sábado, 25 de enero de 2014

La revolución egipcia, tres años después

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En un día como hoy, 25 de enero de hace tres años, Egipto comenzó una incierta andadura hacia un futuro difuso, poco concreto. Más que avanzar hacia algo, podría decirse que simplemente se huía de algo, de un estancamiento social, económico, político y cultural al que el sucesor del presidente asesinado Anwar El Sadat había llevado al país después de treinta años de gobierno en el que la corrupción se había instalado como una forma natural de vida. Los hábitos autoritarios y corruptos, fiel reflejo de la cabecera del país, se mostraban allí donde podían. La corrupción egipcia no era solo la de Hosni Mubarak o sus familiares; era un cáncer social que llegaba a todas partes.
El estallido de la revolución fue el resultado de la presión sobre una sociedad que se sentía abandonada, cuyo aspiración era que el presidente desapareciera y que todavía pocos meses antes se preguntaba si sería un Mubarak envejecido quien seguiría gobernando o lo haría su hijo Gamal. Esas eran todas las esperanzas de cambio que los que tenían alguna se planteaban; lo demás eran sueños.
Las opciones del que no estuviera de acuerdo con el estado de las cosas era hacer chistes sobre Mubarak o coger el primer avión y perderse en cualquier lugar del mundo que le acogiera. Mubarak, con una oposición oficial controlada, una administración fiel a sus privilegios, un ejército financiado exteriormente y controlando gran parte de la vida del país a través de las armas y de un complejo entramado empresarial, reinaba en Egipto y parecía que así sería para siempre, perpetuando sus genes a través de sus descendientes. Es el triste destino de los revolucionarios árabes que acabaron, como en Siria o casi en Libia, convirtiendo sus repúblicas en repúblicas hereditarias, colocando a los hijos para que dieran continuidad a los negocios. La familia es el único núcleo fiable, el único círculo en el que se puede confiar medianamente. Los partidos se disputan el poder; las familias bien avenidas lo acaparan, reparten selectivamente y lo controlan. Hay para todos.


La revolución egipcia estalló por algo muy concreto —la presencia insostenible de Hosni Mubarak al frente de un estado abandonado, insolidario e injusto— y con unas aspiraciones muy difusas, por más que se concentrarán en el mantra, tantas veces repetido a lo largo de la historia egipcia, de "justicia social, pan y libertad".
La unidad que manifestó el pueblo egipcio duró poco. La revolución cerró en falso con las maniobras militares para reconducir a un pueblo que abrazaba y besaba a los mismos que habían salido a reprimirles. Los intentos cosméticos, sacrificando al propio Mubarak, no fueron aceptados y el pueblo creyó que su salida del gobierno sería el inicio de una nueva era. Pero los que recogieron el timón eran los mismos a los que se les había pedido que lo dejaran.
Pronto se comprendieron dos cosas: que Mubarak era solo una parte del problema y que la unanimidad de la condena del pasado no resistiría la prueba del diseño de un futuro común. El drama real —se comprendió pronto— era la debilidad profunda de la sociedad civil y la carencia de líderes que velaran por los ideales de una democracia moderna. Siguen siendo los problemas actuales.
De ese estado caótico, surgieron las dos fuerzas que trataron de hacerse con el futuro egipcio, las dos únicas con organización fuerte, los militares y los grupos islamistas, especialmente los Hermanos Musulmanes, grupo de nacido en Egipto pero con ramificaciones internacionales, con simpatizantes y detractores en la comunidad islámica.

