domingo, 9 de marzo de 2014

El mundo es simple para los simples o la genética no lo explica todo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me tocó explicar en clase durante esta semana pasada el sentido del concepto de "reduccionismo" y de sus dos usos principales, aquel que permite explicar dos fenómenos que hasta el momento se entendían y consideraban separados mediante una sola explicación, y el sentido negativo, que en ocasiones se usa, cuando algo que es muy complejo se explica de forma recortada, dejando fuera elementos importantes, es decir, con una simplificación excesiva.
En el primer caso, la Ciencia avanza comprendiendo la unidad de fenómenos aparentemente distintos, pero que se revelan como caras de un mismo principio. Gracias a este tipo de práctica, los científicos "reducen" el número de leyes unificándolas y volviéndolas más eficaces. La existencia de una "teoría del todo" sería el sueño final que permitiría una explicación unificada.
La segunda acepción de "reduccionismo", en cambio, introduce el simplismo en lo complejo, se queda corto al explicar los fenómenos. Cuando se acusa a alguien de ser "reduccionista" se quiere decir con ello que la explicación que nos da es demasiado simple para un fenómeno tan complejo.

En el estudio de nuestro universo, hay un movimiento de la ciencia hacia la sencillez, un movimiento hacia la base de su creación. Después el mundo se va estructurando de forma más compleja hasta llegar a los fenómenos de creación y organización de la vida, en donde con el aumento de la organización se aumenta también en complejidad. Las explicaciones son, por tanto, menos sencillas, porque se van acumulando diferencias. Finalmente, cuando damos el salto de la vida a la organización social y de ahí a la cultura, como fenómeno que no solo observamos, sino en el que vivimos, en el que no somos distantes observadores neutrales, sino partícipes activos, criados, educados, implicados en el seno de las sociedades, la complejidad crece. Ya no podemos aspirar a lo simple, sino a tratar de comprender de la mejor manera posible lo complejo. A cualquier explicación simple, le desborda la complejidad real.

En el diario El Mundo me encuentro hoy con un artículo titulado "Una especie violenta por naturaleza". Y después se nos explica desde la entradilla: "Científicos españoles defienden en un ensayo que la agresividad humana como una tendencia biológica que no se puede erradicar" [sic]. Uno lee estas cosas y se queda muy preocupado, sobre todo porque, dicho así, no solo es reduccionista, sino que un porcentaje elevado de lectores no pasará del titular y se quedará con un principio "científico" más que añadir a sus creencias.
Desconozco el texto publicado, pero en el artículo se recurre a las explicaciones dadas por los científicos implicados en la obra. Espero que el reduccionismo periodístico no haya actuado más de la cuenta y trataré de centrarme en los entrecomillados. Los autores provienen del campo de la genética, un territorio generalmente mal leído desde los comportamientos sociales, del que algunos sacan consecuencias peligrosas, especialmente cuando explican conductas y comportamientos sociales tan amplios como es la violencia, concepto, por otro lado, cargado de amplios matices, es decir, formas de evaluarla diferentes marcadas por la Historia y los contextos culturales.
Tras contarnos la historia de por qué el investigador que actúa como portavoz de los autores no consiguió pasar de cinturón marrón en Taekwondo, la periodista que le entrevista indaga en las raíces de la Humanidad:

Quizá desde entonces se venía preguntando si el ser humano era una especie violenta por naturaleza y el ensayo que acaba de publicar, junto a otros cinco expertos la Universidad de Barcelona, tenga como fin responder de una vez por todas esa pregunta. De ahí que su título sea tan directo: ¿Somos una especie violenta? (Ube). ¿Lo somos? «Lo somos, sí. Somos una especie violenta por naturaleza. Por dos razones. Porque somos agresivos y porque somos creativos. Sin imaginación no seríamos violentos», contesta.
¿Por qué no lo seríamos? «La agresividad es algo que compartimos con el resto de animales. Es una emoción, como el amor o el miedo. No es buena ni mala. No tiene connotaciones morales o éticas, simplemente es parte del instinto de supervivencia. La violencia es otra cosa. Es una agresividad consciente. Es un hacer daño queriendo hacerlo. Y para eso hace falta imaginación. Creatividad. El ser creativo es capaz de relacionar dos cosas que no tienen una relación natural. Su deseo de imponerse con la forma de conseguirlo, por ejemplo. El hombre sabe que siendo agresivo puede conseguir algo», asegura Bueno, experto en la genética del desarrollo y neurociencia, y en su relación con el comportamiento humano.*


