sábado, 7 de junio de 2014

Europa y la irrelevancia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El editorial del diario El País, que analiza la postura del presidente Obama frente a la secesión posible de Escocia y de la salida de Reino Unido de la UE, se cierra con un atrevido párrafo sobre por qué dieron la vida tantos soldados en Normandía:

Nada es más ajeno al espíritu de la libertad americana que la disgregación de Europa y de Reino Unido. Los soldados que desembarcaron en Normandía, hace ahora 70 años y cuyo sacrificio fue homenajeado ayer, no podían tener plena conciencia de la trascendencia europea de su sacrificio, pero luchaban precisamente por la libertad de los europeos: libertad para unirnos y hacernos fuertes, no para separarnos y convertirnos en irrelevantes.*

No sé si es históricamente cierta la frase, pero política y filosóficamente sí. La historia, por definición, se escribe a toro pasado y en este caso convierte la idea expresada en veraz, aunque sea a destiempo. Hoy, sí, es filosófica y políticamente cierta.


La fiebre disgregadora que sacude desde hace unos años la Unión Europea debe ser algo más que la mera reacción mecánica a la acción integradora. Debe haber algo más en el hecho de que cuando Europa avanza hacia una unión eficaz que levanta los muros, elimina las fronteras sangrientas que se movían en cada confrontación, cuando desaparecen los imperios que se enfrentaban en su superficie y se la repartían, se produzca una reacción tan virulenta y repartida contra esa misma integración.
Hay quien ha apostado por la doctrina del miedo como el argumento relevante, como la forma de alejar los reales fantasmas de la guerra que se conmemora en estos días en Normandía o en cualquier otra batalla en la superficie europea. En este mundo cada vez más emocional, más primario, que estamos creando, el argumento del miedo nos convierte en seres violentos que debemos ser reprimidos por medio de tratados y acuerdos internacionales. No me parece la línea argumental más adecuada, aunque la Historia es la Historia y los muertos de los cementerios son explicación muda de a dónde nos lleva la violencia en el continente o fuera de él.


El hecho de que Europa se vea atacada desde los extremismos, de la derecha y la izquierda, desde el nacionalismo que reivindica unidades territoriales rebosantes de "Volkgeist" romántico y testosterona racial, y desde la radicalidad populista que la ve como sistematización del capitalismo transnacional, es significativo y relevante, aunque no lo explica todo.
Que la primera crisis europea ocurra tras una crisis económica, quizá tenga su lógica histórica; en cambio, que Europa, tras estos años, no disponga de una argumentación clara para defender su propia idea, no es achacable a la idea en sí, sino a los que deberían haber aprendido que los edificios, además de vigas sólidas, deben tener muros exteriores fuertes e interiores cálidos. La lentitud de la construcción europea ha hecho que, como ocurre con los edificios demasiado tiempo en construcción, se deterioren algunos materiales antes de cerrar la obra.

El argumento de la irrelevancia que ofrece el diario El País, un peculiar y bienintencionado texto en el que para defender la unión de Europa se apela a la de los Estados Unidos —"E pluribus unum (de muchos, uno)", nos recuerda el editorialista—, tiene su parte positiva, pero es poco convincente para sus atacantes. Para los enemigos de la Unión, nada hay más relevante que las naciones (apelan a la Historia, exhibiendo manuales escolares, himnos y banderas para demostrarlo), ni tan siquiera los estados, que pueden verse recortados con las fugas nacionalistas. Los procesoso secesionistas abiertos no hacen ver el aumento de las percepciones de diferencias identitarias, en vez de la fusión en otras superiores. Para el otro frente de ataque, la irrelevancia no es pertinente o no, Europa es simplemente un objetivo, capaz de canalizar las frustraciones que los olvidos y errores generan tras la promesa de felicidad.


Sin embargo, el argumento de la irrelevancia toma cierta consideración —me imagino que esa es la intención del editorialista, preocupado por lo internacional y su armonía—, si pensamos que al otro lado de Europa se está gestando lo que se discute en este lado. Los admiradores populistas antieuropeos de Vladimir Putin no dicen nada cuando este forja su propia "unión" a golpe de gas o simplemente a golpes, como en Ucrania. Mientras Europa se debilita, en la Federación Rusa crece una nueva asociación, la Unión Económica Euroasiática, contra la que nadie parece sentirse incómodo porque Putin no necesita de democracias sino que se basta con dictaduras y regímenes autoritarios. La foto de Putin con el estalinista bielorruso Lukashenko y el kazajo Nazarbáyev firmando el acuerdo de la UEE parece la contrapartida de una Europa a la greña, un cierto patio de vecindad.
No voy a incurrir en la ingenuidad de pensar que lo que Europa necesita es "liderazgo", que todo se trata de poner caras que conecten, como les gusta pensar a los asesores del espectáculo político. Lo sensato es centrarse en los problemas que hay que resolver y eso solo se hace con ideas; las caras ya lo contarán después. Lo que sí creo que es necesario es ampliar urgentemente el concepto de "problema".

