viernes, 25 de abril de 2014

La gruesa línea roja rusa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Ironías de la vida! A Vladimir Putin le está pasando lo mismo que le ocurrió a Barack Obama en el caso de Siria el verano pasado: se encuentra prisionero de su propias "líneas rojas". Si Obama había dicho "de aquí no se pasa" y se pasó, al presidente ruso le ocurre lo mismo ahora. Ha dicho que "no permitirá" y ahora se encuentra en la tesitura de tener cumplir lo que esperaba no tener que hacer. Jugar con juego siempre es peligroso.
Creo que los menos interesados en intervenir en Ucrania son, en estos momentos, los rusos. No tienen porqué: han sacado músculo, han conseguido lo que querían (Crimea) y se han vuelto a poner sus uniformes para celebrar en casa los logros en la recuperación de la Gran Rusia. Y ahora esto.
Mientras los "prorrusos" han estado controlados y los ucranianos de toda la vida han estado reprimidos, controlándose, la cosa no pasó de la "gran tensión". Pero el siguiente paso, como señalábamos el otro día, es el más peligroso: el del estallido de las humillaciones recibidas. Ucrania ha sido humillada profundamente: sus soldados han tenido que salir con lo puesto de sus cuarteles con la vergüenza de ver arriar la bandera de su territorio; se acostaron en su patria y se levantaron en el extranjero. Y eso duele. Los rusos se han quedado con una parte de su territorio sin necesidad de un disparo. Les han mandado blindados y se han quedado con ellos. Y eso duele también. Ha sido una exhibición de prepotencia y cinismo ruso sin precedentes con un país vecino.


Los ucranianos y los que quieren dejar de serlo se encuentran encerrados en un territorio hostil para ambos. Para los ucranianos, los otros son separatistas y terroristas; para los prorrusos, son imperialistas y fascistas. Hace unos cuantos meses, medianamente contentos todos; hoy existe una brecha de odio difícil de superar y, sobre todo, difícil de controlar. Rusia debería esmerarse un poco en controlar lo que ha dejado atrás y evitar que se vaya de las manos. Si no, la "línea roja" que marcó se tendrá que ir ensanchando. Tiene que dejar muy claro —y ese es el problema, pues sería desdecirse y arruinar su propia argumentación para hacer lo que han hecho— que no tiene interés en ir más allá de las palabras en el este de Ucrania. Pero de palabras se alimentan los prorrusos de Sloviansk tras ver que no les llegarán "soldados, armas o dinero", como pedía el autoproclamado "alcalde" prorruso, que ya ha conseguido muchos minutos de gloria.


Por su parte, los Estados Unidos de nuevo, se equivocan en su estrategia de exhibición como si fueran ellos los que han hecho retirarse al ejército ruso. Obama necesitaba esa foto triunfalista después de Siria. Pero Rusia se ha retirado (en realidad se ha quedado) porque tenía lo que quería. Está bien la escenificación, pero la bajada del avión del Vicepresidente Biden fue demasiado teatral, un poco recargada, incluso fácilmente manipulable, como ya han recogido algunos caricaturistas. La exhibición alimenta la paranoia prorrusa.
El mejor favor que se le puede hacer a Ucrania es apoyarla en la rebaja de la tensión interna, en la reconstrucción y democratización porque el problema más grave ya no es el territorio sino que este se convierta en escenario de guerra sucias, como está empezando a ocurrir, al igual que con las desapariciones durante los episodios del Maidan. Que vaya a más no interesa a nadie, especialmente a Rusia, que dejaría de jugar con blancas. Y tampoco —para nada— a Europa ni a Estados Unidos. Rusia dio la pista al decir que Ucrania estaba al borde de la "guerra civil", mientras que otros lo presentan como un conflicto "internacional". Es las dos cosas, pero son soluciones distintas, con lenguajes y gestos distintos. 