Dudo que, como esperaba la entrevistadora, podamos "responder de una vez por todas esa pregunta", forma también de reduccionismo periodístico y que cerraría las posibilidades a más entrevistas, una vez zanjada, sobre esta cuestión. Pero no, me temo que tendrá que seguir preguntando a expertos.
Lo que se plantea ahí desborda, muy ampliamente, lo que la genética pueda explicar sobre el comportamiento humano, individual y colectivo. La distinción entre "violencia" y "agresividad" es esencial, pero ambas dejan de ser emociones y se canalizan a través de las personas, grupos e instituciones, que también tienen un componente de violencia. Lo primero que habría que hacer —y no es sencillo— es definir la "violencia" y a esto se dedican, más allá de la genética, sociólogos, filósofos, juristas, etc., campos bastante más complejos que los de la genética.


Peligrosa me parece la interpretación de la "violencia" como "creatividad". Schumpeter definió la "innovación", que sería su forma de definir la "creatividad", en ciclos económicos de destrucción y creación. Su visión del mundo —es decir, su cultura— le llevó a concebirlo así; él se limitó a importar esa idea de otros campos. La palabra "creatividad" no puede ligarse a la "violencia" porque precisamente es la que permite huir de ella en muchas ocasiones. No hay ninguna ligadura específica entre ambos conceptos. Es más, la violencia suele ser la forma de evitar pensamientos creativos y suelen ser más bien destructivos. ¿No es creativo un pacifista? Se da por descontado en la expresión anterior que el camino hacia el objetivo que se desea es siempre la violencia, cosa absurda, pues es el más primitivo; el más elaborado y, por tanto, inteligente, es el diálogo y la cooperación, como superación de la violencia. Pero esos supuestos no entran en las explicaciones genéticas habituales que se mueven mejor con el resto de la naturaleza que sí actúa sobre la lucha como principio de supervivencia.


Decir que como la violencia es "agresividad consciente" ya por eso es "creativa" me parece un verdadero despropósito. La expresión "violencia irracional", que solemos usar a menudo, marca esa diferencia. Si la agresividad consciente es creativa, ¿qué lugar le queda a la "paz creativa"? Definir la violencia como "agresividad consciente" ya no tiene nada que ver con los expertos en genética, es puro discurso social y, si me apura, político sin filiación definida, ya que entra en lo que es el ámbito del "poder" y lo medios para conseguirlo.


Sorprende también la consideración del "amor" como una emoción, junto al "miedo". Confunden quizá el "amor" con la "sexualidad" como "reproducción", que es como confundir el simple alimentarse con la compleja gastronomía. Alimentarse es necesidad; cocinar es aspecto cultural, regulado, historia, diversidad. "Amar" es un hecho cultural; la forma en que se canaliza y se interpreta la sexualidad en cada cultura, cuyos usos, reglas y costumbres amatorias difieren grandemente. La sexualidad existe en la naturaleza, pero desde ese hecho común también ascendemos por las escalas de la complejidad según las especies. Ninguna tan compleja como la nuestra en nuestra concepción de lo amoroso. Hay culturas —hoy todavía— en las que el amor está separado del matrimonio y la reproducción; el matrimonio se acuerda por familias y no hay necesidad más que de dar hijos. Para reproducirse no hace falta "amor", una práctica cultural relativamente reciente.
Pero cuando uno se queda más sorprendido es en el final de la entrevista, después de especular sobre la cantidad de testosterona que deben tener las mujeres líderes en sus campos de trabajo, nos adentramos de nuevo en terrenos complejos:

