbre tienen prioridad absoluta sobre la individualidad, que es vista como una forma peligrosa de desintegración. Es la vigilancia del rebaño por los perros.


Este control de la comunidad se ha utilizado, de forma absolutamente descabellada, por las propias autoridades locales en nombre de una supuesta "multiculturalidad", que no ha hecho sino fortalecer a estos grupos de control. ¿Iban a poner muchas trabas a estos "piadosos" vigilantes que luchan contra las drogas, prostitución, etc.? En muchos lugares se les ha convertido en mediadores.
Analizamos aquí hace unos días el caso de uno de los yihadistas españoles convertido, precisamente por su amable disponibilidad, en mediador cultural. Es decir, eran las mismas autoridades españolas las que le habían concedido un estatus especial permitiéndole tener acceso al control de la población a la que vigilaba. Luego te llevas la sorpresa. Se ha cometido en muchos lugares el error de elevar a imanes y ciudadanos piadosos al nivel de autoridades de la comunidad sin preguntar a la comunidad si querían ser representados o, más importante, si quieren ser considerados una "comunidad".


El ejemplo de la mujer que quería estar totalmente al margen de la comunidad no es un caso extraño. Muchos de los que salen de los países árabes van buscando una alternativa que les permita desarrollar su individualidad puesto que han vivido bajo una permanente dirección y vigilancia de sus comunidades y familias. No nos podemos hacer idea de hasta dónde puede llegar esa presión y control de las personas hasta que empezamos a conocer casos reales.
En el caso de las mujeres es especialmente dura esta presión constante, pues salvo familia que hayan decidido sostener la autonomía a las hijas, estas pueden llegar a vivir dependiendo de los criterios de la familia en lo relativo a estudios, trabajo y matrimonio. La mujer es doble víctima en estos casos pues no se la considera dueña de un destino individual, sino que el suyo está vinculado con el del resto de la familia.
Lo ocurrido en Alemania es muy grave, un paso más. Podemos pensarlo en término "occidentales", diciendo que nadie tiene el derecho a crear unas patrullas "parapoliciales", pero con eso estaríamos equivocándonos una vez más al juzgar las cosas desde un ángulo que no es el que revela lo que ocurre.


Mientras no se asuma que el camino no son las "comunidades" sino la extensión de los que llamamos "derechos humanos", que son universales, y que son los que muchos vienen buscando alejándose de mundos absolutamente opuestos a esta concepción, el problema del integrismo y del yihadismo seguirá creciendo.
Nos hemos tomado esta cuestión como un problema de "seguridad", imitando el modelo norteamericano implantado tras el 11 de septiembre. Eso implica que buscamos soluciones para evitar que nos agredan, pero no para evitar que agredan a otros, de los que nos desentendemos. El problema está en que al fortalecer a estos integristas que controlan sus propias comunidades, se está evitando que los musulmanes que podrían modificar las condiciones con un aumento de la apertura liberalizando sus sociedades, accediendo de forma abierta a la ciencia y cultura, puedan tener un sitio en sus tierras y fuera de ellas. Es decir, se está dando autorización a los integristas a que controlen sus sociedades (el apoyo dado a los islamista políticos) y se les está facilitando el control aquí de los que huyen de ellos. Es una auténtica tenaza, una ratonera.


Para ello les basta con convertirse en supuestos informadores, mediadores sociales (como en el caso del yihadista español), para tener acceso a todos ellos, organizando como en Alemania una versión de la Policía de la Virtud y de la Prevención del Vicio de Arabia Saudí, de la que hace un par de días dábamos la noticia de que apaleó "erróneamente" a un converso por estar en la cola de las mujeres para pagar. Entrecomillo el "erróneamente" porque las autoridades se disculparon porque estaba junto a su esposa, algo que no imaginaron los diligentes vigilantes de la virtud. Apalear es correcto si estás en la fila equivocada; se disculparon por el error, no por el apaleamiento.
El gran error de las políticas seguidas desde Estados Unidos y otros países occidentales ha sido que para preservar directamente su (nuestra) seguridad, la han aumentado indirectamente la inseguridad al dejar arrinconar a los liberales y laicos que existen en el mundo árabe, prefiriendo apoya a aquellos que nos hacían promesas de tener controlados a los extremistas. Es lo que ha ocurrido con todos los regímenes islamistas surgidos tras las revoluciones árabes. Las revoluciones las hicieron los jóvenes deseosos de libertad, pero el poder acabó finalmente en manos de islamistas apoyados por los Estados Unidos. El caso de Egipto y los Hermanos Musulmanes es paradigmático de esto. El de la Turquía de Erdogan es otro caso en el que una vez conseguido el poder este se utiliza para reislamizar la sociedad. Esta reislamización conlleva siempre el surgimiento de grupos incontrolados que son siempre utilizados para conseguir más apoyo ante el temor de que crezcan, algo que acaba inevitablemente ocurriendo.


