domingo, 15 de junio de 2014

Ignatieff, el honor del político

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recuerdo haber leído, cuando apareció en España —a finales de los 90—, un libro del canadiense Michael Ignatieff, El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna (Taurus 1999)*, en el que abordaba la deriva de las guerras convertidas en espectáculos de terror, espectáculos buscados por unos y usados por otros. Analizaba entonces el profesor canadiense la realidad de unos conflictos cuya finalidad no era la victoria, sino la masacre, la extinción de los otros, infames distintos a los que hay que hacer desaparecer de la faz de la tierra.
Mis recuerdos de aquella obra son sentir en sus páginas la barbarie de unos y la indiferencia o el negocio de otros en el uso del dolor como espectáculo mundial. Ignatieff escribió refiriéndose al uso de las imágenes de las atrocidades cometidas: "Existe un mercado del horror, como hay uno del trigo o de las tripas de cerdo, y existen unos especialistas en producir estas imágenes y distribuirlas"*. Sus críticas a las ideologías basadas en los nacionalismos o en las diferencias étnicas causantes de las masacres trataban de mostrar las ficciones que fundamos para el horror, estigmatizando a los otros por sus diferencias. Europa se está llenando de "diferentes", de "otros" de dentro y fuera.

Ha pasado el tiempo y el catedrático es entrevistado por el diario El País con motivo de una nueva obra — Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política — sobre el sentido de la participación política, en su caso desde la experiencia que le ha dado haber sido elegido miembro del parlamento canadiense en 2006 y hacerse en 2008 con el liderato del Partido Liberal —y, por tanto, pasó a ser líder de la Oposición— hasta 2011, cuando en que el partido sufrió un serio revés electoral, quedando relegado al tercer. Parece que el paso del profesor universitario por la política práctica no fue exactamente un éxito, pero sí un aprendizaje, parte del cual sirve de reflexión en la obra.
Señala en la entrevista Michael Ignatieff:

Los outsiders permanentemente soñamos con que podemos irrumpir en el juego político, pero la política requiere una serie de habilidades específicas, no todo el mundo puede hacerlo. Hay una serie de trucos que hay que aprender. Por ejemplo, no puedes responder a lo que te preguntan, sino a lo que te gustaría que te hubieran preguntado. No puedes repetir algo en negativo, hay que darle la vuelta y expresarlo en positivo. Es naif pensar que vienes de fuera, y simplemente puedes hacerlo. Yo no lo hice mal, me convertí en el líder de mi partido [LIBERAL], pero no era el momento adecuado. La política es el arte de lo posible, pero ahora. Ni más tarde, ni mañana. Ahora. No es suficiente con tener ideas, hay que actuar en el momento adecuado. Y esto lo digo desde la admiración por la política. Los outsiders, los catedráticos, en el fondo, no respetan la política ni entienden las habilidades específicas que son necesarias para defenderse en la arena política.**


La cuestión planteada por Ignatieff es interesante al menos en dos líneas, la que supone la incorporación de la sociedad civil a la política activa y su fracaso al intentar cambiar las formas de hacer la política misma. La primera es una cuestión candente ante los recelos que la clase política suscita en las últimas décadas. Las constitución de una "clase" política profesionalizada y que tiende a perpetuarse dentro de los partidos y las administraciones creando sus propios espacios, con sus propias maneras y estilos de manejarse tanto dentro fuera como dentro ha empezado a plantear problemas serios y tiene que ver directamente con los ascensos de los populismos alternativos, tan profesionalizados como los partidos predominantes, pero capaces de hacer pensar que no lo son, activando los mecanismos de identificación propios y desactivando los ajenos. ¿No es Marine Le Pen tanto o más profesional de la política que Hollande o Sarkozy? Sin embargo, ha conseguido que no se perciba así; ella es el pueblo, los demás no.
Eso que Ignatieff llama las "habilidades específicas" cubren un amplio espectro de cualidades para la navegación política que no les son fáciles de asimilar a los "outsiders", que acaban tirando la toalla en su intento de modificar las política y sus prioridades. Sencillamente: no son capaces de ir más allá de ciertas líneas.


