sábado, 24 de agosto de 2013

Los filtradores

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ningún guionista de Hollywood, ningún guionista de serie televisiva de ocho temporadas habría podido escribir una historia como la del culebrón de la filtraciones sin ser acusado de exageración y sensacionalismo. Parece como si la realidad compitiera con la ficción para no quedarse atrás.
La serie real en estos momentos tiene a sus principales protagonistas así: a) a Julian Assange, el distribuidor de Wikileaks, refugiado en una embajada en Londres, acusado de violaciones en Suecia; b) a Edward Snowden, el analista de la CIA y filtrador, refugiado en Rusia, tras una temporada en la terminal del aeropuerto de Moscú, después haber pasado por China; c) al soldado Bradley Manning, el filtrador a Wikileaks, juzgado y condenado, afirmando ser mujer, pidiendo que la llamen "Chelsea" y solicitando la puesta en marcha de un cambio de sexo con cargo al Ejército norteamericano.


La serie tiene también sus secundarios de lujo, como David Miranda, pareja del responsable de la difusión de los datos filtrados por Snowden, el periodista de The Guardian Glenn Greenwald, que se encuentra en Brasil. Miranda ha sido retenido, interrogado y se le ha confiscado material "sensible" en Londres. Otro escándalo que ha hecho que Greenwald amenace con nuevas revelaciones explosivas en sus artículos sobre materiales de Snowden. Secundario en la serie es también la novia de Snowden que quedó en los Estados unidos, bailarina erótica de barra, que también asomó en algún capítulo. Nosotros tenemos a nuestro Baltasar Garzón, ahora abogado-estrella de Julian Assange en el reparto. La serie tiene de todo.
Snowden mismo fue protagonista indirecto del conflicto de media América Latina con la Unión Europea, incluida España, por el incidente del avión del presidente Evo Morales, al que no se dejaba realizar su vuelo de regreso desde Moscú por temor a que llevara al filtrador Snowden de polizón. Otro capítulo sin desperdicio de la serie que permitió los cameos de Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Rafael Correa y de todos los que se sumaron a las protestas por el trato dado a Morales.


El conjunto de todas estas historias vinculadas y paralelas forma un fascinante thriller contemporáneo que revela el cambio de mentalidad del siglo en materia de información y, especialmente, el sentido que hoy tiene en nuestro mundo, no ya un gran teatro como querían los antiguos, sino un complejo multisalas, con estrenos cada fin de semana y muchas palomitas. Los viejos casos de espías que nos habían dejado los años cincuenta y sesenta, que reflejó LeCarré a través de su "gente de Smiley", la repartida por sus novelas de espías desengañados, congelados y descongelados, fieles a sus destinos e infieles a sus conciencias y viceversa, según los casos, ya no se dan. El mundo es otro.
Lo que han hecho los filtradores, que no espías, ha sido abrir el grifo de la información, que saliera a la luz inundando la opinión pública, que se ve arrollada por los tsunamis de los documentos reveladores del fraude en el que vivimos. Las filtraciones han tenido repercusión especialmente en el país filtrado, los Estados Unidos, porque dejaban al descubierto la poca información o lo distorsionada que está la que los ciudadanos poseen sobre las actividades de su propio gobierno. Sobre todo han modificado la visión que los norteamericanos tienen de su país y sus acciones. Cada estado ha dado relevancia a aquellas que les afectaban, mostrando las opiniones internas sobre personas y gobiernos, pero los que se han visto realmente conmocionados han sido los autores de la información, los propios Estados Unidos.


No es la primera vez que ocurre en los Estados Unidos; sucedió con los llamados "Papeles del Pentágono" sobre Vietnam en 1971. Los ciudadanos americanos descubrieron que habían sido engañados y manipulados sobre la guerra por su gobierno. Daniel Ellsberg, el filtrador de los documentos sobre Vietnam, se ha manifestado a favor de Manning y lo considera un "héroe". Hace lo que él hizo entonces. Hoy podemos ver carteles que afirman "Wistleblowers are heroes", miles de fotografías de personas con el lema "I'm Manning"; hay incluso campañas pidiendo para Manning el Premio Nobel de la Paz.

