sábado, 7 de septiembre de 2013

Obama, príncipe de Dinamarca, o el error solidario

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Creo que nadie duda de que Barack Obama se ha equivocado. Creo que lo saben hasta los que le apoyan; especialmente los que ven que no tienen más remedio que apoyarle. Saben que es un error, que se meten en aguas turbulentas de las que desconocen su profundidad y fuerzas, aguas de las que ignoran hasta dónde pueden arrastrarles.
Si el objetivo del presidente norteamericano era mostrar la firmeza de la comunidad internacional contra el uso de armas químicas, ha hecho un flaco favor a la causa al mostrarla divida.  Y así ha desvirtuado las razones principales al hacer que se desatiendan los problemas secundarios.
La reunión del G20 ha supuesto un duro revés y una demostración de la división de la comunidad internacional que, aunque comparte esencialmente el fondo no comparte, en cambio, las formas o el método. Por decirlo así, muchos comparten el diagnóstico pero no están de acuerdo en el tratamiento. ¿Por qué se lanzó Obama a esta aventura que se ha acabado volviendo contra él? ¿Por qué es él el que queda aislado cuando se trataba de aislar a Basar al Asad? ¿Por qué se llenan las calles del mundo de pancartas contra los Estados Unidos, es especial contra su presidente, en vez de contra la Siria gobernada por Al Asad?


Podemos pensar que es un problema de Barack Obama, de los Estados Unidos o de la comunidad internacional. Quizá los problemas están en los tres, cada uno en su nivel, porque es evidente que los errores se acumulan cuando las soluciones que se ofrecen no hacen sino aumentar el conflicto en vez de reducirlo. Hoy lo que se le pide a la comunidad es participe solidariamente en un error a sabiendas de que lo es.

Ningún presidente de los Estados Unidos había suscitado tantas simpatías y esperanzas como Barack Obama, especialmente fuera de sus fronteras. Ese capital se ha dilapidado y hoy se le responsabiliza de muchas situaciones de conflicto tanto por sus dudas como por sus decisiones.
La imagen de un presidente aislado, una especie de príncipe hamletiano por los pasillos de la Casa Blanca, es seductora. Explicaría la falta de asesoramiento real y eficaz sobre los problemas y ciertas reacciones suyas en las que busca una conexión con el pueblo antes que con la clase política. Sus complicaciones para sacar adelante sus medidas más radicales, que le son boicoteadas por esa falta manifiesta de apoyos, así lo demuestran. ¿Pero está aislado realmente o es una forma personal de actuar, de entender la política?
Obama empezó la casa por el tejado y le falló la cimentación. La táctica empleada por Obama ante los problemas presupuestarios y ante otros de gran envergadura ha sido la misma: ha lanzado el problema a la opinión pública para que esta presione allí donde él no obtiene resultados directos. Obama confía más en sus dotes de orador emocional convincente que de negociador en despachos; sus trabajados discursos y retórica empática no funciona ante políticos conocedores de la distancia que hay entre las palabras, las emociones y los hechos. Quizá por eso Obama se lanza a la arena pública con demasiada frecuencia sabedor de que puede ganar el favor de la opinión y que esa opinión favorable le servirá como arma al arrojar la responsabilidad del no sobre los otros. Pero ahora Obama no cuenta con el favor de la opinión pública, que se manifiesta en contra de la intervención de su país en otro campo de batalla.
Con motivo de la presentación en abril del presupuesto, El Nuevo Herald citaba y comentaba las palabras de Obama:

“Ya cumplí con más de la mitad de lo que pedían los republicanos, así que en los próximos días y semanas espero que los republicanos den un paso al frente y demuestren que realmente están tan comprometidos en disminuir el déficit y la deuda como dicen estar”, afirmó Obama en el Rosedal de la Casa Blanca.
Pero en lugar de hacer que el Congreso se acerque a un acuerdo en gran escala, hasta ahora las propuestas de Obama han logrado enfurecer tanto a los republicanos –que están molestos por el aumento en los impuestos– como a algunos demócratas, descontentos por los recortes a las prestaciones de la Seguridad Social.*


Parece que el sino de Obama es pedir la unión y lograr la división. Su estrategia provoca siempre los mismos efectos. El mecanismo es siempre el mismo: el lanzamiento de una proclama de bondad universal —educación, sanidad, presupuestos...— que los otros se vean en dificultad para rechazar. Obama siempre apela directamente al pueblo, siempre lanza la responsabilidad del "no" a los demás. Y eso en política es empezar la casa por el tejado.
En el caso de Siria ha hecho lo mismo: en vez de negociar antes para ver los apoyos de que disponía y, sobre ese conocimiento previo, tomar una decisión ajustada a las posibilidades reales, se lanza y deja a los demás en situación de decir "no". Les pide a los demás "que den un paso al frente", literalmente. Esa forma de actuación le ha creado grandes problemas en la política nacional y se los ha creado en la internacional. Obama tiene demasiado a menudo un "sueño", algo que está muy bien si luego, despierto, aciertas en la forma de cumplirlo. Si no se distingue el sueño —lo que se desea— de lo que se puede, se produce un problema.

