domingo, 11 de mayo de 2014

La ruta europea

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su "Hoja de ruta del director", Casimiro García-Abadillo nos habla hoy domingo de Europa, de lo que unos esperan y otros desesperan de ella. Comienza aportando el dato —que él mismo considera un tanto demagógico— de que muchos españoles desconozcan la fecha de celebración de las elecciones —solo el 17%, según el CIS— mientras casi todos conozcan la de la final europea de Lisboa, con los equipos españoles en liza. Puede ser. Tanto el recuerdo como el olvido —y eso ya lo sabían los antiguos con sus "artes de la memoria"— se mueven por la intensidad emocional, por la hondura de las huellas, traumáticas o felices, que han causado en nosotros.
Nuestro sentimiento hacia Europa es doble. Por un lado, hemos demostrado ser uno de los países más europeístas del Continente. Sin duda. Hay motivos históricos para ello más que suficientes. Solo el olvido interesado o el hijo de la ignorancia pueden prescindir de lo que Europa ha supuesto para la evolución de España en lo político —durante la transición política que nos devolvió a la comunidad internacional plenamente— y en lo económico, pues el desarrollo logrado hasta el momento se debió, en gran medida, a la ayuda europea que contribuyó con estímulos y hechos al despegue y transformación de España. Solo se puede hablar desde este punto de partida. Lo demás es demagogia.


Quizá porque llegamos como un país que iba a más porque salía de poco y consiguió crecer dentro de Europa no hemos tenido nunca un movimiento verdaderamente antieuropeo. Solo la ultraderecha ponía reparos a Europa por lo que tenía de democrática y pronto se perdió ante la evidencia, diluyéndose en su propio anacronismo absurdo. La izquierda comunista era europeísta —hasta inventaron el "Eurocomunismo" para convivir— y ahora ha elegido el camino de tener un pie en el sistema y otro en el antisistema, según convenga.
Hemos mirado a Europa duramente mucho tiempo para recibir. Y hemos recibido. Otra cosa es lo que hayamos hecho con lo recibido, si lo hemos gastado mejor o peor, o si se ha perdido mucho o poco por el camino. Hay que separar nuestros errores de los de los demás. Europa se puede equivocar como nos equivocamos nosotros. No es fácil desarrollar este nuevo experimento organizativo histórico que acumula diversidades en un intento de encontrar denominadores comunes o de fabricarlos si es necesario. Europa se ha equivocado, pero con nosotros dentro. No es una "otredad"; es un alter ego.
El mayor peligro para Europa es el uso torticero de nuestros propios errores. A la falta de diálogo entre nuestros partidos políticos, a su falta de acuerdos necesarios sobre muchas cosas, no se puede sumar la escenificación de una falta de diálogo con Europa para encubrir chapuzas nacionales.


García-Abadillo reconoce el papel que Europa ha tenido en la salida de la crisis española y la situación en que nos encontrábamos —que los políticos no explican más allá de lo necesario, ya sea como exculpación o como acusación—. Reconoce también que esas actuaciones europeas han podido hacerse de otra manera menos impactante:

Las políticas de ajuste (necesarias) se han hecho, en muchas ocasiones, sin medir las consecuencias sobre el empleo y el nivel de vida de la gente ¿Hubiera sido posible reconducir los desequilibrios de una forma menos dolorosa, en un plazo mayor, utilizando políticas monetarias un poco menos rígidas? Ese es un debate abierto que pone de manifiesto que Bruselas no es el Vaticano de la economía.*


Tampoco Lourdes, añadimos. El descubrimiento creciente de los "pufos" nacionales, con millones de euros perdidos en los oscuros recovecos de la política y sus interesados aledaños, ha hecho que los españoles sepan diferenciar a quién cabe exigir las responsabilidades mayores en la situación que hemos vivido y que seguiremos viviendo. No, la culpa no la tiene Europa. Puede que las recetas sean dudosas, pero la enfermedad tiene un origen propio. Si Europa nos da fondos para "formación" con los que combatir el desempleo juvenil y nosotros dejamos que se pierdan en manos de infames sinvergüenzas, la culpa no es europea.
Quizá por eso la abstención que algunos interpretan como desapego de Europa sea más por el desafecto con los intermediarios nacionales. Los partidos políticos siguen capitalizando cualquier proceso electoral, sin abandonar el protagonismo y eso tiene sus inconvenientes. Señala con razón García-Abadillo:

Al final, una vez que se han pronunciado las frases de rigor sobre la importancia de Europa, los partidos sólo piensan en clave interna. Si el PP gana, sus líderes dirán que el electorado ha refrendado las políticas de Rajoy. Si pierde, argumentarán que no se pueden interpretar unas europeas como si fueran unas generales. Por su parte, el PSOE, si gana, lo interpretará como un triunfo de Rubalcaba. Si pierde, sus enemigos dirán que ha sido culpa suya y clamarán por las primarias.*


No hay una política europea realmente. No quiero decir que en Europa no haya política, sino, por el contrario, que estamos siempre ante una barrera nacional que hace que se produzca el fenómeno señalado por García-Abadillo, la nacionalización de la política europea. Todo pasa por el filtro nacional y eso hace que, como señala el director de El Mundo, todo acabe remitiendo a la clave nacional. Y eso no es bueno.
El protagonismo local es un obstáculo para el europeísmo, que debe funcionar de otra manera para poder enfrentarse a los dos grandes riesgos: los nacionalismos antieuropeos, basados en la exaltación populista de la xenofobia, y la abstención, que es el desencanto de la política en cualquiera de sus niveles, pues los resultados son los mismos.
La posibilidad de que los únicos que deseen votar en las elecciones europeas son los que pretenden dinamitarla no expone a un riesgo múltiple en el futuro. Se recrudecerán las campañas contra la idea de una Europa unida y se debilitarán las políticas de integración porque son contrarios a ellas.
Es una pena que en España, vaya a pagar la idea de Europa los platos rotos de nuestros penosos políticos nacionales, si se mantienen las cifras estimadas de participación, que solo podrán ser esgrimidas para mal. Unos lo harán en clave local; otros en términos de desafección del proyecto europeo. No es justo que ocurra así porque no deberíamos castigar a Europa cuando queremos castigar a nuestros políticos. Algo falla en el sistema de representación si nos obliga a estas decisiones en estos términos. Puedo valorar positivamente al candidato europeo y, en cambio, parecerme impresentables los candidatos locales a los que se me pide que vote.


Cuanto más distanciados nos encontremos de nuestros políticos, más difícil se nos pone la decisión del voto. Sin embargo no hay otro medio, aunque habría que intentar que no pagaran unos por otros en tiempos decisivos para Europa. No creo que nadie resista la tentación de apuntarse el voto europeo como refrendo de sus desastres habituales, interpretados como aplauso. También se apuntarán otros la abstención como victoria. Y eso es irritante, un círculo vicioso del que debería existir alguna fórmula para poder salir.
García-Abadillo ha titulado su "Hoja de ruta" como "Motivos por los que la mayoría no irá a votar el próximo 25-M". Todos ellos se confunden en la oscuridad de la interpretación interesada posterior y en el mar de dudas previo, de sentimientos encontrados, de los votantes.
Pero hay que apostar por Europa porque corremos el riesgo de quedarnos en el futuro sin nadie a quien echarle las culpas de nuestros errores, por un lado, y de quedar condenados a que no tener colchones con los que corregirlos. Un parlamento de descreídos europeos puede ser una pesadilla. Ahora van unidos porque Europa es su enemiga, pero si logran poder suficiente, pronto llegarán a su final lógico: una Europa enfrentada por los intereses particulares de cada uno. 
Europa tiene mucho que mejorar, pero debe hacerlo unida.



* Casimiro García-Abadillo "Motivos por los que la mayoría no irá a votar el próximo 25-M" El Mundo 11/05/2014 http://www.elmundo.es/opinion/2014/05/10/536e894ce2704e66568b4574.html




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