sábado, 22 de febrero de 2014

No hay paradoja en la desigualdad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País nos da cuenta de los resultados de un informe económico presentado en la República Dominicana y lo hace bajo un título muy expresivo: "Paradoja dominicana: crecen los ingresos pero también el número de pobres". El artículo comienza presentándonos la esencia de la paradoja:

Con un crecimiento económico que haría palidecer de envidia a algunos países desarrollados, la República Dominicana, padece sin embargo una paradoja que podría echar por tierra ese logro: pese a que el ingreso creció más de la mitad en la última década, el 40% de los dominicanos siguen siendo pobres.*

La pregunta sobre cómo un país que es cada vez más rico mantiene constantes sus niveles de pobreza no debería quizá presentarse como una paradoja económica sino como una cuestión "moral", más como algo que se relaciona con la voluntad de las personas, con los valores con los que estas deciden marcar sus rumbos y actuaciones que con leyes, ciclos o cualquier otro elemento que tienda a hacernos creer que es algo ajeno a nuestras acciones.

Puede que algunos interpreten el hecho de que haya objetivamente más riqueza pero que se mantengan (o aumenten) las desigualdades, es decir las distancias entre los ricos y los pobres como una especie de destino, de ley —genética o divina— que hace el rico y el pobre se vean siempre como el arco iris, a la misma distancia, algo que se mira pero a lo que no se llega.
Solo un enfoque ético, una perspectiva que presente la pobreza y la desigualdad como "problemas" que resolver y no como situaciones irremediables de la vida, puede hacer frente a esta cuestión. Se trata de querer, es una cuestión de voluntad general; se trata de decidir en qué país se quiere vivir y cómo han de hacerlo los que vendrán detrás de nosotros.
Creo que cada vez se más hace más evidente que ha habido una generación que renunció a esos principios de corrección de la pobreza y que aceptó vivir en una desigualdad creciente, que la aceptaba porque la desigualdad no es más que el trasvase de recursos en un solo sentido: todo va al mismo sitio, concentrándose la riqueza. Una riqueza, además, que no tiene límites, que tiene a su servicio una casta tecnócrata especializada en el diseño de mecanismos que favorezca el trasvase. El mundo es hoy un polvorín de desigualdades, en el que hay que recurrir con frecuencia a la fuerza —extra e intrafronteriza— para frenar las tensiones creadas por las desigualdades.


Durante una generación se han aceptado como válidos una serie de principios que consideran la desigualdad como un incentivo individual, eximiendo a los que lo practicaban del más mínimo resorte moral que pudiera reflejar un compromiso con los que le rodean. La crisis económica de estos años, se ha observado desde múltiples ángulos y posiciones, no habría sido la misma de no haber sido el reflejo del deterioro moral que llevó a la creación de burbujas, la eliminación de barreras protectoras para la seguridad del conjunto, y la colocación en puestos clave de personas sin compromiso social pero gran cantidad de intereses. La crisis económica ha afectado a la mayoría empobreciéndolos, mientras que los datos nos confirman constantemente que las grandes fortunas se han mantenido intactas o ha crecido, en ocasiones, considerablemente.
En su artículo, El País recoge la opinión de los realizadores del informe sobre esta situación del República Dominicana:

Según sus autores, la débil conexión entre crecimiento y equidad tiene culpables muy claros:
  • Los sectores que más han contribuido al crecimiento (turismo, zonas francas, telecomunicación y servicios financieros) no han creado un número substancial de nuevos empleos.
  • El recaudo fiscal es el segundo más bajo Latinoamérica después de Guatemala. La tributación y el gasto público no son lo suficientemente progresivos y las rigidices en el presupuesto impiden canalizar más recursos a sectores sociales básicos.
  • Las instituciones públicas no proveen bienes y servicios básicos de calidad –en educación, salud, agua y electricidad– que ayuden a ampliar las oportunidades económicas, elevar la movilidad económica y proteger a la población pobre y vulnerable.*


Cada elemento tiene su incidencia, los tres juntos nos muestran el efecto devastador que tiene sobre la población, ya que eso que llamamos "la economía", en cambio, se ha mantenido dentro de una cifras de gran "crecimiento". Esto nos revela la gran falacia del uso de términos que reflejan una ilusoria realidad positiva mientras que nos encontramos lo contrario en las calles. Pero es esa clase tecnócrata de administradores, mediadores de intereses, la que tiene entres sus funciones realizar este tipo de operaciones semánticas, además de las económicas. Son esos conceptos los que se usan de forma general para encubrir la desigualdad, por lo que luego saltará desde las estadísticas encubridoras a las explosiones sociales.

