viernes, 29 de agosto de 2014

Si Rusia es una ONG, Ucrania es una colonia de vacaciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las declaraciones de las autoproclamadas —si usted lo dice— autoridades rebeldes en Ucrania no dejan dejar perplejos a quienes les escuchan. Ayer lo pude escuchar en televisión, hoy lo leo en ABC:

El primer ministro de la autoproclamada República Popular de Donetsk, Alexander Zajarchenko, ha admitido este jueves que hay «soldados en activo» de Rusia combatiendo del lado de los separatistas en el este de Ucrania.
Según Zajarchenko, son militares que han abandonado temporalmente sus puestos en Rusia para sumarse a la ofensiva rebelde en las regiones de Donetsk y Lugansk. «Estarían de vacaciones, no en la playa sino con nosotros, entre hermanos que están combatiendo por su libertad», ha dicho a la cadena de televisión «Vesti.ru».*

La concisión de ABC esconde el solaz que le producía al señor Zajarchenko describir la normalidad de los militares rusos para elegir cómo ocupar sus vacaciones, un repertorio que va de tostarse al sol de Crimea a freír a los de demás bajo el fuego de las armas, de montar tiendas de camping a montar campamentos militares. Los paracaidistas rusos detenidos por los soldados ucranianos en su territorio eran un grupo de scouts haciendo senderismo con la brújula estropeada, poco más o menos. Cuando se les preguntó si sabían que estaban en Ucrania, se limitaron a responder que "se lo imaginaban". Y así sucesivamente.
Al día siguiente del encuentro de Vladimir Putin con el presidente Poroshenko y afirmar que había que llegar a "soluciones políticas" y no "militares", los soldados dejan de ser "prorrusos", para ser simplemente "rusos". Y pasan a la acción.
En otro ejercicio inaudito de cinismo, han advertido por boca de Serguéi Lavrov que "atacar a los rusos es atacar a Rusia", pero el problema radica en "dónde" están los rusos. Si los rusos se quedaran en Rusia, no creo que nadie les atacara. Sin embargo, si se siguen perdiendo en la noche o en la niebla y llegan, un suponer, hasta el estrecho de Calais, algo habrá que hacer con ellos, aunque sea darles unos planos nuevos porque parecen que siguen con los anteriores al año 89. La burocracia rusa siempre ha sido lenta, como sabemos de Gogol a Bulgakov. 


El rifirrafe de ayer en el Consejo de Seguridad entre la embajadora de Estados Unidos, llamado directamente "mentiroso" a los rusos y diciendo —lo que es evidentemente cierto, según sus propias declaraciones— que por un lado van sus palabras y por otros sus actos, que mientras dicen que quieren soluciones políticas, sus convoyes están atravesando las fronteras. No creo que Rusia "mienta", creo que se burla, que va a políticas de hechos consumados y que no está dispuesta a que las soluciones de los demás sean las definitivas. Putin no puede ceder; tiene que seguir alimentando la peligrosa euforia nacionalista y de nostalgia imperialista. Lo que puede leerse en RT o en la agencia RIA Novosti es realmente sorprendente y supera cualquier fantasía megalómana propia y paranoico conspiratoria hacia los demás. Es lo que vende, propaganda convenientemente traducida a los mercados que le viene bien calentar, como es el caso de Latinoamérica con el que está manteniendo una curiosa retroalimentación propagandística antiestadounidense. Basta con acercarse a sus páginas en español para verlo.
Rusia está demostrando que ha decidido mantener un pulso. Con los diversos frentes mundiales abiertos en estos momentos, en especial el del Estado Islámico en Irak y Siria, pero también Libia y Gaza, está tirando demasiado de la cuerda. Confía en que sus contramedidas sirvan para minar la resistencia europea. En ese sentido, su propaganda se extiende más allá de sus fronteras pues forma parte de la operación.

