miércoles, 13 de noviembre de 2013

Esa eres tú, ¿qué pensabas?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El lunes tuve ocasión de volver a ver una estupenda película libanesa, Caramel, protagonizada, escrita y dirigida por Nadine Labaki en 2007. La descripción de un mundo femenino absolutamente condicionado por la presencia o ausencia de los hombres (uno de ellos es tan solo el sonido de un claxon en la puerta y un hortera tono en el móvil). Nos muestra a través de toda una gama de personajes bien construidos un rosario de frustraciones femeninas en una sociedad en la que solo pueden ser ellas mismas en hermandad, en un espacio reservado. La peluquería en la que conviven y dialogan es un lugar en el que pueden disfrutar de su propia forma de ser. Fuera son mujeres tratadas como niñas (la madre hablándole a la hija antes de la noche de bodas muestra su propio infantilismo diciéndole que los hombres son los que te tocan en la lotería de la vida y que es así, sin más vueltas; se lo dice una hija que ha tenido que ir a restaurar su himen por temor a ser rechazada por el novio en su noche de bodas); otra tiene por amante a un hombre casado que se ríe de ambas, esposa y amante, emparentadas por la mentira que sufren; la que tiene que fingir ser joven para poder ser aceptada en su trabajo y va dejando restos falsos de su "juventud" en los baños para que no se note su menopausia; está la que no puede vivir su sexualidad porque no sería aceptada fuera de allí, del espacio de la peluquería; la mujer finalmente que ha abandonado una vida propia para cuidar a una perturbada, renunciado a su última posibilidad de romper la soledad. Es precisamente la imagen de estas dos mujeres, tomadas de la mano, una cuerda y melancólica y la otra traumatizada por los galanes imaginarios que pueblan su vida amorosa lejos de la realidad, la que cierra un filme que no esconde el drama vital de las mujeres bajo un régimen esencialmente masculino y familiar. Los toques de comedia no ocultan la realidad, sino que la perfilan mostrando el control social sobre sus vidas. Son en función de lo que los otros esperan de ellas, estando siempre bajo su mirada de aprobación o rechazo.
El hombre positivo en la película, un policía, deberá entrar sin su uniforme en el espacio femenino de la peluquería y salir renovado tras un tratamiento en el que se desprende de su entrecejo y su bigote, limará sus garras mediante la manicura, marcas tópicas todas ellas de su autoridad masculina. Solo con él, con un hombre renovado, es posible alguna felicidad en el futuro.


La mujer treintañera durmiendo en la habitación con su hermano pequeño, hablando por teléfono bajo las sábanas, es una imagen suficientemente clarificadora de lo que Nadine Labaki ha querido representar. Otra escena nos muestra a una de ellas hablando, en la noche desierta, bajo su casa en el coche con su novio; son detenidos por un soldado de patrulla acusados de atentar contra la moral por el choque de egos que se produce entre los dos hombres, empeñados en no ceder ninguno. La escena concluye con toda la familia en comisaría; nos muestra la vergüenza y humillación a la que son sometidos todos por el empecinamiento del novio, constando en el atestado sus palabras de que "de aquel coche ni Dios lo sacaba" para escarnio de los policías.

"Caramelo" es el azúcar derretido que se utiliza como equivalente a la "cera" de depilación. Es la combinación del sabor dulce del azúcar —que les gusta probar mientras la calientan— y del dolor que producen el calor y los tirones que arrancan el vello de raíz para agradar a los hombres. El caramelo, como las relaciones con los hombres, es dulce y es doloroso. Un buen símbolo para lo que se quiere representar, la doble cara del amor, dulzura y dolor.
Hará unos años, con motivo del estreno de otra película, "Mujeres de El Cairo", recuerdo el comentario de una amiga egipcia: "—¡Otra película más de las que esperan ver en Occidente!". No dije nada porque uno quiere a los amigos por muchas otras cosas, pero me he acordado muchas veces de esas palabras cuando han llegado noticias continuas  —no desde Occidente precisamente— de los abusos a los que se ha sometido a las mujeres no solo en Egipto, sino en todos los países árabes en los que parecía que iban a cambiar las cosas más fácilmente y en los que sin embargo, como se está demostrando, las mujeres siguen siendo la pieza débil que hace que todo el sistema de control social siga funcionando, bajo un régimen u otro, dictadura o pseudodemocracia. Mientras se controle a la mujer, se controlará el sistema social o, si quieren que sea más preciso: dará igual quien controle el sistema social. Como bien dijo un salafista en Túnez, "da igual quien mande; lo importante es la Ley".
No se entiende nada si no se comprende y distingue lo prepolítico —que no deja de ser "poder"— de lo político —que es el poder en otra dimensión en la superficie, de repartos y alternancias—. Lo "prepolítico" se disfraza de lo natural, de lo que es así porque siempre ha sido así, porque es lo tú no vas a cambiar, porque qué van a decir, porque qué va a pensar tu familia, porque no irás a hacer sufrir a tu madre, porque que no se enteré tu padre, porque habla más bajo, porque harás lo que diga tu hermano... Porque tú, finalmente, no eres "tú" sino una pequeña parte de un grupo que se extiende por la Historia, cuyo honor debes guardar, porque lo que hagas repercutirá en todos y debes ser vigilada y controlada para evitar que tus locuras echen por tierra la labor de décadas de todos los que han vivido antes que tú y arruines el futuro de los que te seguirán. Esa eres tú, ¿qué pensabas?


