viernes, 20 de diciembre de 2013

La otra corrupción

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Media España cachea a la otra media, por turnos. Miro la prensa. No me atrevo a leerla, solo la miro por temor a que sea resbaladiza como el hielo, como el suelo de un  hospital encerado con mala fe. Salto de foto en foto, de declaración en declaración, de auto judicial en auto judicial, de registro en registro, de declaración en desmentido... España a vuelo de pájaro de mal agüero.
Como si fueran pajes de Reyes perversos, en una Navidad de Tim Burton —Pesadilla  desde mucho antes de Navidad— , veo policías y más policías que entran en sedes y oficinas a llevarse ordenadores, documentos y todo lo que tenga tufillo a regalito corrupto, a prebenda, a privilegio, a carta reveladora de ineptitudes, infidelidades, engaños y traiciones. En este mundo invertido, estos pajes no lanzan caramelos o golosinas sino que entregan órdenes judiciales y se llevan todo lo que encuentran. Es la regresión del regalo y la prebenda.

Los jueces, convertidos en poceros, piden protección para poder sondear cloacas y sacar las porquerías que atascan el sistema haciendo que la casa se nos haya llenado de olores que la maquinaria de amplificación mediática recoge con gusto perverso, con cierto regodeo, estirando el chicle que pisa. Ninguna maldad se agota ni debe quedar aislada. La ley del equilibrio universal de la infamia se debe cumplir y ninguna acción malvada puede quedar aislada, necesita de su contrario, su ying y su yang. Es el efecto llamada de la desvergüenza coral.
Sí, es un oscuro mundo invertido en el que es el ladrón el que denuncia a su víctima pederasta, en la extraña fábula navideña nos cuenta la prensa estos días. Es como una película de Capra: el ladrón que descubre que su víctima es peor que él y le denuncia. Ya solo los ladrones son gente honrada, como nos recordaba el célebre título, al menos relativamente.
No voy a cometer el error infantil de decir que todo esto se pare, como un tiempo muerto del baloncesto, durante las navidades. Dentro de un par de días, los mismos que ahora gritan y se insultan, se sonreirán y abrazarán; los redactores jefes gritarán con malos modos que hay que buscar historias positivas, que es Navidad. Quedará todo como el que retira el puchero del fuego mientras atiende el teléfono y regresa tras la llamada. Que no se enfríe demasiado.

Me preocupan los ladrones y sinvergüenzas, los corruptos y los mentirosos, como no podía ser de otra manera. Pero hace tiempo que me preocupan más los efectos que están causando sobre el resto de los mortales: el estado permanente de irritación, de agresividad de mal humor, de violencia que se paga con el que menos culpa tiene. Los corruptos nos corrompen a su manera, mediante el mal ejemplo y mediante el mal café. Es la otra corrupción.
Ayer mi buena acción fue no apartarme de un mostrador, por si había que echar una mano, mientras una pareja de impresentables "clientes" decía todo tipo de barbaridades a una chica que ni era responsable de lo que les ocurría ni era capaz de resolver su problema, que deberían intentar solucionar llamando a un número de cuatro cifras. Su teoría era que ellos ya no llamaban a ningún sitio porque les colgaban —y con razón, pensé—. Ellos necesitaban desahogarse en vivo, gritar a alguien, ejercer su mal entendido derecho a poder insultar a aquella pobre chica que atiende a todo el mundo correctamente y, además, tiende a dar las mejores soluciones a los clientes a diferencia de otros que intentan colarte lo más caro. Ellos se fueron con el mismo problema que llegaron, pero con la inmensa satisfacción de haber insultado e intentado humillar a una persona que no les había hecho nada. Llevaba unas chocolatinas navideñas en el bolsillo y se las entregué; no le compensaron el mal rato, pero le hizo ilusión.

Puede que haya muchos ladrones y sinvergüenzas sueltos, no le digo yo que no. Pero si usted grita, insulta y falta al respeto a todo el que se le pone delante, el país se nos llena además de energúmenos. Y puedes protegerte de la prensa y sus depresivos efectos, tendrá leerla en pequeñas dosis; pero no puedes protegerte de la agresividad y las malas maneras que nos envuelven y empiezan a ser un rasgo distintivo que percibe rápidamente el que llega de fuera o quien desde dentro consigue desautomatizarlo. Nos hemos vuelto profundamente maleducados; somos groseros con causa.
Por la noche me comentaron algo similar, una celebración de unas jornadas académicas en otra universidad en la que a los pocos minutos ya estaban con un lío absurdo montado, sin venir a cuento, una pura discusión. Porque la gente no dice las cosas donde debe, sino donde mejor le viene y a quien le pilla más cerca.
Se va convirtiendo ya en una rutina que cualquier cuestión se desvíe de su fin en apenas unos minutos. Cualquier artículo, hasta el más inocente —ya hemos tratado esto alguna vez— se convierte en el cubo de la basura tras el tercer comentario, en una pelea de gallos tras el quinto. No se trata de opinar o debatir, sino de hacer visible esa agresividad prepotente que no ha causado la crisis pero que sí le sirve de excusa. La crisis está sirviendo de amparo a muchos para justificar abusos e insultos, muchas veces con los menos culpables. A los efectos de la crisis sumamos así nuevas dosis de injusticia. ¿Hay corruptos? Sí, pero no deje que le corrompan.


Trate de reducir los límites del abuso allí por donde vaya. No se cebe en los que no tienen la culpa de lo que le ocurre. No abuse de los demás como otros lo hacen de usted porque entonces entramos en un círculo infernal del que no hay escapatoria. Podemos mandar a los corruptos a la cárcel, pero tenemos que convivir todos los días con los maleducados.

Cuando tenemos un problema podemos hacer dos cosas: buscar alguien a quien insultar o un amigo con quien conversar. Si abusamos de lo primero, luego nos será difícil lo segundo. Ya no nos quedará nadie. Piense que puede ser insólito encontrarse con una persona amable, pero que puede ser usted.





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