martes, 10 de diciembre de 2013

Innovación y voluntad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El número de este mes de la revista Investigación y Ciencia (nº 447, diciembre 2013) está dedicado al "Estado de la Ciencia global". Entre las secciones habituales, incluye un artículo del catedrático de Economía de la UCM, José Molero, con el título de "La innovación en España", cuya entrada resaltada resume bastante bien el conjunto de la cuestión: "El problema no son solo los recortes sino una debilidad estructural de gran calado y una falta de estrategia a largo plazo".
Molero anima a ir "más allá" de las puntuaciones habituales, que nos sitúan en un puesto u otro dentro del conjunto de países, y tratar de comprender nuestro "sistema productivo" y sus características. Es evidente que dado que esas posiciones son el resultado de una serie de factores, una misma posición se pueden tener por diferentes configuraciones. Comprender el porqué de nuestra posición es más importante que la posición misma. De otra forma, como ocurre ahora, apenas se puede hacer nada por mejorar nuestros problemas, viviendo en una queja permanente sin soluciones reales. Molero hace una somera descripción del sistema productivo, de nuestra empresas, que es bastante reveladora.

En primer lugar resalta escaso peso que el sector tecnológico ha tenido dentro de nuestro sistema productivo, demasiado escorado hacia turismo y construcción. En 2010, señala, no alcanzaba "el 6% del total manufacturero  (a más de tres puntos de la media europea)". El sector tecnológico es, pues, poco importante frente a otros campos en los que ha habido un desarrollo mucho mayor porque ha sido hacia allí donde se ha orientado el crecimiento. Se ha buscado el beneficio en unos sectores y apenas han crecido otros con una evidente falta de sentido de futuro tanto innovador como de puestos de trabajo, que también se han orientado hacia sectores que necesitan menos de personal especializado. Eso tiene como efecto, por ejemplo, la pérdida de los investigadores que formamos, que deben emigrar ante la falta de oportunidades.
En segundo lugar, señala José Molero, nuestro sistema productivo "concentra la innovación en pocos sectores". Tres de ellos (químico-farmacéutico, maquinaria y equipos, y material de transportes) suponían "más del 31% de los recursos de I+D" y otros dos ("información y comunicaciones y "actividades profesionales, científicas y técnicas") representaban el 40%. Estos cinco sectores suponen "más del 71% del total". Esta concentración de sectores supone también una limitación al crecimiento ya que se crea alrededor de aquellas empresas que están consolidadas en sus campos, mostrando la debilidad o inexistencia del resto, excesivamente atomizado.
En ese sentido en el que cabe resaltar el tercer elemento, el tamaño de la empresas. Molero señala que "en España las pequeñas y las 'micro' y escasean las grandes".

Ello reduce la capacidad de generar y gestionar conocimiento nuevo, las posibilidades de internacionalización, la disponibilidad de recursos financieros y la productividad. En suma, no favorece la innovación.


La suma de esos tres factores explica en gran medida la situación de la "innovación española" o, mejor, su ausencia. En cuanto a la otra variable que Molero maneja —el "modo de innovación"— señala que de los cuatro tipos que se barajan —"innovadores estratégicos", innovadores intermitentes", "modificadores de tecnología" y "adoptantes de tecnología"—, las empresas españolas se concentran mayoritariamente en el último tipo, "adoptantes de tecnología", el más pobre, sin apenas representantes en los otros modos, especialmente en los "estratégicos".
El panorama es bastante deprimente, especialmente porque es el resultado de la ausencia de una política real de desarrollo de la innovación y, de forma muy especial, porque nos muestra la calidad de nuestros tan loados emprendedores, cuáles son sus aspiraciones y cómo estas han sido financiadas desde la banca. Nuestro mapa productivo no es un destino, sino el resultado de las acciones del propio mercado, que ha financiado unas opciones y ha dejado de hacerlo en otras, y de la acción de la administración, que ha promocionado el desarrollo en un sentido o en otro. Tenemos lo que hemos creado con nuestras acciones y nuestras omisiones, lo que hemos animado y lo que hemos desanimado. Esto es el resultado. El error de pensar en términos de "crisis" en hacerlo en términos de ciclos y no de sus efectos. Estamos comprobando que no vamos con los ciclos generales de la crisis, sino con los nuestros propios dentro de las tormentas globales. Llueve para todos, si, pero unos tienen paraguas y ropa impermeable, mientras que otros lucen sus vergüenzas bajo la lluvia esperando a que escampe y rezando por no pillar una pulmonía.


El análisis general de José Molero revela la verdad de una situación: la ausencia absoluta de liderazgo en la sociedad española, la falta de metas comunes dentro de un proceso de fragmentación y degradación generalizado que responde a la profunda división en que se nos ha metido como resulta de una clase política carente de miras, enzarzada en una política beligerante antes que constructiva. La falta absoluta de visión o idea de futuro, la carencia total de metas, se simboliza en la delirante "marca España", una operación de maquillaje comunicacional por la que apuestan unos, o en la denuncia del Concordato con el Vaticano como primera gran medida para sacar a España de la crisis, tomada gozosamente el otro día por la ejecutiva del PSOE. Nuestros políticos no saben salir de la demagogia. Mejor sería decir que no pueden vivir sin ella.