Ligado a la idea del líder, otro apunte interesante del ensayo tiene que ver con el terrorismo. «Tendemos a pensar que el terrorista es alguien terriblemente malo y se ha comprobado que aquellos que se inmolan tienen, por el contrario, un exceso de empatía. Los que no son empáticos son los líderes, casi mesiánicos, que les convencen de que deben sacrificarse para favorecer a su grupo. Pero, ¿cómo alguien tan empático mata a otras personas que también sufren? Aquí es donde entra en juego otra vez la imaginación. Un león no puede desleonizar a otro león, pero un ser humano sí puede deshumanizar a otro. Podemos convertir a las personas en cosas. Es así como podemos torturar, por ejemplo», explica Bueno.
¿Y de qué manera podría acabarse con el terrorismo? «Deberíamos combatir el dogmatismo, y tratar de detectar a ese tipo de líderes mesiánicos, que son detectables ya de niños, y no reforzar su cerebro ya de por sí en exceso masculinizado, en el sentido en el que por encima de todas las cosas desean dominar al otro, sino tratar de gestionar ese exceso, a través de la educación», concluye.*


La diferencia entre el antiguo sabio y el moderno experto es que el sabio trataba de integrar conocimientos para explicar el mundo, mientras que el experto de hoy trata de explicar el mundo entero desde su campo. En este caso toca a la genética.
Desarmados por el descubrimiento, desde la genética, de que los terroristas no son terriblemente malos, sino confraternizadores empáticos, cambia nuestra visión del mundo y no sabemos qué hacer. De nuevo la complejidad del fenómeno del terrorismo —una nueva capa cultural que se superpone a la violencia— se nos queda reducido a la nada. ¿El descubrimiento es que los líderes de las organizaciones terroristas actúan por "odio" y sus sicarios por "amor" a ellos? ¿El descubrimiento es que hay terroristas que tienen unos niveles muy bajos de autoestima y que las organizaciones les compensan reforzándoles con sus ideales de entrega a la causa? ¿El descubrimiento es que los que se inmolan lo hacen porque creen ciegamente en su causa y líderes? Para este viaje, no hacen falta alforjas ni microscopio.
La propuesta de combatir el "dogmatismo" tampoco se debe a la genética. Aunque sí habrá que indagar en eso de detectar "líderes mesiánicos" entre los niños y no "reforzar su cerebro ya de por sí en exceso masculinizado".


La genética es un campo extraordinario, una de las fronteras actuales, junto con el cerebro y el espacio exterior. Pero sí la genética aspira a convertirse en la "filosofía primera", en la "física de partículas" del comportamiento humano, en la explicación de la Cultura, la Historia, etc., no vamos por buen camino porque se aplica la distinción entre las dos formas de reduccionismo con la que comenzábamos. Una cosa es comprender lo básico y otra desatender lo complejo. Cuando se dan ese salto del gen al comportamiento social o a la Cultura se está ejerciendo una gran violencia explicativa. Se va más allá de lo que se puede explicar. La palabra "ensayo" con la que se presenta el texto no deja de ser un nadar y guardar la ropa, una forma de cubrirse las espaldas.

No se puede decir que la "violencia" es "creativa", que el "terrorismo" es exceso de "empatía", que hay que desmasculinizar el cerebro de los líderes tras detectarlos en la infancia, que las mujeres con más testosterona llegan más lejos, etc. porque el mundo no cabe ni en una probeta ni en una pizarra ni en un refrán. Ni en libro. Tampoco en el titular de un periódico. Y lo malo es que hay gente que piensa que sí y ya se han hecho un mundo más clarito, sencillo, contable en dos tuits.


* "Una especie violenta por naturaleza" El Mundo 9/03/2014 http://www.elmundo.es/ciencia/2014/03/09/531a1f72e2704e30248b457a.html






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