domingo, 4 de mayo de 2014

Medios y política

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País recogía en su edición digital del primero de mayo un artículo del profesor Víctor Lapuente Giné, del Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo, con el título "Una mirada crítica a nuestro periodismo". Ayer se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa y siempre es bueno dedicar espacio y tiempo a reflexionar sobre el estado de nuestro sistema informativo, aquel en el que nos sumergimos todos los días, en sus virtudes y defectos, pues dejarlo lejos de una visión crítica no trae nunca buenas consecuencias. Para poder ser crítico y valiosamente informativo, el mundo periodístico debe ser primero rabiosamente crítico consigo mismo. Es la forma más lógica y fiable para cumplir con la tarea que tiene asignada.
Coincidimos con la práctica totalidad de lo expuesto por el profesor Lapuente y mucho de ello lo hemos resaltado en diversas ocasiones anteriores como defectos del sistema que es necesario poner sobre la mesa para el mejor funcionamiento. Lapuente señala un primer problema "estructural", consistente en la polarización de los medios, que buscan una orientación política definida, lo que da una superposición entre el espectro político y el mediático y, como añadido lógico, la falta de pluralidad interna de los propios medios. Ambas cuestiones son las dos caras de una misma moneda: el ajuste externo a los partidos exige y obliga a la falta de pluralidad interna en los medios.


En España no hay prensa de partido porque los partidos se han colado en la prensa. Pueden repasarse la hemerotecas para comprobar los bandazos dados por los diferentes medios en función de los cambios producidos tras las distintas elecciones. Los partidos están ahí, como voz que transita por la información política, económica, etc. Los medios se convierten así en portavoces incumpliendo su función necesariamente autónoma y crítica, la que el ciudadano necesita para tener un mejor conocimiento y tomar sus propias decisiones.
Esto nos lleva directamente a la segunda cuestión, al problema que Lapuente Giné considera más grave:

Pero el problema más fundamental de nuestro periodismo es la visión “sacerdotal” de su trabajo que tienen los profesionales de la comunicación. Un problema independiente de la estructura de los medios de comunicación, pues se da también en la teóricamente más libre prensa digital. La visión sacerdotal induce a tres sesgos: 1. El periodista prioriza las declaraciones de los políticos a costa de asuntos sustantivamente más relevantes. 2. Cuando trata asuntos sustantivamente relevantes, otorga demasiada responsabilidad sobre el devenir de los mismos a los políticos, vistos casi como seres omniscientes y omnipotentes, a expensas del papel de otros actores clave (como usuarios, profesionales o expertos). 3. El análisis periodístico de la noticia tiende a construir discursos abstractos en lugar de un contraste de alternativas políticas concretas y factibles.*


Son todos ellos elementos que hemos considerado aquí en diversas ocasiones calificándolos, sin medias tintas, de "males". Pero esos "males" del Periodismo son a la vez "carencias" sociales dado el papel que los medios juegan dentro del conjunto de la vida política. No hay sociedad democrática sin "política" abierta a los ciudadanos. Cualquier intento de sectorializar la vida política —crear castas o clases— van en detrimento de sus libertades. Si son los ciudadanos los que se alejan de la política, lo que hacen en realidad es dejar el terreno libre al conformismo y renuncian a su capacidad de decisión. Gobernar es gobernar para y con los ciudadanos; lo demás es vivir en un falso estado de necesidad que la casta necesita para justificar sus acciones alejándose del refrendo o convertir la vida política en un calculado escenario mediático.
La confusión de base, la creencia en que son los partidos los que hacen la política no es más que un error acumulado que lleva al enterramiento de los principios básicos y cuyo efecto más visible es la mayor desafección ciudadana hacia políticos y partidos. Y, por ende, desafección también hacia los medios de información que apuntalan esta variante del sistema, la portavocía.


La trayectoria histórica de nuestra democracia se entrecruza con la otra transición, la de los medios en la crisis abierta en la "sociedad de la información". La prensa española en su conjunto se redefinió durante la transición, con la llegada de medios nuevos y el desmantelamiento de los viejos del sistema político anterior. Nuestro sistema informativo, en este sentido, es relativamente joven, con algunos medios históricos. En el panorama audiovisual, por ejemplo, la aparición de los canales autonómicos y privados de televisión, son más recientes. Los canales autonómicos de televisión, por ejemplo, reflejan perfectamente las tensiones políticas e informativas.
La única forma que los medios tienen de cumplir su función es alejarse de la dependencia política, que sería el primer problema, el estructural, señalado por Lapuente. Esto, sin embargo, no es fácil tanto por causas internas (su voluntad de hacerlo y ser independientes) como por causas externas (dependencia económica y politización partidista de las audiencias propias).


La crisis del modelo de información coincide con la crisis del modelo de representación. Ambas pueden tener orígenes distintos, pero entrelazan sus destinos reforzándose política e información la una con la otra. En la "sociedad del espectáculo", la política corre el riesgo de convertirse en espectáculo, si no lo es ya. Desgraciadamente la reflexión sobre esta cuestión es nula tanto en un campo como en otro. Hoy lo políticos dependen de sus asesores de comunicación más que de cualquier otro, pues es por estos por los que pasa todo. Son los mediadores finales, lo que diseñan y estudian qué se quiere escuchar y establecen la agenda.

Nuestras democracias varían al cambiar el modelo de la comunicación que se da en ellas, puesto que este establece la forma de los intercambios e interacciones sociales. Si los sistemas políticos estaban determinados —y lo siguen estando en muchos países— por los niveles educativos o de alfabetización, esenciales para la recepción de la información), los medios de comunicación añaden también su propio determinismo al conjunto configurando los modelos de público.
La información se ha convertido hoy en un "producto" masivo y como tal circula. Es mercancía por sí misma y no solo información sobre el mundo; la información es acción. En un mundo global y mediático, la información es una manera de orientar voluntades masivamente, mucho más allá de lo que las élites bien informadas podían estar en el pasado con los medios tradicionales. Hoy asistimos a un doble proceso la centralización y la descentralización simultánea de la información. Los medios se agrupan, por un lado, y las fuentes se multiplican, convirtiendo a la sociedad en su conjunto en receptora y emisora con inmensos públicos potenciales y reales. Los escándalos políticos saltan antes en YouTube (Turquía) o Twitter que en las cadenas televisivas o en la prensa, medios mucho más controlados y sumisos. La proliferación de suspensiones a la turca de los medios sociales (Erdogan versus Twitter y YouTube) son muestras de estos desajustes frente a los medios sociales, reservando las leyes "mordazas" (de Ecuador a Venezuela o Rusia) para los tradicionales.


Los medios tradicionales, como los propios partidos y los políticos mismos, sufren hoy de desafección, término de moda para explicar esa falta conjunta de valoración y credibilidad que ambos padecen en muchos sectores. La cuestión es que ese tándem formado por ambas instituciones no están ampliando su eficacia, sino por el contrario erosionando los dos territorios, el de la política y el de la información. Y ambos son necesarios; es necesario recuperar su función para la mejora del conjunto del sistema social. Para ello es necesaria la reflexión crítica tanto en los medios como en los partidos. ¿Son conscientes ambos de ello? Creo que no. 
El problema es real y va más allá de nuestras fronteras. Es una crisis profunda que hace que con el incremento de la información disminuya la credibilidad. Lo mismo ocurre con la actividad política, que se multiplica de forma hiperactiva sin conseguir ganar el aprecio ciudadano que se siente defraudado por sus políticos.

* "Una mirada crítica a nuestro periodismo" El País 1/05/2014 http://elpais.com/elpais/2014/04/25/opinion/1398439742_940322.html








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