miércoles, 4 de junio de 2014

El cerebro aislado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La pagina de la BBC nos trae un interesante reportaje, titulado "Cómo el aislamiento extremo distorsiona la mente", en el que se nos muestran a través de casos y declaraciones de expertos en ciencias cognitivas y sociales, los efectos de quedar aislados del entorno de dos maneras, social y sensorialmente. Ambas formas tiene consecuencias distintas y nos muestran cómo funciona nuestra mente y la necesidad de estar estimulados. La introducción del artículo se cierra con una pregunta: "¿Por qué la mente se derrumba espectacularmente cuando estamos realmente solos?".
Nuestro cerebro procesa permanentemente la información que le llega desde el exterior (también la del interior) creando una imagen del mundo a la que se enfrenta la conciencia. Cuando le cortamos el suministro de datos sensoriales mediante el aislamiento, el cerebro comienza a buscar desesperadamente "diferencias", como diría Bateson, con las que crear lo exterior. Si no las encuentra y se enfrenta a la monotonía, a la falta de diferencias, el cerebro comienza a producir su propia "realidad" alternativa y alterada. El mundo ya no viene del exterior, como estímulo, sino que se crea desde dentro; se fabrica.


La BBC nos cuenta cómo durante la Guerra de Corea se sospechaba de la aplicación a los prisioneros de las técnicas de "lavado de cerebro" —un ejemplo de película sobre este tema lo tenemos en El mensajero del miedo (The manchurian candidate 1961), el thriller político de John Frankenheimer— y trataron de demostrarlo mediante experimentos. Nos cuenta en el reportaje lo que ocurrió:

Los investigadores pagaron a voluntarios –principalmente estudiantes– para que pasaran días o incluso semanas aislados en cubículos a prueba de ruidos y privados de cualquier contacto humano significativo. Su objetivo era reducir la estimulación sensorial al mínimo y ver el comportamiento de los individuos cuando no sucedía absolutamente nada. Se redujo al mínimo lo que ellos podían sentir, ver, oír y tocar.
Apenas pasadas unas horas, los estudiantes se volvieron increíblemente impacientes. Necesitaban estimulación. Comenzaron a hablar, cantar o recitar poesía para romper con la monotonía. Muchos se volvieron ansiosos o altamente sensibles. Su desempeño mental también se vio afectado a la hora de realizar pruebas de aritmética o de asociación de palabras.
Los efectos más alarmantes fueron las alucinaciones. Comenzaban con puntos de luz, líneas o formas y eventualmente se convertían en extrañas escenas, como ardillas marchando con sacos sobre sus hombros. Ellos no tenían control sobre sus visiones: uno de los hombres sólo veía perros; otro, bebés.
Algunos también experimentaron alucinaciones sonoras, por ejemplo, una caja musical o un coro. Otros imaginaban que los tocaban y uno de los hombres sintió que una bala le impactó en el brazo.
Cuando salieron del experimento, les resultó difícil librarse de este sentido alterado de la realidad, estaban convencidos de que el cuarto se movía o de que los objetos cambiaban constantemente de forma y tamaño.
Los investigadores esperaban poder observar a los sujetos durante varias semanas, pero la prueba fue acortada porque se los veía muy angustiados como para continuar. Muy pocos duraron más de dos días y ninguno llegó a la semana. Hebb escribió luego en la revista American Psychologist que los resultados eran "muy perturbadores".*


Los efectos del aislamiento total son demoledores y sus efectos difíciles de contrarrestar porque quien los padece padecerá secuelas toda su vida. El terror que debe producir saber que los peligros proceden no solo del mundo exterior sino del fondo de nuestro cerebro, que no hay refugio para ello, debe ser altamente perturbador. ¿Cómo defenderse de lo que surge de dentro? Se revela entonces el carácter defensivo, destinado a la supervivencia, de nuestros mecanismos más elementales, básicos: la recreación perceptiva del entorno. Nuestra tradicional visión naif de la realidad salta hecha pedazos dando al cerebro el protagonismo. Lo exterior está mediado por lo interior, que lo procesa y da forma.
El reportaje de la BBC lo explica así:

¿Por qué el cerebro se comporta así al estar privado de los sentidos? Los psicólogos cognitivos creen que la parte del cerebro encargada de las tareas continuas, como la percepción sensorial, está acostumbrada a tratar con una gran cantidad de información, visual, auditiva y demás datos del entorno.
Cuando esta información escasea, el psicólogo clínico Ian Robbins dice que "los diferentes sistemas nerviosos que alimentan al procesador central del cerebro siguen disparándose, pero lo hacen sin sentido. Entonces, luego de un tiempo, el cerebro empieza a darles sentido, a buscarles un patrón". Así es como crea imágenes enteras a partir de imágenes parciales.*


Otro tipo de efectos son los que se producen con el aislamiento social. Evidentemente, el aislamiento sensorial es absoluto e implica el cese de las relaciones sociales. El aislamiento de la vida social tiene también efectos perturbadores pero en niveles distintos. Aquellos que han quedado aislados o voluntariamente han desconectado las comunicaciones padecen otro tipo de efectos.
Somos animales sociales y además conscientes de serlo, que es el añadido de nuestra conciencia. Diría que somos reflexivamente sociales. Hay muchas especies sociales, pero solo nosotros escribimos "El contrato social" o "Leviatán" para explicarnos; solo nosotros escribimos "constituciones" para regular nuestra convivencia. Solo nosotros ideamos mitos y leyendas para escucharlos juntos e identificarnos como público.
A los estímulos sensoriales, la vida social añade otros de orden diferente, los estímulos sociales cuyo sentido se aprende mediante la codificación, mediante las reglas del comportamiento y la asignación de valores compartidos. Aislados nos quedamos sin ese marco común que da sentido al mundo social en el que vivimos.