Lo que ahora mismo se están planteando los políticos norteamericanos —los republicanos hablan directamente de falta de liderazgo y temen lo que pueda hacer— es cómo salir de una situación en la que se les ha metido, en donde se juegan mucho más que una acción militar. La pretensión inicial de Obama de que al emprender una cruzada todos se iban a lanzar a seguirle entonando algún tipo de canto espiritual se ha desmoronado ante la resistencia de la comunidad internacional a dejarse arrastrar a una aventura incierta en sus resultados y dudosa en sus fines. Una guerra es una guerra, se juegue como se juegue con las palabras o los tiempos.
Prescindo de cualquier tipo de hipótesis sobre otra finalidad para la intervención, que las hay para todos los gustos e imaginaciones. Hasta junio, Obama señalaba, cuando se le preguntaba,  que Estados Unidos no tenía intención de realizar ninguna intervención militar en Siria. Los muertos ya entonces se estimaban en cien mil y los refugiados en cerca de dos millones. No creo que esto obedezca a ningún plan oculto, sino —todo lo contrario— a una falta de plan y criterio, que es lo que de verdad asusta a la gente, dentro y fuera de los Estados Unidos, meterse en una guerra irresponsable.
Se ha pasado de hablar de una operación relámpago de dos o tres días a pedir la aprobación de una campaña de sesenta días con treinta más de prórroga, si es necesario, como si fueran letras de un banco. ¿Prórroga?


Cuando se logró el visto bueno para una "zona de exclusión aérea" con fines de protección del pueblo libio, sin pisar el suelo, se realizó una acción militar en toda regla que además de "proteger", borró a Gadafi del mapa. Nadie lloró por Gadafi, pero aprendieron que una "zona de exclusión aérea" da mucho de sí, que hasta lo más sencillo es demasiado interpretable. Se consiguió obtener el permiso para eliminar a Gadafi, pero se convirtió el Consejo de Seguridad en algo inútil, pues el voto se pedía con unos objetivos y en la práctica se iba más allá. Es tan malo bloquear resoluciones como pedir autorización para una cosa y luego hacer otra. Hoy nos quejamos de que está bloqueado —también para cualquier acuerdo que afecte a Israel— para intervenir en Siria, pero lo cierto es que sus resoluciones se incumplen luego por exceso. Sembrar el recelo se acaba pagando y eso lo aprovechan los interesados, especialmente Rusia.
La intervención militar en Libia tenía muchas cosas a su favor, especialmente una corriente histórica que estaba haciendo tambalearse una serie de dictaduras por los levantamientos populares. Todo el mundo —no todos, Chávez estaba con Gadafi— apoyaba la caída de los dictadores, al menos después de ver que iba en serio, como ocurrió con Sarkozy en Túnez. Las opiniones públicas de los países apoyaban con simpatía y solidaridad los esfuerzos de los pueblos que se levantaban buscando libertad y democracia. De esto han pasado siglos en el peculiar calendario de la densidad histórica. La dura realidad de los tortuosos caminos hacia la libertad, llenos de obstáculos, ha hecho que muchos hayan perdido el entusiasmo y se hayan vuelto más pragmáticos. Siria es un fleco descontrolado de la "primavera árabe", la cara bélica del fracaso político que ha creado otros problemas, de distinto grado, en Egipto, Túnez o Libia.


