sábado, 12 de octubre de 2013

El mar común

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Terrible ironía! El primer resultado del dispositivo puesto en marcha para evitar sucesos como el terrible ocurrido frente a Lampedusa, con 339 cadáveres sacados de las aguas, ha sido la muerte de cincuenta nuevos emigrantes. Señala el diario El Mundo: «Una nota oficial de la marina maltesa asegura que el naufragio se ha producido hacia las 17.10 hora local (15.10 GMT) cuando un avión de Malta que vigilaba el Canal de Sicilia ha sido avistado por los inmigrantes, quienes, al intentar hacer señales para ser localizados, han comenzado a agitarse y han provocado el vuelco de la embarcación en la que viajaban.»* La fatalidad no da tregua a los más desgraciados, que además de una vida miserable han de sufrir una muerte absurda.
La conciencia del desastre no elimina los desastres porque el mar no entiende de políticas. Mientras las políticas de dirijan al mar no habrá resultados positivos. Es en tierra donde se deben poner los ojos. El mar no es más que la trágica punta de un iceberg, el remate absurdo de un drama que comienza en lugares remotos o próximos en los que anida la desesperación. ¿De qué otra forma pueden calificarse estas aventuras de hombres mujeres y niños lanzados a un terrible viaje? Contamos el número de muertos, pero no la desesperación que les arroja al mar en busca de una Europa en la que tienen familiares, conocidos o son los primeros enviados para establecer un futuro puente.

Cada nuevo drama africano o del Medio Oriente se traduce en el aumento de los flujos migratorios y la vía más rápida de escape es el Mediterráneo, un mar de cultura que se va tiñendo de dolor convertido en fosa común. Nos dice el diario El País que en de las 9.000 muertes que calculan que se han producido desde 1990, 2.100 lo fueron en el año 2011, el de los levantamientos en los países árabes.** Las presiones económicas, bélicas o la suma de ambas aumentan el flujo de los que intentan llegar al otro lado.
Europa se ha atrincherado ante la inmigración, aunque sea el mar quien hace el trabajo sucio. Y es precisamente ese mar el que, a la vez que nos separa, nos ha unido tradicionalmente estableciendo unos puntos en común que solo el deseo de diferenciación nos impide contemplar y pensar sobre ellos.
A las tradicionales denominaciones de los continentes, que nos separan mentalmente, como categorías —"Europa", "África" y "Asia"—, los historiadores y antropólogos están respondiendo con nuevas categorías que entienden que no existen tanto las fronteras sino las proximidades, que lo natural es el contacto y lo artificial las separaciones. Se puede hablar, como lo hace Jack Goody, por ejemplo, de una "Eurasia" más real históricamente que la separación de ambas, convertidas en mundos distintos sobre el mapa pero en la realidad repleto de continuidades irisadas en las que fracasan las distinciones radicales y absolutas. No hay líneas en la naturaleza; lo que existe es la vecindad, para bien y para mal.


Hay distancias geográficas y distancias culturales. A veces a distancias físicas pequeñas le corresponden grandes distancias culturales, que se han ido acumulando como distinción significativa, como deseo manifiesto de ser diferentes, de marcar distancias.
"África" sigue permaneciendo en nuestras mentes como una entidad distante por más que esté a unos pocos kilómetros, como ocurre con el estrecho de Gibraltar, o a 140 kilómetros en el paso de Sicilia que tiene a Lampedusa como eslabón.
El mundo no tiene nombres; se los ponemos nosotros marcando los territorios y estableciendo con ellos las distinciones que después rellenamos de sentido, amparándonos en la Historia, que son discursos escritos necesaria y obligatoriamente desde un punto de vista. Es "nuestra" historia frente a la de los otros. Por eso insisten tanto algunos en tratar de encontrar puntos de vista coincidentes, intereses comunes, acuerdos de visión para poder escribir "historias" que acerquen y no que distancien, que nos impliquen a unos con otros porque no podemos vivir de espaldas. No es fácil, porque muchos viven de alentar las diferencias, de la creación de brechas de las que poder beneficiarse. Se alienta el odio y los enfrentamientos, que siempre es una materia rentable, en vez de la cooperación, que suele resultar más cara.


Siempre nos queda la categoría superior, la de "seres humanos", la de "personas", que nos une por encima de distinciones, pero esa solo se activa en la tragedia. Es la que ponemos en marcha cuando el sufrimiento que tenemos ante los ojos se hace insoportable. Es una pena que nos conmuevan más los muertos que los vivos.

Italia ha concedido la nacionalidad a la víctimas del naufragio de Lampedusa, como comentábamos hace dos días. Aunque sea bienintencionado, no hay acto más ridículo. Ellos no venían a ser "italianos" —ni "españoles"—, ni "europeos"; venían a intentar vivir mejor que en sus países, donde se les niega el trabajo, el pan y la justicia. En la jerarquía de la subsistencia, la "nacionalidad" no importa más que por ser un "permiso de trabajo", algo que les permita salir adelante en la vida. Pero nosotros, orgullosos, soberbios, pagamos su esfuerzo regalándoles nuestra "nacionalidad" cuando ya no lo necesitan. ¡Otra ironía!
Es la muestra de que no sabemos manejar el problema porque lo planteamos como una cuestión de fronteras y no de vecindades. Mientras no desarrollemos más políticas de cooperación en el segundo sentido —la vecindad—, tendremos que invertir más en defender, blindar, unas fronteras que no controlamos. El mar no es una barrera de carretera, que sube y baja con nuestros deseos; no son las verjas de Ceuta o Melilla que podamos elevar o electrificar. Es una trampa en la que los que se lanzan a la aventura pueden morir en cualquier momento, incluso a cincuenta metros de la orilla, como los inmigrantes de Eritrea que se ahogaron frente a la playa siciliana de Sampieri en el mes de septiembre.**

El Mediterráneo es nuestro mar, un mar común alrededor del cual se ha forjado nuestra historia, pasando la civilización de una orilla a otra, recorriendo sus costas. España, Italia, Grecia —todo el sur de Europa—, Egipto, el Magreb, Oriente Medio, Turquía... somos habitantes de un mar común, como lo somos de tierras distintas pero vecinas. Si genéticamente todos somos africanos, emigrantes salidos de las sabanas, culturalmente somos mediterráneos, entremezclados, llenos de herencias —de monumentos a palabras—, con lazos que nos empeñamos en desatar e historia que desandamos cada día, en un esfuerzo por alejarnos. Mejor o peor avenidos, tenemos una historia familiar común. Somos mediterráneos, hijos del olivo.
Es fácil hacer demagogia con las muertes. No lo es tratar de buscar soluciones. De nada sirve aguantar el tipo ante los féretros alineados si no se hace nada al regreso a los despachos. Quizá no esté en nuestras manos solucionar muchos de esos problemas, pero sí tratar de desarrollar políticas y acciones más eficaces que las seguidas hasta el momento. Mientras haya una brecha tan grande entre la miseria y la riqueza y una distancia física tan corta, apenas unos kilómetros, la tentación de la aventura estará ahí y la tragedia se producirá en cualquier momento. No podemos separar los países, agrandar el mar, pero sí podemos achicar el espacio de la pobreza, reducir la desesperación.



* "50 muertos, entre ellos 10 niños, en el naufragio de una barcaza en Sicilia" El Mundo 12/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/11/internacional/1381511052.html?a=c49024f8be58f2be822b01d70bc84730&t=1381556077&numero=
** "Al menos 50 muertos en un naufragio en el estrecho de Sicilia" El País 11/10/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/11/actualidad/1381510115_315660.html






No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.