Si bien lo que ocurre en Egipto es obra de Egipto, no pueden desestimarse las cuestiones de índole internacional por el papel clave que el país había jugado como una prolongación de la política norteamericana, cuya administración financiaba directamente al poderoso ejército egipcio. Debe entenderse "poderoso" en un sentido local, institucionalmente, dentro de una sociedad que lo identificaba con el propio país, por un lado, y por otro consideraba como una pérdida de soberanía estar financiado por un país, los Estados Unidos, al que se le hace responsable de la protección israelí en la zona. Este argumento no es desdeñable puesto que la forma de descalificar a los enemigos en Egipto —y otros países del área— es vincularlos con "Occidente", especialmente Estados Unidos, y con el "sionismo". Obama comprendió muy tarde esto.
Desde el 25 de enero de 2011, Egipto ha pasado por una serie de fases en las que las acciones han sido más bien "reacciones". Se ha actuado esencialmente contra los gobiernos, contra sus decisiones. Primero contra Mubarak y después contra la SCAF, que trataron de prepararse el terreno para volver a recuperar el control de la sociedad a través de un candidato que no aportaba futuro, sino que era una especie de actualización del pasado que les permitiera salvar el entramado para el control. La baza fue llegar a un mano a mano con el islamismo de la Hermandad pensando que iba a haber una reacción social frente a un gobierno islámico. Es aquí donde se pudo comprobar por primera vez la confusión en la sociedad egipcia y la falta de sentido común de su extraña clase política.
El islamismo se presentó con su mejor cara para conseguir el poder, la cara del que tiende la mano a todos y muestra su deseo de "participar" en el futuro, no de "gobernarlo". Las tramas sociales que habían ido desarrollando durante décadas, convertidos en organizaciones humanitarias, pese a estar proscritos políticamente, los hicieron salir a la luz con fuerza. También los apoyos internacionales de los gobiernos afines del mundo árabe fueron importantes para su propia financiación, aumentando su poder.

Llevados por su pragmatismo en el camino hacia el gobierno, los grupos islamistas crearon sus propios partidos políticos. Para un islamista la ley está dada desde hace muchos siglos; es la "sharía". La política solo es una forma para llegara a ella, más rápida o más lenta. La astucia les está permitida y no hay más ideario. Si llegas al poder, ya te encargas de poner las instituciones a tu servicio para ir cumpliendo objetivos, desmontar todo lo que aleje de la meta y sustituirlo por lo que te permita modificar la sociedad. Los islamistas no gobiernan, transforman la sociedad para que solo su gobierno sea posible y aceptable.
Y eso fue lo que ocurrió con el gobierno islamista de Mohamed Morsi, que llegado al poder con un compromiso político de gobernar para todos, comenzó una rápida tarea de aplicación de un programa islamista, despreocupándose de más circunstancias, pese a la grave situación económica y social. Muchos de los que votaron a Moris lo hicieron con grandes escrúpulos para evitar hacerlo a un candidato que pedía la restitución del régimen anterior. Y así los egipcios tuvieron que escoger entre una dictadura pasada y el riesgo de una dictadura futura. Las protestas comenzaron inmediatamente, conforme el islamismo iba mostrando su actitud y tomando posiciones para la "hermanización" de la sociedad.
Es aquí donde se muestran la complejidad y las contradicciones de la sociedad egipcia. Es una sociedad que se ha desarrollado con unos grandes extremos, con profundas disparidades surgidas precisamente de la falta de criterio en el gobierno y de líneas de actuación definidas para el progreso del país. La época de Nasser todavía tenía una revolución socialista en mente, un ideal árabe de unidad, una retórica unitaria. Había una definición y un líder. Se podía estar a favor o en contra, pero las posturas eran nítidas. La llegada del liberalismo de Sadat desarticuló los lemas anteriores y dejó que comenzaran las indefiniciones y las ambigüedades. La retórica hueca comenzó a apoderarse de la vida social porque el poder la utilizaba para tapar sus incongruencias y limitaciones. Eso llegó a su máximo estado con la desidia del régimen de Mubarak, carente de un discurso coherente. Ya no había metas, solo retórica y supervivencia. El estado se deterioraba desmoronándose y la corrupción crecía en la impunidad y el descaro de quien la practicaba.


De esta desidia se aprovecharon los islamistas, que fueron controlados y tolerados en distinto grado por los gobiernos de Nasser a Mubarak. Ellos siguieron su estrategia de penetración social y procedieron a una reislamización social aprovechando las incongruencias de los gobiernos. Aprovecharon el creciente movimiento de rechazo a las políticas de los países occidentales, que veían cómo sostenían a sus dictadores, como les aplaudían y recibían con palmadas en la espalda, como una confirmación de que su camino no iba por la occidentalización, sino por el ascenso de lo islámico. Poco a poco, desde los años 70 y 80, se inicia un proceso de islamización social. Los acontecimientos históricos posteriores —la Guerra del Golfo, la invasión de Irak, la aparición del terrorismo de Al Qaeda, la "intifada", etc.—, sirvieron para movilizar a una sociedad que carecía de otros motores. Este sentimiento antioccidental lo aprovecharon bien los islamistas que, por otro lado, vivían bien alojados en Occidente, que los acogía con la esperanza de que si algún día llegaban al poder serían también aliados. Tremendo error.

