viernes, 21 de febrero de 2014

La rigidez de la norma o suda y calla

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando las normas se vuelve tan estrictas que dejan de tener racionalidad, la justicia llega al absurdo. Y cuando la justicia llega al absurdo, deja de ser "justicia". Cuando los propios jueces señalan que tienen que aplicar lo que no harían si no fueran jueces, además de absurda se vuelve tiránica y maquinal porque podría aplicarlo cualquier dispositivo sin necesidad de participación humana. Hasta podría aplicarla un perro entrenado por Paulov a golpe de silbato.
Nos hartamos entonces de decir que la "ley es igual para todos" y otras similares que lo único que hacen es adornar con una sandez el absurdo, porque precisamente lo humano de las leyes es saber distinguir una cosa de otra. Lo humano es precisamente comprender la diferencia entre dos casos y no hacerlo es deshumanizarla.
Si hay una norma que han convertido en maldición legal es la de la exhibición de mensajes las prendas deportivas o debajo de ellas, convertidas en palimpsestos reivindicativos. El argumento es que habría que entrar a valorar el sentido de los mensajes y el espacio deportivo no se considera un lugar de mensajes aunque todo él lo sea, convertido en el mayor espectáculo del mundo. Sería más apropiado decir que es el lugar donde los mensajes están ya vendidos todos. Lo que se sanciona no es el mensaje que hay debajo de la camiseta, sino la ocultación parcial y temporal del mensaje prioritario, el del patrocinador que ha pagado para que esos jugadores sean la imagen de su producto o servicio. No hay problema en patrocinar, por ejemplo, aerolíneas de lugares en los que encarcelan a uno por discrepar un poquito, te lapidan o te cortan partes del cuerpo. Pero no que se te ocurra hacer desaparecer esos mensajes tras marcar un gol porque caerá sobre ti la inhumanidad de la norma que sanciona tu ocultación disfrazándola de exhibición de mensaje no patrocinados.
Eso es lo que nos cuenta el diario El País:

Hubo varios “pequeñines” enfermos que lo vieron desde la grada. Pasa el sábado. Jona marca para el Jaén. No se pone a vociferar insultos. No le levanta el dedo a la afición contraria ni le pregunta por la familia al portero rival. Su gesto es de los que reconcilian a cualquiera con el mundo: se levanta la camiseta para dejar que aparezca otra en la que se lee Ánimo pequeñines sobre el hashtag tuitero Día Mundial contra el Cáncer Infantil. Entre el público hay espectadores que sienten eso muy dentro, porque andan pachuchos, a la espera del transplante de médula. Chavales que seguramente abren los ojos cuando se enteran de la noticia. El Comité de Competición sanciona al futbolista con 2.000 euros. Ha infringido la norma que prohíbe cualquier tipo de mensaje en las camisetas desde 2002, por aquello de impedir el proselitismo religioso, la propaganda política o el enaltecimiento de terroristas. Jona es castigado como Messi cuando le felicitó el cumpleaños a su madre, en 2011. La norma es rígida. No entiende de excepciones. Da igual que el futbolista ensalce a un asesino, que recuerde a un amigo muerto o que le haga un guiño a la novia. Esta ley no se adapta. O estás dentro o estás fuera. Sin multa o con multa. Hasta ahora.* 


Nos dicen en el artículo que los propios jueces se siente poco menos que avergonzados. Saben que forman parte de una pantomima, que un juez que se limita a aplicar mecánicamente una norma no es un "juez", que juzgar es otra cosa. Es todo tan ridículo y vergonzoso que hasta, por salvar la cara o la conciencia, hablan de establecer algún tipo de dispensa —"puerta" dicen— para este tipo de "casos".
El País tiene el atino informativo de ofrecernos un ladillo con las tres variantes existentes sobre esa normativa:
  • Código de la Federación española.“El futbolista que, con ocasión de haber conseguido un gol (...), alce su camiseta y exhiba cualquiera clase de publicidad, lema, leyenda, siglas, anagramas o dibujos, sean los que fueren sus contenidos o la finalidad de la acción, será sancionado, como autor de una falta grave, con multa en cuantía de 2.000 a 3.000 euros y amonestación.
  • Reglamento FIFA.“(...) El equipamiento básico reglamentario no podrá contener frases de motivos religiosos, políticos o personales”.
  • Carta Olímpica. “No está permitida ninguna clase de propaganda política, religiosa o racial en el recinto olímpico, los estadios y otras áreas”.