Las sociedades árabes están involucionando hacia una islamización que comenzó en los años 70 y 80, precisamente cuando comenzaron los apoyos a países poco dignos de apoyo para evitar la extensión de la revolución iraní. Ahora tenemos la paradoja de que el gobierno iraní puede convertirse en aliado de los Estados Unidos para intentar acabar con los frutos de las estupideces cometidas para evitar que el "mal iraní" se extendiera por el mundo suní. ¿Cabe mayor ironía histórica?

Es la perspectiva de una seguridad miope la que acaba creando el núcleo del problema al amparar y pactar con aquellos a los que se piensa que se podrá controlar. Es lo que se hizo inicialmente con los dictadores de estos países apoyados desde Occidente, que no solo no han permitido aumentar la seguridad, sino que han generado auténtico odio contra los Estados Unidos y, en especial, contra el presidente Obama, al que responsabilizan de ir a dar un famoso discurso a la Universidad de El Cairo prometiendo nuevas libertades y cuyo efecto real fue consolidar las viejas servidumbres frustrando los movimientos liberadores. No creo que en muchos de estos países le perdonen tal fallo estratégico. El resultado aquí fue una contrarrevolución, pero con un aumento del terrorismo, un alejamiento de los Estados Unidos y, para colmo del despropósito, el acercamiento estratégico a la Rusia de Putin, que recolecta todas las manzanas que se alejan del árbol. En uno de las primeras entradas de este blog —que surgió con la Primavera árabe— nos preguntábamos quién temía a la democracia en los países árabes. Y hay muchas respuestas válidas. Es tan difícil que surjan democracias sin demócratas, como fácil que proliferen dictaduras si se apoya a los islamistas o se les deja actuar.
Cuando estos grupos parapoliciales empiezan a proliferar es en momentos en los que ya han pasado las primeras fases y su estado es avanzado. Sin embargo no parece que se den cuenta de la gravedad y de lo que supone. Dicen en El Mundo:

Tras este movimiento está el predicador salafista Sven Lau, un ex bombero alemán convertido al islam suní bajo influencia del imán radical Pierre Vogel y al que la policía alemana considera responsable del reclutamiento de jóvenes para enviar a Siria como combatientes.
Tras unos primeros días de desconcierto en el Ministerio del Interior, 11 miembros de estos grupos de guardianes de la moral musulmana han sido imputados por violación de la ley que garantiza la libertad de reunión, pero no han podido ser detenidos y, desafiando a las autoridades, han vuelto a las calles.
El ministro alemán de Interior, Thomas de Maiziére, no está dispuesto a quedarse de brazos cruzados y ya ha anunciado que estudia las posibilidades legales de prohibir al grupo que, al no estar constituido como asociación ni como organización es susceptible de ser objeto de prohibición.
"Buscaremos la vía legal adecuada. Nadie puede arrogarse el derecho de abusar del buen nombre de la policía alemana", ha dicho el ministro en declaraciones al diario 'Bild'. "No se puede tolerar la imposición de la 'sharia' en suelo alemán".*


