viernes, 2 de mayo de 2014

La buena pseudoeducación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País nos trae una entrevista con Mario Bunge, filósofo de la Ciencia. Bunge es un argentino emigrado por motivos políticos que acabó asentándose en Canadá, de cuya Universidad McGill sigue siendo profesor emérito. Tuve conocimiento de Bunge en mis años de estudiante por las citas frecuentes que de él hacia uno de nuestros profesores durante las clases, lo que me llevó no a huir de él, como suele ocurrir, sino a acercarme a alguna de sus obras, Teoría y realidad, creo recordar. Lo digo como loa al profesor —que falleció unos pocos años después, una verdadera pérdida para nuestra Facultad— porque entonces era poco frecuente que nos ofrecieran la posibilidad de ir desarrollando una asignatura mediante la lectura y entrega de un trabajo posterior por cada uno de los temas del programa, que no eran pocos.
Cuento esto porque me han llamado la atención sus palabras en la entrevista de El País cuando se le pregunta sobre lo que ha sido una de sus obsesiones en gran parte de su vida, las "pseudociencias":

R. Hay algo paradójico. Cuanto mayor es la educación de una persona tanto más dispuesta está a creer en seudociencias, porque se entera de su existencia. La paradoja es que la educación, tal y como está, en vez de hacer que la gente piense en forma científica hace que se vuelva más supersticiosa. Es muy común encontrar especialistas científicos que se hacen tratar por psicoanalistas o por homeópatas.
P. ¿Qué se puede hacer?
R. Hay que cualificar la manera de enseñar, que sigue siendo muy dogmática. Se enseñan ideas pero no se enseña a discutirlas. La finalidad de la educación es educar, no evaluar. Claro que necesito saber si el trabajo ha sido eficaz o no, hace falta alguna manera de evaluar, pero no con los exámenes, que solo valoran la memoria y hacen que el proceso de aprendizaje sea aterrador en vez de ser agradable y hasta excitante.*

El estilo —probablemente también la personalidad— suele ser contundente y muchas veces parco en su explicaciones. Es comprensible que el poco espacio para las respuestas obligue a la brevedad y que quizá queden algunas cosas demasiado en el aire. Es cierto que el aumento de una mala "educación" forma personas desequilibradas en su forma de pensar el mundo. Conozco casos claros. Si aceptamos que la educación es mala, el planteamiento de Bunge supone que una mayor cantidad de educación implica una mayor acumulación de defectos. Y una educación que nos lleva a las pseudociencia solo es una pseudoeducación, por muy eficaz que resulte en otros terrenos.
Parece establecerse una distinción en la que los ignorantes están abocados a la superchería (el tarot, por ejemplo) mientras que los educados lo estarían a las pseudociencias y similares. Los que estuvieran "correctamente educados", en cambio, podrían disfrutar de una vida dedicada a la búsqueda de la certeza, del cálculo riguroso en cada cuestión que se plantearan.
Podría deducirse que existen zonas de creencia en todos los niveles. Cada uno estaría expuesto a lo que se acepta en el nivel correspondiente, ya sea por modas o por cualquier otro mecanismo de mimetismo o interacción social. Para Bunge, que trabaja desde una lógica radical, esto es inaceptable. Pero está ahí.


Cuando se le pregunta por la solución a este problema, Bunge dirige sus palabras tajantes a la manera de enseñar, que ciertamente es una parte importante del "problema". Entrecomillo la palabra porque entiendo que la "otra parte" del problema son los que no lo consideran un problema.

La coexistencia de las zonas racionales y las pseudocientíficas aunque se aumente la cantidad de educación implica desde la existencia de verdaderos negocios con la ignorancia hasta el desinterés profundo por todo aquello que no esté circunscrito al ámbito de la actividad específica para la que se forma. Esto es patente en cualquiera que pise un aula y tenga un mínimo de sensibilidad al respecto; las lagunas son inmensas. Se desprecian muchas cosas por no considerarse pertinentes, cerrando cada vez más las posibilidades de un pensamiento crítico desde fuera de las propias disciplinas. Al final eres esclavo de lo que te han enseñado.
Una sociedad que concibe la educación desde la perspectiva industrial de la producción —como lo es la nuestra— solo se preocupa, por mucho que se diga, de los resultados externos y no de las mentalidades resultantes del proceso educativo. La rentabilidad de la educación se busca en función de sus propios objetivos finales. Valoramos lo valorable y lo valorable es lo que nos interesa que sea valorado. Lo demás queda fuera como tiempo perdido, como gasto inútil.
La educación es más que el sistema educativo, que no es más que la concreción del diseño que la propia sociedad estima como conveniente para sus objetivos, su organización para unos fines. No es por tanto algo independiente, sino profundamente dependiente de nuestros propios valores, que nos parecen obvios, claro, respecto a nuestros objetivos. ¿Educar para qué?, es la cuestión. Las respuestas nos la dan todos los días la patronal y los ministros de educación.


