jueves, 17 de abril de 2014

La dependienta ordenada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El otro día, mientras me cobraban unas compras que había hecho, felicité a la dependienta que me atendía. "—Enhorabuena. Da gusto buscar las cosas y encontrarlas en donde uno espera hacerlo", le dije. No soy un maniático del orden, pero sí un enemigo de la pérdida de tiempo. He dedicado muchas horas de mi vida a explorar inútilmente estantes de todo tipo —música, cine, libros...— como para no valorar la capacidad de ordenar con criterio, algo que se está perdiendo.
En una sociedad que etiqueta todo, se naufraga a la hora de diseñar "órdenes" en los que sean fácilmente localizables las cosas. Hay campos medianamente claros, pero otros tienen una complejidad creciente. 
Sobre las grandes superficies se libra una batalla en la que se enfrentan el orden mental del que busca, el cliente, y el orden impuesto por el que ordena. Es una batalla desigual en la que el cliente acaba rindiéndose mediante el acto humillante de tener que preguntar sobre lo que se supone que está a la vista, algo que solo tiene en ocasiones la salida compensatoria de escuchar al dependiente decir que tampoco sabe dónde se encuentra lo que buscamos, en cuyo caso nos remite a otra sección con un brusco o amable, según toque, "no lo sé, pero aquí no tenemos de eso".


Con la crisis económica muchos grandes almacenes se han lanzado a la batalla del reordenar sin caer en la cuenta de que así desordenan la mente de sus clientes. Quizá pensaran que la gente no encontraba bien las cosas. En un periodo breve de tiempo ha sufrido el descalabro, en diferentes espacios comerciales, de tener que enfrentarme a nuevas distribuciones de las cosas que compras todos los días, privándome del mayor placer de ir de compras de lo cotidiano: poder pensar en otras cosas. Uno se desliza entre tomates y cebollas, entre embutidos y filetes, etc., pensando en otra cosa más interesante o distraído con la música que vas escuchando. Hay días en que salimos a ver qué compramos, en cuyo caso nos fijamos bien en todo, exploramos espacios y sus contenidos, y otros, por el contrario, que salimos con los automatismos puestos.
Los cambios de lugar te obligan a prescindir de la rutina y a lanzarte a explorar los pasillos que se han vuelto hostiles, territorio desconocido. Durante años, por ejemplo, en una sola pasada te llevabas el papel de cocina, las servilletas y el papel higiénico. Todo era "papel" y esa era tu "categoría mental". De repente, alguien decidió que las categorías eran confusas y las servilletas fueron a parar donde están los platos de papel, que se clasificaban por su "función", junto a otros platos, y no por su "material". Yo uso habitualmente "servilletas de papel", pero casi nunca "platos de papel", por lo que el cambio no ha hecho más que introducir confusión por tener que ir a buscarlas a zonas desconocidas. Por otro lado, el hecho de mantener dentro de la categoría "papel" tanto el destinado al baño como a la cocina favorece también la confusión. A más de uno le habrá ocurrido llevarse confundido el uno por el otro.



No sé si se han vendido más así, con tanto cambio, pero la desesperación de muchos es patente. Tienen que invertir más tiempo en las compras y probablemente dejen de comprar cosas si no logran encontrarlas pronto. Aunque ciertas localizaciones pudieran ser extrañas, pasado el tiempo se automatizan porque la memoria se independiza y nos lleva hasta el lugar donde encontraremos lo que buscamos. Lo que se basa en la rutina repudia el cambio, que nos obliga a pensar en dónde podría estar algo. Pasado un tiempo, aprendemos dónde está cada cosa y podemos seguir distraídos. Durante cierto tiempo las cajeras recibían la misma queja: nadie encontraba nada. No se hablaba de otra cosa en la cola del hipermercado. Todavía hoy hay productos que no sabes si ya no tienen o es que han quedado olvidados en algún recóndito pasillo. Y preguntar tampoco suele servir de mucho: cada uno solo controla "su" zona. No le preguntes qué hay al otro lado de la frontera.

Pero lo que ocurre con los productos estandarizados y rutinarios, lo que nos limitamos mayoritariamente a reponer, no tiene comparación con el problema del orden en otro tipo de productos de más difícil clasificación: los culturales. Libros, música, cine, etc. plantean problemas constantes de clasificación porque intervienen gran cantidad de factores en su clasificación. Técnicos y especialistas en documentación se ven en estos problemas constantemente, elaborar criterios claros de clasificación para poder recuperar lo archivado.
Yo ya me he prohibido la entrada a ciertas librerías por las barbaridades —vamos a llamarlas así— que se reflejan desde sus estantes. Veo libros clasificados en las baldas con etiquetas que revelan el profundo desconocimiento de lo que hay en sus páginas. No podemos pretender que los dependientes de las librerías, de las tiendas de música o de cine hayan leído, escuchado o visto todo, pero sí cierto decoro organizativo que vaya más allá de alguna palabra de la portada. Esto se agrava en casos en que una palabra se pone de moda en los títulos como, por ejemplo, "ornitorrinco".


