martes, 5 de agosto de 2014

El poder a medida

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cada vez es más frecuente ver la resistencia que ciertos dirigentes políticos manifiestan para dejar libres los puestos de poder. Tenemos ejemplos en todos los niveles, claro —de las alcaldía a las secretaría generales—, pero me refiero especialmente a las presidencias y ejecutivos de algunos países. Cuando llega el momento, tras haber agotado los mandatos que las constituciones suelen prever para estos casos, limitando las posibilidades de permanencia, vemos cómo muchos mandatarios se resisten a dejar su poder acumulado en manos de otros.
La limitación de mandatos no es un impedimento molesto, sino una garantía de que existe renovación en el poder, un aviso que el tiempo excesivo en los cargos públicos no es bueno por muchos motivos. Es importante en los sistemas democráticos que se comprenda que el poder tiene un tiempo. La tentación de perpetuarse revela que no es la vocación de servicio la que es prioritaria en el ejercicio del poder sino la satisfacción de otro tipo de intereses, desde psicológicos a económicos entre otros. Dice mucho de un país y de su funcionamiento dos cosas: la independencia de su administración y la renovación del poder en todos sus niveles. Los que aspiran noblemente al servicio de sus sociedades saben que la renovación forma parte de ese acto de servicio por pura higiene social democrática. Hay un tiempo para todo y para cada uno. Ir más allá no es bueno.
Sin embargo, cada vez es más frecuente que nos encontremos con lo contrario. No se trata solo de las dictaduras camufladas con trucadas elecciones, como hemos podido ver en los países árabes. Empieza a ser más habitual en aquellos lugares en los que los  matrimonios, por ejemplo, se suceden en los puestos de gobierno, o los intentos de modificar las constituciones para poder seguir en el poder.


El caso de los relevos entre Vladimir Putin y Dimitri Medvedev es paradigmático de esta forma de perpetuarse. Creo que nadie tiene dudas a estas alturas sobre lo que da de sí el espíritu democrático de Vladimir Putin. En diciembre de 2007, cuando se preparaba la maniobra del intercambio de puestos, The Economist señalaba:

As for Mr Putin, he seems still to be keeping his options open. If he becomes prime minister it is hard to imagine him answering to Mr Medvedev. Whatever the form, Mr Putin will be more popular and more powerful than his protégé. Under the constitution, the president has control over the army and the security services, but this could easily be changed by a parliamentary vote. In any event Mr Putin is unlikely to part with power. More surprises could be in store, even the revival of a once-touted plan for a union with Belarus that might let Mr Putin stay president.
The Kremlin's machinations have revealed a simple truth: that the authoritarian system created by Mr Putin in the past eight years does not allow an orderly transition of power from one elite to another. Kirill Rogov, a political analyst, points out that elections, which in a democratic society act as a mechanism for rotating power, have in Russia become a mechanism for preserving it.*


Creo que se apunta aquí el núcleo del problema, que no es otro que el asalto al poder y las instituciones de los estados que, lejos de ser más democráticas, se convierten en herramientas para el beneficio y enriquecimiento de unas elites que crecen a su sombra y que se van ramificando. Se convierten en "sistemas autoritarios", como bien señala el articulista, y la democracia se va convirtiendo en algo meramente formal. La reciente condena a Rusia en La Haya por la desposesión de sus empresas del multimillonario opositor a Putin revela la creación de un estado mafioso —con múltiples instituciones comprometidas para conseguir ese fin— que se va gangrenado. La red se va extendiendo, repartiendo prebendas entre los favorables y desposeyendo a rivales y opositores. Pronto, el que quiere prosperar ha aprendido cuál es el mecanismo para hacerlo: sumisión, disposición a hacer lo que se le pida. Y es necesario que dure.
Los distintos sectores del estado se van adaptando a la nueva situación y la corrupción social se acaba imponiendo. Es un mecanismo selectivo: los opositores o los tibios son eliminados y van quedando los acólitos y sicarios, que pueden rivalizar para ser los favoritos, el núcleo duro del poder, la camarilla. Pronto las instituciones se vuelven inútiles porque dejan de servir para sus funciones de control y vigilancia; se transforman en parte de la maquinaria y el estado deja de funcionar, al menos en favor de todos. El estado es un castillo que hay que asaltar primero y en el que atrincherarse después. Con funcionar bien Policía y Judicatura es suficiente. Las protestas se acallan, los enemigos desaparecen o se exilian.


Cuando se ha llegado al interior del castillo y se dispone de todos sus recursos, abandonarlo se convierte en una opción extrema, un desastre para todos los que han confiado en que aquello duraría siempre. Se inicia entonces el despliegue de los mecanismos, más o menos descarados, para asegurarse el poder personal y el de la elite que se ha creado. Lo que en las dictaduras se da por natural —la perpetuación en el poder— en las democracias se tiene que revestir con demagogias y trucos legales, de propaganda populista, para que los pueblos sientan el miedo de perder a esos líderes que les transmiten sus fantasías de poder. Ellos son insustituibles; en ellos se han concentrado las pasiones, los valores, todo aquello con lo que establecer la empatía que ayude a superar las frustraciones, las promesas de recuperar el pasado perdido ya sea el esplendor de la Unión Soviética, del imperio otomano o el de civilizaciones desaparecidas hace milenios. Sorprende lo fácilmente que son manipulables los pueblos que creen en la edades de oro y en su regreso de manos de estos líderes.