Habla Mario Bunge del papel de la curiosidad. Lo "agradable" y "excitante" de la satisfacción de la curiosidad a través de la Ciencia puede ser desviado hacia otros objetivos de gratificación muy diferentes. La curiosidad y el placer que proporciona su resolución son mecanismos evolutivos que están en la base de la Ciencia porque lo están en la propia naturaleza humana. Pero la división del trabajo ha hecho que unos satisfagan su curiosidad y otros se limiten a disfrutar de sus resultados mientras se dedican a otras cosas. A nadie escandaliza hoy que personas con instrucción superior crean en pseudociencias porque la pregunta "¿es verdad?" se sustituye por la de "¿es rentable?". La educación no nos saca de las creencias, nos redirige selectivamente hacia unas u otras.
En estos días se ha desatado un polémica relativa sobre la cualificación para la enseñanza, señalando algunos que "cualquiera no puede enseñar". El debate, como siempre, se lleva por los derroteros corporativos y así se evita llegar a la cuestión final que es la tecnificación de la enseñanza, en consonancia con otros muchos sectores sociales, que se ven sometidos a procesos similares.


Lo grave del caso de la educación es que una vez tecnificada la enseñanza, se nos pide que el sistema produzca individuos creativos, verdaderamente educados, que no se dejen seducir en paralelo por muchas cosas que les ofrecemos.
La sociedad no se rige por la verdad. Ninguna lo ha hecho. El sueño científico racional de Bunge, como lo fue la república de filósofos de Platón, no deja de ser una utopía. Ni en la república platónica la verdad era accesible para aquellos destinados a otras funciones, como ocurre en los hormigueros correctamente diseñados. Las sociedades no solo se controlan por la ignorancia, sino esencialmente por las creencias, que son ficciones que no pueden ser desmontadas por los que las viven. Las creencias también producen gratificación profunda, pues la satisfacción no viene de la "verdad" sino de aquello que simplemente nos lo parece y nada es tan firme como una creencia bien agarrada.
Es más fácil morir por una creencia que por una verdad, y la sociedad avanza en el control racionalizado de las creencias a través de sus propias "ciencias" o "semiciencias" (como llama Bunge, por ejemplo, a la Economía durante la entrevista), que desde el siglo XIX empezaron a observar la sociedad de forma más o menos sistemática. El hecho de no encontrar un modelo correcto no implica no quererlo ni renunciar a lo más fácil: modelarla.



Discrepo con Bunge sobre lo que expresa de la Historia:

La historia es mucho más científica que la cosmología. El buen historiador busca y da evidencia de prueba, a diferencia de los cosmólogos fantasistas, como Hawking. La historia es la más científica de las ciencias sociales.*

También hay historiadores "fantasistas", muchísimos, con la diferencia enorme que las fantasías de Hawkins no tienen porque hacer daño a nadie, mientras que las del historiador "fantasista" pueden llevar a la guerra o a invadir Crimea, por poner un ejemplo reciente, o a romper un país. Las discrepancias cosmológicas no suelen acabar en guerra; las de los historiadores con frecuencia sí. No tienen porque ser ellos directamente; basta con que los lean. La crisis profunda de la Historia como disciplina ha hecho que los propios historiadores hayan tenido que extremar sus métodos y reflexiones para apuntalar el edificio, siempre en precario equilibrio y con peligro de grietas. Y eso lo sabe Bunge perfectamente.
El debate sobre la educación es mucho más amplio que recortes o formación del profesorado, autobuses escolares, comedores, becas y demás cuestiones que son importantes y están en boca de todos. Los modelos, en cambio, quedan generalmente fuera de discusión y siguen su paso firme arrastrándonos a todos. El problema no es la mala educación, que se detecta rápidamente; la verdadera cuestión es la de la "buena pseudoeducación", aquella que damos por buena para ciertos fines, pero se olvidan de otros. Si la finalidad de la educación, como señalaba Russel siguiendo a los ilustrados, era la autonomía, la pseudoeducación no lo hace. Nos hace ser eficientes en un sentido y dependientes en otro.
  

* "Mario Bunge: “Hoy día la ciencia asusta tanto a la izquierda como a la derecha”" El País 1/05/204 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/01/actualidad/1398972625_636895.html




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