viernes, 9 de mayo de 2014

Después de La buena tierra o sobre la comunicación intercultural

Joaquín Mª Aguirre UCM)
Ayer tuve una experiencia única con mis alumnos chinos de doctorado. Íbamos a ver una película, La buena tierra (The good earth, Sidney Franklin 1937), basada en la obra del mismo nombre de Pearl S. Buck, escrita en 1931 y ganadora del premio Pulitzer al año siguiente. El hecho de tener alumnos de otros países me ha hecho ser especialmente cuidadoso con la selección de la películas que vemos pues te das cuenta de hasta qué punto pueden llegar a ser ofensivas en sus planteamientos. La xenofobia y el racismo son unas constantes que se transmiten a través de los estereotipos que se encarnan en las películas especialmente, pues toman vida en conductas y presencias hasta llegar a la caricatura.
Dependiendo de la época y de las circunstancias, el "otro" es llevado hasta el ridículo como parte de las tramas en las que se manifiesta siempre la superioridad del que escribe la historia y después la filma, en el caso del cine, introduciéndose en nuestra propia cultura. Todos los países, todas las culturas, tienen una imagen específica de las demás que se traduce en tópicos, estereotipos y clichés, que son formas económicas y parciales de empaquetar la información respecto a los demás. Esos estereotipos desmiembran la cultura, la historia, los rasgos físicos, las costumbres y los convierten en elementos esquemáticos y parciales que sirven para la representación burda del otro, englobándolo todo en aspectos mínimos. El estereotipo prescinde del matiz y de la variedad; solo queda un elemento marcado, por lo general del forma negativa, que se contrapone a la individualidad, llena de matices, del que construye el discurso. El que cuenta primero, da dos veces.

La buena tierra es una novela sobre China. Pearl S. Buck llegó al país con apenas tres meses y vivió allí cuarenta años. China fue su mundo y consiguió transmitirlo, a través de su visión, a millones de personas de todo el mundo. Recuerdo muchas de sus novelas en los estantes de la biblioteca familiar. En España se leyó mucho y para una generación entera fue una lectura frecuente. Las novelas de Pearl S. Buck eran el polo opuesto al estereotipo negativo oriental, que se había puesto en circulación bajo la etiqueta global del "peligro amarillo" en el siglo XIX temiendo que una China superpoblada invadiera el mundo. Las oleadas de emigración en distintos países, como los Estados Unidos, contribuyeron a esa percepción que sirvió para fabricar fantasías en un mundo con una información que nacía con vocación sensacionalista.
La intención de que viéramos la película era precisamente comprobar qué efecto causaba la representación de "China" y "lo chino" en una película cien por cien norteamericana, basada en una novela de una autora norteamericana (y en su adaptación teatral) en unos espectadores chinos. Lo que yo pudiera ver y experimentar en la película era una experiencia diferente de la que ellos pudieran tener. Los procesos de identificación, de reconocimiento, de aceptación de aquella realidad ficticia, reconstruida no son los mismos para ellos que para mí o cualquier otro espectador de una cultura distinta. La novela y la película no se hicieron para ser leídas y vistas por ojos de China, sino para estricto consumo de Occidente, que se formó su imagen del país a través de esta y otras fuentes, muchas de ellas deformadas y estereotípicas.


Mientras veía la película no dejaba de preguntarme ante cualquiera de las situaciones cómo las estaban viendo: ¿se creían a un Paul Muni, de ojos pintados, como un campesino chino? ¿Veían en la premiada con un Oscar Louise Rainer a una esclava vendida por sus padres? ¿Serían los carteles escritos con caracteres chinos "reales" o se habían limitado a copiar caracteres chinos si más, sin saber qué ponían? ¿Eran reales aquellas casas, aquellos trajes, aquellos instrumentos de labranza, el búfalo con el que araban la tierra? ¿Era el molino de piedra adecuado a la época? ¿El corte de pelo se correspondía con la realidad?


La película comienza con dos rótulos. El primero es la dedicatoria a Irving Thalberg, el gran genio de la producción cinematográfica, el "muchacho maravilla" del cine, que con veinticinco años llegó a ser vicepresidente de la Metro. Thalberg era el productor total, la persona capaz de controlar todas las fases del proyecto cinematográfico. Murió en 1937 y este fue, junto con María Antonieta (1938), su último proyecto. La película está dedicada a él.