¿Cabe mayor número de despropósitos? Los "camisas pardas" del integrismo islámico seguirán campando por las calles de la ciudad mientras que el señor ministro se preocupa por "abusan del buen nombre de la policía alemana", algo que no acabo de entender. Quizá el ministerio se limite a prohibir —ya se han requisado los chalecos fosforescentes— el uso del término "Policía" y todo quede reducido a una cuestión semántica. Lo del "prohibir el grupo" por cuestiones de papeleo legal es otra estupidez más. Estos grupos proliferan por el miedo de aquellos a los que presionan y la cobardía de aquellos que deberían cortarlos de raíz considerándolos organizaciones mafiosas y que atentan contra los derechos humanos. Pero sobre todo se combaten extendiendo el amparo y la protección a todos aquellos que no quieren quedar bajo su imperio. Es necesaria menos retórica y más actuación en el apoyo y amparo de los que no quieren vivir bajo estas dictaduras fascisto-religiosas, que son muchos.
Cada vez que una mujer musulmana va a denunciar a una comisaría o a un servicio social una situación de presión debería recibir una ayuda eficaz para permitirle vivir una vida que esperaba conseguir yendo allí donde los demás la pueden disfrutar en libertad. Mientras no entendamos esto, que esa "policía" representa la represión brutal de las personas, el recordatorio de que no pueden escapar de un destino desde su nacimiento a la tumba; que no tienen derechos individuales y que cuatro matones mafiosos barbudos, pueden amenazarlas o atacarlas mientras lleven un rosario en una de sus manos, no estaremos haciendo nada. Al contrario: será una muestra de debilidad e insolidaridad. Y así la entenderán los perseguidores, que seguirán imponiendo su ley, y los perseguidos que acabarán convencidos de que están solos.


No es algo que pase ahora en Alemania. Es algo que pasa todos los días allí, en Francia, Inglaterra, Suiza o España, por casi todas partes, al intensificarse la propaganda y crecerse. Pasa allí donde se agrupan, donde tratan de estar juntos. Inmediatamente en esa "comunidad" surgen los controladores para recordarles que aunque no cojan el teléfono a las familias, cualquier musulmán puede convertirse en la prolongación de los que los controlan. Todos tienen derecho y obligación a llevarte por el "buen camino", quieras o no porque tú no eres nadie y ellos lo son todo, la "ley" y los "verdugos".
Hace algún tiempo analizamos la sorprendente aplicación de una ley fruto de un acuerdo entre Marruecos y Francia para impedir el matrimonio de una pareja gay, uno de cuyos miembros era de nacionalidad marroquí. Nuestro vecino del sur había conseguido de la liberal Francia que el derecho que tienen sus ciudadanos le fuera negado a quien vivía en su suelo. De esta manera daba igual que hubiera huido de una persecución; el Estado francés se convertía así en brazo ejecutor del marroquí sobre una persona en sus propias tierras. Es como si mañana se firmara un acuerdo con Arabia Saudí o Indonesia para castigar con varas a los detenidos en Francia con nacionalidad de esos países, pongamos por caso.
Parece que la estrategia actual es utilizar a los conversos para estas tareas. Se evitan así algunos problemas de retiradas de permisos de residencia y los instigadores permanecen en segunda línea. Las bolsas de descontento son muchas y es fácil pescar "vigilantes" invistiéndolos de autoridad divina. En el periodo nazi, el ex bombero Sven Lau, organizador de las patrullas, hubiera sido feliz imponiendo el orden por las calles apaleando judíos. Se hubiera considerado igual de virtuoso y bue ciudadano. Ponerse la palabra "policía" en la espalda de su llamativo chaleco no le convierte en "buen ciudadano", ni siquiera buen "musulmán". Solo es una mente totalitaria imponiendo a los otros su forma de ver el mundo. No hay virtud; es un fascista.
Luego nos extrañamos de que se extienda el integrismo y que sea una amenaza para todos. Lo estamos amparando nosotros mismos desprotegiendo a los únicos que pueden oponerse a ellos, allí y aquí. Las alianzas con el diablo siempre acaban mal. Ya no son las barbas del vecino las que se ven; las tienes en casa.




* "Preocupación tras la aparición de una autodenominada 'policía de la sharia' en la ciudad de Wuppertal" El Mundo /09/2014 http://www.elmundo.es/internacional/2014/09/06/540b494d268e3e12198b4576.html




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