Si Vladimir Putin dice que Rusia intervendrá si se producen ataques a los "intereses de Rusia" (fórmula deliberadamente ambigua) lo que ocurre es que la comunidad prorrusa (los más radicalizados) se convierte en la primera interesada en mantener el nivel de resistencia y provocación para forzar una reacción de Kiev que obligue a Rusia, a su vez, a mandar fuerzas, tal como "prometió". En estos terrenos, hay que tener cuidado con los órdagos que se lanzan porque enseguida te toman la palabra.
Los primeros interesados en rechazar los acuerdos de Ginebra —y es lógico— eran los separatistas, sin entender que habían sido una simple excusa para conseguir otras cosas. Pero no es fácil asimilarlo. La salida inteligente era la que Moscú les brindaba en su estrategia: un apoyo enérgico pero simbólico para que ellos "políticamente" sacaran rendimiento a la situación en sus negociaciones con Kiev. Pero no es fácil con los efectos de la euforia nacionalista, que se traduce en el miedo de unos a salir a la calle y el deseo de otros por pasearse por las mismas exhibiendo banderas y retratos de Stalin, Lenin o cualquier otra reliquia que tuvieran por casa. Los derrapes con el blindado requisado a las tropas de Kiev, se pagarán.

Y ahora, como le ocurrió al presidente Obama, te encuentras entre tu palabra y tus maldades, comprometido a hacer lo que has dicho o a quedar en evidencia. La cara de tensión de Serguei Lavrov diciendo que Kiev comete un error al mandar sus tropas contra "su" pueblo y tratando de echar la carga sobre Estados Unidos y Europa para que contengan a Kiev, lo dice todo. Resalto el "su" porque es un reconocimiento explícito de que es cuestión de Ucrania y no de Rusia, que no los considera "ya" su pueblo. El mayor interés es que negocien como "ucranianos" y no como "rusos" en ciernes.
Las ironía no quedan ahí. Hay otras preguntas en el aire: ¿quién paga la factura del gas si se pasa media Ucrania a Rusia? ¿Se hará cargo el nuevo dueño? ¿Repartirán gastos? Parte del descuento que Moscú aplicaba al precio del gas era por el uso de los puertos para su flota; una vez que se ha quedado con los puertos, que han pasado a ser "rusos" les subió el precio del gas. Lo razonable es que Ucrania descuente el precio de todo lo que Rusia se anexione. Crimea era una perita en dulce, rentable para Rusia, zonas turísticas y militares. La zona del este de Ucrania no es lo mismo y hay mucha miseria; requerirán más gastos que beneficios. No, creo que a Rusia no le resulta rentable, por encima de toda la retórica de la "lengua", la "madre patria" y la "tierra sagrada". Ucrania no es un plato de gusto.


La mejor forma de evitar que vaya a más es que —con discreción— los que la han montado vaya arreglando el desaguisado y que los que pueden controlar  a unos y otros —dentro de lo posible— actúen con firmeza para hacerles ver que por ese camino se acabará mal. Rusia ahora es prisionera de su propia retórica y tendrá que dejarse de juegos y decir bien claro (aunque sea en privado) que no va a apoyar una integración a lo Crimea con el este. Sus admiradores sufrirán un poco, decepcionados, pero es mejor eso que un baño de sangre. Mejor harían —que es lo que les pide indirectamente Rusia— que negocien ahora para tratar de sacar en caliente el máximo posible. De otra forma, lo único que se conseguirá es que alguien trate de ganar alguna "honrosa batalla" para poder pasar a la Historia en este humillante y oscuro episodio.
Si Estados Unidos juega sus bazas, tratará de ser discreto para permitir que Rusia no tenga que agacharse demasiado como para que se vea el truco. El envío de tropas a distintos países de la zona, los movimientos de la OTAN tienen más de gestos que de otra cosa, pero también los gestos deben cuidarse porque alimentan temores y esperanzas, de la misma manera que las maniobras rusas en la frontera siguen alentando a los prorrusos en no desistir, con el riesgo consiguiente de más muertes. El tiempo juega a favor de Kiev si se enfría la situación. Si se calienta, por el contrario, estallará en algún punto incontrolado.







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