Con la revolución la sociedad protesta pero no hay un plan de futuro; no hay tampoco organización por la fragmentación y falta de diálogo. El novelista Alaa Al Aswany terminaba sus artículos críticos con el poder egipcio con un "la democracia es la solución", sin especificar más, sin dejarnos saber qué se proponen construir más allá de la denuncia de las situaciones. Con protestas se derriban los gobiernos, pero no se construyen los estados.
La evolución de la situación nos ha permitido ver que ante la propuesta "el islam es la solución", con un programa y objetivo final definidos, la vaguedad democrática es insuficiente. A diferencia del programa islámico, el programa democrático lo es para la creación de un escenario abierto de posibilidades en todo momento. La democracia, para poder sobrevivir, tiene que hacerlo con personas que honestamente quieran que continúe abierta. La "honestidad democrática" consiste en creer en el sistema tanto como en nuestros propios principios. Si los principios son contrarios a la esencia democrática, que es la apertura hacia el futuro, la democracia se convierte solo en un camino para acabar con la democracia. Al menos como la entienden muchos. Los islamistas iraníes, por ejemplo, consideran que lo suyo lo es y consideran que son los demás los dictadores.
El llamado "islamismo político" ve en la democracia un camino hacia el islam, no un camino hacia las libertades porque no hay libertad fuera de lo islámico. Si "islam" significa "aceptación" incondicional o "sumisión", la libertad no puede ser más que el acto de aceptación de lo que está especificado en la Ley dada a los hombres. El debate de la "sharía" no es una cuestión de elegir entre una ley u otra.  Para un musulmán no hay elección posible.


El paso de los islamistas por el poder en Egipto recibió la contestación de una gran parte del pueblo egipcio, que no estaba de acuerdo con lo que se estaba haciendo desde su gobierno. Desgraciadamente, la situación que llevó al derrocamiento del Presidente Morsi tras las protestas populares contra su gobierno y su negativa a convocar elecciones anticipadas, como se le había exigido tras la recogida de 22 millones de peticiones firmadas, sigue sin resolverse porque es de orden prepolítico. No se ha resuelto la posibilidad de una democracia de fundamentación islámica que no implique una limitación de los derechos humanos, principios que entran en colisión con muchos principios ajenos a una mentalidad que se centra en el individuo.
La ausencia de ese debate intelectual viene de la propia idiosincrasia antirreformista del pensamiento islámico cuya pureza es mayor cuanto más literal es la comprensión y aplicación de su mensaje. La brecha profunda que se vive en los países islámicos es la imposibilidad de vivir en un sistema que no esté respaldado por la fuerza. Los islamistas usaron la fuerza para asentar sus actos y avanzar en sus propósitos, una fuerza que no es solo la de la represión o censura desde las instituciones que ocuparon, sino la represión social, la censura cotidiana en el mundo de las costumbres, de las familias, del descrédito al que se sale de los márgenes establecidos.
No se entiende nada de lo que ocurre en estos países si se piensa que es posible separar lo religioso de lo político y de lo social. La negación de una esfera privada de la religión, como ha ocurrido mayoritariamente en Occidente, es el mayor obstáculo para la convivencia. En el mundo islámico suní no hay posibilidad de una religión privada porque es una forma de regulación de la vida social, con sus propios principios legales. Hablar de "libertad religiosa" aquí no tiene nada que ver con lo que se entiende habitualmente en otros espacios en las que la religión es cuestión privada. En la mentalidad islámica no existe la idea de una privacidad religiosa y sí, en cambio, la de una república islámica, un espacio público regido por lo religioso; no hay más ley que el Corán y lo que de él se pueda derivar. Lo demás es peligroso y se debe combatir. Por más que se diga que en islam está presente una idea de democracia por el acuerdo en la elección de dirigentes, este solo puede serlo para hacer cumplir la ley coránica. El elegido, en el ámbito suní, lo es porque llevará adelante los principios del Corán. La idea de considerar "faraones" a los gobernantes árabes es el reconocimiento del carácter "no islámico" de su poder, su carácter negativo.