Quizá podría haber considerado que la amiga que hizo aquel comentario tenía razón y que a los "occidentales" nos gusta ver lo que esperamos ver, mujeres maltratadas y sin derechos o con parodias de los mismos. Pero yo no solo vi; también me contaron. Y me llegaron dramas de personas que vivían vidas iguales o peores a las que Nadine Labaki nos muestra en su película, dramas personales que surgen de las mujeres que no tienen más remedio que ajustarse a las pautas existentes y atenerse a lo que les ocurre cuando deciden hacer ciertas cosas por su cuenta, pensando que tienen una independencia que no es posible. Con guante de seda o mano de hierro, según se requiera; como consejo o como orden se les explica que ser ellas no es algo que ellas mismas decidan, sino el resultado de una compleja regulación. No, no son solo películas de liberales quejumbrosos, de mujeres insatisfechas que no son capaces de comprender cómo funciona el mundo desde que fue hecho. Y fue hecho así por algo. Rechazarlo es el principio del fin, el acto de desobediencia orgullosa que niega el mundo y su sentido, que a nosotros se nos escapa, pero que responde a una lógica profunda, inapelable, contundente. ¡Acéptalo, mujer!


El diario El País da cuenta, en un breve texto, de los resultados de una encuesta internacional, entre 22 países de la zona, en la que queda reflejado el retroceso paradójico de los derechos de las mujeres en los escenarios de las revoluciones inicialmente esperanzadoras:

El fervor revolucionario de las primaveras árabes ha resultado nefasto para los derechos de las mujeres, que sin embargo participaron codo con codo con sus compatriotas hombres para derrocar a los tiranos. Casi tres años después del inicio de las revueltas, el avance islamista y la inestabilidad política han mermado los derechos de las mujeres, que aparecen como las grandes perdedoras de la gran convulsión política del mundo árabe, según la encuesta realizada por la Thomson Reuters Foundation entre centenares de expertos en 22 países de la región.
El país que aparece precisamente a la cola de la lista es precisamente Egipto; el gran símbolo de las revoluciones árabes que despertó una contagiosa esperanza de cambio, también para las mujeres.*


¿Son las mujeres las "grandes perdedoras"? Quizá habría que preguntarse antes "¿cuál era la guerra?" en la que luchaban, si su lucha era prepolítica, política o ambas cosas, si ellas luchaban por unas cosas y los demás por otras en las que ellas no estaban incluidas.
Los recortes de los derechos políticos demuestran que muchos de ellos eran "nominales" en sociedades, como la egipcia, que comenzaron el retroceso islamista en los años ochenta. Hay una generación adoctrinada en la palabra y el ejemplo por un tradicionalismo islamista que ha luchado por transformar sus ideas en "cotidianas", en lo correcto, en lo natural. Ellos comprendieron que la "verdad" no es más que lo "natural" y que lo natural no es más que lo "cotidiano", lo que no se cuestiona ya. No se trataba de crear grandes argumentaciones, sino de comenzar a actuar como si siempre hubiera sido así. La inercia social completa el cuadro. Y eso fue ascendiendo, impregnándolo todo. El pasado comienza hoy.

