jueves, 22 de mayo de 2014

Cuando llega mayo... libros, amigos, recuerdos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recién llego de una de esas experiencias que se viven de vez en cuando con gran alegría. Una experiencia que me hace abandonar mi intención inicial, decidida a media tarde, de dedicarle el texto de hoy a ese señor llamado Jean-Marie Le Pen, digno pater familias, y a sus declaraciones de que el problema de la inmigración africana se soluciona con el Ebola. Si el fascista y futurista Marinetti veía en la guerra una forma de higiene, el racista, xenófobo y —por conclusión lógica de lo anterior— infame Jean-Marie ve en los virus y epidemias una forma de arreglar el mundo, el suyo, por supuesto. Pero, después de dos días tratando de hacer entender que esta gentuza que resurge de las cloacas de Europa es una responsabilidad de todos, un peligro que se controla votando más que ellos, con más educación, no pasándoles una, ni en juzgados ni en comentarios, donde haga falta, decido que hay que mostrar otras cosas y liberar un poco el espíritu aunque sea por un día, dejarlo que salga de inmundicias que la fiesta de la democracia destapa.
Me había pedido mi amiga Marta López-Luaces que interviniera en la presentación de su novela "Los traductores del viento" en Madrid. La obra ya se ha presentado en Estados Unidos, en Nueva York, lugar en donde ella reside y trabaja como profesora en la Universidad de MontClair, además de sus tareas editoriales y literarias como poeta.

Es un ritual que con la llegada de mayo nos encontremos y charlemos, con paseos por la Feria del Libro de Madrid o en cualquier terraza, de lo que el año nos ha deparado. Marta, gallega, buena poeta, viene casi todos los mayos sin falta y siempre con alguna novedad literaria en cartera. Cuando no es un número de la revista Galerna, de la que es editora, es por alguna obra suya que se presenta.
Cuando no le toca novedad a ella, le toca a otra estupenda poeta, Mercedes Roffé, argentina, que también forma parte de este núcleo, conspiratorio y poético, que solemos reunir cuando llega mayo. A ella le toca presentación de nuevo libro este próximo viernes y yo ya me lo he traído firmado por temor a que el viernes me pille con compromisos y me pierda la cita. Regresé de madrugada leyendo algunos versos en el autobús de vuelta a casa y constaté que continúa el pulso poético bien firme.
Creo que a todos nos presentó nuestro querido Nacho Fernández, un personaje clave en la parte subterránea del Guadiana literario español y, a la sazón, mi editor literario. Nos une un libro de relatos, por ahí perdido, algo que siempre le agradeceré y con el que disfrutamos de aventuras. Hemos participado en las más insólitas, que Nacho suele atraer con extraño y fantástico magnetismo. Algún día Nacho Fernández tendrá el biógrafo que se merece por tanta aventura como ha vivido y ha hecho vivir, una auténtica máquina de promover proyectos literarios. En el XIX habría protagonizado La Bohème y en el siglo XXII un remake de El fantasma del Paraíso. Entre las muchas cosas buenas que ha hecho está presentarnos a Marta, Mercedes, a mi querida Marta Sanuy, y a mí en alguna tarde visionaria en la que seguro tratábamos de activar algún plan para conseguir que el mundo leyera cosas más sustanciosas.