El primero de los puntos señalados nos revela que la obtención de beneficios no se traduce en creación de puestos de trabajo, sino al contrario. Es la desigualdad la que garantiza mayores beneficios al endurecer las condiciones laborales. El beneficio obtenido se desvía posteriormente a mecanismos e inversiones más rentables que la inversión en trabajo, tanto en cantidad como en calidad. Si se les pone algún problema, amenazan, como el Presidente de Iberdrola —al que le han llovido críticas por su descaro desde todas partes—, con hacer sus inversiones fuera del país y sentirse "británico" o lo que haga falta. El capital no invierte allí donde se le necesita, sino allí donde puede obtener un mayor beneficio. Su objetivo no es la creación de puestos de trabajo, sino tener los justos para que el beneficio sea el mayor. El modelo turístico predominante, tal como ya sabemos, tiene sus propias características que no son las mejores para la reducción de la desigualdad: empleo precario, estacional y mal pagado. Se puede añadir que vinculado con el turismo está el encarecimiento del coste de la vida y la especulación inmobiliaria, además del efecto "enfermedad holandesa", que hunde otros sectores que podrían desarrollarse al obtenerse mejores ingresos (los que lo ingresan) por el turismo que por el sector industrial, que requiere otros planteamientos más complejos. Nada que no conozcamos aquí o se pueda ver en muchos otros lugares. Paraísos turísticos para el que llega, empeoramiento de las condiciones para la mayoría de los que trabajan allí. Como nos dicen, para ese 40% de dominicanos que siguen siendo pobres, el turismo que les rodea es como una bonita postal.


El segundo punto tiene ya que ver con la conexión política. Es en el diseño del sistema fiscal donde se aprecia la voluntad política. Pero la voluntad política se encuentra con que carece de mecanismos de presión suficiente, que existe una gran movilidad del capital, por lo que no solo no presiona, sino que es presionada a la baja y mediante "estímulos" que acaban volviéndose ruinosos para el estado y sangrante para los ciudadanos. El "caso de las renovables españolas" tiene parte de este mismo ciclo: hay que ofrecer mucho, la oferta se vuelve contra ti y llega la amenaza y la demanda. Ya al único que se le exige el riesgo es al trabajador; los inversores exigen garantías fiscales. La presión fiscal se canaliza hacia aquellos que no pueden librarse de ella y sobre las rentas menores. La fiscalidad de las grandes empresas es irrisoria, como nos señalan periódicamente, mientras que se le aumenta a los demás, que padecen bajadas de sueldos y recortes sociales.
La tercera causa tiene que ver también con la codicia. Para los depredadores económicos el Estado no debe gastar en todo aquello no vaya a sus cuentas bancarias. El estado debe desaparecer como competencia asistencial en educación o sanidad, o en los grandes sectores que se privatizan. Con eso consiguen imponer la "forma mercado" en elementos determinantes en la creación de desigualdades.


El ejemplo de República Dominicana se puede extrapolar a casi cualquier terreno en el que crezca la desigualdad porque no se trata de un mal local, sino de una falta de voluntad general. Hay países en los que esos elementos reductores de la desigualdad no han existido nunca; en ellos se carece de los recursos suficientes como para poder ponerlos en marcha. Ni recursos ni voluntad, en ocasiones. El capital se mueve pero siempre en la misma dirección. En otros países se desmantelan si existían ya. Es aquí en donde se genera un nuevo tipo de tensión, como estamos viviendo en nuestras propias carnes.
La desigualdad creciente es una forma de injusticia. A muchos les dará igual. Pero el aumento de la violencia y de la inestabilidad se traduce en crisis sociales cuyo calado va siendo más profundo y va en aumento. La desigualdad no es una cuestión de "números". Eso nos muestra lo primario de los razonamientos economicistas. Afecta a la relaciones sociales y a la convivencia, genera conflictos que estallan por las vías más inesperadas. Las críticas a las consecuencias sociales de los planes de ajuste que los organismos internacionales están aplicando a países con una gran desigualdad son adecuadas por más que sus interpretaciones tengan que ser forzosamente intuitivas. Pero intuición no significa fantasía. No toda la realidad cabe en los números.


No, no hay paradoja en la desigualdad. Es el resultado de nuestras acciones, cubiertas y descubiertas. Solo puede plantearse así por parte de quien tenga interés en que no se le haga responsable. Se permite crear riqueza a algunos, pero no se crean los mecanismos para redistribuirla directa o indirectamente. Eso no es una paradoja, es una desvergüenza.


* "Paradoja dominicana: crecen los ingresos pero también el número de pobres" El País 21/02/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/21/actualidad/1392995998_802435.html


 

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