martes, 5 de noviembre de 2013

La bofetada

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En mi clase de hoy me tocaba hablar de la crisis del concepto de "autoridad" en distintos campos como causa o efecto —o las dos cosas— de la crisis de nuestra "modernidad". Trataba de indagar en cómo la idea de "autoridad" había sustentado un poderoso edificio que se fue desmoronando por efecto de la debilidad que fue demostrando la "razón" cartesiana que, puesta a dudar, acabó dudando de sí misma, agobiada dentro de un sujeto cada vez más debilitado por las propias inconsistencias que descubría en su interior, los pliegues y falsedades que el discurso rousseauniano descubrió en el acto de enunciarse ante los demás.
"Autoridad política" fue precisamente una de las entradas más polémicas en la dieciochesca Enciclopedia de Diderot y D'Alembert precisamente porque ponía el dedo en la yaga de la construcción y mantenimiento del orden social, sostenido en todos los ámbitos por esa obediencia a cada uno de los pilares de la "verdad" propios de cada campo,  referencias que debían ser aceptadas sin cuestionarse bajo pena de exclusión o de reclusión, según los casos. La primera significaba el alejamiento de la comunidad al ignorarse la autoridad sobre la que se fundaba; la segunda, la penalización de la discrepancia mediante el aislamiento en el seno de la propia comunidad. Estar alejados o aislados era el riesgo de lo que Kant reclamó como eje de la Ilustración: la autonomía de los sujetos, el ejercer la libertad, hasta el absurdo si era necesario, antes que aceptar una autoridad no cuestionada que nos mantiene en una infancia prolongada. Lo dogmático dejó de ser aceptable y el conocimiento pasó a ser una aventura arriesgada, un ejercicio costoso de libertad que nos separa en muchas ocasiones de los otros.
Así se describía en la Enciclopedia el funcionamiento de la "autoridad":

Autoridad política. Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho a mandar a los otros. La libertad es un regalo del cielo, y cada individuo de la misma especie tiene el derecho a gozar de ella lo mismo que goza de la razón. Si la naturaleza estableció cierta autoridad, es el poder paterno; pero el poder paterno tiene sus límites, y en el estado de naturaleza terminaría tan pronto como los hijos estuvieran en disposición de autogobernarse. Toda otra autoridad viene de un origen distinto a la naturaleza. Bien examinada, siempre se verá que procede de una de estas dos fuentes: o la fuerza y la violencia del que se ha amparado en ella, o el consentimiento de los que se han sometido a ella mediante un contrato real o supuesto entre ellos y aquel en quien han diferido la autoridad. (35-36)*


No es casual que la "Hermenéutica" y la "Estética" nacieran en un momento y lugar en el que se ha de razonar sobre el "sentido" de los discursos y sobre la "belleza", dos campos en los que el desacuerdo irá creciendo conforme avance la Historia al disolverse la "autoridad" que sostenía ambos órdenes. Los significados de los discursos y la belleza pasarán a ser motivo de disputa, ejercicios de juicio crítico, al resquebrajarse la autoridad que los sostenía. Se cuestionará la Verdad revelada y la Belleza heredada, la que provenía de un mundo clásico cuyos cánones había que seguir.

La idea de que no proviene de la "naturaleza" el derecho a mandar sobre otros —tal como se inicia el artículo de la Enciclopedia— pasa a ser revolucionaria en su planteamiento y tendrá consecuencias poderosas. La limitación del derecho "paterno" sobre los hijos, tomando como límite la capacidad para autogobernarse, nos muestra porqué el texto fue polémico y cuál será el nuevo ideal, el camino de la autonomía.
Liberados de las "autoridades" que nos ponían límites y daban seguridades con sus respuestas, comenzó el doloroso y traumático camino en el que la lucha constante por alcanzar significados, por encontrar belleza, por retener verdades que se disuelven o, como Fausto, por retener instantes bellos en nuestras vidas..., eran el precio que pagar. Fuera queda el consuelo amable, el bálsamo de las verdades recibidas que escapan ya de nuestras manos más allá de una duda que no tiene fin. Quedaban en evidencia los límites justificativos de la existencia cartesiana de un "yo" que se mostraba débil e inconsistente, mentiroso y racionalizador, mientras escondía bajo sus pliegues el deseo y el autoengaño. La Posmodernidad estaba servida: la Verdad ha muerto, ¡viva el Lenguaje!