Por extraño que parezca, los islamistas estaban más interesados en la configuración de lo prepolítico, en su control, que en la lucha política en sí. Solo así se explica su desinterés por la revolución misma, que les parecía —y con razón— cosa de liberales y laicos, hasta de ateos, todos ellos cuestionadores del orden del mundo, ingenuos que piensan que cambiar el mundo está en sus manos. Es verdad que las mujeres estaban en la Plaza. Y muchas lo pagaron con desprecios, humillaciones, violaciones e incomprensiones de las propias familias que no acababan de entender qué pintaban allí.
"Las mujeres son una línea roja", dicen obscenamente ahora los islamistas, tratando de recuperar un poder que aspira a borrarles de lo cotidiano. Ahora usan a las mujeres cobardemente después de negarlas individualmente, solo proponiéndolas como modelo colectivo, referencia de sumisión y acatamiento. Todavía resuenan las palabras de la modélica diputada islamista, de las pocas que aceptaron en aquel parlamento barbudo, culpando a las mujeres de la violencia sufrida porque estaban allí donde no debían, diciendo lo que no debían, pensando lo que no debían. Todavía resuenan aquellas palabras del espejo de virtudes.
Los derechos políticos de las mujeres durante el régimen autoritario de Mubarak —igualmente en los demás— son la confirmación de que no se les concedía valor —que debería haber sido un valor transformador y no lo fue—, y que eso si que era lo que los "occidentales querían ver", pero esta vez en un sentido de modernización aparente que se frenaba en la realidad de la tradición. Mubarak creía tener todo el poder, pero —como se pudo comprobar— ni controlaba el Ejército ni controlaba la calle. Las élites egipcias, como las de otros países, jugaron a la ilusión de una modernidad que fue usada en su contra, para confirmar que ellos, el régimen, estaban equivocados, que esas mujeres "modernas" eran tan corruptas como sus padres, esposos e hijos. ¿Qué podía salir de "bueno" de la esposa de Hosni Mubarak? ¡Volvamos a la mujer virtuosa!


Ahora reaccionan las élites egipcias cuando se dan cuenta del error de no haber luchado por la extensión de la educación hacia el pueblo para poder seguir manteniendo sus posiciones de privilegio, sus buenas escuelas, sus idiomas, sus viajes, mientras se dejaba en mano de esos manipuladores de la caridad aprovechar la desidia y la corrupción del régimen. ¡Se pagan caros los privilegios, el abandono social!
La esperanza de Egipto, como la de los demás países árabes e islámicos alzados, está en las mujeres porque son la medida real del fanatismo excluyente y autoritario que no deja posibilidades a lo "político", que considera nocivo, y se dirige —contra la Historia— hacia el pasado prepolítico entendiéndolo como perfección que hay que imitar. Lo político busca la autonomía y la responsabilidad, pues solo se da allí donde se piensa en términos de personas; lo prepolítico se da, por el contrario allí donde la persona no es un concepto aceptable más que como parte de una agregación en la que disolverse. No se va hacia los derechos, sino que se van perdiendo en la comunidad que los reclama y absorbe.
La Política tiene la libertad de pueblo como horizonte; lo Prepolítico solo admite la obediencia, una sumisión manipulada y terrible. Y la mujer, excluidas las bestias, es el único ser con el que ejercer la fuerza en cualquier rincón del planeta. Los hijos crecen y te desafían; la mujer no, eterna niña, eterna obediente. Ese es el modelo profundo, decorado a veces con toques de modernidad liberal, pero no desafíes, no trates de salir de las líneas marcadas.


Cuando las mujeres han conseguido acceder a la educación y reclaman su autonomía, entonces —como hizo el gobierno del defenestrado Morsi— se baja la edad de casamiento para poder evitar periodos peligrosos de indefinición; se vuelve a fomentar la poligamia a través de créditos bancarios blandos —como hizo su ministro de Economía— o cualquier otra medida que reduzca el riesgo de la autonomía. No debe haber mujeres solas, siempre peligrosas. Prometidas cada vez más jóvenes, pretendientes al día siguiente de salir de la Facultad para evitar, como a una de las protagonistas de Caramel, tener que pasar por el quirófano para reparar lo que la vida deterioró. Cientos de miles de páginas de Facebook llenas de fotos de novias con vistosos trajes, de dedos luciendo brillantes anillos, de niños rubitos, atestiguan esa estimulación permanente para quitarse cuanto antes los riesgos. Sueños rosas.
El resultado de la encuesta realizada tras las revoluciones es desalentador por lo que muestra y por las expectativas.

