lunes, 10 de febrero de 2014

El movimiento suizo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los resultados del referéndum en Suiza sobre las restricciones de trabajadores de la UE no es una buena noticia para Europa. Ni tan siquiera lo es para Suiza, aunque ellos no lo sepan. Esta vez no son los inmigrantes extracomunitarios los que son rechazados en las fronteras haciéndoles ver que Europa, como "paraíso", está cerrada para ellos. Esta vez, por el contrario, es a los habitantes del paraíso a los que se les niega la entrada en ese otro paraíso donde no hay restricciones al dinero, pero sí a las personas. Veremos ahora si Suiza (y sus buenos clientes europeos) logra frenar las consecuencias que la revisión del acuerdo bilateral tendrá inevitablemente para todos. El presidente del Parlamento europeo, Martin Schulz, ya se ha manifestado pidiendo "consecuencias".

Lo peor del caso no es la cuestión suiza en sí, sino el ejemplo que para el discurso antieuropeo supondrá de cara a las próximas y decisivas elecciones en la Unión. Los suizos tienen sus reflejos especulares en los euroescépticos o simples antieuropeos, cuyo interés principal es el cierre de fronteras. El resultado ajustado del referéndum —apenas unas décimas sobre el cincuenta por ciento— no esconde el mensaje populista y de rechazo que ha prendido entre los suizos.
Lo interesante del caso suizo es que prácticamente todas las fuerzas políticas y sociales estaban a favor del "no" por motivos esencialmente económicos, que es un lenguaje que los suizos deberían entender muy bien y que, sin embargo, no ha sido decisivo o lo ha sido en otro tipo de aritmética, la emocional primaria.
Desde el Reino Unido, uno de los feudos tradicionales de los euroescépticos, el editor para Europa de la BBC, Gavin Hewitt, lo interpreta como un "desafío" a la Unión. La propia BBC resume su planteamiento:

Los suizos mostraron no tener miedo a los fatales pronósticos de quienes defendían el no este domingo, grupo que engloba al gobierno suizo, la mayor parte de los partidos políticos, el empresariado y los sindicatos.
Para ellos, la libre circulación es clave para el éxito de la economía de Suiza, al permitir que los empleadores elijan a personal cualificado de toda Europa.
Por su parte, los argumentos que esgrimieron los defensores del sí bien podían haberse escuchado en muchos otros países europeos.
Los partidarios del sistema de cuotas alegan que los trabajadores procedentes de la UE son en ocasiones un obstáculo para los trabajadores suizos. Dicen que la llegada de extranjeros ha hecho subir el precio de los alquileres, ha bajado los salarios y ha supuesto mayor presión para los sistemas de salud y educación.
Sin embargo, la economía del país centroeuropeo está en un momento boyante, el desempleo no llega al 4% y los empresarios consideran que la entrada en vigor del acuerdo con la UE tuvo un impacto positivo en el mercado laboral suizo puesto que reforzó los controles y garantías para todos los trabajadores.
"Al final", observa el periodista Hewitt, en un país que vio llegar a cerca de 80.000 extranjeros el año pasado, "el voto reflejó el temor a que Suiza pueda perder su identidad".*


Que la reacción antiinmigración se produzca cuando la economía suiza es "boyante", por usar el término de Hewitt, no deja de llamar la atención y nos hace ver que no es meramente una cuestión económica lo que ha decidido a un poco más de la mitad de los votantes suizos a marcar con un "sí" sus papeletas en el referéndum. La cuestión de la "identidad" es también relativa, pues la identidad suiza es un tanto extraña entre "cantones" y finanzas internacionales.
Sin embargo, en el mundo político no se trabaja necesariamente con verdades sino con temores, con elementos irracionales. No se trata de lo que ocurre en Suiza, sino de lo que los suizos creen que les ocurre o les pueda pasar en el futuro. A los argumentos sobre la utilidad para la economía del país de que llegue mano de obra cualificada y en la abundancia suficiente como para que los precios de las ofertas bajen, se pueden contraponer muchos miedos que es fácil introducir con los discursos adecuados. Y esos discursos "adecuados" están recorriendo la propia Europa. Quizá los suizos quieran experimentar por sí mismo si esto trae consecuencias para su nivel de vida que tan cuidadosamente cuidan desde siempre.
La restricción de la libre circulación, de hecho, no es solo una cuestión de inmigración y trabajo, sino de actitud hacia Europa. Con ello, Suiza se distancia del mundo que la rodea y sus montañas son un poco más altas que ayer, antes de que se cerraran los colegios electorales.


La reacción con Suiza debe ser los suficientemente ejemplar como para que ella misma no sirva de ejemplo para crear más problemas a Europa en su propio seno. Lo absurdo —y el peor mensaje— es que Suiza sacara la consecuencia de que esto le trae solo beneficios, que no tuvieran nada en el otro platillo de la balanza. El mensaje debe ir al resto de los grupos europeos que están abogando por algo similar "dentro" de la propia Unión, por cerrar fronteras.
El centro del problema no es la inmigración, que es solo una consecuencia. El problema real es la existencia de desajustes y desequilibrios entre los países miembros de la Unión. La emigración se produce, precisamente, por la falta de equilibrio en el crecimiento de los países, que hace que se produzcan esos movimientos de zonas que quedan desindustrializadas o sin apoyo a su crecimiento. Pero los suizos no se han limitado a la cuestión de las cotas, que ya sería romper el acuerdo con la Unión Europea. Señala la BBC:
El sí de este domingo no sólo impone un sistema que limita la cantidad de trabajadores europeos que puede entrar al país. También habrá restricciones al derecho de reagrupación familiar de los extranjeros y en el acceso a los servicios sociales. Las empresas tendrán que darle prioridad a los suizos a la hora de contratar personal. Habrá una nueva cláusula en la Constitución que constate que la migración debe servir al interés económico de la nación.*