Para que un país se desarrolle en el sentido de la innovación, donde —todos están de acuerdo— se encuentra el "futuro" en varios sentidos —más autonomía, menos dependencia, más variedad, más calidad de desarrollo, etc.— hay que tener en mente un modelo con todas sus piezas encajadas. Pero en las cabezas que tienen que pensarlo cabe muy poco y hay poca imaginación. Se limitan a campear temporales y a intentar cuadrar cuentas. No van más allá de la contabilidad, apenas nada sobre futuro desarrollo, algo que ellos dirán que dejan a la "creatividad social" y al "mercado". Lo único que escuchamos cada día son llamadas a los "inversores" señalándoles las buenas condiciones españolas para que vengan, por eso todos sus esfuerzos se centran en reformas laborales, más que en otro tipo de diseños del sistema productivo. El modelo general que todos aplican es el mismo, reformas laborales, pero eso no afecta al tipo de crecimiento que vas a tener. Por eso la innovación queda fuera.
En repetidas ocasiones hemos hablado aquí del drama de las ingenierías ante la falta de empresas que los acojan para desarrollarse. Se habla mucho de la Investigación y menos de la Tecnología, que es la traducción empresarial de sus resultados. Molero señala:

Si analizamos la evolución de los recursos, veremos que hasta finales de decenio anterior se produjo un incremento de los mismos (públicos y privados). En cambio, ello no se ha traducido en un aumento de resultados (patentes internacionales, por ejemplo). Nuestro sistema de innovación es, por tanto, poco eficiente.


Al no existir una industria potente que absorba y fomente la investigación, esta va perdiendo "eficiencia" y languidece convirtiéndose en "burocracia investigadora", que es lo que ocurre con una gran parte de los proyectos de investigación, que son simplemente alimenticios para los equipos e investigadores que los solicitan. No hay un más allá de la investigación en muchos casos. Si no se aplican a la realidad porque la realidad va por otro lado, con otros intereses, se investiga por supervivencia de los investigadores. Esta conclusión está justificando los recortes en muchos sectores. Es la solución más fácil, pero también la de menos futuro porque supone cerrar definitivamente las puertas, condenarnos a ser "receptores" de innovación, "adoptantes de tecnología", según la clasificación antes manejada, en vez de productores de innovación. Pero es más fácil "recortar" y facilitar el emigración de investigadores que modificar la situación social. Pero para eso debería estar la política, para crear las condiciones favorables al mejor desarrollo y progreso social. Pero eso, para la versión neoliberal —en versiones de derecha e izquierda— es tabú. Es mejor que nos gobiernen los "mercados", que la "mano invisible" se mueva a su aire.
Tras el análisis, las propuestas:

¿Qué puede hacerse entonces para mejorar la innovación en España? Primero, las actuaciones no deberían centrarse solo en el incremento de los recursos, sino también en la revisión de la organización institucional y otros factores que puedan estar obstaculizando la creación de innovación y su impacto económico. Segundo, debería mejorar la relación entre el sector público y el privado; no solo en el sentido tradicional de transferencia de conocimiento del primero al segundo, sino también en el de la creación de nuevas instituciones y fomento de la "fertilización" cruzada. Tercero, es urgente modificar la tipología innovadora dominante de nuestras empresas apara orientarla a la creación de técnicas novedosas que puedan hacer liderar nuevos mercados o sectores.


Lamentablemente, los tres puntos señalados por José Molero, en mi modesta opinión, adolecen de un mal de raíz, de un mal teórico que es el mal de que las cosas que están claras en los libros no lo están en la oscura realidad. Todos sus presupuestos se basan en uno: la teoría del obstáculo. Las cosas no funcionan como debieran porque existen obstáculos en su camino. Es una perspectiva más de mercado; a menos obstáculos, mayor eficiencia. Nuestro problema no es ese, no son los obstáculos, ya que es el mercado el que nos lleva a donde estamos. El capital ha financiado allí donde ha obtenido mayores beneficios y ha especulado donde se le ha dejado: turismo y especulación inmobiliaria. Dejado a su aire, el mercado nos convierte en un chiringuito turístico. Ya no se trata de quitar "obstáculos", sino de marcar un camino de futuro, claro y preciso. Se trata de "dirigir", terrible palabra en una mentalidad neoliberal, el país hacia algún lugar creíble, creando las condiciones necesarias y los apoyos reales. Ni la financiación ineficiente por falta de receptividad social, ni el abandono de los proyectos ante las fuerzas del mercado. 



Está muy claro que nuestra "economía" no aborda por sí sola esta renovación que nos dé el giro hacia el futuro, que padecemos el equivalente a la "enfermedad holandesa" por nuestros recursos al turismo y al suelo especulativo, causando esa desviación que nos apartó del camino de la industrialización y el desarrollo. Elegimos el camino fácil y eso se paga en términos de sacrificio generacional. Ahora se nos van los que no encuentran aquí la posibilidad de demostrar sus conocimientos, de ponerlos en el sector productivo, mientras que son bien recibidos en aquellos países que los aprovechan beneficiándose de la formación a través del ahorro de inversión en ese sector. Así logran mayor ventaja, por lo que ganan y lo que ahorra. Nosotros, en cambio, gastamos y despilfarramos educación, que se va degradando por falta de respuesta social.


"Innovación" tiene que dejar de ser una palabra hueca, bonita, adorno en discursos y carteles u convertirse en una realidad tangible. La innovación es lo que marca el tránsito de progreso en una sociedad, el paso de ser receptores de conocimiento a producirlo. Pero esto requiere esfuerzo y, sobre todo voluntad: voluntad financiera, voluntad política, voluntad industrial y empresarial, voluntad social. Cada una de estas voluntades se manifiestan de diferente manera, pero si no convergen en un proyecto común, poco hay que hacer. Nos queda el consuelo de que tenemos la materia esencial: los investigadores, lo que se tienen que ir. No es una cuestión sentimental hacer que regresen. Deben hacerlo para que este país se transforme y salga del limbo en que se encuentra. Nos jugamos nuestro futuro o algo digno de ese nombre


* José Molero "La innovación en España". Investigación y Ciencia #447, diciembre 2013, p. 56.

 



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