jueves, 24 de octubre de 2013

Los mayordomos o ¡cómo está el servicio (secreto)!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mucho me temo que Barack Obama tiene un serio problema con el espionaje. El peor problema que un dirigente político puede tener con el espionaje es dejar de controlarlo, medida que, por otro lado, tiene un componente fariseo, que en términos del refranero viene a decir que "ojos que no ven corazón, que no siente". Interpretar este refrán en términos de espionaje equivale a correr el riesgo de su reverso, que es lo que le pasó a Edward Snowden, que de tanto ver, se le partió el corazón.
Una cosa es que la gente se manifieste delante de una embajada, que quemen tu bandera, que abandonen la sala cuando intervienes en la Asamblea de la ONU, que te insulten a la entrada de cualquier reunión del G8 y cosas por el estilo, y otra muy distinta que los amigos te llamen a casa a pedirte explicaciones de por qué les espías el móvil. Y es eso lo que le está pasando a Barack Obama, que queda como tonto —no se entera de lo que hacen sus servicios secretos— o que queda como hipócrita y mal amigo —lo sabe, pero lo niega—. Ninguna de las dos posturas es presentable o se pueden mantener mucho tiempo.

En la reciente película El mayordomo (The Butler 2013), que nos muestra el recorrido vital de un afronorteamericano desde los campos de algodón esclavistas hasta llegar a trabajar para los presidentes de los Estados Unidos con recorrido final en Barack Obama, se eluden probablemente esos episodios en los que el servicio de la Casa Blanca tuvo que dar excusas telefónicas: "—El señorito está en la ducha. ¿Desea dejar algún recado, Frau Merkel?".
Hemos pasado del ciberespionaje masivo, que tenía a todo el mundo preocupado, a algo muy distinto: el espionaje selectivo de los amigos o socios. Las escuchas a los mandatarios de Brasil, México y ahora de Alemania es algo más que rutina, algo más que un barrido de millones de llamadas entre las que —¡oh, casualidad!— se encuentran los teléfonos móviles de personas muy concretas.
Estados Unidos no puede negar que espía como en la mejor época de la Guerra Fría a todo el que puede. Y como puede a muchos —porque domina la tecnología que se ve y la que no se ve, porque controla las principales empresas mundiales de telecomunicaciones y de redes sociales mundiales, etc.—, pues lo hace. Hay cierto determinismo de las causas: lo que puede ser espiado, es espiado. Ya lo dijo Obama: que podamos obtener información no significa que debamos obtenerla. Pero alguien tiene problemas en la casa para entenderlo, aunque el presidente lo entremezclara con fórmulas retóricas confusas.


El problema —para Obama— es que a los que está espiando ahora el mayordomo no puede decirles muchas veces que se encuentra en la ducha, duerme la siesta o ha sacado al perro a pasear por los jardines de la Casa Blanca. Tiene que ponerse en algún momento y soltar alguna de esas frases confusas consoladoras —es más importante lo que nos une que los problemas ocasionales, viene a decir— o negarlo "todo" —aunque tampoco está claro qué es "todo", si lo que es o lo que él sabe—, como ha hecho con Angela Merkel.
Recoge el diario El País las declaraciones del portavoz de la casa Blanca sobre esta cuestión:

Tras confirmar en Washington la conversación entre Merkel y Obama, Carney dijo que los líderes de Alemania y Estados Unidos habían acordado “colaborar más estrechamente” en asuntos de seguridad. No entró el portavoz, sin embargo, en aclaraciones sobre las actividades concretas de la NSA. Alemania insiste en que “entre amigos y aliados” debería poder descartarse este tipo de vigilancia.


Hay que reconocer que la vaciedad del lenguaje de los portavoces es cada vez más irritante. Pero su función es precisamente esa, el equivalente al "señorito está en la ducha", servir de freno a las preguntas, que no se pueden ignorar pero sí eludir a través de prácticas retóricas y formularias. Ese es el arte del portavoz, desarrollar un lenguaje tal que el que ha preguntado se sienta respondido aunque no tarde en descubrir que no le han dicho o aclarado nada.
Los periodistas, en ocasiones, quedan sorprendidos por este tipo de manifestaciones en las que parece que nadie acusa de nada a nadie y nadie responde nada en concreto, y se llenan de cautelas redactoras. Estas reservas se traducen en titulares un tanto absurdos y cuidadosos: "Merkel sospecha..." (El País), "Descubren indicios..." (El Mundo) "Sospechas de espionaje..." (ABC), etc. Pero lo cierto es que nadie llama al presidente de los Estados Unidos si no tiene evidencias o tampoco se convoca al embajador norteamericano en Berlín por meras sospechas. Sin embargo, el lenguaje sigue trabajando sobre "posibles" más que sobre hechos, no porque no sean reales, sino porque la diplomacia es el arte de mirar hacia otro lado ante un interés superior, que es mantenimiento obligado de las relaciones.