Nacho Fernández
El lugar elegido para la presentación de la obra de Marta ya merecía la pena. La librería del Centro de Arte Moderno, en la calle Galileo, un local múltiple: una reunión asombrosa de libros de literatura hispanoamericana (con primeras ediciones en los anaqueles); un museo del "autor" con pequeñas vitrinas con objetos pertenecientes a escritores —lámparas, cuartillas, carnets... y en el caso de Marta, que tiene su vitrina, una máscara veneciana que les donó—. Tuvimos que esperar un rato, porque en el sótano, que es galería con exposición de grabados, se estaba presentando otro libro, y los salientes nos saludamos con los entrantes en una escena que a Luis García Berlanga le hubiera gustado rodar.
Entrar en esta librería era entrar en otro mundo, incluso para librerías, que se está estropeando mucho este mundillo. Saludabas a una señora que te presentaban como la viuda de Julio Cortázar y cuando pensabas que ya habían terminado las sorpresas, te presentaban a otra señora que resultaba ser la viuda de Mario Benedetti, al que le tenían dedicado, creo, el mes en la librería. En fin, un lugar en el que parecía que se vivía soñando, rodeado de libros, de recuerdos de figuras literarias, como Borges, cuyos objetos estaban allí encapsulados en sus vitrinas, rodeado, en fin, de viudas de autores. Era la librería más completa del universo.


Lo que tenía que empezar a las ocho empezó con casi media hora de retraso. No lo digo como un reproche sino, al contrario, como una muestra del interés de los que estaban abajo, en el sótano presentado su libro y debatiendo sobre lo que fuera, que ya se sabe cómo acaban estas cosas. Si hubiéramos ido nosotros antes, hubiera sido peor probablemente.
Nos colocaron una cámara delante y yo leí unas hojas —como me había pedido la autora— sobre mi experiencia de la novela. Después, Marta leyó página y media, el inicio de su obra, con la descripción de la fundación de la ficticia ciudad de Henoc, lugar simbólico, construido con todos los parias y apátridas de la tierra; era el mundo de los traductores del viento, un lugar con poco espacio para la cultura, embrutecido, en el que se cuidan los libros en peligro de extinción.

Merecedes Roffé
Tras ello, comenzó un animado debate sobre lo que habíamos dicho y lo que el público quería saber. Entre los asistentes estaba un antiguo alumno de Marta, convertido hoy en profesor de Instituto, al que acompañaban unos cuantos antiguos alumnos suyos, formando esas cadenas de devociones en la que los profesores logran enganchar a los alumnos que comparten su entusiasmo por las materias que les transmitieron, en este caso el amor por la Literatura.
Es gratificante ver que lo que más perdura en la enseñanza es lo que se enseña con entusiasmo. Hay cosas que nos enganchan por lo que son, pero también por la forma en que se nos hizo llegar a ellas. En esos casos, el vínculo que establece entre los que ofrecen y los que lo reciben tiende a durar en el tiempo y en la distancia, más allá de las clases. Comprendemos lo que debemos a quien nos ha introducido en el olvidado arte de amar aquello que puede darnos satisfacciones inagotables, ayudarnos a superar la fealdad, la maldad y el aburrimiento, como por ejemplo me ha hecho olvidarme durante dos horas de la indignación causada por el señor Le Pen y su familia.

Almudena Solana
Pero este acto que se presentaba un poco mágico, acabó de serlo cuando me permitió entrever —me tapaba la cámara instalada en línea— un rostro familiar, el de la periodista y escritora Almudena Solana a la que hacía —hicimos el cálculo— treinta años que no veía. ¡La alegría fue tan grande! Nos conocimos en la facultad. Una sobrina de Torrente Ballester, Paloma, y yo —alumnos de tercero por entonces— nos habíamos dirigido a nuestra profesora de Literatura del año anterior, María Dolores de Asís, para proponerle la creación de una revista literaria, empresa que ella aceptó encantada y pusimos en marcha.