Para alguien que, como Michael Ignatieff, se ha acostumbrado a la reflexión sobre la política, no es fácil el día a día de lo que se suele llamar "el juego político", algo que implica unos comportamientos que han quedado aparcados ante una forma de ejercerla que llega a ser brutal y destructiva. Creo que mucho de lo que Ignatieff estudió en las guerras interétnicas, la ausencia de "honor" en los guerreros, lo ha visto reflejado en la propia política:

Parece que a veces olvidamos que en política también hay reglas. La democracia es el antagonismo estructurado, no es la guerra. La batalla entre enemigos es la guerra. La democracia es la batalla entre adversarios. Porque además, el que es tu adversario hoy puede ser tu aliado mañana, como sucede en las coaliciones del norte de Europa.**

Hace unos días comentábamos aquí a raíz de algo similar el texto de la lingüista Deborah Tannen, La cultura de la polémica, precisamente por convertir la "arena política" en escenario de confrontación permanente. El uso mismo del término "arena" nos lleva a lo que entonces Tannen señalaba, la rentabilidad de expresar la política como un conflicto basado en guerras y deportes, un mundo de enemigos a los que hay que aplastar y con los que siempre hay que estar en contra y nunca de acuerdo. El mismo Ignatieff define la democracia como "batalla entre adversarios", aunque sea para decir que no es una "guerra". No acaba de salir de la metáfora bélica, de la que es difícil escapar pues absorbe al que se integra en la política especialmente porque es la forma más eficaz de garantizarse la fidelidad de los arengados ante las urnas. Para el intelectual no es fácil instalarse en ese espacio agresivo y emocional.
Se hace necesaria una reflexión multidisciplinar sobre esta deriva política y sobre sus causas y consecuencias, es decir, ¿por qué las sociedades evolucionan hacia esta agresividad primaria? Los mecanismos de tribalización de la política llevan a un aumento de la violencia social, un desgaste emocional por la intensidad que requieren y una erosión de las instituciones. No hace falta ir muy lejos para poder ver esto, pues España es un ejemplo claro de esta forma de entender la política y sus consecuencias las pagamos todos y gustosamente muchos.

Los populistas, de derechas o de izquierdas —dice Ignatieff en la entrevista—, ofrecen soluciones falsas a problemas reales. En Europa hay grandes problemas. Crisis económica, desempleo, enfado con los inmigrantes…, pero la gente siente que los partidos tradicionales no les ofrecen soluciones reales. La democracia no sobrevive sin soluciones a los problemas reales.


Quizá la acumulación de personas con características para ese tipo de lucha actúe como un filtro selectivo negativo para otros aspectos. Es más fácil señalar "culpables" que ofrecer soluciones. Para funcionar en política basta con tener un buen dedo acusador; eso asegura la popularidad. Por eso a algunos suele irles mejor en la oposición que en el gobierno, que es el destino trágico del político, el momento de la verdad, irónico sacrificio que debe hacer hasta que regrese a la saludable oposición, en la que no necesita demostrar nada, tan solo ser azote de los que estén en poder. La queja en los partidos en la oposición suele ser siempre la misma: sus líderes son demasiado "blandos", hay que ser "más duros", lo que lleva a la imposibilidad del cualquier tipo de diálogo y que este, si se da, se considere como una "traición" en la lucha interna. Tenemos ejemplos sobrados.

El populismo europeo —no es el único— crece con los problemas sin resolver, efectivamente. Lleguen o lleguen al poder, introducen el antagonismo dentro del sistema y arrastran a los demás  a sus lenguajes y propuestas para no ser desbordados por ambos lados, desplazados por aquellos que agitan las aguas del río. Eso lleva a un aumento de la demagogia y no de la eficacia política. Los populismos es lo que han hecho. Pero no hay que olvidar que lo hacen porque les resulta rentable, sí, pero sobre todo porque se les pone en bandeja la falta de solución de los problemas reales. Y muchos de ellos se podrían solucionar con un mayor consenso, algo que queda fuera de lugar en este juego de improperios constante. En vez de dirigirse hacia puntos de convergencia, tratando de encontrar el mayor acuerdo social, se buscan las mayores divergencias dentro de la polarización social. La política se vuelve inter étnica, tribal.
Cuando es preguntado por lo que fue el eje de su campaña fallida de 2011, las desigualdades sociales, Ignatieff responde:

El problema fundamental es la falta de reformas fiscales. No puede ser que en las democracias liberales sean las clases medias las que soporten el peso del Estado, porque eso es lo que está fomentando que la gente apoye a los populistas. Que las grandes empresas no paguen su parte de impuestos es un escándalo global. El problema es que solo la extrema izquierda propone una mayor carga fiscal para los ricos. Yo defiendo el capitalismo y no creo que sea el Estado el que deba redistribuir, pero también creo que todo el mundo, y repito, todo el mundo, tiene que pagar la parte que justamente le corresponde. Para mí, es un programa centrista, no de izquierda radical. Si no resolvemos la crisis fiscal, nos enfrentaremos a un problema global muy serio. Si no hay justicia social, el sistema simplemente no va a funcionar.**

El hecho de que hoy los gobiernos de diferentes países están intentando echar el lazo fiscal a unas empresas que se mueven de un lugar a otro buscando las menores cargas fiscales, chantajeando a los países con la deslocalización o cualquier otra forma de presión, parece darle la razón a Michael Ignatieff en esto. Efectivamente, son todas estas injusticias sociales las que están produciendo el aumento de los extremismos populistas de aquellos que se ven cada vez más vapuleados por las crisis que sus gobiernos o instituciones son incapaces de controlar. Tras la crisis fiscal lo que se esconde es un déficit moral que renuncia a la justicia.


