martes, 18 de febrero de 2014

Quesos, bigotes y otras señas de identidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los isleños helvéticos son interrogados, una y otra vez, por el resto de la humanidad sobre qué supone ser "suizo" y por qué tienen que serlo aisladamente. ¡Tremendo error! Con dada una de las preguntas que se les hace, los suizos son un poco más suizos y quedan esculpidos por sus respuestas. Con cada intento de comprender su comportamiento, los suizos se parecen más a sus postales. El diario El País, que ha desplazado hasta aquel lugar una "enviada especial" para tratar de entender el fenómeno, nos dice:

Junto a un puente cerca del casco histórico los agricultores han instalado hoy sus puestos. Uno de ellos presenta un gran despliegue de quesos suizos. Lo regenta un hombre bigotudo que dice que aquí ya no hay quien se entienda con tanto extranjero y tanto idioma. “Somos un país pequeño, no cabemos todos”. Su discurso confirma que la clase política, al menos en Suiza, no puede ya gobernar al margen de los temores más o menos fundados de la población.*

¡Quesos y bigotes! ¡Terrible condena la de tener que distinguirse de todos! Antes con diferenciarse de los extracomunitarios era suficiente, pero ahora, ¡tener que hacerlo de todos! ¡Es demasiado! Si antes podían tener la tentación de sentirse diferentes, ahora lo han convertido en una obligación, casi en una condena. Nosotros, los difusos identitarios europeos, no logramos imaginarnos lo complicado que va a tener que ser para los suizos ser tan, tan diferentes.
Si existe un concepto huidizo es el de "identidad", extraña construcción virtual que vertemos para "identificarnos" ante nosotros mismos y ante los demás. Tenemos una identidad individual y una identidad social, muchas veces en contradicción la una con la otra, un quiero y no puedo. En la individual se concentran nuestros deseos de ser, que provienen de mimetismos y repulsas, que a su vez se conjugan con las colectivas, en las que entran en juego las pertenencias y rechazos con los extraños de fuera y los raros de dentro.
La identidad no "es" por sí misma, una esencia, sino el resultado de un juego de fuerzas que nos moldean como arcilla presionándola hasta tomar una forma apropiada, una entre las posibles. Azar y necesidad de la identidad.
Como conclusión final de un libro que ya hemos citado en alguna ocasión —La crisis de las identidades—, el autor, Claude Dubar, señala:

La antigua configuración ha entrado en crisis: no basta para definirse ni para definir a los otros, para orientarse, comprender el mundo y, sobre todo, proyectarse en el porvenir. (250)**


No nos guía nuestra identidad, sino el miedo a perderla, como les ha ocurrido a los suizos, porque ese ser como somos no quiere correr el riesgo de dejar de ser como es. ¡Un sin vivir! ¡Qué terrible tener que estar todo el día sintiendo que se es español o suizo o americano o egipcio por los cuatro costados! Los "cuatro costados" eran los cuatro abuelos que legitiman la pureza de la sangre, que garantizan que no se está contaminado por algo que nos haga dar un traspiés identitario. ¡Se es por los cuatro costados! Lo demás es impureza.
Es el miedo el que acaba definiendo la identidad, el miedo a enfrentarse a su propio cambio, motivo por el cual se obsesiona con un estatismo que clausura sus otras posibilidades de ser. Y las posibilidades ajenas son percibidas como peligros para la propia identidad, como contaminación, como presencia perturbadora.

Lo más grave de este fenómeno es que necesita imponerse a los demás por temor a perder su propia definición. La identidad pasa a ser una cuestión de poder y de coerción social. Por eso los que necesitan reforzar su identidad acaban en la xenofobia, en el racismo, en la exclusión, en cualquier fenómeno extremo que establezca líneas claras y distintas, cartesianas, del ser, en todo aquello que nos distinga radicalmente. Es el deseo de ser diferentes lo que nos hace diferentes; distinguirse es un esfuerzo.
Cuando sentimos peligrar nuestra identidad, la reforzamos a través de esas "señas", marcas de pertenencia intensificadas. Son los tatuajes de la banda, los signos que necesitamos exhibir, los colores de nuestro equipo, los bigotes suizos, el toro español en la bandera. Cuantos más, mejor; mayor apariencia de densidad identitaria.
Todo se hace peligroso cuando la identidad se basa en la amenaza. La identidad pasa a ser un exoesqueleto como el de los insectos, una rigidez externa que actúa como defensa de las partes blandas, amorfas.
Nos cuenta El País los casos de las buenas gentes temerosas de ser pisadas en sus propios espacios:

 “Nosotros vivimos bien y queremos quedarnos como estamos. Mire, si otros países en Europa pudieran votar, habrían votado lo mismo. Yo voté a favor de la iniciativa porque tenemos que tener el control de nuestro país. Necesitamos a la gente de fuera, pero los suizos también tenemos cerebro y educación. Además, los que vengan tienen que integrarse. Yo ya ni voy a Interlaken en verano porque está lleno de mujeres con velo”, plantea Marguerite Hofer, una pintora de arte abstracto de 70 años. Hofer no es una votante incondicional del UDC-SVP, pero como hicieron muchos otros suizos, les apoyó el domingo porque piensa que “en algunas cosas tienen mucha razón” y porque le convencieron las proyecciones de la supuesta avalancha de europeos de la que habla el alcalde.*


La señora Hofer, como buena pintora abstracta, no necesita entrar en detalles. Vive en ese difícil equilibrio entre la necesidad y el rechazo, entre el deseo de ser y el miedo a dejar de ser. En el fondo, lo que le da realmente miedo, como señala, es tener que necesitar a los demás. Nadie duda de que los suizos tengan "cerebro y educación", ¡faltaría más! De hecho, nadie duda de los suizos y algunos hasta los apoyan con la esperanza de poder ser tan "suizos" como ellos, pero en versión nacional propia. Lo que se le reprocha a Suiza es haberse echado atrás, querer los maletines pero no querer las maletas.
Ahora les toca a ellos, que son buenos receptores de fondos europeos, experimentar y debatir si esas avalanchas les perjudicaban o beneficiaban. Tendrán que echar mano del lápiz que tienen en la oreja y hacer números. Todos deseamos que la señora Hofer pueda ir tranquilamente este verano a Interlaken si disminuye el número de velos o cualquier otro elemento que perturbe su mirada y le haga dudar de sí misma.



* "Miedo al cambio en el paraíso alpino" El País 17/02/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/17/actualidad/1392635451_074720.html 
** Claude Dubar (2002). La crisis de las identidades. La interpretación de una mutación.  Edicions Bellaterra, Barcelona.






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