El pobrecito hablador, nº 2  diciembre 1983
Resucitamos en nuestra osadía El pobrecito hablador, pues Larra es el santo patrón de los periodistas con veleidades literarias, y así debe ser. Allí, además de Paloma, Almudena y yo, estaba Ángela Rodicio, encargada de "estudios", de la que siempre me acuerdo cada vez que veo mi ABC de la Lectura, de Ezra Pound, pues se lo presté para que hiciera su artículo. Estaban también Javier Rivas, como encargado de Crítica y Pilar Ambrona, responsable de "entrevistas", que las hubo con Cela o Miguel Narros, por ejemplo. Se echan de menos estudiantes que escriban sobre Pound, algo que nos parecía bastante natural entonces —¿quién no sabía quién era Pound?— o sobre Milosz. Quizás éramos raros y no lo sabíamos.
Nos ha causado mucha alegría el reencuentro después de tanto, tanto tiempo. Pero los recuerdos de aquella aventura literaria nos han mantenido próximos en lo fresco de estos recuerdos. Me dice que su marido, que también formaba parte de aquella aventura junto a ella, ha conservado los números de la revista que sacamos y le ha entrado el gusanillo de verlos. Yo no tengo que ir muy lejos ni buscar mucho. Los tengo aquí mismo, como fantasmas palpables. Y los saco para tocarlos y pasar sus hojas y ver cómo los nombres olvidados traen caras y momentos. Pura artesanía e ilusión. Me vienen las imágenes de nuestras juntas de redacción para ver los materiales para los artículos y entrevistas, las críticas de cine y teatro. Son odiseas que no se olvidan nunca y que tratas de animar a los alumnos actuales, pero no es tan sencillo. Puede que nunca lo fuera, pero era posible hacer eso, como fue posible montar con alumnos un par de años después obras como Las criadas, de Genet, o Los peces rojos, de Jean Anouilh o grabar La importancia de llamarse Ernesto en el estudio de radio de la facultad.

Me imagino que todos acumulamos experiencias y recuerdos de este tipo. Al salir, casi las once de la noche (la librería era atípica hasta para eso), quedamos en esta inexplicablemente fría noche madrileña hablando sobre qué ocurre con la motivación con los estudiantes de Filología y se quejaban pero todos señalaban que habían ido a la Facultad de Filología por el profesor que les había metido el amor por la buena lectura en sus clases de instituto, a cuya llamada habían acudido.
Yo disfruté mucho con actividades como estas, como alumno y después como profesor que trataba de organizarlas. Pero hay un punto en que estas aventuras paralelas a las clase se quebraron en que ya no encontrabas las mismas respuestas y que probablemente tenga que ver con cambios más profundos en las mentalidades generales. Hay otras actitudes, otras exigencias.
Todas estas cosas maravillosas ocurridas en dos horas —hablar de libros, de literatura, encontrarte con gente que disfruta igual de las obras, compartir experiencias lectoras, recomendar y ser recomendado en las lecturas— y el reencuentro con los amigos y con los amigos de los amigos. Descubres que al final, pasados tantos años, la gente se hay agrupando, como afinidades electivas, y que en una presentación de un libro confluyen distintas líneas de tu vida, que hay elementos que se juntan sin tú saberlo pero que solo es cuestión de tiempo que se unan.


Me disculparán esta expansión casi proustiana pero mi intención no es otra que celebrar los reencuentros de personas que han compartido ilusiones. Marta, Mercedes, Nacho, ahora Almudena... son personas entusiastas que creen en el valor de lo que hacen contra viento y marea, contra el Espíritu de la Historia o lo que haga falta. Siempre me subo a las aventuras de los amigos y algunos se suben a las mías. En este mundo tan extraño que estamos haciendo, es lo que merece la pena, juntar locos, entusiastas de algo que hace que se reúnan en un sótano-galería, de una librería insólita, rodeados de objetos pertenecientes a escritores, de Borges a Múgica, llenos sus estantes de interesantes libros —descatalogados la mayor parte—, con viudas de ilustres escritores departiendo con el librero y los visitantes. Regresé contento y no podía dejar de contarlo.

Todos estos recuerdos maravillosos y encuentros gratificantes son los que te permiten olvidar que hay gente en el mundo a la que le gustaría que los virus asolaran la parte del mundo que les molesta. Probablemente ha leído poco y mal. Y sus amigos son locos de otro tipo, mucho más peligrosos.

Centro de Arte Moderno, c/ Galileo 52

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