Para solucionar los problemas reales es importante la existencia de un sentido de la comunidad, de que las discrepancias deben encontrar un acuerdo suficiente para evitar que se conviertan en aquello que él estudió muy bien: guerras interétnicas, conflictos de guerreros sin honor, en las que se busca acabar con el otro, estigmatizado, convertido en el origen de los males. ¿Pudo sustraerse Michael Ignatieff a esa atracción del conflicto?
A Ignatieff se le pregunta sobre la cuestión de los nacionalismos en España:

P. ¿Cómo trasladaría la distinción entre enemigos y adversarios al caso español?
R. En España, ustedes tienen un Estado multinacional y la única manera de mantener la unidad nacional es si los catalanes y el resto de españoles se tratan como adversarios y no como enemigos. La gente se olvida de que en el Parlamento de Canadá yo me sentaba al lado de gente que cobraba el mismo sueldo, la misma pensión y que, sin embargo, están comprometidos con la idea de romper mi país. Pero no son mis enemigos, son mis hermanos. Jugamos con las mismas reglas, simplemente no estamos de acuerdo sobre el modelo de país en el que queremos vivir, pero es normal y la democracia tiene que ser capaz de dar cabida a desacuerdos de este tipo. Lo importante es mantenerlo al nivel de una disputa democrática y no una guerra civil. Por eso, no puede haber enemigos en el Parlamento español, ni en el canadiense y tampoco en el ucranio.**


El paso de Michael Ignatieff por el mundo de la política activa habrá merecido la pena, aunque no haya conseguido sus objetivos prácticos, si le sirven para afinar su reflexión sobre el poder en nuestras sociedades. En su nueva obra escribe: "La política pone a prueba tu capacidad de conocerte más que cualquier otra profesión que yo conozca" (p 20)***. Puede que sea así. Hay que reivindicar de nuevo la política como servicio a la comunidad, una comunidad en la que se intentan reducir las diferencias para que se encuentre cada vez más integrada, con un sentido de sí misma más profundo; reivindicar la política con honor, que deje de ser el arte de la división y dé paso a otra forma de hacer política. Mantener una sociedad en una tensión constante, en un conflicto permanente no es bueno en ningún sentido, aunque pueda ser rentable para conseguir el poder. Entre el compadreo y la bronca permanente existen muchas posibilidades de actuar.
La entrevista se cierra con una invocación de los principios en la política, con un elemento que sirva de vertebración social y de guía de acción, los Derechos Humanos.

Las democracias liberales tenemos que ser autocríticas. Los derechos humanos deben ser el eje de la política. Si no, no estaremos gobernando. Estaremos simplemente gestionando el poder. Los derechos humanos son la redención del poder.**


Creo que efectivamente hacen falta más políticos con capacidad de liderazgo positivo, que no es solo conseguir que le sigan, sino que le sigan hacia mejores territorios, hacia espacios éticos y morales en los que sea la solidaridad y el sentido de la justicia la motivación que nos guíe. Sobran enervadores de pueblos y faltan personas que busquen el acuerdo que nos haga avanzar a todos.
Como político, sabemos qué piensa Michael Ignatieff porque ha pensado antes. Es algo que no podemos decir de la gran mayoría, cuyo pensamiento es respuesta acomodaticia a lo que ocurre y a lo que se quiere escuchar en cada momento. Ignatieff llevó al Partido Liberal a uno de los peores resultados de su historia desde su puesto de líder de la oposición. Quizá cometió muchos de los errores que hoy critica al dejarse llevar por esa vida política tan distinta a la del estudioso. Hoy está en su Universidad de Harvard, alejado de la política activa. Renunció a la dirección del partido Liberal y se quedó fuera del Parlamento. Creo que esto no quita sentido a sus palabras, sino que las refuerza con su propia experiencia, por lo vivido en sus propias carnes.
¿Ha sido Ignatieff, como reclama a las democracias liberales, autocrítico? Leeremos su explicación con interés. ¿Es un ejemplo del fracaso de los intelectuales en la vida política o es una muestra de la dinámica anti intelectual de la política, condenada a la tecnocracia gestora, al pragmatismo y al enfrentamiento tribal primario?  



* Michael Ignatieff (1999). El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna Taurus.
** Entrevista Michael Ignatieff. “Los populistas ofrecen soluciones falsas a problemas reales” El País 15/06/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/06/10/actualidad/1402412024_548929.html
*** Michael Ignatieff (2014). Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Taurus.




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