sábado, 12 de abril de 2014

El vuelo del silencio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A doce de marzo, lo que sabemos del avión desaparecido nos lo resumían ayer en El Economista en un artículo con el titular "Las autoridades descartan que la quinta señal pertenezca al avión desaparecido". El periódico señalaba:

El avión del vuelo MH370 despegó de Kuala Lumpur con 239 personas a bordo rumbo a Pekín en la madrugada del 8 de marzo y desapareció de los radares civiles de Malasia unos 40 minutos después de despegar.
Iban a bordo 153 chinos, 50 malasios, siete indonesios, seis australianos, cinco indios, cuatro franceses, tres estadounidenses, dos neozelandeses, dos ucranianos, dos canadienses, un ruso, un holandés, un taiwanés y dos iraníes que utilizaron los pasaportes robados a un italiano y un austríaco.
La Policía malasia ha dicho que no considera a los 227 pasajeros responsables en los supuestos de secuestro, sabotaje o de alguna acción causada por problemas personales o sicológicos, aunque sigue investigando a la tripulación de nacionalidad malasia y también contempla un posible fallo técnico.*

En estos tiempos en los que parece que se conoce todo de todos, sorprende que pasado más de un mes no se haya establecido una sola hipótesis medianamente sólida no solo sobre dónde está sino sobre qué ha ocurrido. Casi más que hablar de "medianamente hipótesis" habría que hablar de "medianamente hipótesis". Nada.


Hay casos en los que se puede especular sobre por qué ha caído o estallado un avión. Al menos hay algo que analizar, algo que tener entre manos. Pero aquí no tenemos nada. Solo esperanzas de que de esas cinco señales, de la que ya se ha descartado una, permita llegar a un lugar del que no se tiene la más mínima idea de cómo se ha llegado.
La amplitud de medios y países para desentrañar las causas van más allá de la cuestión humana, que ya habrá sido completamente descartada, para desesperación de los familiares que han desarrollado, en su comprensible dolor, teorías sobre el engaño y la ocultación de información.
Lo que más desconcierta y asusta de este caso es precisamente que con su silencio desbarata todas las seguridades que un avión se supone debe cumplir. Hay unas seguridades físicas que hacen que uno se suba a un objeto que pesa más que el aire. Pero hay otro tipo de seguridades añadidas que hacen que, tras las demostraciones de los físicos de que es posible despegar del suelo, tomemos un billete con destino a un lugar.

Damos por descontado, por ejemplo, la estabilidad psíquica de la tripulación, que el piloto no sufre ningún mal que pueda hacer que sus acciones nos destruyan. Subir a un avión es unir tu destino al del piloto, a los motores, a los que los han revisado, a los que los han construido... y un largo etcétera que no tenemos en mente más que cuando ocurre una desgracia.
Pero en este caso no sabemos nada de nada. Solo que los que salieron en una dirección nunca llegaron a su destino. A lo más que llegaron inicialmente era a establecer radios de hasta dónde se puede llegar con el combustible y las posibles direcciones que se desestimaron después en favor de la ruta en dirección inversa. El "efecto doppler" hizo que optara por el camino del sur. Poco más. Restos que no eran del avión. Cuatro señales y una quinta descartada.
El abanico de posibilidades que se nos dan en el párrafo final es que la policía no cree que hayan sido los pasajeros, incluidos los dos con pasaporte falso, que ·se sigue investigando a la tripulación malasia" o que puede ser un "fallo técnico". Es decir, nada.


Cuando no tenemos absolutamente nada, la hipótesis tienen que volverse más improbables sin caer en lo inverosímil. Ni eso. El descartar posibilidades sin tener el avión es tan arriesgado como el darlas por buenas. Nada se sabe del "famoso simulador" en casa del piloto. No sabemos si es frecuente que los pilotos tengan un simulador de vuelo en casa. Sería como extrañarse de que Fernando Alonso tuviera un simulador de carreras de coches en su casa, algo que desconozco, pero que no me extrañaría. Sin embargo se volvió sospechoso tenerlo y más todavía la información de que "había archivos borrados". Ese detalle permitía construir historias, sin embargo no han ido más allá. Si hubiera algo en el simulador se habría sabido porque no es tan sencillo eliminar la información y si tu plan es hacer desaparecer un avión contigo dentro, no sé si te importa mucho lo que encuentren después en tu casa. El hecho de que se hubiera esmerado en el borrado de información podría indicar una cierta "voluntad", pero tampoco se ha insistido en ello.


