domingo, 22 de septiembre de 2013

Muerte de un soldado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La historia tiene algo de camusiana, algo de absurdo en un mundo absurdo en el que se pierden las referencias y solo quedan las emociones básicas. Nos las traía el diario El Mundo ayer y nos contaba el asesinato de un soldado israelí de veinte años a manos de un palestino para poder canjear el cadáver por su hermano preso desde hace más de diez años por terrorismo*.
Nos dicen que son frecuentes los intentos de secuestro para canjearlos, vivos o muertos, por los detenidos, en una espiral de crecimiento continuo de violencia y crueldad. En este caso, el asesino fue detenido inmediatamente y les llevó hasta el cadáver, que había arrojado a un pozo de siete metros de profundidad en la confianza de que el trato sería aceptado y podría sacar a su hermano de la cárcel.


Ha habido casos de gran repercusión en los que soldados secuestrados han sido canjeados por decenas de encarcelados en Israel en una extraña aritmética. Negociar la vida de una persona puede entenderse; hacerlo con cadáveres, entra en una fase distinta, en una zona macabra en la que se satisface el odio mediante el crimen, se busca la comodidad y se juega con el dolor sin retorno.
¿Pensó el asesino que podían devolverle —en aplicación del ojo por ojo— el cadáver de su hermano? ¿Cómo hubiera reaccionado si hubieran aplicado esa lógica al ser él el causante de la muerte de su hermano? Son preguntas, como decíamos, camusianas, dignas de ser desarrolladas teatral o narrativamente por un intelecto que piense más allá del acto y se dé cuenta de sus implicaciones morales, como hizo Camus en obras como Los justos, por ejemplo.


En un artículo publicado ayer en Al Arabiya, titulado "Being a Shiite in Turkey", escrito por Ceylan Ozbudak —analista política, presentadora de televisión y directora de la ONG "Tendiendo puentes"—, se desarrollan algunas ideas sobre el problema profundo del sectarismo y la violencia en el mundo islámico a la luz de los conflictos que estamos viendo en lugares como Siria. Señala la autora que el "sectarismo" se considera una "explicación" suficiente por parte de los medios occidentales, que consideran que ambos, sectarismo y violencia, son caras de una misma moneda. Ozbudak, tras analizar que hay espacios en los que se ha demostrado posible la convivencia entre grupos que se atacan en otros lugares, concluye:

The root problem is not sectarianism but the perception that violence is “acceptable”. Sectarianism is only a pretext. This can only change through mass re-education. The problem is seeing violence and hostility as a natural phenomenon in life.



Puede parecer ingenuo reducir el problema del sectarismo y la violencia a una cuestión de educación, pero en cierto sentido sí lo es, porque todo lo es. La cuestión es que la educación no es solo algo de las escuelas, algo que pueda ser abordado desde un plan educativo determinado, sino algo que afecta a la transmisión del odio a través de todas las formas sociales posibles. La educación no es nada si no hay un consenso social que lo respalde. De nada sirven los planes educativos si se desayuna, come y cena con el odio.
La violencia es también una forma de educación, negativa, pero educación: enseña una forma de resolver problemas. Lo que no se enseña, pero se aprende, es que la violencia engendra más violencia. La educación en la violencia se convierte en una herramienta aplicable, una vez aceptada, a muchos conflictos porque es la solución que se encuentra más a mano. El asesinato de políticos de la oposición en Túnez —que llevó al estallido de protestas sociales en el país— es una solución "cómoda" y "sencilla" para el que ve el asesinato de esa forma, como un "fenómeno natural en la vida", por usar las mismas palabras que la analista turca. Es esa naturalidad de la violencia lo que espanta


La relación entre sectarismo y violencia es compleja y en ocasiones funciona como una trampa dialéctica. La violencia sectaria se condena como un desperdicio de energía, como una violencia que debería dirigirse contra los "verdaderos enemigos". La teoría conspiratoria que sostiene que el sectarismo es alentado y provocado por enemigos externos —Estados Unidos, Israel o cualquier otro país o grupo, según convenga al caso— se basa en esa idea de que la violencia debería dirigirse a otra parte y no malgastarse entre "hermanos". Eso es un pacifismo relativista y estratégico; no es una condena de la violencia, sino de su mal uso y desaprovechamiento.
Los sirios se matan en tres frentes: los partidarios de Al Asad con los rebeldes y los rebeldes entre sí, según nos informaban ayer mismo y era previsible que ocurriera por los cambios de expectativas en la resolución del conflicto. Son dos guerras superpuestas. En cualquier caso, la violencia se ve como una forma natural de actuar para conseguir los fines que se marquen. La prueba es que se usa para eliminar a los compañeros de horas antes, convertidos en obstáculos futuros que deben ser eliminados.
Las terrible imágenes que nos llegan de la masacre de Nairobi nos muestran una vez más el camino de la violencia, que es pregonado sin cesar como solución de conflictos reales o imaginarios, aplicado a personas responsables directa o remotamente, a inocentes que pasaban por el lugar y no fue su día más afortunado.
Pero tampoco debemos ser demasiado hipócritas. La violencia no es solo el derramamiento de sangre. Hay muchos grados y formas de ejercerla. De forma directa o desde un despacho jugando con la vida de la gente. Hay mucha violencia tras eufemismos que utilizamos para adecentar nuestras formas de conseguir lo que queremos.


Aunque pensemos en los conflictos y en su historia, el drama humano está siempre ahí, al margen de las ideas o las razones con las queramos justificarlo. Nos deshumanizamos cuando nos olvidamos del sufrimiento, cuando el dolor desaparece ante el cálculo o la idea. Como seres humanos poseemos eso que los especialistas llaman "una teoría de la mente", es decir, la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a terceros, poder imaginar cómo piensan, ser capaces de ponernos en el lugar de los otros. Los especialistas hablan incluso de un tercer grado en nuestra capacidad —el primero es nuestra conciencia; el segundo, la del otro—, el de poder pensar en cómo los otros interpretarán lo que hacemos o pensamos. Podemos pensar en el dolor que causamos. Y eso nos puede horrorizar y frenar o, por el contrario, producirnos el placer morboso de recrearnos  en el daño que causamos con la venganza.

Un artista podría meterse en la mente del asesino que arrojó el cadáver de su víctima al pozo para pedir después el rescate de su hermano que fue a la cárcel por terrorista como respuesta a una violencia que había engendrado una violencia anterior y así hasta el origen de los tiempos. Nos mostraría las relaciones entre esos dos jóvenes que trabajaban juntos en un mismo restaurante y cómo, en qué momento fue seleccionado para ser el cadáver que había que canjear por el hermano preso. Ese artista podría, usando esa habilidad humana que en él tiene cualidades especiales, ponerse en el lugar de ellos, de unos y de otros, para tratar de dar sentido al conjunto que los periódicos se limitan a enunciar. Quizá no nos ayudara a entenderlo, pues lo absurdo no puede serlo, pero sí a comprender que hay caminos circulares, que se recorren una y otra vez sin avanzar, y caminos que llevan a otros lugares, aunque no sepamos con certeza cuáles son.

Necesitamos un Camus, alguien que nos diga que en la violencia perdemos todos. Y lo primero, nuestra humanidad. Alguien que nos diga que nada condiciona más nuestro futuro que la violencia, un futuro que se aleja de nuestras manos y queda al azar brutal de la violencia y dolor que causa.


* "Un palestino mata a un soldado israelí para canjear el cadáver por su hermano" El Mundo 21/09/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/09/21/internacional/1379779038.html?a=fcb603db6dad36badb2058baa65ef272&t=1379803124&numero=
 

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