Suiza no es miembro de la Unión y puede establecer este tipo de cuestiones sobre su propio territorio; allá ellos. A los suizos nunca les han importado demasiado las críticas del resto del mundo a su métodos y forma de ganarse la vida. Lo que le debe quedar bien claro es que si quiere gozar de privilegios en la Unión Europea respecto a otros países, ha elegido ella misma el camino de distanciarse. Suiza es más "Suiza" y perfila su "identidad", que no quiere perder. Lo que ha perdido con el referéndum es su "identidad europea" y por voluntad propia. Si Suiza solo obtiene ventajas de lo que ha aprobado y la Unión, que es la afectada expresamente —esto se ha hecho para los ciudadanos comunitarios— no toma medidas, habrá comenzado un movimiento con un efecto dominó imprevisible en sus consecuencias. En especial a unos meses de unas elecciones europeas que necesitan de una confirmación de la voluntad común.
En las elecciones se va a utilizar el ejemplo suizo por parte de los que quieren una Europa en la que no se puedan mover las personas, pero sí los capitales. Eso significa que se crean grandes bolsas de pobreza, como las que estamos viendo a nuestro alrededor, pero que no se permite a las personas defenderse de ellas mediante los desplazamientos.
En los inicios del capitalismo moderno en Inglaterra, se derogaron las leyes que vinculaban a los pobres con las parroquias, instituciones que gestionaban la caridad. Los pobres, en sus zonas, no podían desplazarse a las fábricas donde los necesitaban. Al derogarse las leyes, las fábricas tuvieron su personal barato, por aumento de la oferta laboral, y las parroquias tuvieron que gastar menos dinero al descender el número de pobres en sus zonas porque emigraban a las ciudades. Las ciudades se convirtieron en centros de hacinamiento y muchas zonas quedaron despobladas, sin desarrollo alguno. Si los países no crecen armónicamente se corre el riesgo de que esa sea la situación, un flujo humano desde donde no hay trabajo hasta donde lo hay. Es el desequilibrio lo que produce las migraciones. Lo que está por ver es si las políticas de la Unión —y las internas de los países— se comportan realmente desde una perspectiva social que incluya el desarrollo de todos sus territorios y no un crecimiento descompensado e insolidario que cree este tipo de situaciones.
Que Suiza sea Suiza no es preocupante. Que los europeos imitemos a los suizos sí lo es, porque Suiza no ha sido nunca el modelo que imitar, sino lo contrario. Muestran la misma solidaridad con el mundo que han mostrado siempre.
Hace muchos años, en otro de esos movimientos contra la emigración, nuestra televisión realizó un reportaje sobre los españoles y otros extranjeros que iban a trabajar a Suiza. No se me olvidará nunca la respuesta de una educada entrevistada suiza sobre qué le molestaba de los inmigrantes: el olor a ajo de sus cocinas. Supongo que eso entraría dentro de la "identidad". Me imagino que aquella contaminación del aire puro de sus montañas era una ofensa para sus sensibles narices.

La emigración no es una panacea para la Unión. Defenderla es una cuestión de principios. Se presenta como "libre circulación", "espacio Schengen", etc., en el fondo son eufemismos para esconder la realidad del desequilibrio que se produce por la insolidaridad de los que crecen aprovechando los beneficios de la Unión, pero se muestran reacios a asumir sus consecuencias y costes. Se exprimen zonas enteras y luego se considera apestados a sus habitantes, que se deben quedar allí, en la miseria.
Se emigra porque no hay trabajo donde tú estás. En esta extraña realidad que hemos creado, para emigrar ya no hace falta "ser pobre", basta con ser "físico" o "químico" o "ingeniero". Basta con que alguien decida que no es rentable una fábrica o que sí lo es pero puede tener mejor tratamiento fiscal veinte kilómetros más allá. Europa debe pensar en esto porque será decisivo para su futuro. De esto viven los euroescépticos, de estas contradicciones en el desarrollo de la Unión.


Entre los grandes pecados políticos que vemos cada día está el de la falta de oportunidades que te obliguen a tener que coger una maleta y salir de tu país. Por eso es indignante cuando un político sale hablando de las "oportunidades fuera", que no es más que una forma de cubrir retóricamente su inutilidad para generar puestos de trabajo en su propio espacio. Para algunos será una aventura deseable y loable, pero para otros es el triste fin de un proceso de angustia que cambia de espacio y que, si va a Suiza, por ejemplo, le hará parecer como un criminal ante los excitados ojos de aquellos que creen que ha venido a robarles. Los suizos no son los únicos en esto, solo los más descarados.
Los datos nos muestran que en los años 60 y 70, los españoles fueron a Suiza en primer lugar. Suiza, hoy, está más lejos. Hasta sus preciosas cumbres dejará de ascender ese olor a ajo que tanto les molesta a algunos. Y ahora Europa mueve ficha. Está bien que de vez en cuando experimentemos lo que se siente cuando no te dejan pasar una frontera.


* "¿Qué mensaje le envía Suiza a Europa al restringir la inmigración?" BBC 10/02/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/02/140209_limites_entrada_de_trabajadores_europeos_en_suiza_bd.shtml





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