El reportaje nos da cuenta de algo que vamos entendiendo cada vez más, el papel de las emociones, tanto en el plano individual como en el social:

Los biólogos creen que las emociones humanas evolucionaron porque ayudaron a la cooperación entre nuestros primeros ancestros, los cuales se beneficiaban de vivir en grupos.
Su función principal es social. Si no hay un intermediario que nos ayude a saber si nuestros sentimientos de miedo, ira, ansiedad y tristeza son apropiados, en poco tiempo las emociones distorsionan la identidad, alteran la percepción o nos vuelven profundamente irracionales.*

La función de las emociones es comprendida cada vez mejor. Salimos de una época "racionalista" que relegaba las emociones. Hoy comprendemos el gran papel que juegan como "marcadores" de la experiencia, la función que juegan en el recuerdo. Investigadores de todo el mundo investigan cómo manipular las emociones, vía más eficaz que otras para llevarnos a tomar decisiones o  adherirnos a ideas. El aumento de la intensidad emocional como podemos ver en la política en manos de los populismos va tomando cuerpo. El ejemplo de una Marine Le Pen jugando con las emociones a través de los símbolos de la identidad francesa no muestra por qué vivimos en época en la que los discursos racionales se sustituyen por los emocionales. Estamos de nuevo, como en el XVIII, ante una "sentimentalización" de la vida. A aquellas obras "lacrimógenas" —que la burguesía demandaba entonces como muestra de la bondad de su corazón al derramar lágrimas en la lectura o en el teatro— le siguen hoy discursos emocionales que se construyen sobre las indagaciones en nuestro sistema emocional.
Aislarnos de ese sistema compartido de emociones, dejar de emocionarnos con otros también es perturbador. Disfrutamos, en cambio, de las emociones compartidas. Basta con ir a un estadio de fútbol o ver la diferencia entre ver por televisión un partido en solitario o con otras personas. La situación varía de forma drástica.


El aislamiento sensorial es demoledor y se pierden los parámetros que el cerebro ajusta para permitir que nos movamos por nuestra realidad. La ausencia de estímulo dispersa nuestra sensación de unidad, elaborada por el cerebro al procesar las informaciones que le llegan de los sentidos y conjugarlas con las de la memoria. El aislamiento social nos separa del grupo y debilita los lazos emocionales específicos que hemos creado como sistema de valoración.
La experiencia de privación sensorial es poco frecuente; no lo es tanto la social, en la que la marginación o el encierro pueden transformar nuestro sistema de valoración del mundo. Esa experiencia la tenemos en sectas, bandas o cárceles y, evidentemente, en los encuentros interculturales en los que vemos diferencias emocionales.
En este sentido, nada más enriquecedor que el papel del arte como mediador. El arte es, en cualquiera de sus variables, el mayor encapsulador de emociones. Una obra de arte —una novela, un cuadro, una película, una sinfonía— son lo contrario al aislamiento: contienen las emociones de otros y del grupo. Acercarse al arte de otras culturas suele ser un esfuerzo, pero también una buena puerta de entrada emocional a la cultura del otro. La experiencia estética es ante todo emocional; lo que pueda decirnos viene envuelto en ese sistema compartido que busca nuestra reacción. Por eso el arte es también riqueza sensorial, lo contrario del "tanque de aislamiento". La cocina es también una buena puerta sensorial: gusto, olor y color. Cuando pruebo por primera vez algún alimento que alguien me trae de fuera, estoy atento a esa experiencia nueva que va a suscitar en mí. Mi memoria busca sabores parecidos para asociarlos. Pero los hay nuevos que se quedan en nosotros esperando ser clasificados.


El aislamiento extremo, en efecto, distorsiona la mente, como señala el título del artículo. Pero en un sentido más amplio, cualquier tipo de aislamiento —individual y socil— tiene sus efectos, desde el generacional al político. La sensación de separación del flujo de la vida y la historia crea sus alternativas distorsionadas en mayor o menor medida. Una realidad más rica, estimulante, nos abre al mundo ampliando nuestras experiencias y, con ellas, a nosotros mismos. A veces vivimos en burbujas en las que, sin percibirlo, estamos aislados del resto. La realidad que nos fabricamos en ellas puede ser terriblemente pobre por más satisfactoria que nos parezca. Como las alucinaciones, nos pueden parecer muy reales y gratificantes.
En estos tiempos de sobreexcitación informativa, de bombardeo sensorial, nada nos puede parecer más contrario y terrible que un "tanque de aislamiento", no sentir nada y que nuestro cerebro comience a liberar sus fantasmas hasta llenar un mundo vacío.


* "Cómo el aislamiento extremo distorsiona la mente" BBC Mundo 2/06/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/06/140516_vert_fut_salud_aislamiento_efecto_mente_gtg.shtml




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