¿Qué ocurre hoy? La situación en este tercer aniversario es compleja y con un futuro incierto. Esa división sigue presente en la sociedad egipcia, pero también lo está un pragmatismo de doble filo: la aceptación de un estado de seguridad frente al caos político y el deterioro económico.
Fuera del poder, el islamismo se resiste a aceptar una solución que no sea la imposible vuelta atrás, la restitución de un presidente al que se le exigió el abandono del poder y el rechazo de las acciones emprendidas desde casi todos los sectores sociales que fueron tocando en su islamización en apenas un año.
El énfasis en la elección democrática de Morsi no puede hacer olvidar cuáles fueron sus promesas de gobernar para todos y de no islamizar el estado. Fue su incumplimiento lo que precipitó su salida con los resultados de división que vemos hoy de la sociedad egipcia. Nos puede parecer extraño que una constitución surgida en un contexto democrático ofrezca menos libertades que la anterior, pero eso es exactamente lo que ocurrió, con retrocesos en ámbitos como los derechos de las mujeres o la libertad de expresión, que llenaron de críticos los juzgados por las denuncias islamistas. Es una muestra de que existen dos caminos, con distintos principios y bases, algo más complicado que dos contendientes que aceptan las mismas reglas del juego.
La constitución de entonces ha sido ahora enmendada hacia unos supuestos más abiertos, aunque con lagunas y reservas interesadas. Pero la cuestión no es la mayor o menor liberalidad de una y otra constitución, sino la posibilidad de aplicarla en paz. De poco sirve tener una constitución liberal si la forma de mantenerla en pie es el aumento de la represión social.


La estrategia islamista es evitar la normalización de la situación actual, llevar al uso de la fuerza, provocar el desgaste interno y conducir al aislamiento internacional. Con ello se está consiguiendo una radicalización social que acabará justificando y exigiendo el aumento del uso de la fuerza ante el avance del terrorismo. Ayer, cuatro atentados en El Cairo han dejado sus raciones diarias de muerte. A esos muertos hay que sumar los de las manifestaciones o las muertes de policías a los que se les tienden trampas en los controles en las ciudades o en el Sinaí. La sociedad egipcia sigue contando muertos hasta que se convierta en algo tan cotidiano que se pierda la cuenta o que deje de ser noticia internacional. Ese será el fin previsible.
Si sigue aumentando el nivel de la violencia cotidiana, se corre el riesgo de convertir en papel mojado cualquier sistema de libertades. Está ocurriendo con la seguridad y con la libertad de información, puestas en entredicho por los organismos internacionales.
El aislamiento provocado por el uso de la violencia o de la censura solo beneficia a los islamistas, que saben mover sus piezas fuera con más seguridad que el régimen egipcio, que sigue diciendo que el mundo no les entiende, algo que es literalmente cierto, en parte por su propia culpa. Deberían darse cuenta que es en ese terreno, el de la información, en donde se dan muchas batallas, que Egipto no solo tiene necesidad de inversiones sino de simpatías. Aquí el tradicional orgullo egipcio se vuelve contra él.

¿Hacia dónde camina la "revolución" hoy? Creo que eso es hoy una pregunta retórica. La revolución ha cambiado muchas cosas en mucha gente y eso fue y es muy positivo. Fue sobre todo, a mi modesto entender, el descubrimiento de una fuerza desconocida hasta el momento. La revolución nasserista no fue una revolución del pueblo, sino en su nombre, retórica habitual en los golpes de estado que se adscriben a esta modalidad figurativa. A todos los que llegan al poder les gusta ser hijos del pueblo, cabezas de sus revoluciones. Pero como puede apreciarse en la historia egipcia, eso pronto pasó a segundo plano.
La revolución es un conjunto de acciones, pero es sobre todo un proceso en el tiempo, que es donde se puede ver su carácter transformador. Más que hablar de la revolución, de su justicia o representatividad, deberían empezar a comprobarse sus principios en hechos palpables para el pueblo egipcio que es donde se deben percibir esos cambios.
La creencia en que se puede construir un sistema liberal basándose en la fuerza es paralela a la creencia en que se puede hacer una democracia aplicando políticas islamistas. Son dos formas de intentar cuadrar el círculo, fórmulas que quedan en evidencia hueca al contrastarse con sus resultados reales. La brecha entre lo que se dice y se hace se amplía; los deseos de futuro acaban sucumbiendo ante las miserias del presente.
Lo que es evidente es la falta de diálogo, incluso de posibilidad de que este se pueda producir. No solo son dos planteamientos diferentes sino dos formas antagónicas de ver el mundo, condenadas al ejercicio de la fuerza para mantenerse. La única "solución" es lenta: la propia transformación de la sociedad egipcia hacia una modernidad compatible con sus aspiraciones que deben redefinirse desde su propia evolución.
Por eso las únicas revoluciones que pueden transformar la sociedad —y con ello hacer posible otra política de convivencia— son las que puedan transformar las bases de las relaciones sociales: los jóvenes y la mujeres. No es un tópico. Es ahí donde reside el futuro, en la ruptura de las normas de obediencia que hacen que el poder se concentre en las mismas manos siempre. La revolución política siempre estará debilitada si no se apoya en el cambio social. Es ahí donde el islamismo planteó su batalla, en el campo de las costumbres, haciendo aceptables y cotidianos unos aspectos y haciendo ver otros como incompatibles.
El islamismo avanzó por la equiparación radical de tres elementos: lo egipcio, lo árabe y lo musulmán. Igualó los tres por la base islámica. Ser un buen egipcio era ser un buen musulmán y ser árabe, una identidad alejada de lo occidental, cuyos valores se consideran negativos. El que se opone al islamismo y su control deja de ser un "verdadero" egipcio y un "buen" musulmán. Es un agente extranjero que llevará a Egipto y al islam a la destrucción.


