jueves, 10 de abril de 2014

El líder orgánico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su obra Sobre la violencia (1969), Hannah Arendt escribió refiriéndose a lo que consideraba como una peligrosa analogía orgánica del "poder" y la justificación de la violencia:

"That which stops growing begins to rot", goes a Russian saying from the entourage of Catherine the Great. Kings, we are told, were killed "not because of their tyranny but because of their weakness. The people erect scaffolds, not as the moral punishment of despotism, but as the biological penalty for weakness" (my italics). (74)

El peligro —se puede entender fácilmente— reside en la creencia en que la única forma de mantener el poder es un ejercicio creciente y expansivo. La idea de que el pueblo tolera mejor la tiranía que la debilidad, que es lo que Hannah Arendt trata de resaltar en esa parte de su ensayo, es efectivamente un principio político peligroso cuyas bases se encuentran en las analogías orgánicas. La debilidad, como en la naturaleza, se paga caro. El poder en la manada dura lo que duran las fuerzas para mantenerlo. Eliminar al poder débil es una necesidad para la supervivencia de todos.

Parece que el modelo orgánico se va imponiendo como estilo personal en la necesidad de mostrar una fortaleza que se traduce en el uso de la violencia. Se nos dice que Vladimir Putin tiene sus índice de popularidad por las nubes tras la anexión de Crimea y la amenaza de invadir otras partes de Ucrania. La cuestión por saber es si el modelo de toma de decisiones está en función del mantenimiento de esta imagen poderosa que se alimenta de gestos de fuerza o de violencia directa.
Las demostraciones de Rusia, la gran potencia que perdió la Guerra Fría, tienen unos dobles espectadores: los ciudadanos rusos deseosos de recobrar un "estatus" de "potencia mundial" y aquellos que deben reconocerlo desde el exterior. En este sentido, la diplomacia norteamericana, por boca del presidente Barack Obama, fue muy consciente del impacto de sus palabras cuando, tras la "invasión", denominó a Rusia "potencia regional". Me imagino que el presidente ruso acusaría el golpe en un primer momento y posteriormente tramaría su siguiente demostración de que eso no es verdad.
Las demostraciones de fuerza tienen la triple función de humillar a Ucrania, mostrar a los que puedan tener la tentación de imitarla lo que puede ocurrirles, y servir de refuerzo interior ante la posible oposición que tendrá que enfrentarse a su "prestigio". La cuestión es ¿cuánto tiempo puede durar este modelo y hasta dónde puede llegar?


Decir que lo que ha ocurrido en Crimea es un acto ajustado al Derecho internacional, cuando toda la comunidad internacional lo ha condenado con la excepción de Siria y Venezuela, otros países sometidos a dirigentes "orgánicos"; decir que las tropas armadas y enmascaradas no eran rusas, que Rusia no tenía idea de quiénes eran, etc., no son más que formas de ejercer esa violencia. Exigir a Ucrania el pago inmediato de la deuda del gas; subir el precio el 80% y, como se ha añadido ahora, que el pago se haga un mes por adelantado, son otras formas de ejercer esa fuerza descarada y ponerla a la vista de todos.

El modelo de poder que Vladimir Putin está desarrollando en Rusia tiene mucho de esa necesidad de mantenerse mediante demostraciones de "fuerza". Los países pueden mostrar su  fuerza de forma muy diferente, como pueden ser su poder industrial, investigador, etc. El modelo que Rusia ha elegido para construir su futuro es la violencia presente. Se ha podido ver en el aumento de la intransigencia interna, en el aumento del extremismo religioso y nacionalista, en la homofobia, en la forma mafiosa de gestionar sus empresas (como la subida del 80% del gas a Ucrania para presionar o las amenazas a Europa respecto al suministro), en las condenas a los que reclaman derechos, en el aumento de los exiliados opositores, en el denunciado control de la judicatura. Se puede percibir en el regreso de los símbolos imperiales e imperialistas, tanto zaristas como soviéticos.
En un mundo que trata de crear instituciones que corrijan los conflictos —aunque funcionen con mayor o menor eficacia—, Rusia ha decidido emprender un camino en el que no necesita del acuerdo sino de la intimidación; prefiere los gobiernos títeres o temerosos para mostrar esa "fuerza" orgánica que deriva en violencia como bien señalaba Hannah Arendt.

Si es preocupante en la Rusia de Putin por el peso del país, lo es también porque vemos que el modelo orgánico se reproduce o imita en diversos escenarios locales en los que el poder se manifiesta como violencia o como intransigencia. El diálogo y la capacidad de entendimiento, como virtudes políticas, se sustituyen por la exhibición de la "fuerza", por la amenaza o la agresión. El liderazgo se basa entonces en la exhibición de elementos autoritarios y emocionales de alcance imprevisible, pésima pedagogía que, como señalaba el dicho ruso invocado por Hannah Arendt, condena a crecer en violencia para que poder no se pudra y se perciba como debilidad por aquellos que quieren cada día más.


El mayor peligro de la situación ucraniana es la naturalidad con que se ha hecho, su envoltura de asunto meramente burocrático. La violencia puede surgir como una respuesta extrema a una situación determinada. Pero no es eso lo que ha ocurrido, sino todo lo contrario: la violencia ha actuado con la frialdad e indiferencia de lo burocrático, sin necesidad de estallar sino actuando de una forma absolutamente precisa y controlada. Ha sido una demostración de fuerza e indiferencia, que es también una forma de violencia sobre el otro, de desprecio.

¿Hay alguna salida a la situación ucraniana? Putin ha tomado Crimea sin necesidad de disparar un tiro, como demostración de su fuerza. No por ello deja de ser una acción extremadamente violenta. Está por ver si el gobierno de Kiev es capaz de poder hacer lo mismo para "recuperar" las zonas que quedan bajo control de los "prorrusos" de Putin. La jugada final de líder "orgánico" será convencer a los demás de que en el fondo él es un pacifista mientras que los demás son los violentos. Con unos argumentos u otros, lo peligroso es que Vladimir Putin necesite seguir avanzando para no mostrar esa debilidad que sería su fin. Los que hoy aplauden su cinismo y determinación; mañana pedirán su cabeza si les defrauda.
Hannah Arendt señaló que la violencia es irreversible y que siempre tiene consecuencias en el mismo sistema político. La violencia llama a la violencia. Puede seguirse su pista pero no se pueden prever todas sus consecuencias.


* ARENDT, Hannah (1970): On violence. http://es.scribd.com/doc/22343000/Arendt-On-Violence

Nota: hay traducción española en Alianza Editorial, CS 3434, pero el párrafo citado contiene un error de traducción.






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