Podemos caer en el cinismo y señalar que el error de los Estados Unidos —de Barack Obama— ha sido tratar de implicar a la comunidad internacional llegados a un punto crítico de la situación; pero eso sería otra inmoralidad, un ejercicio de hipocresía, como es la política de líneas rojas, que deja manos libres a otras formas de ejercer la violencia. 
Obama toma una decisión y luego pide a la Comunidad que se sume. Al tratar de conseguir simultáneamente el apoyo interno y le externo —otro error de cálculo y estratégico importante— se tiene que enfrentar al rechazo de ambas pretensiones porque los argumentos no se pueden mezclar: no se puede decir en USA que se defienden los intereses de los Estados Unidos y fuera que son los de todos. Al único que ha favorecido todo este mar de dudas, esta peregrinación mendicante de apoyos, cosechando rechazos y apoyos ambiguos, ha sido a Basar Al Asad, que ha obtenido la confirmación de quiénes no van a intervenir en Siria y de que sus apoyos son firmes.

Si Estados Unidos quería realizar una acción ejemplar y moral, podría haberse volcado con la ayuda a los refugiados y buscar una condena política de Al Asad en todos los foros internacionales, haber aumentado la presión para la condena del régimen sirio, que sobre él pesara la amenaza de verse ante el tribunal penal internacional acusado de genocidio. Era buena cualquier fórmula que, partiendo —algo en lo que no entramos ahora, aunque sea la raíz del problema actual— del hecho de que no se ha intervenido antes, supusiera el aumento de la presión internacional sobre Al Asad y paliara el sufrimiento que padece el pueblo en el conflicto.
Todo conflicto que no se para a tiempo salpica a la comunidad internacional. Habrá siempre unos responsables directos, pero la comunidad debe asumir que toda guerra implica también un fracaso de todos y de los mecanismos e instituciones creados para evitarlas. Todos somos un poco responsables, por eso tratamos de compensar al menos el dolor que se causa con las ayudas internacionales. Podemos estar ciegos ante la guerras, en función de los intereses particulares, pero no debemos estarlo ante sus consecuencias.


Si Barack Obama se empeña en seguir adelante, conseguirá lo contrario de lo que buscaba: apoyos para Al Asad, que se podrá mostrar como víctima del "imperialismo norteamericano" y justificará mayores atrocidades para defenderse. Obama mostrará un "liderazgo" de muy bajo perfil; la gente se fijará más en los que no le han seguido que en los que lo han hecho a regañadientes o por convencimiento, que se verán enfrentados a la lucha política local —como en Francia— que aprovecharán sus opositores locales. Merkel no ha querido meterse en mitad de campaña en estos líos que se vuelven siempre contra el que gobierna. La opinión pública la respalda y además muestra su independencia y la de Alemania. Cameron ha hecho el ridículo y Hollande lleva el mismo camino.
Solo se beneficia Al Asad. Indudablemente, hay que condenar a Basar Al Asad, buscar un castigo eficaz; se lo merece desde el día en que rechazó una salida política a las reformas y cambios que le pedían sus ciudadanos. Hay que condenarlo y buscar vías inteligentes y eficaces, directas e indirectas, para conseguir el objetivo de la solución del problema sirio. Incluso los problemas matemáticos pueden tener varias formas de resolverse y todas son buenas —unas más laboriosas que otras, unas menos elegantes y armoniosas que otras— si llegan al mismo resultado, el correcto. En la política, en las relaciones internacionales, el camino más corto no siempre es el recto y hay que dar muchas vueltas para lograr obtener unos resultados. Lo malo es cuando el problema está mal planteado, en cuyo caso es casi imposible que se resuelva por esa vía.


Quizá Barack Obama tiene demasiados "obamas" a su alrededor y necesita, por el contrario, de alguien que cumpla las funciones de abogado del diablo. Creo que Obama necesita la visita de los tres espíritus, como Ebenezer Scrooge en Canción de Navidad (A Christmas Carol), la conocida obra de Charles Dickens, para mostrarle con claridad lo que ocurrió en el pasado, la situación del presente y sus consecuencias en el futuro. Al final, tanto Hamlet como el cuento de Dickens tratan de fantasmas que nos visitan y advierte y de las consecuencias de no hacerles caso.
Queda la duda de cómo reaccionará en las próximas fechas ante los reveses consecutivos que está teniendo y si el Congreso de los Estados Unidos asume de forma solidaria el error de planteamiento bajo el principio de que su país debe mantener lo que su presidente ha dicho en su nombre, aunque no esté de acuerdo. La situación es bastante insólita y puede que Estados Unidos no gane nada y que, por el contrario, pierda su liderazgo ante los peligros de ser aliados de alguien que toma decisiones dando por hecho que le vas a seguir.




* "Obama envía un plan de presupuesto al Congreso" El Nuevo Herald  11/04/2013 http://www.elnuevoherald.com/2013/04/10/1451006/obama-envia-un-plan-de-presupuesto.html






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