El camino se presenta ahora con muchas sombras y recovecos; ni claro ni recto. La aspiración a una democracia real se abre en la mente de muchos egipcios y eso es lo verdaderamente importante, que no renuncien a su compromiso con esos principios de una revolución que todos usan, de la que todos dicen actuar en su nombre.
En estos tres años, ha ocurrido de todo en Egipto. Al periodo revolucionario, de apenas unas semanas, han seguido otros complicados y trágicos. Lo que sí es cierto es que se van agotando las posibilidades de maniobra y se corre el riesgo de un enquistamiento social de los problemas. La hoja de ruta planteada por el gobierno provisional será un camino difícil porque cada paso contará con la oposición islamista, con la aparición, como ha ocurrido ya en los atentados de ayer, de los grupos próximos a Al Qaeda.
La lucha que se avecina es grande porque, más allá de las leyes, es en el campo de las costumbres y de la cultura donde se debe producir la transformación que lleve a la convivencia política. De poco sirven las leyes si no hay una voluntad de convivir, de delimitación de lo público y lo privado. y de la existencia y reconocimiento de los derechos individuales en todas las esferas.
Lo que se debate en Egipto va más allá de las urnas y los votos; es la entrada en una dimensión social diferente de lo público que respete y reconozca el derecho individual, más allá de la sanción o condena de la diferencia en lo político y lo religioso, que para unos es lo mismo y para otros están separados. Sobre esa cuestión nuclear se elevan todas las demás circunstancias.

Lo que es cierto es que el grado de sufrimiento y desgaste que esto está provocando en la sociedad egipcia no se resolverá con la fuerza, ni de unos ni de otros. Queda mucho sufrimiento por delante y la tarea de las nuevas generaciones es evitar caer en la repetición de los viejos y tradicionales errores, aprender de la historia. Muchos sienten la tentación de escapar de un entorno frustrante, pero se necesitarán los esfuerzos de todos, el compromiso de los que quieran realmente un futuro posible para Egipto.
Hoy, 25 de enero, se celebran tres manifestaciones distintas en El Cairo: la de los partidarios del islamismo de la Hermandad, reivindicando a Morsi y la constitución islamista; la de los que apoyan al gobierno provisional y su hoja de ruta, que votaron la enmienda de la constitución; y la de los que no están de acuerdo ni con unos ni con otros, ya sea en el fondo, en la forma o en ambas cosas. Deberían todos pensar que ayer hubo otra manifestación muy ruidosa: las cuatro bombas que dieron un recordatorio de la revolución. 
Este blog comenzó precisamente con la revolución del 25 de enero para dar cuenta de lo que ocurría y, sobre todo, para estar cerca del sufrimiento que percibía en muchos amigos egipcios, para participar de sus angustias solidariamente e intentar comprenderles. Hoy, como entonces, me gustaría verles felices, dueños de sus vidas y destinos, que puedan ser ellos mismos en sus trabajos, familias o calles y no estar condicionados por las miradas que les rodean. Sabían que sería difícil, pero no se imaginaron cuánto.





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