miércoles, 11 de septiembre de 2013

Princesas de dignidad, mártires de lo indigno

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Fue durante la comida de ayer. Se comentó horror de la muerte de una niña llamada Rawan, de solo ocho años, en Yemen, obligada a casarse con un "viejo". Se criticó el poco acierto de un periódico al hablar de "noche de bodas", por lo que a la noticia de muerte se sumó la irritación de la forma de transmitirlas. Casos como estos debería calificarse de crímenes y torturas rituales, pues no son otra cosa.
Recordé en la conversación que hacía un par de semanas había tenido ocasión de escuchar y ver a otra niña en Yemen con el mismo problema. Su tío la había sacado de su casa y acogido porque sus padres habían concertado algo que me resisto a llamar "matrimonio", algo que no es más que una aberración en la que las perversiones se disfrazan de costumbres virtuosas, de tradiciones santificadas escondiendo la bajeza a la que se puede llegar con el beneplácito de lo que llaman "costumbres" y beneficia siempre a los más poderosos y perjudica a los más indefensos, a las mujeres en cualquier etapa de su vida

Conté como aquella niña de once años Nada Al-Ahdal aparecía en una grabación, realizada por su tío para hacer público el caso, en el que ella se defendía con viveza señalando que ella era una "niña" y que prefería morir antes que nadie la entregara a un hombre. "Soy una niña", repetía en la grabación realizada en el interior de un coche que la alejaba de los seres que la engendraron para venderla, por dinero, como ella misma señalaba, por congraciarse con ricos vecinos y satisfacer el podrido cuerpo de un ser abyecto que basa su poder en coleccionar niñas torturadas, algo de lo que presumirá porque ve prestigio social en ello.
Me alegré de que su tío hubiese sido tan sensato —como decía a la cámara— como sacarla de allí y acogerla en su casa para no permitir aquella infamia con una niña e once años, que era todo ojos —unos inmensos pozos de luz negra—, vivacidad, valor, expresividad y sentido común concentrados en unos pocos años. Pensé: hacen falta muchas niñas así para garantizar un futuro que vaya hacia adelante con alguna garantía de supervivencia, un futuro en el que no se acumule además de la ignorancia propia, el desprecio ajeno ante el horror.
El pensamiento de la tortura horrenda que llevó a esa niña a la muerte me causó indignación y una rabia que me agarró la garganta. Y la lloré como habría hecho cualquiera, con una mezcla de profunda tristeza, indignación e impotencia pensando en ese monstruo ufano, respetado por su comunidad, monstruo que consigue las niñas que le son ofrecidas o pide.


El día anterior había tenido una conversación con dos personas —una egipcia, la otra marroquí— que contaban horrorizadas el efecto que les había causado una de la series televisivas de este último Ramadán que había abordado la cuestión —de nuevo preocupante— de la rebaja de la edad de los matrimonios. La serie mostraba la historia de un viejo que iba recolectado niñas cada vez más jóvenes para su disfrute. "Era muy fuerte", comentaron, "no se aguantaba". Por mi parte les hablé de una reciente noticia televisiva que nos mostraba la celebración del matrimonio de dos niños —doce años él, diez ella—, el gran festejo organizado por las dos familias. "Los padres somos como hermanos", decía el padre uno de los contrayentes. "Y las madres son como hermanas", contaba satisfecho. "¿Quién va a elegir mejor que nosotros lo bueno para ellos?". Allí no se casaban los hijos; lo que allí se celebraba era el triunfo de la comunidad y la negación de la persona, a la que se le impide llegar a ser sustrayéndole las decisiones antes de que se pueda oponer o tener criterio propio. 


Era la fiesta de la sumisión de los hijos, objetos de transacción, y la celebración del patriarcado; era la fiesta del poder sobre el débil. "¿Te gusta casarte?", le preguntaban a la niña, radiante, maquillada para parecer lo que no era y anular su ser infantil. "No lo sé. Ellos me han dicho que tengo que hacerlo", contestaba con una sonrisa desde la inocencia y la ignorancia de que lo que allí se celebraba era la salida de un futuro de sus propias manos, una pérdida irrecuperable.
Los partidos islamistas que han llegado al poder aprovechando las revueltas en los países árabes han fomentado medidas que no trataban de evitar esto, sino lo contrario. Es ahí donde se encuentra el caldo de cultivo de la ignorancia que los lleva al poder, la hipocresía que les hace levantar las manos en un falso rezo carente de piedad, con el que encubren su enfermedad retrógrada disfrazada de beatería virtuosa. El tío de Nada Al-Ahdal, la niña yemení, señalaba directamente el apoyo de la Hermandad a los islamistas de su país y cómo se había abandonado la ley que limitaba a los 17 años el matrimonio por considerarla "poco islámica". Los islamistas siempre son muy respetuosos con la ley; lástima que no lo sean con las personas.


