miércoles, 2 de julio de 2014

Ya llega el verano o canto de silencio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Debo confesar que estoy más que sensibilizado con este tema, sensibilizadísimo. El diario El País me lanza la pregunta como un guante que me citara mañana al amanecer a vernos las caras: "¿Es posible vivir en silencio?". Mi sensibilidad proviene de unos últimos veranos desesperantes, de desquiciamiento ruidoso por estar rodeado de obras. Las comunidades deciden, cuando llega el verano, hacer obras y reformas. Lo deciden los que tienen casas en el pueblo, les ha tocado la lotería o están tumbados en la playa, mientras los parias de la tierra ruidosa soportamos desde las 8'30 de la mañana, con sadismo preciso, el apocalipsis sonoro del chirrido de sierras cortando baldosas, el golpe de piquetas y martillos derribando muros, la instalación de andamios, el penetrar de taladros, y los pinitos en flamenco, fado o merengue de alguno que desea prosperar en el mundo de la canción. Me estremezco al pensar que, en apenas dos horas, el canto de los primeros pájaros, que ahora escucho, se transformará en un torrente sonoro, peor que el de Segura.
Avanzo —como postraumatizado que soy— por el artículo de El País, pero me doy cuenta que una vez más, se desaprovecha la ocasión de ahondar en nuestro drama acústico, en la violación de los derechos de mis dos orejas, conectadas con mi vapuleado cerebro, que se encuentra en medio.

Disfrute del silencio. Y no, ni nos referimos a la canción de Depeche Mode, ni a un mandato cartujo. Simplemente, se trata de una necesidad para vivir mejor. Porque en una sociedad como la nuestra, donde las ciudades crecen –y, con ellas, la demanda de transporte, de industria, de ocio–, los decibelios suben y suben hasta traspasar el umbral de lo tolerable: 65 dB –se consiguen con un aspirador, un televisor con volumen alto o una radio despertador– es el límite de ruido máximo establecido por la Organización Mundial de la Salud. A partir de esa cifra, nuestro organismo se resiente. Ahora bien, seamos optimistas, porque como nos explica Rafael G. de Silva (profesor de mindfulness en City Yoga Madrid) el silencio, más que la ausencia de sonidos, es una actitud: “La ausencia total de ruido es imposible. Tenemos que saber convivir con esos ruidos externos, aprender a relacionarnos con ellos. Lo habitual es que ciertos ruidos de nuestro entorno nos generen tensión, pero si aprendemos a percibirlos como algo propio de nuestro ámbito vital, algo que en sí mismo no tiene por qué resultar agresivo, dejarán de perturbarnos y podremos crear nuestra particular zona de silencio interno”.*


¿"Actitud", actitud, dice? Me entran ganas de coger al profesor de mindfulness por las solapas (no sé si los profesores de yoga tienen solapas) y ponerle en la postura loto mientras los fellinianos obreros trabajan eufóricos bajo mi suelo. ¡Nada de "actitud"! Él tendrá sus motivos para ser "optimista" y pedírselo sin rubor a la gente en su "city yoga" o donde sea, pero yo no quiero "consejos"; yo quiero que terminen la obra. Quiero volver al mundo que te permite concentrarte al escribir, descansar hasta que decidas dejar de hacerlo, no tener que ver las películas con subtítulos y no andar por casa con los auriculares puestos escuchando música para soportarlo. No sé si esto es lo que el señor del mindfulness llama una actitud, pero es exactamente lo que quiero. Y además quiero —puestos a ser egoístas— que deje de ocurrir cada verano, porque una cosa es no lucir moreno y otra lucir ojeras y temblores en las manos.


