viernes, 20 de junio de 2014

La generación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me ha parecido bien el énfasis puesto durante el discurso del Rey Felipe VI en el aspecto "generacional". En distintos momentos se ha insistido a través de la idea de una generación que espera respuestas y para la que hay que buscar soluciones.
Es importante porque creo que ahora mismo están conviviendo en España dos generaciones entre las que se ha abierto una brecha amplia. Los jóvenes que vivieron la transición —libertad sin ira, libertad, cantaba Jarcha— pudieron poner su empeño en proyectos importantes: la salida democrática de una dictadura y la entrada en una Europa de la que estábamos fuera de muchas formas y desde hacía demasiado tiempo. Con ambos logros, España consiguió dar un salto muy importante en su desarrollo económico y en su estabilidad social, consiguiendo un amplio consenso para su Constitución, que era la forma en que se plasmaba el compromiso de cambio real que siguió a la dictadura surgida tras la Guerra Civil. Eso está ahí y el mundo lo reconoció, sirviendo de ejemplo y modelo para superar conflictos y situaciones difíciles.

Sin embargo, la misma generación que realizó esos logros se paró en ellos. Y hace más de una década que los problemas que se le plantean a España se acumulan por la falta de ideas de una sociedad conformista que ha creado un colapso generacional. Desde ese tiempo los problemas que padecemos se nos pudren entre las manos ante la sordera de una clase política acomodaticia que mantiene cargos en una administración multiplicada para acogerlos distanciándose de la realidad social que ha ido creciendo desigualmente. De todos los ejemplos que podrían ponerse basta con dos problemas reales y dramáticos: el paro y la "cuestión soberanista" o "el derecho a decidir", eufemismos de avestruz de unos y otros para evitar llamar a las cosas por su nombre.
Con la misma persistencia con que España se precipitaba en una crisis económica sin precedentes, esta se negaba durante años, ignorando sus orígenes y agravando sus efectos. Las burbujas se acumulaban ante la indiferencia de los que estaban advertidos desde todos los foros internacionales. De forma similar, hoy se niega la importancia del segundo caso, el secesionista, que puede llevarnos a una crisis sin precedentes en muy poco tiempo. Ambos son problemas que nuestros dirigentes no han sabido abordar y que han creado un doble estado de apatía e indignación. Ambos sentimientos son compatibles convirtiéndonos en una sociedad bipolar.


Es importante la insistencia en el concepto de "generación" porque la que nos dirige no es consciente —más allá de la retórica— del sacrificio en masa que supone la pérdida de ilusiones de una generación entera que ha dejado de ver a su propio país como un escenario de oportunidades y lo percibe como un gueto del que no hay más salida que la emigración o la explotación. En esta larga crisis, son los más perjudicados ante la ineficacia de una gran parte de la clase política y la indecencia de otros. Y los que quieran salvarse de la quema que pongan sus hechos sobre la mesa.
La nueva generación se ha distanciado de los "gobernantes" porque entiende, con razón, no se han ocupado de ellos como debía. Esos mensajes insultantes incitando a la "movilidad" —eufemismo para la emigración— por parte de los que defienden con uñas y dientes, desde el más absoluto inmovilismo, sus puestos durante décadas, no han sido los más adecuados. La España del "paro juvenil" —con una juventud estirada casi a los cuarenta años— por encima del 50% es difícil que suscite entusiasmo más allá del deporte y de la venta de camisetas.


La generación destinada a acabar con la "España de pandereta" ha usado de ella cuando se le acabaron las ideas. Esta vez han sido "panderetas" modernizadas pero que no ocultaban su dependencia del turismo como motor del país mientras se iban perdiendo las aspiraciones a la industrialización del país, dejando languidecer la Ciencia y la Industria, con quejas y denuncias constantes e ignoradas. La España de los "eventos" antes que la de los "inventos"; "que invente ellos", de nuevo.
No se puede pedir mucha alegría a una generación que ha sido parasitada por la anterior que ha hecho valer sus galones para instalarse en un poder que los ciudadanos han dejado de sentir como propio. El desafecto del que tanto se habla no es más que eso, la falta de identificación con los grupos políticos y con la política en sí, que se ve como una herramienta oportunista de enriquecimiento. Por más que la clase política se defienda de estas acusaciones, estas llegan porque se ha sido incapaz de resolver los problemas principales en esta crisis mal repartida.