El detalle de los "pasaportes robados· y los "iraníes" que los usaron también prometían inicialmente un línea por la que llegar a algún móvil criminal o terrorista en la desaparición. Pero nada hay más tonto que un acto terrorista que no tiene la más mínima reivindicación o señal indirecta que permita vincularlo a una causa política o religiosa. La inercia asociativa de la palabra "iraní" —es decir, los clichés que igualan "iraní" con "terrorista"— despertó sospechas que se descartaron en favor de la mera inmigración ilegal hacia Europa. Nada de nuevo. La línea de los pasaportes falsos y el secuestro o atentado terroristas tampoco prosperó.
La intensidad de la búsqueda, sin que haya posibilidad de salvamento de nadie pasado este tiempo, se debe a la extrema necesidad, en diferentes órdenes, de aclarar qué ha ocurrido. Es un vuelo que no puede acabar en la leyenda porque acaba con el mito de la seguridad, del control.
Puede que "no sepamos qué ha ocurrido". Pero sí sabemos las consecuencias de "no saber qué ha ocurrido" en este caso. Son tantos los elementos que han fallado que hasta los físicos se sienten en la obligación de explicar por qué, como hizo el 6 de abril el catedrático de Física Aplicada, Antonio Ruiz de Elvira, en su blog** del diario El País. Sin embargo, solo se nos explica su aspecto teórico, en el que el avión es un objeto situado a una altura determinada y el efecto de la curvatura de la tierra. Pero no se trata de un "objeto volante" sino de un avión con personas a los mandos y dentro. La pregunta no es "¿por qué pierden los radares a los aviones?", fácil de explicar en una pizarra, sino "¿por qué los que los tripulan no quieren ser encontrados?", pongamos por caso.


La tarea de explicar porqué lo que damos por supuesto que funciona no lo hace a veces es comprometida porque mucho del sentimiento de seguridad se basa en la creencia de que los demás tienen todo controlado y respuestas para todo. Cuando un tren entra en una curva a demasiada velocidad y descarrila, por ejemplo, comenzamos a conocer los detalles sobre el funcionamiento real, no solo lo que es la fuerza centrífuga. Comprendemos entonces que el mundo no es perfecto, que está lleno de descuidos y negligencias, de factores que no se habían tenido en cuenta, de automatismos mal programados o de fallos humanos, de inversiones deficientes o de llamadas en mal momento aunque sigan el protocolo. Nos gusta pensar que todo está controlado, pero no lo está. En la premiada película "Gravity" (Alfonso Cuarón 2013) en la nave Soyuz hay un icono ruso con un San Cristóbal y en la nave china la figura de un pequeño Buda, como si fuera los que se colocan en el salpicadero de los coches.


Nos dicen que de cada accidente se aprende para evitar que se produzca de nuevo. Vamos reduciendo las posibilidades de que ciertas cosas ocurran, las que han ocurrido ya o las que podamos imaginar. El vuelo MH370 ha abierto una serie de posibilidades o preguntas en cadena cuyo inicio desconocemos y, por tanto, no podemos reconstruir. 
Si ha sido un "fallo humano", los pilotos estarán siempre en las naves. Si ha sido un fallo de seguridad en el pasaje, los aviones se dedican al trasporte de pasajeros. Y si ha sido un fallo técnico, han tenido que ser muchos pues han vuelto al avión "silencioso" e "invisible" durante mucho tiempo. Aunque nos expliquen técnicamente porqué los radares pueden perder el contacto con un avión, no se nos explica porqué el avión perdió todos los contactos.
Ayer pudimos ver cómo Hillary Clinton lograba esquivar un zapato que le fue arrojado desde el público durante una intervención en un recinto cerrado y con seguridad. Podemos evitar que alguien introduzca un arma o un explosivo, pero no podemos evitar que alguien lance un zapato. Intentamos defendernos mediante el control de ciertas cosas, pero no podemos defendernos o evitar todas. 


La urgencia y angustia por encontrar al avión —sus restos o su totalidad de una pieza en el fondo del mar, si es que está ahí— es tratar de identificar ese "zapato" inesperado, camuflado, que ha logrado saltarse todos los controles sin ser detectado. Todos llevan zapatos; solo alguno tiene la intención de lanzarlo y eso está en su mente. Si hay una voluntad tras la desaparición, ha logrado burlarse de todos. Si ha sido el azar lo que ha hecho que se inicie una cadena de despropósitos, somos menos previsores de lo que pensamos y habrá que esmerarse.
Quizá logremos saber dónde están el avión y sus pasajeros y tripulación; incluso logremos saber si el caso pertenece a lo humano o a lo técnico. Pero puede que esas señales esperanzadoras se apaguen y se haga el silencio. Sin ellas todo se hará más difícil, aunque eso es suponer que ha habido algo fácil en este extraño caso. 
Si se descubre, todo parecerá sencillo, iluminado por la luz de la explicación coherente. Pero hasta ese momento solo queda seguir esperando, enfrentarse al silencio. Si es un crimen, hasta el momento, es el crimen perfecto; si es el resultado de fallo técnico sin detectar, es garrafal.



* "Las autoridades descartan que la quinta señal pertenezca al avión desaparecido" EcoDiario.es  11/04/2014 http://ecodiario.eleconomista.es/internacional/noticias/5699086/04/14/Las-autoridades-descartan-que-la-quinta-senal-pertenezca-al-avion-desaparecido.html

** "¿Por qué pierden los radares a los aviones?" Blog "El Porqué de las cosas" El País 6/04/2014 ¿Por qué pierden los radares a los aviones? http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elporquedelascosas/2014/04/06/por-que-pierden-los-radares-a-los.html




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