jueves, 27 de febrero de 2014

Cambios

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En 2011 el mundo cambió. En el resumen de aquel año —que fue en el que comenzó este blog— escribí algo que me ha venido muchas veces a la cabeza: no es el año de las protestas; es el año en que se empezó a protestar. De forma irónica titulé la entrada "El año demo"; me parecía un anticipo de lo que llegaría. Creo que los acontecimientos que se han vivido desde entonces permiten pensar que no iba demasiado desencaminado, que efectivamente aquel año en el que comenzaron las protestas en ciudades del norte de África, en Madrid, en Grecia, no eran más que las señales de un cambio global en la forma de entender la política y el poder. Mientras algunos siguen pensando en el poder en términos gastados, los sociólogos, ensayistas, etc., advierten que el mundo está cambiando. Digitales, encuadernados o en pancartas, las palabras del cambio circulan globalmente.
La crisis económica ha acelerado la situación y ha cambiado las reglas del juego; ha dejado al descubierto en su crudeza y descaro las estructuras resultantes de las combinaciones de los poderes de la política con los de la economía, hasta unos niveles desconocidos, por la globalización. Se estudia los efectos de la globalización económica, pero no tanto la globalización de las actitudes que provoca. 
La salida de las informaciones sobre lo que ocurre en los entresijos del poder —la conexión perversa entre unas castas políticas profesionalizadas, que rotan en el poder, y unas fuerzas económicas, financieras, que van desmantelando los estados— tiene su efecto. El crecimiento de la desigualdad y el desmantelamiento de los estados tiene sus consecuencias, dentro y fuera. Ya hay una "internacional" del rechazo.


Los escándalos de Erdogan, de sus ministros y sus familias, lanzan a la calles a los turcos que protestan ante lo que van sabiendo. En Ucrania, los que han derribado a Víktor Yanukóvich han dejado las piedras para armarse con secadores de aire para recuperar los documentos que el desaparecido ex presidente había lanzado al lago artificial de su mansión lujosa para evitar que llegaran a manos peligrosas para él. Miles de papeles, documentos y facturas que los ucranianos —que saben cómo se las gastan algunos— están colgado directamente de la red antes de que ocurra algo con ellos.

Ucrania ha pasado de la corrupción soviética a la propia, encarnada por los mismos que sirvieron a los intereses anteriores. Rusia es Rusia, con hoces y martillos o con los aros olímpicos de Sochi, "atea" o "santa". Probablemente ha sido Sochi, como ya señalamos el otro día, lo que ha salvado de una reacción rusa más contundente e inmediata. Pero Putin estaba a lo que estaba, y no quería que lo que no habían conseguido estropearle los islamistas con sus amenazas terroristas se lo estropearan al final los ucranianos.
Las declaraciones de muchos de los ucranianos que han aguantado tiros, golpes y heladas han sido que no quieren a la clase política que les ha gobernado hasta el momento; quieren renovación, no solo caras nuevas. No querían cambio de gobierno, quieren otra forma de gobierno, honestidad y compromiso con el pueblo, que es quien ha padecido las crisis provocada por la falta de interés y de vergüenza.

Lo que la gente pide en muchas partes del mundo es otra forma de enfocar y realizar la política. El prestigio de gobernantes recién elegidos en países de tradición democrática —pensemos en el caso de Hollande, incuso de Obama en sus horas más bajas— cae en picado. Hay una frustración creciente respecto al poder; ya no se aguanta tanto. Esto ya no es una cuestión que ataña solo a las "dictaduras". Ahora se ha extendido a las democracias, escenarios de protestas y revueltas, tal como ocurría antes en la dictaduras. El descontento ante el autoritarismo se daba por supuesto, se manifestara o no. Pero en las democracias aumenta el autoritarismo como respuesta física o legal contra el descontento por la forma de gobernar de espaldas a los intereses comunes. Así se percibe, sea justo o no. Y eso produce una erosión, una desconfianza y un desengaño.
Estos cambios que se exigen se centran en la necesidad de transparencia y honestidad,  del alejamiento de la retórica fácil y engañosa a que se nos tiene acostumbrados. Pide que se trabaje realmente para ellos y que no se contemplen los países como fábricas, que se piense en los países como comunidades, como grupos humanos en los que la emigración o el desempleo representan un fracaso del sistema y no un defecto de las personas.


Los políticos siguen pensando que estas protestas son simples consecuencias de los "ciclos", que cuando llegue la bonanza la gente se dedicará a sus cosas y ellos podrán seguir como siempre. Creo que se equivocan. Las protestas en países como Brasil desentendiéndose, hartos, de tanto estadio de fútbol y carnaval, y la exigencia de que se inviertan esas cantidades escandalosas en escuelas y servicios sociales, es una demanda contagiosa. Es un rechazo del doble modelo de la política-espectáculo y la política-negocio, las dos caras que se han ido construyendo con el tiempo. La gente ha empezado a sentirse soberana y exige decidir, que se cumplan promesas y compromisos. Ha dejado su pasividad y se moviliza. Tiene ante sí herramientas y ejemplos. El descrédito de la clase política va en aumento y eso es responsabilidad exclusivamente suya, provocada por sus dependencias, escándalos e ineficacia.
La visibilidad de las protestas es mayor, la capacidad de organización crece. Como respuestas unos dan tímidos cambios y otros aumentan la represión aprobando leyes más restrictivas de las libertades que —como en Turquía— causan más disturbios o que —como en Ucrania— acaban con las caídas de los gobiernos.


Se mire por donde se mire, todo ha cambiado, está cambiando. La cuestión ahora es si se van a buscar fórmulas nuevas que realmente hagan sentirse a los ciudadanos como tales y no como seres fabriles o votantes comparsas. En estos movimientos afloran los nuevos demagogos que llegan con viejas propuestas tras nuevas sonrisas. Nada más fácil de seducir que el descontento. Eso es preocupante.

Los primeros diez minutos del noticiario que vi a las seis de la mañana mostraban, en partes muy distantes del mundo, gente irritada, profundamente irritada. Todas manifestaban su disgusto por la forma en que se hace política en sus países. Todas piden cambios. Luego, llegaron los deportes.










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