Hasta el momento los "problemas" se han entendido en un sentido estrictamente técnico o estrictamente político; de unos se ocupan los especialistas —que han de conjugar los intereses del conjunto hasta el límite posible de no perjudicar o favorecer siempre a los mismos— y de los otros se ocupan los líderes de los estados, con un ojo en Europa y otro en los sondeos nacionales que les han llevado hasta allí.
A estos "problemas" —reales, por supuesto— hay que añadir ahora los "argumentales". Si Europa no empieza a explicarse a sí misma, a dotarse de un envoltorio de argumentos justificativos, los huecos serán llenados por sus enemigos naturales. Ha llegado el momento en el que se le pregunta si quiere un abogado.
Mientras Europa no estaba en el banquillo, no hacían falta más argumentos que la propia parafernalia europea. Ahora, las agresiones a su esencia aconsejan montar una estrategia de defensa adecuada para demostrar cuáles son los hechos reales y cuales los compromisos que se adquieren hacia el futuro. La dubitativa Europa no puede avanzar históricamente siempre en la cuerda floja. Es complicado porque la única forma que tiene para no ser cuestionada localmente es ser eficaz en sus metas e ilusionante en sus perspectivas de futuro. Europa está condenada a entrar en crisis con cada crisis que se produzca, porque se cuestionará su eficacia y con ella su esencia. Esta condenada a la eficacia, por así decirlo, para poder ser.
Pero la eficacia no es suficiente, porque las crisis se superan gracias a las apelaciones heroicas al sacrificio, como señaló muy bien Renan, que surgen de los sufrimientos pasados en común. Es el deseo de vivir juntos, de participar en un proyecto histórico para todos, lo que hace surgir la voluntad de superar los conflictos. Y eso es lo que se está estancando por la inercia del sistema creado. Europa se ha detenido en un nivel anodino que no suscita entusiasmos y que, en cambio, recibe todas las críticas.


No hay que ser ingenuo: ni los populistas de derecha o de izquierda quieren una Europa que vaya bien. Les favorece porque se crea el caldo de cultivo que les hace crecer. Y ese es su empeño. El objetivo de Le Pen no es "Europa", es Francia. Europa es la excusa, la forma de recolectar apoyos y poder en su espacio.
A parte del resultado real de las elecciones europeas, están los resultados psicológicos, que dan confianza a unos y se la quitan a otros, que empiezan a pensar que apostar decididamente por Europa les puede restar votos en sus feudos nacionales y rebajan su entusiasmo. Ese es otro peligro que puede hacer que las próximas elecciones se vean condicionadas por lo ocurrido en estas "europeas" en la que votos anti Unión aumentaron. Pero se analizan solo en clave nacional (qué pasará en Francia, qué pasará en Reino Unido...), con razón, pero dejando abandonada a Europa, que pasa a segundo plano.
La mejor defensa de Europa es la doble estrategia de la eficacia —hacer las cosas bien reducirá los argumentos de los antieuropeos— y la ciudadana, consistente en la expansión de un alicaído espíritu europeo, que necesita ser revitalizado, incluso creado, que no está en mente ni de políticos ni de burócratas por cuestiones obvias.

Si los europeos tenemos que esperar a que la clase política nacional nos vuelva europeístas, podemos echar el cierre ya. Es la sociedad civil la que tiene que exhibir y compartir su deseo de vida en común, de hacer historia conjunta, de superar las dimensiones nacionales convirtiéndose en ciudadanos de una Europa real y realista. Es esa misma sociedad y sus instituciones las que tienen que construir la identidad desde dentro, desde sus creaciones y argumentaciones. Sin ella, todo lo demás fallará y quedará nada más que una Europa de transacciones, débil frente a los ataques de los que la acusan de ser un monstruo burocrático, por un lado, y un nido de intereses, por otro.
Europa tiene que dejar de ser una "otredad" en los discursos, una referencia exterior, y pasar a ser un nosotros, los europeos. Lo contrario es dejar que el edificio se siga desgastando por no rematar la obra.
Sin olvidar los muertos que las crisis y guerras europeas han producido, las vigas se deben asentar en el terreno firme de la cultura; en la educación, que debe ser algo más que aprender otro idioma —forma burda de pensar que con eso basta—, terrenos por explorar más allá de algunas páginas en los manuales hablando de las instituciones. Debemos aprender Europa, aprenderla como espacio de derechos firmes y solidaridad alentada por la voluntad, y para ello hay que empezar a recoger los abundantes materiales existentes y sentarse a recomponerlos. Hace falta poner los buenos argumentos, ideales, además de datos económicos o de producción. Ni la idea de una Europa-fábrica o una Europa-empresa son adecuadas para despertar el entusiasmo y son, por el contrario, contraproducentes, dejando en manos de los antieuropeos el idealismo nacional, social o ambos.
El problema de la irrelevancia es un problema exterior, de peso hacia fuera —por eso es preocupación de Obama—, de  reconocimiento en la escena internacional y de capacidad de decisión; siendo importante en ese nivel, ahora lo es más la cuestión de cómo los europeos nos vemos a nosotros mismos y a Europa. El paso de la Europa irrelevante a la Europa inexistente puede ser más corto de lo que se piensa si no se pone remedio.




* Editorial: "Unión y libertad" El País 7/06/2014 http://elpais.com/elpais/2014/06/06/opinion/1402074981_673389.html







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