¡Qué precisión la española! ¡Qué pieza detallada y precisa que reduce la libertad del juez a la oscilación entre 2.000 y 3.000 euros de la sanción! ¡Qué magnífico canto a la libertad humana!
La norma española —en el artículo algunos dicen que es "imprecisa y general" para disculparse— contiene algo que las otras dos no tienen: la precisión del momento del gol. Esto es indicativo de que no son las causas lo que les preocupan sino el protagonismo comunicativo que el patrocinador pierde en el momento de la celebración, aquel en el que dejan de ser veintidós jugadores y solo existe uno, el goleador. Lo que la norma sanciona realmente es que ese momento, que será repetido por cientos de televisiones de todo el mundo o solo por la local, según la categoría del partido, se vea canalizado hacia causas diferentes de la más noble del inversor. Los futbolistas, como otros deportistas, no son más que vallas publicitarias andantes. En algún momento imprevisto, uno de ellos destaca por su gol. Y las miradas se concentrarán en ellos, las cámaras se dispararán y todo verán en su frente el glorioso logotipo del patrocinador o el nombre de la marca. No, la norma española es la más clarita, la que mejor deja claro de qué se trata en esta cuestión. Y no la cambiarán porque los anunciantes —ahora que está de moda por las renovables— exigirán "seguridad jurídica" y "estabilidad". No estarán dispuestos a que alguien decida que el cáncer infantil es una causa más noble que su marca, que ellos pagan el deporte y mandan.


Esta misma mañana escucho en Euronews que el Comité Olímpico no ha permitido que los olimpistas ucranianos luzcan brazaletes negros, en señal de duelo, por sus compatriotas muertos. Prefieren el minuto de silencio. Todo por salvar la pulcritud de las prendas, su aséptica neutralidad —¿por qué no indiferencia?— ante lo que el participante pueda sentir sea una guerra, un terremoto, una explosión nuclear, o muertes en la plaza de tu ciudad.
La retórica del deporte está en manos de cobardes gestores para los que la llamada al silencio es el único recurso aceptable. Puedes entender que se trate de evitar incidentes o enfrentamientos, provocaciones, pero es incomprensible que se sancione a alguien por mostrar su aliento a unos niños enfermos de cáncer en el Día Mundial del Cáncer infantil. La conversión del deporte en puro negocio en manos de negociantes tiene estas consecuencias. No hay excusa.
El País cierra la noticia —llena de jeremiadas de los responsables que buscan librarse de la vergüenza del caso— con muestras de indignación:

Carmen Flores, presidenta de la Asociación Defensor del Paciente, envió ayer al ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, una carta que reclamaba “la destitución inmediata” del Comité de Competición que impuso una multa “impresentable”, “vergonzosa” y “falta de humanidad y de respeto a los niños que padecen cáncer”. “El único delito es dar ánimo a estos pacientes que luchan por su vida”.
Vino a pedir lo siguiente: que el sentido común esté por encima de la norma, y no al contrario.


El deporte, que siempre se presenta como espejo de virtudes, lo es también de las miserias que nos aquejan. No sé si los miembros del Comité sancionador tenían libertad para hacer ver que no son meros comparsas de una norma blindada, pero quizá hubieran podido recomendar en su acta que el importe de la sanción fuera a alguna fundación de ayuda a los enfermos del cáncer infantil, incluso haberse presentado en la rueda de prensa informativa con camisetas de apoyo a los niños. Serían formas de reconocer que también son víctimas del absurdo pero que al menos no les han arrancado otras virtudes humanas.


* "La norma por encima del sentido común" El País 20/02/2014 http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/20/actualidad/1392928254_389872.html





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