Pero la diplomacia, como la paciencia, tiene sus límites. La reacción de la presidenta brasileña fue mucho más contundente y desconvocó la agenda de encuentros como protesta. Pero allí donde Dilma Rousseff se negó a ir, Angela Merkel es capaz de presentarse en la Casa Blanca y sentarse esperar a que Obama salga de la ducha, por continuar con el símil anterior. En términos de realidad supone sacarle los colores públicamente en la siguiente rueda de prensa que tengan que dar conjuntamente en cualquier foro en el que coincidan. Ocasiones no le van a faltar.
El diario El Mundo hace una descripción de la reacción de Angela Merkel que va más allá de la de una persona con "sospechas":

Según fuentes de 'Der Spiegel', "Merkel se puso hecha un basilisco" y "llamó enfurecida". "Semejantes prácticas serían totalmente inaceptables" y "en caso de resultar probadas serían desaprobadas y tendrían consecuencias" por parte del gobierno de Berlín, le habría dicho la canciller, según ha informado el portavoz de gobierno alemán, Steffen Seibert.**


Merkel no es persona que se arriesgue a tener pedir disculpas por un patinazo, por algo que después resulte no ser cierto. Las medidas tomadas ayer mismo por el Parlamento Europeo, sobre las suspensión del programa de "Seguimiento de la Financiación del Terrorismo (TFTP)", información bancaria europea para que puedan rastrear la información bancaria para mantener "su seguridad", es algo más contundente que la llamada de Merkel "hecha un basilisco", como la calificaba el diario El Mundo. Es una votación que expresa, más que el malestar, la indignación porque Estados Unidos esté abusando, literalmente, de la buena fe de los socios, aliados y amigos que han transformado una parte importante de sus actividades —por ejemplo la seguridad en los aeropuertos, los sistemas de pasaportes, etc. para adecuarlo a las necesidades de los Estados Unidos— y que ven ahora que se utilizan para otros fines las informaciones que se suministran o que se cae en el delito —que es lo que es—, con la excusa de la seguridad.

El espionaje a Merkel no puede ser por "seguridad" de Estados Unidos. Nos hemos acostumbrado —¿será por Hollywood?— a identificar, como ellos hacen, la seguridad de los Estados Unidos con la seguridad del planeta. Y no es así. Puede que ellos lo vean de esta manera, pero los demás no, evidentemente, no tienen porqué aceptarlo.
El "usacentrismo" describe una mentalidad que no es nueva, pero que se agravó con los ataques terroristas del 11 de septiembre. Pero el tratar como posibles terroristas al resto del mundo —ya sea por uso de drones, comandos o escuchas— no es la solución porque lo único que crea es más inseguridad en la medida en que crece el sentimiento de enemistad y repulsa por una forma egocéntrica de actuar. Comentamos en su momento la poco afortunada —visto desde fuera— explicación dada por Obama a sus votantes señalando que con el espionaje no se habían vulnerado los derechos de los ciudadanos estadounidenses. Es de una gran hipocresía, además de un insulto generalizado, pensar que los demás ciudadanos del mundo no tenemos derechos o que quedan reducidos ante la prioridad de la seguridad de USA.


Lo irritante del caso es la justificación del espionaje como "seguridad nacional", una especie de salvoconducto que Estados Unidos se ha acostumbrado a usar como justificante de lo muchas veces injustificable. Ni Merkel, ni Rousseff ni Peña Nieto son enemigos de los Estados Unidos. Ahora, en cambio, son amigos irritados por un comportamiento agresivo y vigilante, cuya finalidad se nos escapa, pero que tiene que tener unas autorizaciones en algún punto de la cadena invisible de mando. En algún punto están los saben por qué lo hacen, dónde va la información, quién lo ordena y quién la recibe, quién la analiza y ante quién se presenta. Los mayordomos acaban conociendo la casa mejor que sus dueños. Y cuando los dueños lo saben, como le ocurrió a Nixon, acaban mal. Richard Nixon es el mal presidente prototípico —hasta en la película El mayordomo es el pero parado— porque espió a sus compatriotas, único delito que parece ser considerado en los Estados Unidos. No otra cosa fue Watergate.


Nosotros nos contentamos con esas respuestas tópicas y absurdas en las que el presidente de los Estados Unidos promete que investigará qué pasa si es que ha pasado algo. No podemos pretender que el presidente Obama sepa qué ocurre en todos los despachos de la administración norteamericana —para eso están sus mayordomos—, pero sí que, una vez advertido lo que ocurre en su casa, tome medidas con el servicio para evitar que siga ocurriendo o corre el riesgo de que le saquen los colores en cada rueda de prensa o visita al extranjero que realice, allí donde no se pueda enviar a los portavoces a divagar.
El paso dado por el Parlamento Europeo ayer es un serio aviso a los Estados Unidos. En algún momento el presidente tendrá que salir de la ducha y atender las llamadas.



* "Merkel sospecha que fue espiada" El País 24/10/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/23/actualidad/1382550257_674811.html
** "Descubren indicios de que EEUU pinchó el teléfono de Merkel" El Mundo 24/10/2013 http://www.elmundo.es/mundo/2013/10/23/52680d1a63fd3dae408b457b.html?a=918f472cdc2ff8954cf47feb75901969&t=1382605188






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