viernes, 1 de agosto de 2014

La experiencia lectora o colas y libros

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Después de la lectura de la novela "Crónica de un vendedor de sangre", de Yu Hua, tuve conocimiento de otra de sus obras, "China en diez palabras". Comencé a leer sus primeras páginas de forma virtual y finalmente la encontré en libro palpable y subrayable, que es el hábito que uno tiene desarrollado como el perro de Paulov.
El planteamiento de la obra surgió durante la preparación de una conferencia en los Estados Unidos sobre su visión de China desde su perspectiva de escritor. "Mi objetivo —dice Yu Hua— es condensar en diez simples palabras el discurso torrencial de la China de hoy y conciliar el análisis racional, las percepciones subjetivas y las anécdotas personales en un relato que salta a través del tiempo y el espacio" (13)*. El resultado es un divertido e interesante "ensayo concreto", es decir, la elevación de los hechos a la categoría de ideas, tarea que debe hacer el lector, deduciendo de las propias experiencias del autor. De la capacidad selectiva de Yu para encontrar esas palabras "clave", las capaces de aglutinar a su vez las historias representativas de la China que quiere mostrar, depende el resultado final.  Las palabras son "pueblo", "líder", "lectura", "escritura", "Lu Xun", "disparidad", "revolución", "gente de a pie", "imitación" y "enredar". A través de ellas, Yu Hua nos muestra su visión de China y de su evolución, de las transformaciones que se sucedieron antes, durante y después de la Revolución Cultural, que marcó —como la de tantos chinos— su vida.


Algunas de las anécdotas o situaciones que nos muestra serán materiales de fondo de la magnífica "Crónica de un vendedor de sangre" porque en esa obra se nos mostraba también el antes, el durante y el después de la Revolución Cultural. En ellas percibimos las semillas que tomarán forma en el texto novelesco. La capacidad selectiva de la anécdota, su conversión en ejemplo para mostrar una situación más amplia o general del país sigue funcionando a la perfección en esta interesante obra. No es obra de cifras y fechas, sino del proceso vivo de la transformación de una sociedad a través de esos conceptos.
Pero me gustaría compartir aquí, en este caso, no una información sobre China sino una observación más universal, comprendida dentro de la palabra "lectura". Escribe Yu Hua:

Me han preguntado en alguna ocasión qué me han aportado treinta años de lectura, una cuestión tan inabordable para mí como señalar los límites de un inmenso mar.
Como cierre a un artículo que escribí hace tiempo, describía de la siguiente manera mi experiencia como lector:
Cada vez que leo una gran obra, soy arrastrado por ella hasta otro lugar. Igual que un niño asustadizo, sigo sus pasos con mucha cautela agarrado a sus ropajes, imitando cada uno de sus pasos, avanzando lentamente por el largo río del tiempo. Es un viaje grato, repleto de emociones. Los libros me llevan con ellos y luego me dejan solo para que regrese por mis propios medios. Y en el momento en que logro regresar me doy cuenta de que siempre estarán a mi lado. (79)*


Es una bella forma de expresar la experiencia de la lectura, lo que tiene de viaje acompañado y de regreso solo, pero más experimentado. Esos "propios medios" ya no son los mismos que con los que se inició el viaje.

En la palabra "lectura", Yu Hua recoge la experiencia de la carencia absoluta de libros, del desmembramiento de sus páginas por la censura o por los usuarios que se los pasaban a escondidas. Tras la revolución, nos dice, volvieron los libros de la literatura universal  a las librerías. La gente hacía largas colas para conseguirlos.
Una de esas anécdotas que nos cuenta se refiere a su frustración una mañana de 1977, tras la revolución, llegando a una cola de más de trescientas personas esperando a que se abriera la librería y conseguir algún libro de los que habían soñado poder leer. Dickens, Balzac, Tolstoi..., nos dice, esperaban al otro lado. Pero solo había cincuenta vales y allí había mucha más gente, que tendrían que intentarlo otro día.
Esa expectativa para poder llegar al libro, para poder bajar por ese río o remontarlo, son características de los escenarios de carencia, ya sea de libertades o económicas. El libro es especialmente valioso y deseado cuando nos transmite la sensación de libertad, ilusiones.
Pasa a relatarnos después el contraste actual a través de su experiencia como autor en una feria a la que fue invitado a una firma de libros:

—¡Auténtica ganga! ¡Diez yuanes por un lote de clásicos!
—¿Seguro que vendes libros? —protestaba otro—. Por esa mierda de precio tienen que ser papeles viejos.
Entonces la cantinela se convertía en:
—¡Rápido! ¡Vengan y compren! ¡Llévense su lote de clásicos a precio de papel usado!*


Esta situación no es única de China. Hemos pasado de los libros como algo valioso a ofrecerlos como materiales con valor de mercado. Siempre es un peligro aplicar la idea de mercado en la cultura porque evidentemente siempre habrá más demanda de lo que tenga menor valor cultural que lo que sea más fácil. Los mercachifles culturales nos han convencido de que el cambio estético muestra el relativismo de los valores y los cánones y que por lo tanto es el gusto el que determina. Y nada hay más manipulable que el gusto. El siglo XIX ya intuyó algo de esto y dio salida a teorías que hablaban de la autonomía del arte y su necesidad de distanciarse de modas del gusto. El arte debe moverse por sus propios criterios y no por la necesidad de gustar para sobrevivir. Pero la historia es la que es y tenemos lo que tenemos.


La mejor manera de evitar la manipulación del gusto hacia la zafiedad y lo trivial, hacia lo repetitivo y facilón, es una educación de calidad, en la que se aprenda a apreciar las manifestaciones artísticas. Sin embargo, es la nefasta enseñanza del Arte y de las Humanidades el principal obstáculo para la apreciación del arte. No se enseña a acceder a la experiencia estética y sino a su codificación rutinaria. Nada más negativo. Sinceramente, hace mucho tiempo que no sé a qué llaman "educación de calidad" muchas personas.
La escena de la feria en la que se vocean los libros como tomates en mercadillo no es solo propia de China, como decíamos, sino de allí donde se pierde el sentido del valor de la cultura. Estamos fabricando consumidores de "objetos culturales" y nos personas educadas, cegados por un populismo grosero y un pragmatismo obsceno.
Escribe Yu Hua refiriéndose al contraste entre los dos momentos:

Comparar una escena como ésta con las vividas en el pasado despierta en mí todo tipo de sentimientos. Parece que solo una noche separa la cola que formamos más de trescientas personas en la puerta de la librería para conseguir un vale hace más de treinta años de la venta de un fardo de clásicos por diez yuanes. Volviendo la vista para rastrear los momentos verdaderamente significativos en mi recorrido como lector de literatura, me quedaría como punto de partida con aquella mañana de 1977 frente a la librería de mi ciudad, y naturalmente mi trayectoria no terminaría con los gritos de los vendedores de la feria del parque Ditan. (78)*


Antes teníamos ganas, pero no teníamos libros; ahora hay libros, pero estamos desganados, empachados de tanta oferta que compite por ofrecernos tentadores momentos de placer y distracción, de eficiencia y utilidad.

Evidentemente siempre será mejor tener libros, aunque sea a granel y en lotes, que no tenerlos y hacer cola con un vale a ver si hay suerte y te llega. Pero no se trata de eso, sino de la experiencia lectora y lo que la motiva. Lo que llevaba a aquellas personas a hacer cola o a arriesgarse al leer libros, incluso a copiarlos a mano —sensacional la historia de Hua sobre la lectura de La dama de las camelias— era su deseo lector, el de acceder a las joyas de la literatura que les habían estado vedadas durante la revolución. Aquellas lecturas quedaron marcadas por el aura de la necesidad y la novedad. Llegaban a los libros y eso era un triunfo tras años de censura y adoctrinamiento cultural.
Entre obligaciones y aburrimiento se mata la vocación lectora, que en el fondo es la curiosidad por conocer y conocerse. Pero eso ya no es una prioridad. El resultado es la inmadurez galopante que nos rodea, la cultura que nos aísla incapaces de celebrar o compartir tanta chabacanería.
Nos preocupa el "consumo interno", pero no qué se consume ni sus consecuencias, es decir, la "interioridad", concepto obsoleto ante el predominio de la imagen y la apariencia.. Hemos perdido el ideal ilustrado, sustituyéndolo por el ideal formativo, cuyo resultado es la indiferencia por todo aquello que no nos aporte un beneficio inmediato. Lo malo es que es lo que se nos transmite cada día como ideal y como práctica. No hay una crisis cultural; hay un cambio planificado de modelo.
Te dan todo lo que hace falta para trabajar, nada de lo que hace falta para vivir. Y vivir ¡son tantas cosas!


* Yu Hua (2013). China en diez palabras. Alba, Barcelona.




 


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