El otro rótulo, el principal, son unas palabra de loa al pueblo chino, a su esfuerzo y humildad, un canto a su vínculo con la tierra, lugar en donde se alcanzan los valores a través del esfuerzo, del sufrimiento de doblegar la naturaleza que nos da y nos quita, que trae la lluvia cuando debe y cuando no debe, que seca los campos y nos trae las plagas, pero que es la prueba que da la dimensión de nuestra capacidad de resistencia y de fe. La metáfora de la tierra como elemento que nos sustenta y que nos mantiene unidos está presente desde el mismo título de la obra de Buck, identificándose con las virtudes en la frase final de Wang Lu tras la muerte de su esposa O-Lan: "O-Lan, tú eres la tierra". Quienes se alejan de ella y del trabajo, acaban mal.
La película consta de tres actos muy distintos. El primero comienza con el día de la boda de Wang Lu, un campesino, que acude a la Gran Casa en donde recogerá a una esclava, O-Lan, que fue vendida a sus despóticos dueños por sus padres durante una hambruna. Wang Lu se casa con ella porque es la boda más barata. Asistimos en esta primera parte al crecimiento de la familia y al esfuerzo por hacer la tierra productiva.
Pero la naturaleza cambia y donde había cosechas pronto lo destruirá todo una terrible sequía. "El hambre vuelve locos a los hombres", sentenciará un personaje, después de que los amigos de Wang Lu entren a la fuerza en su casa ante el rumor de que tienen comida. Descubrirán que su comida no es más que tierra con agua caliente para calmar el hambre. Wang Lu se niega a vender la tierra a estafadores que quieran aprovecharse y parte con la familia, los tres hijos, al sur a intentar encontrar una ocupación. La segunda parte nos los muestra mendigando por las calles y con la tentación de vender a una hija como hicieron con ella. Son momentos terribles que concluyen con el estallido de la revolución. "¿Qué es la "revolución"?", pregunta Wang Lu en medio del tumulto, "¿algo que tiene que ver con la comida?".


Un golpe de suerte hará que encuentren la riqueza en forma de diamantes que servirán para regresar ricos a casa, a la tierra. El dinero, que les ha traído la salvación y les ha devuelto a casa será su maldición, durante el acto final. Wang Lu enriquecido deja la casa y compra la que fue el lugar de encierro, la Casa Grande, de su esposa, de la que se va distanciando por su amor al lujo. La ruina final de la familia la trae una "segunda esposa", que O-Lan acepta formalmente si es lo que su marido desea. La recién llegada trae todos los males y distancia a los hijos del padre. La unión final llega cuando una plaga de langosta amenaza con destruirlo todo y dejarles en la ruina total. Todos los que se habían dispersado o enemistado se unen en la defensa de las cosecha. Es la tierra la que les une de nuevo, padre e hijos, marido y esposa.
La figura de O-Lan, la mujer abnegada y educada en la obediencia y la sumisión, vendida como esclava, humillada con una segunda esposa, es una especie de Scarlett O'Hara en su defensa de la tierra como valor fundamental. Lo que el viento se llevó se estrenó dos años después de La buena tierra. Ambas novelas fueron escritas por mujeres, las dos fueron Premio Pulitzer y las dos identifican los valores tradicionales de la tierra frente al caos del mundo y de las personas. Las dos crean poderosos personajes femeninos, la rebelde Scarlett y la obediente O-Lan, personalidades opuestas,  representantes de unas mentalidades y culturas distintas, pero un mismo tipo de mujer. Scarlett es Tara y O-Lan las parcelas de tierra en la que enterrará la noche de bodas el hueso de melocotón que su marido ha despreciado tirándolo al suelo después de comerlo. Es su especial ceremonia de matrimonio con la tierra.


Me he extendido en la descripción de la película para tratar de explicar qué es lo que vieron mis alumnos y lo que yo pensaba que ellos podían estar viendo durante la proyección.
Cuando se encendieron las luces, mi pregunta ansiosa era obligada: "¿es creíble lo que habéis visto? Yo he visto una China que no puedo distinguir si es "real" en su representación o no habéis conseguido creérosla en ningún momento". Antes de responderme, me hicieron ellos la primera pregunta: ¿está rodada en China? Era la pregunta que se habían hecho. La respuesta nos la da la reseña del estreno, realizada el 3 de febrero de 1937, por Frank S. Nugent en The New York Times. Nugent escribió:

The making of The Good Earth, according to our Hollywood historians, was one of the most chaotic ventures in the annals of an industry in which chaos is the normal state of affairs. The picture was four years in preparation and  production. It was begun by one director, George Hill, and completed by another, Sidney Franklin. Its early sequences were supervised by Irving Thalberg, and upon his death the production was entrusted to his associate, Albert Lewin.
The cast and script were forever being revised. The picture was edited and reedited. Some 2,000,000 feet of film were exposed in China, to be used in process shots and for atmosphere; another 700,000 or 800,000 feet were taken in Hollywood. Out of it all emerged a picture 12,450 feet long, running two and a half hours, costing (it is whispered respectfully) $3,000,000.*

