martes, 13 de agosto de 2013

Z

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Para mi generación "Z" era una película de Costa Gavras. Para las anteriores, representaba el signo del Zorro, personaje que ya había saltado a la fama en el cine mudo con Douglas Fairbanks y después lo haría en el sonoro con Tyrone Power. Ahora la Z representa, sin duda, al fenómeno mundial de los zombis, extraña inversión de la cadena alimentaria en la que los muertos se comen a los vivos.
Debo confesar que siento animadversión por el género (me refiero al cinematográfico, no a la carne) ya desde los años 70 en que entré a ver mi primera película de zombis —se llamaba Zombi, sin más, hoy un clásico— y salí antes del primer minuto en el que ya se lanzaban al cuello. Aquel primer mordisco antes de que salieran los créditos me produjo tal escalofrío que padezco estrés poscinematográfico desde entonces con las películas de zombis. Cada nuevo zombi me lleva a aquel primer mordisco.
La antropofagía es mi límite y las películas de zombis son el fast-food del canibalismo. Me da igual que Hannibal Lechter hiciera de ello un arte culinario. Lechter estaba vivo y se mantenía dentro del espectro refinado (y perverso) de la cultura, cosa que no hacen los zombis, que viven en un espacio límite entre naturaleza y cultura, además de entre la vida y la muerte; ni chicha ni limoná. Son como un cabrales caducado. Demos gracias a que el 3D no ha introducido la vertiente realista de los olores, algo que plantearía un serio problema a estas películas —también al western—. El olfato es avisador repulsivo del mal estado de las cosas y el verde de los zombis da cierta impresión de caducidad y habría que tomarse una biodramina antes de entrar. Las acciones de la farmacéutica que lo fabrica subirían como la espuma en todas las bolsas del mundo.


El éxito de los zombis desafía cualquier interpretación intelectual del fenómeno. En los años cincuenta y sesenta cualquier presencia extraña —básicamente extraterrestre— se asociaba con la invasión comunista. Los analistas de la películas norteamericanas partían de esta fórmula infalible para la interpretación. Hasta que llegó "E.T." y lo cambió todo. Ya no se trataba de un alienígena que quería invadirnos sino de uno que hacía lo imposible por alejarse de nosotros, algo mucho más comprensible.
Ahora los invasores no vienen de fuera, sino de debajo. Surgen como las setas y te agarran por los tobillos en cuanto te descuidas, en su versión más clásica. La variante moderna no tira de vudú, que es su origen mítico, sino de la alta tecnología. A alguien se le ha escapado un virus que nos infecta a velocidad pasmosa y de ahí al apocalipsis a la espera de héroe o heroína que nos saque del entuerto. Ya no hay un controlador malévolo de los cuerpos sin alma de los pobres difuntos, que les haga salir de las tumbas y ponerse a trabajar en los campos caribeños, como era su origen y podemos comprobar en películas como White Zombie (1932), con el impagable Bela Lugosi echando miradas hipnóticas.


Desde una perspectiva laboral, el fenómeno zombi también se ha desvirtuado. De "becarios" de los campos de Haití, a cesantes sin rumbo por las ciudades modernas; de fuerza clandestina de trabajo a desempleados eternos vagando por las calles. Los zombis son la demostración palpable de que las recetas del FMI sobre bajadas de sueldos no funcionan, de que la economía no despega si se echa todo el peso en el trabajador. Lo que consumen los zombis no crea puestos de trabajo, más bien los destruye. La interpretación sindicalista de las películas antiguas de zombis era una lucha contra el intrusismo en los campos, un ataque contra la competencia desleal: el zombi no cobraba ni pedía carta de recomendación. ¿Qué era el zombi original sino una especie de obrero alienado literalmente, que diría un marxista?


Allí donde los vampiros han conseguido tener un halo romántico —siempre lo tuvo porque Drácula te miraba a los ojos antes de fijarse en la yugular—, los zombis han fracasado. La crítica mostró recientemente su recelo ante la película Warm Bodies (2013), sobre el amor entre un zombi y una joven. Aunque sea romántico salvarla de sus congéneres, a los zombis les está vedada la labia necesaria para el juego amoroso y las miradas tampoco dan mucho de sí. La crítica habló directamente de "necrofilia" porque el joven zombi enamorado accedía al conocimiento de su amada tras comerse el cerebro de su antiguo novio, situación que no se le pasó a Shakespeare por la cabeza para describir sus amores imposibles en Romeo y Julieta. La idea de que el amor "resucita" no fue suficiente. El romanticismo de las novelas de Jane Austen se ha visto modificado por la presencia invasora de zombis y otras formas monstruosas que alteran la tranquila vida de la campiña inglesa. La Historia se reescribe con zombis y vampiros, con hombres lobos y criaturas viscosas.
Al zombi le está vedada la heroicidad —tiene que dejar de serlo, como en Warm Bodies—. No posee la individualidad que le es necesaria al héroe. En el fondo, todos los zombis son iguales, igual de primarios, siempre buscando lo mismo. Los zombis son anónimos y colmenares. Sirven para que el héroe destaque eliminándolos. Brad Pitt pasa de héroe trágico existencial de la Guerra de Troya a héroe mecánico darwinista de la Guerra Mundial Z. Ahora solo se trata de dar mandobles y con los zombis no tienes que dialogar, ni pactar, solo eliminarlos. 


La invasión de los zombis se da dentro y fuera de los cines. La Literatura y las novelas gráficas se han llenado de no muertos; a las fiestas hay que ir un poco demacrado. El escritor Eduardo Mendoza, que tiene que dar estos días un curso veraniego sobre escritura y lectura, decía ayer en El Cultural «[...] creo que la literatura está en el lado del entretenimiento de las novelas de zombies para el verano, zombies los protagonistas y zombies los lectores»*.
Tiene que ser deprimente —lo es— para cualquier persona que tenga un sentido medianamente serio del papel de la cultura, más allá del mero consumo, ver las cifras de ventas, los taquillazos, las listas de los más leídos, etc., conseguidos por los zombis. Desde la perspectiva de la Memética, habrían anidado en nuestro cerebro listos para dar el siguiente salto. Todos zombis.




* "Eduardo Mendoza: "Ahora la literatura es un entretenimiento de y para zombies"" El Cultural El Mundo 12/08/2013 http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/5166/Eduardo_Mendoza-_Ahora_la_literatura_es_un_entretenimiento_de_y_para_zombies






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