Se abre de nuevo en Turquía el caso de Recep Tayyip Erdogan, otro dirigente autoritario con ganas de perpetuarse en el poder. En la constitución turca la figura presidencial —cargo al que aspira en unos días Erdogan—, como ocurre en muchos otros países, tiene un valor de representación y algunos poderes limitados, frente a los poderes ejecutivos del presidente del gobierno, cargo que hasta ahora ha ocupado Erdogan. Durante su mandato ya se ocupó de modificar el sistema de elección presidencial, que será directo, en lo que todos han visto una maniobra para justificar el abandono del rol tradicional de la presidencia y convertirse en parte activa del poder. Erdogan quiere seguir mandando. Mientras Erdogan ha sido primer ministro, en ese cargo se centraba el poder; ahora, cuando pasará a la presidencia previsiblemente, quiere ampliar los de su nuevo cargo para no perder su control del país y de todos sus resortes. Es el poder hecho a medida.
Euronews preguntaba a los expertos turcos sobre la maniobra de Recep Tayyip Erdogan y si tiene posibilidades de prosperar ese cambio de rol de la presidencia:

“Podemos decir que sí o que no dependiendo de quién gane las elecciones, porque uno de los candidatos ha dicho que si gana irá más allá de los poderes presidenciales dados por la Constitución ya que, en su opinión, el presidente tiene autoridad ejecutiva.
Para él, el presidente es el jefe del Ejecutivo aunque la Constitución establezca que sólo es el jefe del Estado. Erdogan quiere cruzar esa línea. Ha dicho que quiere seguir manteniendo las funciones que tenía como primer ministro si es elegido presidente. Esto va en contra de las funciones tradicionales y la tradición presidencial. Y en la Constitución no hay lugar para ello”, explicó el profesor Ersin Kalaycioglu.
Turquía se rige por una Constitución que entró en vigor en 1982, tras el golpe de Estado militar del 12 de septiembre de 1980.
Esta Constitución establece una república parlamentaria basada en la división de poderes. El jefe del Estado tiene sobre todo un papel de árbitro, un derecho a veto limitado y el poder para nombrar algunos burócratas.**


Si gana Erdogan —que lo hará— la política turca habrá iniciado un camino complicado que supone la consolidación de la persona frente a las instituciones y el Estado. Es la base del autoritarismo y recurrirá, una vez iniciado el camino, a todos los mecanismos necesarios para no perder el control. Por si no fuera suficiente con su forma autoritaria de ejercer el `poder, el hecho mismo de desbaratar el estado para acomodarlo a su permanencia supone un paso más allá, una frontera que se cruza, la de la manipulación constitucional, que abrirá nuevos conflictos.
En otra de sus noticias, Euronews señala que tras cerrarse los colegios electorales en el extranjero, la población turca en Alemania —la más grande en el exterior, compuesta por 2.800.000 turcos— ha tenido una abstención del 92%. Solo votaron 114.000***. Es un síntoma claro del distanciamiento de los que tienen una perspectiva exterior de lo que ocurre en su país.


Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan son dos ejemplos claros de personalidades autoritarias, de personas que necesitan personalizar el poder antes que institucionalizarlo. La fascinación que ejercen —dentro y fuera de sus países— es la del poder que no se detiene, que logra lo que desea. Para ambos, la presidencia del país no es meramente decorativa, sino una salida legal a su afán de continuidad, de perpetuarse. Cuando se agotan las posibilidades de relevos o sencillamente se agotan los mandatos, las campañas suelen ser para modificar la duración de las legislaturas o la ampliación de dos a tres. Todo lo que haga falta para seguir.
En 2007 el presidente venezolano Hugo Chávez intentó también su reforma constitucional para poder seguir. No consiguió lo que quería por un pequeño margen de diferencia: 50'7% frente al 49'2%. El diario El País nos contaba lo que ocurrió:

El presidente pretendía el cambio de 69 artículos de la Constitución de 1999, una reforma que le habría dado un poder casi sin límites. Para empezar, habría permitido reelecciones ilimitadas para el presidente y ampliaba de seis a siete años el mandato presidencial. Además, le daba el control de las reservas de divisas extranjeras, del banco central, de la ordenación territorial del país y mayores poderes para expropiar propiedades o censurar medios de comunicación en situaciones de emergencia.****


Chávez culpó a la abstención. Pasó de tener siete millones de votantes a quedarse en cinco. Es la señal más evidente de que sus propios votantes no acaban de ver claro aquel protagonismo más allá de la escenografía populista. Chávez dijo que "por ahora" dejaba las reformas, que ya se vería más adelante.
Desgraciadamente, cada vez vemos proliferar más líderes con deseo de perpetuarse, de ampliar sus poderes o de ambas cosas; líderes con misiones inacabadas, con visiones de futuro más allá de los límites de mandatos. Pero este poder acaba siempre en autoritarismo, en corrupción por falta de regeneración y en la necesaria negación de la realidad para que todos sigan viviendo en el mismo sueño que acaba convirtiéndose necesariamente en pesadilla social, en enfrentamientos, en apatía.
No hay país o institución que esté libre si baja la guardia, si no ve —a su escala—, que estos vicios pueden atenazar su desarrollo, matar su ilusión, pervertir sus principios. El sueño de una mítica fuente del poder eterno está en la mente de muchos.



* "Enter Putin two" The Economist 13/12/2007 http://www.economist.com/node/10286554
** "Turquía: ¿Hacia un sistema presidencial?" Euronews 5/08/2014 http://es.euronews.com/2014/08/04/turquia-hacia-un-sistema-presidencial/
*** "Los turcos en Alemania se borran de las presidenciales" Euronews 4/08/2014 http://es.euronews.com/2014/08/04/los-turcos-en-alemania-se-borran-de-las-presidenciales/
*** "Venezuela dice 'no' a la Constitución de Chávez" El País 3/12/2007 http://internacional.elpais.com/internacional/2007/12/03/actualidad/1196636401_850215.html





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