Ya hay alguna cadena europea que introduce la idea del "bumerán" de las sanciones contra Rusia, haciéndose eco de las tesis de los medios rusos, que están vendiendo que Europa no está dispuesta a sostener a Ucrania, que pesan más las frutas de temporada o el gas que cualquier otra cuestión de "principios". Unos no quieren perder fruta y otros que les cancelen espacios publicitarios o patrocinio o cualquier otro beneficio de las relaciones con Rusia. Pero, insistimos una vez más, Rusia ha dejado de ser un socio posible y por más que mañana se vuelva a una situación menos conflictiva, de la historia se aprende y se toma nota. O al menos así debería ser.
El aparato mediático ruso vende que está saliendo triunfadora de este choque con Occidente —imperialista, débil y mercantil— y que los efectos de las medidas contra ella no son nada ante su resistencia y superioridad. Para ello la foto —como advertimos— de nuestros agricultores quemando la bandera europea ha sido esencial; un detalle, pero muy aprovechable. Somos demasiado rápidos con el mechero y luego ocurre lo que ocurre. Habrá que tener cuidado, no sea que además del mercado ruso, perdamos algún otro por poco solidarios y no saber por dónde cae el frente. La bandera europea, ya lo dijimos, es la nuestra, por más que algunos ya no sepan ni cuál es la propia.

La estrategia rusa es tratar de convencer a Europa de que está siendo manipulada por los Estados Unidos en Ucrania, que solo va a tener problemas, mientras que los Estados Unidos solo tratan de obtener ventajas con bajo riesgo. Ese es su mantra y habrá algunos que lo acepten por que les interese hacerlo o como prolongación natural de su antiamercanismo. Pero esto es importante para Europa, más allá de los efectos de las sanciones. Los medios rusos tratan de mostrar la insumisión económica de las empresas europeas que buscan cómo burlar el embargo exportando a terceros países. Eso lo venden como una gran victoria o más bien como una gran derrota europea. Pero hay gente que disfruta con ello y los que quieren escucharlo, lo escuchan. A efectos de consumo interno, tanto de Rusia como de Ucrania, la imagen es el fascismo y el imperialismo. Los ucranianos que no quieren ser rusos, son fascistas. Los rusos que quieren dejar de ser ucranianos, hijos perdidos en el camino tortuoso de la Historia que regresan a casa. Putin los ampara y defiende en la mejor tradición del "padrecito" ruso.



Para que la imagen funcione, Rusia organiza números como el de los camiones de ayuda humanitaria, con los que pretende presentarse como una especie de ONG que alivia el sufrimiento de los pobres independentistas, convertidos en héroes resistentes de la añorada patria rusa a los que se les quiere hacer perder lengua e identidad.
La situación ha dado un salto con el reconocimiento expreso —por si alguien tenía alguna duda— de que los que han estado siempre detrás de todos los acontecimientos han sido soldados rusos:

“Nunca escondimos el hecho de que hay muchos ciudadanos rusos entre nosotros, sin cuya ayuda sería muy difícil luchar ahora. Había entre 3.000 y 4.000 de ellos en nuestras filas. Muchos se han ido, pero otros muchos siguen aquí. También, hay muchos militares que prefieren pasar sus vacaciones entre nosotros, sus hermanos que luchan por su libertad, en lugar de en una playa”, ha declarado el primer ministro de la autoproclamada República Popular de Donetsk.**