En poco menos de un año en el poder en Egipto, la preocupación del "demócrata Morsi" y sus ministros, con un país hundido económicamente, educativamente, administrativamente, se centró en cuestiones como la rebaja de las edades del matrimonio, en la reducción de la edad del control de los hijos por parte del padre separado —que estaban bajo tutela de la madre obligatoriamente hasta cierta edad—, se dedicó a facilitar créditos para cubrir el sobregasto matrimonial de la poligamia —exenciones y descuentos para los créditos solicitados para las segundas bodas— y otras labores "prioritarias" que casan bien con su credo, "moderado" a los ojos de un Occidente, que no acaba de entender el fenómeno. Todas sus prioridades eran regresivas y contra los derechos de las mujeres de cualquier edad.
Fenómenos parecidos —cambio y relajación de las leyes, la vuelta de la costumbre bárbara precoránica, camufladas bajo las tapas del Libro— los hemos visto en Túnez, en Libia o en Yemen. Aumenta igualmente en otros países la violencia contra las mujeres y en especial contra las niñas, víctimas muchas veces indefensas y cuya tortura ritual se celebra. Se reprimen brutalmente los deseos de libertad, de modernización de un mundo que mantiene una conciencia tribal profunda que hay muchos intereses en mantener.


Hay millones de musulmanes de todo el mundo a los que esto le parece una aberración profunda, algo que no tiene nada que ver con religión alguna, indefendible como muchas otras cosas que les hacen sonrojarse cuando se realizan en el nombre de unas creencias que ellos viven de manera muy distinta. Saben que chocan contra un muro social y muchos guardan silencio por temor a enfrentarse a algo más poderoso que los dictadores, que no se derriba con pancartas y manifestaciones. Son los patriarcas, la encarnación de un poder, por encima de cualquier otro, que se basa en el entrelazamiento de los lazos familiares, religiosos y sociales, que anula cualquier resistencia individual porque nunca debe ser cuestionado su poder. La niña de Yemen fue un cordero sacrificado más.
El movimiento de rebeldía en los países árabes se ha visto contrarrestado con el aumento de la presión social sobre aquellas personas a las que les gustaría que el Islam pudiera avanzar hacia el mundo en el que viven hoy, que se redujera la brecha entre lo anacrónico sacralizado y un presente que puedan vivir con dignidad, acorde con sus conciencias, no verse enfangados en monstruosidades de diferentes calibres al amparo de lo religioso. Son muchas de esas personas que desean avanzar en la Historia, progresar, las que se han sentido traicionadas porque se ven entre dos fuegos: el de la intransigencia de los próximos y la indiferencia o incomprensión de los distantes.


Y son ellos, sin embargo, los únicos que pueden cambiar desde dentro los restos de la barbarie; son ellos los que tienen  que luchar cada día nosolo en parlamentos, sino en escuelas, transportes públicos, mercados, cafeterías, piscinas, hospitales, autobuses, colas..., en todas partes, porque este enfrentamiento, esta lucha por intentar ser uno mismo y vivir con dignidad personal se da en los detalles más pequeños de la vida cotidiana, en cosas tan sencillas en otros lugares que no acabamos de creerlas. Hemos olvidado que hay muchas cosas sencillas, muy sencillas, que son el resultado de miles de muertes y conflictos centenarios, que son sencillas gracias a personas que se enfrentaron solitarias y decididas a los muros de la intransigencia y del inmovilismo camuflado de tradición. Y son esas personas, precisamente, las que más necesitan de apoyo para seguir adelante y cambiar lo que no les gusta, con lo horrendo que no pueden compartir. Si se van, como ocurre muchas veces, hartos de luchar, su hueco es cubierto por los que se benefician de su ausencia, que amplían su poder.
El asesinato ritual, porque solo así se puede calificar la muerte de esa niña en Yemen, pesará sobre aquellos que lo ampararon, desde los padres que la entregaron, al criminal que lo consumó bajo el aplauso social. A ellos les da igual; piensan que estaba escrito, que Dios lo ha querido porque nada ocurre sin su consentimiento. Pero esto no ha ocurrido por el consentimiento divino sino por la perversión humana que usa su nombre y por la indiferencia o sumisión.
Rawan no pudo sobrevivir, como lo hizo Malala, escapar como Nada Al-Ahdal; no ha tenido esa suerte. Las mártires son cada vez más jóvenes porque la perversión no tiene límites. Su martirio no es un título ganado en las calles luchando, sino en la terrible soledad del espacio doméstico convertido en cámara de torturas.
Murió libre y liberada. Descansa en paz, princesa de dignidad. Vergüenza nuestra.





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