La tarde se pasó de cine-fórum con la película de James Ivory "Oriente y Occidente" (Heat and Dust 1984), sobre la incomprensión de las culturas y las fantasías y cegueras del amor. Pero después de esa mañana filosófica y esa tarde intercultural, me esperaba un extraño epílogo. Ya en casa, me dediqué a leer la informaciones sobre el juicio al expresidente Mohamed Morsi. Aquello, tan previsible, no evitó que mi atención se fuera hacia un titular del diario Al-Masry Al-Youm (Egypt Independent): "Salafi woman turned atheist recounts her journey".**

Puede que nos parezca absurdo que alguien dedique un artículo a la historia de una mujer que se volvió atea desde el salafismo. Para la mayoría no significa nada particular; que haga cada uno lo que quiera, ¡allá ellos! Pero lo cierto es que en Egipto —y no solo allí— la cuestión del ateísmo se comienza a plantear con cierta asiduidad. Hace varios días que aparecen informaciones sobre un joven detenido por la Policía por haber creado un grupo en Facebook con "ateos". No debería sorprendernos porque en muchos países islámicos se puede considerar esto como "ataques a la religión" y ser penado con multas y hasta cárcel. No hace mucho tiempo, también leí dos entrevistas, distantes en el tiempo, en las que un joven perteneciente a la Hermandad Musulmana notificaba su abandono primero y proclamaba su agnosticismo pasado cierto tiempo. Se había desengañado con lo que había visto.
Pero la noticia de hoy era distinta. La historia de Noha es la de una mujer criada bajo la disciplina aceptada de las leyes, bajo la obediencia feliz que fue guiando su vida de la infancia al matrimonio pasando por sus estudios. Todo iba por sus cauces hasta que un día ocurrió algo:

One day, her husband slapped her face. When she complained to her father, he told her God gave husbands the right to beat their wives as stated in the verse of Al-Nisa’ Sura.
Then she began to wonder how God could give the right to a husband to abandon and beat his wife, let alone that he could be married to another at the same time. How could that be when Islam forbids beating animals? Are women inferior to animals? Is it because women are physically weaker than men and cannot fight back? How could they be allowed to be so humiliated?
Nonetheless, Noha was angry at her husband for not following the prophet’s orders forbidding someone to slap another person's face.**

Aquella bofetada fue como un seísmo, como un terremoto intelectual que provocó cientos de réplicas, preguntas que quedan en el aire. Las respuestas ya no lo eran para Noha. La "autoridad" se desvelaba en su falta de "razón" autojustificándose: le habían pegado porque estaba escrito que así debía ser. «This then made her rethink the entire Koran, not just one sura. She read in a reference book that the said the sura came under circumstances that no longer exist in modern time and culture.»**

Noha se fue desprendiendo de todo, del niqab a las creencias. La respuesta de su familia fue considerarla enferma: «As Noha's believes changed, her family noticed and thought she had an obsessive-compulsive disorder, which a doctor had claimed to have noticed at first sight. Noha initially believed them as her family had a history with the illness.»* Tuvo que recuperarse no de enfermedad alguna sino de los que la consideraban enferma por pensar de forma distinta a como lo había hecho hasta el momento. ¿Puede alguien sano dejar de creer? ¿Qué extraña enfermedad lleva a cuestionar una bofetada?
Lo que sigue es un viaje hacia el ateísmo, despojada ya de toda creencia. Un nuevo matrimonio tras ser abandonada por su marido, el abofeteador, esta vez con un ateo como ella lo era ya. Sin embargo, la presión social y familiar les obliga a celebrar su matrimonio de forma religiosa, ¿hay otra acaso? Una concesión a la familia, que ya ha sufrido bastante, que ha pasado suficiente vergüenza.
Noha, nos dicen en el diario, acabará aceptando su ateísmo y la presión social como dos formas compatibles de vida, escindiendo su mente en dos, la personal y la social.  El final de la historia serán unas tablas ajedrecísticas porque Noha parte de la desventaja de jugar en campo contrario.