Este reconocimiento es grave porque hasta el momento ha sido posible vivir una ficción diplomática en la que se hablaba de "injerencia", "intromisión", "responsabilidad", etc., todos ellos términos con los que se trataba de eludir el definitivo: "intervención", que implicaría la invasión de un país soberano por parte de otro, lo que implicaría de facto una declaración de guerra. Mientras el conflicto se mantiene en niveles de "lucha contra el terrorismo", antes de llegar al de "guerra civil" —escalón más— o el final de "invasión", que implica la guerra, con sus propias reglas y formas de negociar. En este último caso, obligaría a la acción de forma encadenada e impredecible. Si Rusia juega este órdago, la barrera que se establecerá será ya infranqueable y, por advertir a los preocupados, podemos ir buscando otro destino a la fruta y nuevos turistas para las playas. Es lo que exigirán, y con razón, todos los países europeos afectados por la amenaza de un vecino que de nuevo se ha vuelto agresivo.
Las acusaciones ayer del embajador ruso, responsabilizando a los Estados Unidos de lo que ocurre en Ucrania, son un ejercicio de hipocresía más. Lo lamentable es que sea Estados Unidos el que esté dando la cara en el Consejo, con una Europa en proceso de sustitución de su Comisión y sin voz, como tal Unión, en el Consejo. Eso permite revivir, para nostálgicos de estas cosas, los escenarios dialécticos de la Guerra Fría y los enfrentamientos dialectos de las dos superpotencias. A ambos mandatarios les viene bien; su imagen se refuerza. Rusia asciende de su calificación de "potencia regional", dada innecesariamente por Obama, convertido en agencia de rating; y el presidente norteamericano se reafirma en el mercado interior mandando soldados a Polonia, como advertencia, frente a los que le acusan de débil.


Ni las detenciones de soldados rusos, ni las fotografías de su armamento por la calles de las regiones ucranianas, ni el reconocimiento de los autoproclamados —quizá habrá que empezar a decir "designados por Moscú"— líderes independentistas fugaces modifica el discurso impresentable del gobierno ruso.
No son tiempos para este tipo de acciones después de dos décadas de tender lazos para superar la Guerra Fría. Pero esta elección la hizo Rusia en el momento en el que ordenó a su títere Yanukovich que no firmara los acuerdos con la UE. Después, la bola siguió rodando por la ladera nevada. Ucrania era una propiedad rusa y así debía seguir o quedar reducida a la nada. La venganza rusa es implacable.
La descripción turística de esos militares rusos que van a Ucrania a pasar sus vacaciones aprovechando para tomar ciudades y puestos fronterizos es un insulto además de a Ucrania a todo el mundo que considera de extrema gravedad lo que está ocurriendo en Europa. Su intento de aparecer como una ONG repartiendo comida a los necesitados, un insulto a la inteligencia.

El problema es que Vladimir Putin solo se sienta a negociar cuando ya ha conseguido lo que quería. Y eso es muy malo.
Mientras escribo escucho el disco grabado a principio de los sesenta, en 1962, "Benny Goodman in Moscow", un resultado de la distensión de la era Jrushev. La gira de conciertos fue organizada por el legendario productor de la Columbia y de Warner Bros., George Avakian, un ruso de padres armenios, que se empeñó en que su ex compatriotas pudieran disfrutar del buen jazz. Cuando escucho a los moscovitas aplaudiendo a rabiar con el endiablado swing de Goodman me parece que hay más voluntad de encuentro en aquellos escenarios, que en el empeño actual en mostrar supremacía. Si los soldados rusos estuvieran de vacaciones disfrutando de descanso y divirtiéndose en vez de hacer horas bélicas extras en el país de al lado, por decirlo eufemísticamente así, seguro que se relajaban todos un poco. Hay que volver a la diplomacia "musical".
Esto es un pulso que lleva ya muchos muertos y que tendrá, sea cual sea el resultado, trascendencia durante décadas.


* "Los rebeldes admiten que hay soldados rusos 'de permiso' combatiendo con elos en eleste de Ucrania" ABC 28/08/2014 http://www.abc.es/internacional/20140828/abci-prorrusos-ucrania-soldados-rusos-201408281003.html

** "“Injerencia directa”, Poroshenko acusa directamente a Moscú" Euronews 28/08/2014 http://es.euronews.com/2014/08/28/injerencia-directa-poroshenko-acusa-directamente-a-moscu/





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