Las categorías fallan en muchos casos estrepitosamente porque fallan previamente en el cerebro de quien las establece. Crear etiquetas para los estantes no es tan fácil como parece, sobre todo si se carece de una visión amplia del conjunto y de un criterio de clasificación sólido. El principio básico de que no se deben mezclar criterios de división se suele ignorar con desastrosos resultados. En el establecimiento del orden también es esencial que la persona que lo determina tenga idea de lo que está ordenando, cosa que no siempre sucede. Como me dijo la dependienta a la que felicité, "—¡El cine de autor lo ordeno yo!". Y me dio algunos ejemplos de lo que ella consideraba "cine de autor" y lo que no. Un criterio tan vago como ese requiere tener las ideas medianamente claras y ella las tenía. Manejaba con soltura las filmografías y te podían decir qué películas del director por el que le pregunté estaban ya en blu-ray y cuáles no. Para eso había que saber las películas del director, cosa que muchos consideran que no va con su sueldo. El buen orden es el que sale de una cabeza bien ordenada porque tiene algo que ordenar. Eso parece claro.

Una cabeza sin orden, en cambio produce un pseudo orden que hace rechinar los dientes y crujir ciertas partes del cerebro. Eso me ocurre cuando encuentro en los estantes, bajo la etiqueta, por ejemplo, "religiones", estudios sobre la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, trabajos de Mircea Eliade o sobre los manuscritos del Mar Muerto, junto a libros que nos hablan de los viajes astrales, del tarot o las memorias de alguno que dice haber sido abducido. Otro caso de clasificación intelectualmente escandaloso se produce habitualmente en las secciones de "Psicología" en donde se entremezclan sin pudor los trabajos de neurocientíficos con los libros de autoayuda. Lo mismo ocurre en "Economía" donde los trabajos de Keynes, Krugman, Stiglitz, Galbraith, Smith... descansan abochornados junto a aquellos que nos prometen ser ricos por las vías más fáciles con una serie de consejos numerados.
Estos librillos pizpiretos, de colores llamativos y grandes tipografías, se juntan a los clásicos aprovechando el prestigio del estante, término que uso para referirme al hecho de que haya quien considere que se trata del mismo campo por estar en la misma balda. Los que confunden a Tomás de Aquino con J.J. Benítez o a Steven Pinker con Uri Geller o la Bruja Lola, ya tienen bastante. Quita las ganas de escribir pensar con quién te pueden juntar en un estante.
No contribuye a una buena clasificación y colocación la epidemia de los títulos en los libros, algo realmente penoso y que da cuenta de que ya nadie escribe para la posteridad sino para el presente más inmediato y un futuro de unos cuantos meses, en el mejor de los casos. El título chistoso parece ser un requisito para las ventas en un mundo en el que nadie quiere parecer aburrido. En ocasiones los libros son tontos, pero en otras son obligados a parecerlo a través de títulos impuestos por editores y agentes ante el temor de que no se vendan. Los que no leen demasiado siempre han sostenido que un buen título vende mucho. Así nos va.


Me alegró mucho ver que la dependienta ordenada y ordenante no se dejaba seducir por las modas. Sabía y tenía criterio. Lo que en otros centros está desperdigado por distintos estantes, allí estaba ordenado facilitando el encontrarlo. El problema del orden es que no es tan natural como nos gusta pensarlo; es el reflejo de un orden mental que se construye con conocimientos y que requiere también de una proyección de la mente del que va a buscar. Ordenamos para que otros encuentren. Pero creo que entre el confusionismo que demuestra la creación de etiquetas como "autoayuda y espiritualidad" y la claridad que supone el que yo me encontré, la batalla está perdida, como nos muestra su excepcionalidad. Si el orden clasificatorio revela "orden mental" y este "conocimientos", el desorden, la confusión o la "fusión" de criterios revelan lo contrario. En el fondo muestran una percepción confusa de lo que nos rodea. El mundo ya no ama lo claro y distinto; ama el capricho y la analogía, que es el arrastre de una cosa con otra.  Por eso se imitan los títulos y portadas en una aparente ingeniosidad asociativa.
Recuerdo que unos años después de publicar un libro de relatos, una antigua alumna que los había leído los calificó, para mi sorpresa, como de "autoayuda". Cuando le pedí que me lo explicara me dijo que "te hacían pensar". Esa fue toda la explicación.

Al final acabas filtrando el mundo a través de las categorías que te dan.






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