Imágenes reales rodadas en China para lograr una buena ambientación del film, una auténtica superproducción para le época, mérito de Irving Thalberg, que quiso hacer una película que hiciera justicia a una novela que ya se consideraba clásica, que había estado como libro más vendido en Estados Unidos durante 1931 y 1932.
Las respuestas a mi pregunta de si aquello que habían visto era "creíble" para ellos, me sorprendieron. "Nunca pensé que en Occidente se hubiera hecho una película así sobre China, profe", fue lo primero que me dijeron. La película les había emocionado. Al principio, señalaron, la historia les puso en estado de prevención. La historia de la mujer esclava, casada con el campesino podía derivar hacia una historia tópica, pero habían ido descubriendo la grandeza del personaje y se habían emocionado con su lucha. No le negaron sus lágrimas al personaje de O-Lan; yo tampoco.
Pregunté por los detalles. Todo estaba en su sitio. Los escenarios eran creíbles, con la excepción de los protagonistas principales, todo el reparto y figurantes eran claramente chinos. La evolución del tiempo se podía detectar a través de los peinados de los padres y los hijos. Hasta identificaron la melodía que servía de sintonía "Jazmín", una canción "muy famosa". Alguno señalo que muchas de las expresiones que se utilizaban eran realmente chinas, refranes y dichos auténticos. Otra de las asistentes señaló que la forma en que se celebra la boda de Wang Lu y O-Lan le había recordado a las costumbres de su pueblo, que era una zona campesina.
Lo que había comenzado con un rótulo de alabanza a las virtudes de humildad y capacidad de sacrificio del pueblo chino, era en realidad el conjunto de la película a través de una inusual atención al proyecto en sus más mínimos detalles. ¡Qué lejos de las películas que veremos después, de la época de la Guerra Fría, por ejemplo, o incluso hoy!

Sacamos muchas conclusiones de la sesión. La primera es lo importante que huir de los estereotipos para poder crear unas condiciones positivas de comunicación intercultural. Puede que nada sea totalmente real en la ficciones, pero aquella película podía ser compartida sin agravios por dos culturas que podían acercarse a ella desde visiones distintas. También habíamos comprendido que el amor que Buck tenía por China, donde creció, cuya lengua hablaba como propia, es un factor determinante. También es amor lo que hizo Irving Thalberg al llevar al cine una proyecto así cuidando hasta el más mínimo detalle para que aquello, además de ser una buena película, fuera creíble por un público que nunca la vería, el chino. Yo no lo hubiera percibido de no ser por ellos porque no sería capaz de distinguir, como le ocurría al propio público de entonces —y el de ahora— las diferencias. El nivel de credibilidad o aceptación no es el mismo para un público que otro. Pero eso no le importó a Thalberg; invirtió en tiempo, dinero y esfuerzo para conseguir una película realista en más de un sentido, en una película auténtica.
Pero para mí, lo más importante de todo es comprender la necesidad de una buena comunicación intercultural, de un diálogo a través de la cultura, para poder establecer puentes sólidos. Insisto mucho a mis alumnos extranjeros sobre la metáfora del puente porque creo que refleja bien la idea de un mundo de orillas distantes que necesita de lazos sólidos. Ellos son los puentes, como lo fue Buck. Se insiste mucho en los lazos económicos, que son importantes —Marco Polo no fue a hacer turismo—, pero se necesitan personas que trabajen en el acercamiento cultural a través de la difusión del arte, de las traducciones, de los proyectos comunes, de todo aquello que contribuya al debilitamiento de los estereotipos y al acercamiento cultural. Necesitamos comprendernos mejor porque vivimos en un mundo en el que ya todos somos vecinos, aunque estemos separados por miles de kilómetros. No solo visitarnos —nada hay más tópico que la imagen turística—, sino conocernos a través del diálogo y de los proyectos comunes.


Ahondar en la cultura ajena es también comprender la tuya a través de las diferencias. Emocionarse con una película como La buena tierra no es exclusivo de sus consumidores predeterminados, como hemos podido comprobar. Y eso fue posible porque primero Buck y después Thalberg trasladaron su amor por China, la primera, y por el cine, el segundo, a sus proyectos. Ambos tenían amor por el detalle, que es lo que hace que por boca de Muni o de Tainer salgan refranes chinos y no otras palabras. 
En el fondo, ya lo señalaba Platón, es el amor el que une las piezas del universo; es el entusiasmo lo que nos hace querer que los demás compartan lo que amamos. Las personas que no aman, poco tienen que ofrecer o decir; o tiene poco interés escucharlas.


* Frank S. Nugent "The Good Earth" (1937) (reseña) The New York Times 3/02/1937 http://www.nytimes.com/movie/review?res=EE05E7DF173FE464BC4B53DFB466838C629EDE#h[]








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