Durante la comida, convertido en un obseso del ruido, me comenta una compañera que a su casa del pueblo, en Asturias, ha llegado un manitas, un amante del bricolaje, que se dedica al autoempleo del martillo, sierra y taladro. Te pasas el año soñando con descansar en tu pueblo y en tu pueblo te espera la desesperación ruidosa de unas vacaciones de fábrica, como ponerse la sombrilla en mitad de un atasco. Me dicen que han intentado hablar con él, pero que les ha respondido con una estruendosa carcajada y una lista de derechos acústicos centrados en el tiempo: puede hacer todo el ruido que quiera de tal a tal hora, la ley —dice— está de su lado. La ley, que siempre se representa con los ojos vendados, debería aparecer ahora con algodón en las orejas.
Leo en El País:

Aunque el tráfico es, probablemente, el sonido que más pone a prueba la paciencia de los europeos, nuestras mayores quejas tienen que ver con los vecinos fastidiosos, los locales de ocio, las obras en las calles... “Son ruidos asociados a problemas de civismo, sus efectos se notan a corto plazo, y desaparecen cuando cesa el sonido”, asegura César Asensio, experto del Grupo de Investigación en Instrumentación y Acústica Aplicada de la Universidad Politécnica de Madrid. “Con todo, cada persona tiene una apreciación muy subjetiva de lo que le resulta molesto o no. Por eso, no es extraño que podamos acostumbrarnos a esos ruidos”, nos tranquiliza el experto.*


No sé a quién tranquiliza el experto. Si antes nos hablaban de "actitud", ahora lo hacen de "apreciación subjetiva". Insisto en que no es apreciación subjetiva la vibración de la mesa del ordenador mientras escribes ni las grietas en el cuarto de baño. Parece que existiera cierta complicidad en hacer que nos aguantemos en esto de los ruidos porque el verano está para hacer obras, fiestas y todas aquellas cosas que te apetece hacer durante el año pero que tiene menos gracia hacerlas cuando la gente tiene las ventanas cerradas.

Al salir de casa me crucé con un señor con un mono azul. "—¿Es usted de la obra del primero?, le pregunto. —Pues sí— contesta. —Soy el vecino de arriba, llevan ustedes mes y medio, es el tercer verano de obras y me gustaría saber si les queda mucho." Se lo piensa un poco antes de contestar y me deja un esperanzador, aunque impreciso: "No mucho". No sé en qué unidades habrá medido el tiempo, pero seguro que las suyas son más amplias que las mías; puede que yo mida en días y él en semanas. No me quejo de que la gente haga obras en sus casas, sino de su prolongación excesiva y de que se hagan en los periodos en que se necesita recuperar algo de la tranquilidad que el resto del año te quita. No sueñas con las Bahamas, solo con un poco de paz, de silencio.
El artículo se cierra con otro canto a la actitud positiva, que el ruido no arruine nuestra paz interior. Tras darnos técnico consejos sobre cómo conseguir reducir el ruido, dentro y fuera de casa, el texto concluye: "Y, en cualquier lugar, aprendiendo que a través de la meditación no hay ruido que pueda arruinar nuestro silencio."* Sin comentarios.


Intento meditar para ver los martillazos, el tráfico nocturno o las terrazas llenas de ruido como una recuperación de la actividad económica, pero mi "actitud" y mi "apreciación subjetiva" se ven minadas conforme mis ojos se dirigen nerviosos hacia el reloj del ordenador y compruebo que solo queda una hora hasta que los primeros martillazos comiencen. Como un perro de Paulov, comienzan las primeras reacciones.
En el poema "Canto de otoño", el poeta Charles Baudelaire escuchaba el ruido de la leña en el patio de la casa y sentía que eran como martillazos clavando un ataúd o levantando un patíbulo, los suyos. El largo y oscuro invierno llegaba. C'était hier l'été; voici l'automne! En los países playeros, turísticos y poco cívicos, los ruidos anuncian la terrible llegada del verano.

* "¿Es posible vivir en silencio?" El País 27/06/2014 http://elpais.com/elpais/2014/06/26/buenavida/1403767966_687349.html





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