Noha tries to fill in the gap that was created by her different way of thinking, especially as she lost her friends. “I reject religious rites, but accept religious values that promote good,” she says.
Surprisingly, Noha voted for President Mohamed Morsy even though he hails from the Muslim Brotherhood. “I agree with the ideas of the Islamists as far as they move people to do good,” she added.
 Noha finds solace in the sea. She stopped sharing about her thoughts with people other than with individuals she would only see once and never again.**


Tras la noticia —realmente una noticia— de que votó por el islamista Morsi, en un extraño y retorcido juego mental que le lleva a apoyar a los que la considerarán como una anomalía, como una perversión del sistema que debe ser corregida, el texto acaba con unas frases propias de una fábula.
Noha, como un "extranjero" camusiano, encuentra el disfrute del mundo en el mar, aislada de los demás por una barrera que no admite el retroceso aunque sí una suerte de regresión psíquica que le hace anhelar la paz. Noha se ha liberado de sus creencias, pero no ha podido hacerlo de sus presencias, de sus voceros mundanos, de sus vigilantes hacedores del bien. Noha, rebelde, se sabe anómala. Como una especie de San Manuel unamuniano, no puede creer en Dios pero sí en los que creen en él.
La bofetada que su marido le dio, que su padre confirmó y que el texto bendecía consiguieron conmoverla y sacudir su conciencia. Pero Noha aprendió también que podía vivir entre ellos, sin pensar como ellos, haciendo lo que ellos hacían, considerándolo bueno, humanamente bueno.
Con su religión sin religión, Noha se dio cuenta que todo rito es humano, que si no obedecía a Dios obedecería a los hombres que hablan en su nombre; que —vinieran de donde vinieran— sus valores eran buenos, aunque se tratara mal a los que como ella no creían en nada. La fábula de la aceptación social se cierra con Noha contando su historia para ejemplo de aquellos que dejan de creen en la divinidad pero no dejan de hacerlo en la autoridad, manifestación palpable del orden.


Creo que tengo que darle muchas vueltas a esta fábula extraña que nos han contando, a esta historia contraejemplar. Los comentarios de los lectores, en cambio, revelan su comprensión: es el destino —se lamenta la mayoría— de la nueva generación, perdida en sus locuras; el ateísmo todo lo devora.
Quizá Noha aceptó esa situación porque, ella —que tanto había reflexionado sobre su bofetada— sabía que históricamente le estaba prohibida la posibilidad de dar ella misma bofetadas a otros, lo que le hubiera provocado una grave crisis de conciencia, otra más. Y se lo prohibían las mismas normas que sustentaban los buenos valores de aquellos hombres buenos capaces de dar buenas bofetadas para mantener el orden del mundo, un orden bueno, aunque fuese incongruente. Había dejado de creer en Dios, pero ya se encargaban los hombres de que no dejara de creer en ellos.
Después de todo, Noha, mujer educada, había aceptado la segunda fuente de la fuerza señalada por la Enciclopedia: el consentimiento. Sabía que las bofetadas no venían de un Dios en el que ya no creía, sino de unos hombres que acabaron pareciéndole aceptables por su bondad. Ella sabrá por qué. Dios, desde luego, no.

* Diderot y D'Alembert (1974). La Enciclopedia. Guadarrama, Madrid.
** "Salafi woman turned atheist recounts her journey" Egypt Independent 04/11/2013 http://www.egyptindependent.com/news/salafi-woman-turned-atheist-recounts-her-journey








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