Las mismas instituciones se han dejado languidecer aquejadas del mismo mal: el abandono. Un país son sus instituciones y si estas funcionan —y los ciudadanos lo perciben así— es posible la identificación y los sacrificios cuando son necesarios. Pero si los ciudadanos no lo perciben de esta forma, se convierten en elementos decorativos o, incluso, negativos ante sus ojos.
Nos tienen debatiendo asuntos partidistas menores cuando deberían estar dando ejemplo institucional, manteniendo limpias las instituciones que se manchan con la indignidad de algunos. El resultado es la pérdida de apoyos de unos y el crecimiento de los dinamiteros sociales o nacionales. Cuando no somos capaces de ofrecer respuestas, se buscan en otra parte. Y no son siempre los mejores caminos.

Creo que la generación actual tiene derecho a recibir algo más que las palabras que se le dedican. Tiene derecho a recibir una propuesta de país con esperanza, con un futuro más allá de la pandereta modernizada; un futuro de país grande, culto y de referencia internacional, algo más que un destino turístico con muchas estrellas Michelin. Tiene derecho a un país con una justicia más rápida e independiente que mande a donde debe a los que abusan, corrompen o roban. Tiene derecho a una educación que sea un compromiso con un futuro sin tener que abandonar los más brillantes el país por la falta de oportunidades. Tienen derecho a no ser embrutecidos por avalanchas de concursos y chabacanerías y a recibir una cultura real que produzca más cultura y no solo dinero. Tiene derecho a que la administración eficaz esté a su servicio y no que crezca para colocar a afiliados y simpatizantes. Tiene derecho a que la política no se convierta en un espectáculo bochornoso que reclama su atención permanente, que le mantiene en estado de irritación, en constante apelación a la beligerancia y le da muy poco ejemplo de convivencia o de preocupación por el interés general. Tiene derecho, en fin, a poder tener un país con el que pueda identificarse sin rubores, racional, histórica y emocionalmente, en el que sienta obligado moralmente a participar porque este le da oportunidades de hacerlo y deseos de contribuir al conjunto.

Todas estas cosas se han ido olvidando estos años, tapándolas con cegueras y con discursos de humo. No sé si el nuevo reinado será capaz de impulsar estos cambios a través de la vía ejemplar e inspiradora. Me gustaría que así fuera por el beneficio de todos, que sirviera como un revulsivo. No se trata solo de que quepamos todos, sino de hacerlo sin apreturas y minimizando los conflictos porque convivir nos sea grato. Eso es la base de la política con mayúsculas en los estados modernos y estables que debemos aspirar a ser: mejores ciudadanos en un país mejor. Puede que no exista un estado ideal sin conflictos, pero el progreso es encontrar las formas civilizadas de solucionarlos: las mejores soluciones por las vías más tranquilas.
Como muchos españoles, me gustaría que los cambios fueran más allá de las palabras y se trasladaran a la realidad para que esta generación olvidada y vapuleada sea integrada en las condiciones que merece y las que tiene derecho, que solo se producirán con un cambio de mayor calado en las actitudes de muchos, con un compromiso general. Nuestros problemas no son sencillos, pero es esencial abordarlos de forma firme y clara, salir del impasse en el que nos encontramos demasiado tiempo ya, que nos desgasta, angustia e irrita.
Nuestra crisis no es solo económica, sino de modelo de crecimiento; es decir, involucra nuestro futuro y nuestras posibilidades de hacerlo real. La nueva generación requiere otro modelo, una modernidad mayor que abra nuevas oportunidades haciendo avanzar el país hacia posiciones que hemos ido perdiendo. A ellos corresponde hacernos avanzar porque son el futuro, algo que ha quedado truncado por una cifras infames de paro y unos empleos precarios y mal pagados, una generación de "becarios".
Durante años se utilizó la expresión "la generación del rey" para representar esa unión que existió entonces para salir adelante entre los políticos de todo tipo y la Corona. Se representaba en ella el diálogo y la voluntad de cambio y concordia que nos sacó del pasado para seguir adelante. Hoy hay un nuevo Rey y una nueva generación que reclama un protagonismo que debería haber tenido antes. Se inicia un reinado complicado por la situación que se hereda y por el estado anímico de esa generación. En la batalla por el "cabemos todos", que ha sido resaltado por los comentaristas, la Corona deberá participar también para lograr una compleja unión con su propia generación, encontrar también su sitio. Si logra encarnar esa voz y conciencia, habrá dado un gran paso, que será de todos.


Me parece bien, repito, que se haya puesto énfasis en la idea generacional. Algunos han puesto el límite histórico de la Transición en el relevo que ahora se produce en el Jefatura del Estado. La cuestión está ahora en saber si seguimos adelante, resolviendo nuestros problemas, o si volvemos hacia atrás. 







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