“La situación para las mujeres en esos países [en los que hubo un estallido popular a favor de la libertad] es peor que hace tres años. Las normas patriarcales se han reforzado”, explica por teléfono Monique Villa, directora de Thomson Reuters, y atribuye el deterioro de los derechos a varios factores. “Se ha producido una radicalización, pero sobre todo, el clima de inestabilidad combinado con la impunidad de los perpetradores da como resultado la situación actual”.
Se da la paradoja de tanto en Egipto como en Irak, Túnez o como en Siria, las mujeres gozaban de más derechos en tiempo de las dictaduras que ahora, durante las maltrechas democracias en el caso de los tres primeros países y de la guerra abierta en el caso sirio. Las dictaduras no ofrecían derechos políticos ni libertades individuales, pero sí seguridad. Las turbulencias no son buenas compañeras de las mujeres que acostumbran a sufrir de manera desproporcionada las situaciones de caos. La violencia que ha seguido a las revoluciones populares y la utilización de las agresiones sexuales como arma política han resultado en un deterioro de las mujeres en esta región del mundo. En el caso de Siria, la guerra y el éxodo de más de dos millones de sirios que viven hacinados en campos de refugiados en los países vecinos, ha dado pie a una dramática escalada de matrimonios forzados, ataques sexuales y tráfico de mujeres.*


Hay un error de percepción: se piensa que es la inestabilidad política la que causa el conflicto, pero es la reacción de lo prepolítico, de las raíces amenazadas del orden, lo que renueva su violencia, corrigiendo los movimientos de cambio, frenándolos. Siendo cierto lo que dice el texto, hay, sin embargo, algo que no se mide, insatisfactorio en su diagnóstico, una polaridad terrible que supone que la mujer pierde en la "inseguridad" —como violencia incontrolada y sin castigo— y sufre también la "seguridad" en la que es controlada y castigada por la costumbre. Si sale, es atacada; si se queda, también. ¿Qué queda?
Me costó entender algo que otra amiga me dijo en otra ocasión: "Nuestra revolución es la nuestra; la hacemos nosotras. Trabajamos con las mujeres". No terminé de entenderlo en su momento, pero luego lo entendí: la revolución es otra, tiene una secuencia; una lucha contra la seguridad tramposa de las cadenas, por un lado, y otra contra la inseguridad de estar desencadenados, en cuyo caso, como ocurrió en Egipto, las fuerzas brutales de la violencia se ceban en las que son capaces de salir a reclamar su libertad o independencia.
La misma sociedad egipcia se debate en un dilema similar, si elegir la inseguridad de un caos que les destruye por fuera, o elegir la seguridad cotidiana, un orden que les destruye por dentro minando sus deseos de libertad, una "libertad" que habría que examinar al microscopio o con el diccionario en la mano porque parece que no significa lo mismo para todos. Considerada una aberración teológica, sus manipuladores se han encargado bien de hacer ver lo poco que vale cuando se tiene un buen líder iluminado —¿hay otro?— o se sigue la ley. ¿Libertad, para qué?


La única revolución que permanece en estado puro es la femenina porque nunca ha vivido ni de la violencia ni de la corrupción, porque no lucha por el poder, sino simplemente por poder, poder ser. No sé cómo encajará la sociedad egipcia el estar los últimos de esa lista de retrocesos. Para unos será signo de salud pública y le parecerá muy bien; para otros será una manipulación "para occidentales", a los que les gusta verlo así; y para otros, finalmente, será la constatación triste de lo que ven cada día.
El texto periodístico termina con la vieja afirmación de que "la Revolución Francesa no se hizo en dos días", a cargo de Monique Villa, un viejo principio incontestable y que precisamente es viejo por eso. ¿Qué significa realmente? Ya hemos visto que la política no sirve de mucho si los revolucionarios son tan retrógrados como el resto, si consideran que hacer la revolución es cosa masculina porque el poder lo es. No deja de ser curioso que los enemigos irreconciliables, sin embargo, coincidan en que el poder es cosa suya, algo entre ellos.
¿Por qué se empeñan ellas en olvidar cuál es su puesto, olvidar quiénes son? Pero ya no se trata de olvidar sino de la incontenible rabia que surge al mirarse en el espejo y preguntarse "¿esa eres tú?", por no reconocerse al aumentar la distancia entre lo que quieres ser, lo que sientes ser, y lo que te dejan ser. Es el drama del espejo de los deseos cuando nos devuelve la cruda realidad.


* "Las ‘primaveras’ recortan los derechos a las mujeres en los países árabes" El País 12/11/2013 http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/11/actualidad/1384199877_321643.html




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