Si Bradley Manning hubiera sido un simple espía, un traidor que hubiese vendido los secretos a la vieja usanza, no existiría probablemente la campaña promovida por intelectuales, artistas y ciudadanos, cuyo vídeo está circulando por la red, "I'm Bradley Manning". Lo que se cuestiona en este caso es quién está más cerca del "espíritu americano", si el que oculta o el que revela. Para unos, los idealistas, "ser americano" implica un compromiso con la verdad y en contra de la mentira oficial, y Manning lo representa; para otros, en cambio, el pragmatismo obliga a mantener ocultos los procesos por los que son mantenidos los niveles de seguridad nacional, que, por otra parte, se manifiestan ineficaces cuando llega la ocasión, como en el reciente atentado de Boston.


Las réplicas del terremoto político han continuado con las filtraciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo a amigos y enemigos, conceptos relativos porque en este mundo global la información se recoge no solo por lo que ocurre sino por lo que pueda ocurrir. Como en las viejas películas del Oeste, primero se dispara y después se pregunta. Las máquinas acceden a millones de datos y luego ya se verá si ha merecido la pena. El espionaje no es el de Manning o Snowden. Ellos son los que han dejado al descubierto los procesos de ocultación y espionaje. En los carteles que exhiben muchas
Manning no era un "militar" vocacional, vamos a decirlo así. Sus biógrafos afirman que entró en el Ejército para intentar pagarse una carrera universitaria, como hacen muchos otros jóvenes, que lo hizo en el cuerpo de analistas de información porque no tenía condiciones físicas para más, y que regresó horrorizado por lo que tenía que ver cada día —los documentos y filmaciones que no se mostraban— y por cómo se ocultaba o manipulaba la información. La tensión generada le hizo mandar los documentos a Wikileaks. Manning ha pedido perdón durante el juicio por el daño causado a su país.


El espionaje es una maquinaria que tiene que justificar, como cualquier otra actividad, sus presupuestos. Las cantidades económicas y empresas externas involucradas (como en el caso de Snowden) nos muestran que es un gigantesco negocio que —como todos los negocios poderosos— tienden a expandirse y aumentar su actividad, es decir, su beneficio. El espionaje ha entrado en la lógica del mercado tanto o más que en la de la seguridad.

En estas semana pasadas, en las que el método de seguridad de espionaje masivo ha sido puesto en cuestión por media humanidad, saltaron las alarmas. Se cerraron embajadas y se avisó a países amigos de que se habían interceptado conversaciones que hacían temer por atentados, especialmente en Yemen. Los países mandaron a casa a los empleados de sus embajadas durante unos días por si acaso. No ocurrió nada, pero nunca sabremos si fue por las medidas tomadas o si solo se trataba de acallar las voces mundiales de protesta por los métodos de espionaje empleados.
La siguiente comunicación afectaba a la seguridad de los trenes de alta velocidad en Europa. Corrían riesgos de sufrir atentados, según avisaba la seguridad norteamericana. Francia, a través de su ministro Valls, se ha apresurado, ante el miedo de sus ciudadanos y sus repercusiones económicas, en decir que sus trenes son seguros y que los miedos difundidos por Bild desde Alemania se refieren a "países del norte de Europa". La fuente ha sido la NSA, que dice haber interceptado conversaciones telefónicas de terroristas de Al Qaeda.  De nuevo, eficacia probada. De nuevo la sospecha de que se esté justificando el mantenimiento del sistema de espionaje y lo rentable que les resulta a otros países su mantenimiento. ¡Quién sabe qué consecuencias puede tener un recorte en estos programas, bajar su intensidad!


La verdad murió definitivamente el día en que decenas de expertos, el presidente de los Estados Unidos al frente, mostraron al mundo las fotografías de las armas de destrucción masiva en Irak, las que jamás fueron encontradas. Desde entonces el recelo se instaló en el mundo. Ya nadie se puede fiar de nada ni de nadie. Todo es ya conspiración. Y los responsables de ello son los que enterraron la confianza bajo toneladas de "evidencias" falsas. Hoy no nos debatimos entre la verdad y la mentira, sino entre creer o no creer y le pedimos a Dios acertar.









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